NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 37 #3
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CAPÍTULO 37 #3

—Necesito a mi mujer —me dice—. No a la que se arregla.

No a la que se ríe. A la que llora también.

Necesito que me dejes entrar en ese cuarto.

No para follarte. Para estar. Para que llores encima de mí y no encima de una almohada que ya no huele a nada.

Estás embarazada de mi hijo, y te estás quedando en los huesos otra vez, y no comes, y no duermes, y te veo apagarte, como se apagaba ella, y no me dejas hacer nada.

—Se le rompe la voz—. Y yo también la echo de menos.

Tu madre me llamaba hijo, ¿sabes? Me daba palmaditas en la cara y me llamaba hijo.

Y a mí no me había llamado hijo nadie en mi vida. Ni la mía.

No puedo hablar. Me llevo la mano a la medallita y aprieto hasta que el borde se me clava en los dedos.

—No quiero bajar —le digo—. No quiero ir a esa mierda de fiesta, Darío. No quiero.

—Victoria.

—¡No quiero! No quiero ochocientas personas mirándome la barriga y diciéndome «la acompaño en el sentimiento» con una copa de champán en la mano.

—Señalo la ventana, la carpa, las bombillas de Santiago—.

Ni siquiera sé para qué es. Llevas una semana con abogados entrando y saliendo de tu despacho, con una carpa en el jardín y un cuarteto afinando, y no me has dicho para qué es.

—Porque no me hablas.

Me callo. Es verdad, y él lo sabe, y no lo dice para ganar, lo dice cansado.

—Pues dímelo ahora.

Se pasa la mano por el pelo y se sienta en el borde de la cama, en su lado, con los codos en las rodillas.

—Florentino tiene la inmobiliaria más grande de Italia —dice—.

De toda Italia. Hoteles en Venecia, en Florencia, en la costa de Amalfi.

Edificios enteros en Milán, en Roma, en Nápoles, en Turín.

Medio paseo marítimo de Barcelona. No hay una grúa en este país que no sea suya o que no le deba algo.

Tiene setenta y ocho años. Y me la vende.

Entera. Esta noche, delante de dos bancos, tres alcaldes, un notario y ochocientas personas que van a salir mañana en la foto del periódico, firmo y me convierto en el consejero delegado de Di Marco Inmobiliaria.

—Me mira—. Legal, nena. Con impuestos. Con auditores.

Con una junta de señores que se duermen en las reuniones. Sin un solo euro que huela a nada.

—¿Tú? ¿Legal?

—Yo. Con corbata. Que ya me ha costado.

—¿Para qué?

—Para ti. —No duda—. La fiesta es por nosotros.

Por ti. Por la lenteja. Si a mí me pasa algo mañana, un juez te congela hasta el último céntimo de lo otro, y te quedas en la calle con un crío en brazos y mi apellido, que es lo peor que se puede tener en la calle.

Esto no te lo puede tocar nadie. Esto es tuyo.

A tu nombre y al suyo. —Mira al suelo—. Se lo prometí a tu madre.

—¿Qué?

—En París. En el barco de cristal, mientras tú hacías fotos a un puente. Me cogió de la manga y me dijo: «Que no se quede sola, hijo. Ni contigo ni sin ti». Y le dije que no. Que no se iba a quedar sola nunca. Ni conmigo ni sin mí.

Se me doblan las rodillas. Me apoyo en el tocador.

—¿Y lo otro?

—Lo otro lo sigo teniendo. Por ahora. —Se encoge de hombros—.

Eso no se suelta de golpe. Si lo suelto de golpe se me cae encima, y lo que se me cae encima te aplasta a ti.

Pero quiero ir soltándolo. Pieza a pieza.

Quiero dejarlo todo atrás, Victoria. Sin sótanos.

Sin gente de Palermo. Sin hombres en la verja.

—Se mira las manos—. Quiero ser mejor. No bueno, que eso no me sale y no te voy a mentir.

Mejor. Por ti. Quiero que el día que la lenteja le pregunte a su madre a qué se dedica su padre, tú le puedas contestar sin bajar la voz.

Me río.

No quiero, pero me sale: una risa fea, rota, con la nariz llena de lágrimas, que suena a cristal pisado.

—¿De qué te ríes?

—De ti. —Me seco la cara con el dorso de la mano y me llevo medio rímel—.

Me lo dijiste tú. En tu despacho, la primera vez que te pedí que lo dejaras.

Me miraste como a una niña tonta y me dijiste que de esto no se sale.

Que en tu mundo nadie se jubila. Que uno solo se va en una caja. ¿Ya no te acuerdas?

—Me acuerdo.

—¿Entonces?

—Entonces no tenía nada por lo que salir. —Levanta la vista—. Ahora sí. Puedo, Victoria. Después de acabar con Jean.

—Después de Jean. —Y vuelvo a reírme, peor—.

Siempre hay un después, Darío. Después de Jean vendrá el que venga detrás de Jean, y después el siguiente, y yo esperándote con un vestido de brillos en una casa con veinte hombres en la verja, y tú llegando a las cuatro de la mañana con el pelo mojado.

Como estos dos meses. —Lo miro—. Porque llegabas a las cuatro.

Con el pelo mojado. Y yo te oía. ¿Dónde te duchabas, Darío? ¿Eh? ¿Dónde? ¿Con quién?

Le cambia la cara.

—Repítelo.

—¿Dónde te duchabas?

—No. Lo otro.

—Con quién.

