NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 37 #2
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CAPÍTULO 37 #2

—¿Esta noche va a haber una fiesta muy grande, verdad? —me dice, apoyada en el borde, con los codos fuera del agua y la barbilla en los brazos.

—Muy grande.

—¿Y viene gente muy rica?

—Muy rica.

Se queda pensando.

—¿Por qué? —le pregunto, levantando una ceja—. ¿Piensas cazar a un millonario esta noche? ¿Uno viejo, con yate y una tos fea?

Se pone roja de golpe, desde el cuello hasta las orejas, y se revuelve en el agua.

—¡No! Yo no… —Se le traba la lengua—. ¿Chris va a estar en la fiesta? Quiero decir, ¿le toca vigilar la fiesta? ¿O solo la casa de atrás?

Me quedo mirándola.

—¿Chris? ¿Chris Morelli? ¿El de la verja? ¿El que no parpadea?

—Sí… —dice, tapándose la cara con las dos manos.

—¡Kiara!

—¡Calla! ¡Que tiene un pinganillo! ¡A lo mejor oye cosas!

Me da la risa, una de las de antes, de las que suenan, y me sorprende tanto oírla que me callo.

—Pero Kiara… —Bajo la voz—. ¿Chris no está casado?

—Es un matrimonio arreglado. De hace años.

Cosas de familias. No se quieren. Duermen en cuartos separados.

Me lo contó él. Una noche, en la garita.

Fui a llevarle un café. —Se pone más roja todavía—.

Bueno. Fui a llevarle muchos cafés. Muchas noches.

No ha pasado nada, ¿eh? Solo hablamos. De libros.

De su madre. —Se muerde el labio—. Nunca he tenido novio, Victoria.

Once años en un monasterio. No sé qué se dice.

No sé qué se hace. Y él me gusta. Me tiemblan las piernas cuando lo veo.

Me mira con los ojos grises llenos de una cosa que me encoge el estómago, porque me acuerdo de tener esas piernas, de temblar así, en un club, delante de un hombre con dos ojos de distinto color.

—¿Tú me ayudarías? —dice—. Con la ropa. Con qué le puede gustar a un hombre. Cómo se mira a alguien sin parecer tonta.

Se suelta la trenza, y el pelo le cae por la espalda, larguísimo, castaño, rizado, con las puntas flotando en el agua, abiertas en abanico.

La miro, y luego me miro yo, debajo del agua: el vientre, que ya no se puede esconder; los muslos, más gordos; la D blanca en el izquierdo. Las uñas mordidas. El pelo, del mismo largo que el suyo pero sin brillo, recogido de cualquier manera con una goma de Coral con una fresa.

Para ya, Victoria.

—Claro que te ayudo —le digo—. Te he dejado un vestido. Rojo. Sofía te lo ha dejado en tu cuarto. Con ese vestido, Chris no va a poder vigilar nada en toda la noche.

Se le iluminan los ojos y me abraza en el agua, mojándome entera, riéndose.

Me visto sola, en nuestro cuarto, a las ocho.

Hace dos meses que no entro aquí para nada que no sea coger ropa. La cama está hecha, con su lado deshecho por la mañana y el mío sin tocar. Encima de su mesilla hay un vaso de whisky vacío y el dibujo del pintor de Montmartre, enrollado. No lo ha colgado.

El vestido es negro. Largo hasta el suelo, de tirantes finos, entero cubierto de brillos pequeñitos, diminutos, que recogen la luz de la lámpara y la devuelven multiplicada, como un cielo de noche encima del cuerpo.

Lo elegí antes de todo, para esta noche, cuando esta noche me parecía una fiesta.

Se ciñe en el pecho y luego cae suelto, y no esconde la curva del vientre. No quiero que la esconda.

Pina ha venido esta tarde y me ha dejado el pelo liso, suelto, negro, hasta la cintura. Antes de irse me ha cogido la cara y me ha dicho: «Tu madre me hizo prometer que me encargaría yo de que no te lo cortaras. Así que aquí estoy, cariño. Cumpliendo». He tenido que rehacerme el rímel.

Saco la medallita de mi madre del cajón.

Una medalla pequeña de oro, que llevaba siempre al cuello y que le quitó la enfermera de la funeraria antes de cerrar el ataúd y me dio en una bolsita de plástico.

No me la he puesto nunca. Hoy sí. Intento cerrarla detrás del cuello y no puedo; me tiemblan los dedos, el cierre es pequeñísimo, se me resbala una vez, dos.

No lo oigo entrar. Lo veo en el espejo.

Está en la puerta, apoyado en el marco, con un traje azul noche, casi negro, hecho a medida, una camisa negra con dos botones abiertos y el pelo peinado hacia atrás.

Los ojos, el verde y el azul, me recorren despacio en el espejo: el pelo, los hombros, la espalda, los brillos, la curva del vientre.

No dice nada. Se queda ahí, quieto, mirándome como se mira algo que no te dejan tocar.

—No puedo con el cierre —le digo.

Entra. Se pone detrás de mí, delante del espejo, y me coge la cadena de entre los dedos. Tiene las manos enormes y el cierre es diminuto, y lo hace a la primera, despacio, con mucho cuidado, con las yemas de los dedos rozándome la nuca, encima de la palabra.

—Es de tu madre —dice.

—Sí.

No contesta. Me pone las dos manos en los hombros desnudos, y se inclina, y me da un beso en la nuca. Uno solo. Largo. Encima del tatuaje, con los labios abiertos.

Se me eriza la piel entera, de la nuca a los tobillos.

Y noto, contra la parte baja de la espalda, a través de la seda y los brillos, que está duro. Duro de verdad. Pegado a mí.

Me aparto. De golpe, un paso adelante, contra el tocador, y los frascos tiemblan.

Él se queda donde estaba, con las manos todavía en el aire, donde estaban mis hombros. En el espejo le veo la cara. Le veo apretar la mandíbula. Le veo cerrar los ojos un segundo.

—¿Hasta cuándo, nena? —dice, muy bajo.

—¿Qué?

—¿Hasta cuándo me vas a rechazar? —Abre los ojos y me mira en el espejo—.

Dos meses. Llevo dos meses durmiendo solo en esta cama.

Dos meses sentado en el suelo de un cuarto.

Dos meses yéndome cada vez que me dices «hoy no».

—Se pasa la mano por la cara—. Estoy harto, Victoria.

Estoy harto de pajearme en la ducha como un crío.

Se hace un silencio que se oye.

Me giro despacio. Lo miro de frente, no en el espejo.

—¿Qué has dicho?

—Lo que has oído.

—¿Te haces pajas? —Me sale la voz rara, aguda, que no es mía—. ¿Mientras yo estoy en el cuarto de mi madre? ¿Mientras yo estoy llorando con la cara en su almohada? ¿Tú estás en la ducha, a diez metros, haciéndote una paja?

—No es…

—¡¿MIENTRAS YO LLORO?!

Lo grito tan fuerte que me duele la garganta.

—No —dice. Levanta las dos manos—. No mientras lloras. No he dicho eso.

—¡Lo acabas de decir!

—¡He dicho que estoy harto! —Y a él también se le sube la voz—.

A veces. Victoria. A veces. Algunas noches.

Cuando me voy de ese cuarto con tu olor en la camiseta y me meto en esta cama y no puedo dormir.

No mientras lloras. Después. Cuando ya no te oigo.

Cuando me quedo aquí solo, mirando el techo, y no sé qué hacer con las manos, y lo único que me sale es eso, o romper algo.

—¡Eres un hijo de puta!

—¡Soy un hombre! —Da un paso hacia mí—. ¡Soy un hombre que está enamorado de su mujer!

¡Que la ve pasar por el pasillo con el vientre redondo y su camiseta puesta y se pone malo!

¡Que lleva dos meses sin poder tocarla! ¡Ni un dedo!

¡Que la oye llorar todas las noches al otro lado de una puerta y no puede hacer nada!

¡Que se sienta en un suelo a contarle que Coral le ha metido un guisante en la nariz a un león, como un idiota, para ver si le saca una sonrisa! ¡Y no se la saca!

—¡Mi madre se ha muerto!

—¡YA LO SÉ!

—¡Se ha muerto sola! —Me tiembla todo. Las manos, la boca, las rodillas, los brillos del vestido—.

¡Se ha muerto sola, Darío, en una cama, mientras yo estaba abajo comiendo sushi con mermelada y riéndome!

¡Mientras yo te besaba! ¡Mientras yo te decía guarradas al oído delante de la nevera!

¡Mientras yo me estaba mojando por ti, ella se estaba muriendo! ¡Sola! ¡Arriba!

Se queda quieto.

—Y cada vez que me tocas —sigo, y ya no grito, ya no puedo, ya lloro—, cada vez que me besas la nuca, cada vez que me pones la mano en la cadera y me enciendo, porque me enciendo, Darío, me enciendo como antes, me enciendo tanto que me da asco, vuelvo a tener la boca dulce.

Y vuelvo a tener su frente debajo de los labios.

Fría. Y no puedo. No puedo. No puedo querer eso.

No puedo querer eso otra vez, porque la última vez que lo quise…

El silencio de después es tan grande que se oye el cuarteto afinando abajo, en el jardín.

Darío no se mueve. Me mira con una cara que no le había visto nunca. Es la cara de alguien que acaba de entender una cosa y no sabe dónde ponerla.

—Nena —dice, muy bajo.

—No.

—Victoria. Mírame.

—No.

—Tu madre no se murió porque tú te rieras.

—Da un paso. Despacio—. Se murió porque estaba enferma.

Porque tenía el cuerpo lleno de algo que no se podía parar.

Se murió dormida, tranquila, con un llavero en la mano y el dibujo del pintor en la mesilla, después de la mejor semana de su vida.

Me lo dijo ella. En París. Subida a mi espalda.

Me dijo que era la mejor semana de su vida.

Se me escapa un sollozo, de esos que no se pueden parar.

—Y si hubieras estado arriba —sigue—, sentada a su lado, no habría cambiado nada.

Habrías estado mirándola dormir. Y se habría ido igual.

Y tú te lo habrías visto entero. —Otro paso—.

Ella no quería que lo vieras, nena. Lo sabes.

Por eso no te enseñaba el pelo. Por eso se ponía los pañuelos.

No quería que la vieras irse. Y no la viste. Te la dejó guardada riéndose en París.

—Cállate.