—¡¿YO?! —Y grita de verdad, un grito que hace temblar el cristal de la terraza—.

¡¿Te piensas que me iba a buscar a otra?

! ¡¿Con mi hijo dentro de ti?! ¡¿Con tu madre recién enterrada?

! ¡Me duchaba en el gimnasio porque llegaba lleno de sangre!

—Da un golpe con la palma abierta en la cómoda.

Los frascos de perfume tiemblan. Uno se cae al suelo y se rompe y huele a grosellas de golpe, por todo el cuarto—.

¡De sangre, Victoria! ¡De la de otros! ¡Porque cuando no podía dormir me iba a la casa vieja a hacerle preguntas a gente de Palermo que sabe quién quiere mi cabeza y la tuya!

¡Porque si no rompía algo fuera iba a romper algo dentro!

¡Y no quería meterme en tu cama oliendo a eso! ¡Por ti! ¡Todo era por ti!

Me quedo callada. El olor a grosellas lo llena todo, dulce, mareante. Él respira fuerte, con la palma roja del golpe.

—Estás loca, Victoria —dice, ya bajo—. Y ahora mismo no te aguanto.

Coge la chaqueta de la silla y se la pone de un tirón.

—Estaré abajo. Intentando ser un hombre decente delante de un notario. Si quieres algo, ya sabes dónde encontrarme.

Sale y da un portazo que hace temblar el marco, que tira un cuadro de la pared y que se oye en toda la casa.

Me quedo sola, con un frasco roto en el suelo, el vestido de brillos y la medallita de mi madre en el cuello, cerrada por él. Me siento en el borde de su lado de la cama.

No lloro. Me quedo mirando la puerta, porque tiene razón, y porque yo también la tengo, y las dos cosas son verdad a la vez.

Y eso, mamá, no me lo enseñaste a arreglar.

Me quedo un rato sentada, no sé cuánto. Oigo al cuarteto empezar abajo, coches en la grava, risas, copas.

Tengo una sensación fea en la nuca, encima del tatuaje, que no se va: que esta noche va a pasar algo malo. No sé el qué. Lo noto con la piel, la que nota las tormentas antes de que se vea una nube.

Me levanto, me arreglo el rímel, me quito un trozo de cristal del zapato y salgo.

El pasillo da a la galería que se asoma a la escalera grande, la de mármol, y desde la barandilla se ve todo: la puerta abierta al jardín, las luces, la gente entrando.

En lo alto de la escalera, apoyados en la barandilla, están Darío y Kiara, riéndose.

Ella le está contando algo con las manos, y él se ríe, echando la cabeza un poco hacia atrás, con una risa que hace diez minutos no tenía para mí.

Lleva mi vestido rojo.

Le queda mejor que a mí. Mucho mejor. Le queda como si lo hubieran cosido encima de ella: la seda roja pegada a las caderas, la espalda abierta hasta la cintura, los tirantes finos sobre una piel tan blanca que parece que brilla.

Lleva el pelo suelto, rizado, castaño, cayéndole por la espalda desnuda hasta la cintura, y los labios pintados del mismo rojo que el vestido.

Unos tacones plateados. Las piernas larguísimas.

Es el vestido que me compré para una cena que no llegó. Para la Victoria de antes del laberinto. Y ahí está, puesto, en otra.

Algo frío me baja del estómago a las rodillas.

Para, Victoria. Es Kiara. Le habrá contado lo de Chris, o una tontería de un gato. No es nada.

Me lo repito como un rezo, y mi cuerpo no se lo cree.

Darío me ve por encima del hombro de Kiara y deja de reírse, aunque no del todo: le queda en la cara una cosa que no sé leer. Se separa de la barandilla y baja la escalera de dos en dos, sin esperarme y sin mirarme otra vez, con las manos en los bolsillos. Me deja ahí.

Llego a la barandilla, al lado de Kiara. Se gira y me mira de arriba abajo: el pelo, los brillos, el vientre, la medallita.

—Vaya —dice—. Estás guapísima, Victoria.

—Tú también. —Me sale escupido—. Te queda mejor que a mí.

—¿Tú crees? —Se pasa las manos por las caderas, por la seda—. Es precioso. Gracias. De verdad.

—A Chris se le va a caer la baba.

Lo digo para meter a Chris entre las dos, de pared. Pero en mi cabeza no aparece Chris: aparece Darío riéndose con la cabeza hacia atrás.

Kiara se pasa un rizo por detrás de la oreja y sonríe.

—Sí. Yo también lo creo.

No me mira a mí cuando lo dice. Mira hacia abajo, hacia la escalera, hacia la espalda de Darío, que cruza el recibidor hacia el jardín, y lo sigue con los ojos hasta que sale por la puerta.

Me doy la vuelta y empiezo a bajar. Necesito aire. A mitad de la escalera, Kiara pasa a mi lado, escalón a escalón, con los tacones plateados sonando en el mármol, y se para un momento, muy cerca.

—Ojalá las dos tengamos una noche inolvidable, Victoria —me dice, muy bajito, y me aprieta la mano un segundo, con los dedos fríos.

Sigue bajando con mi vestido rojo, los rizos balanceándose en la espalda desnuda, y me deja ahí, en mitad de la escalera, con la medallita de mi madre en el cuello.

Es Kiara, me digo. La niña del monasterio. La que me trenzó el pelo.

Y aun así, en la nuca, encima de la palabra, la piel me sigue avisando de la tormenta.