NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

VICTORIA

Dos meses después.

El libro lleva abierto por la misma página desde las diez de la mañana, la ochenta y siete: una mujer en un tren, mirando por la ventanilla, pensando en un hombre.

La he leído once veces y no sé cómo se llama la mujer ni adónde va el tren.

Cada vez que llego al final me doy cuenta de que no he leído nada.

Es finales de agosto y hace un calor pesado, de los que no se mueven. Estoy en la tumbona del jardín, al lado de la piscina, con un bañador negro que ya me aprieta en el vientre y el sol en la cara, y tengo frío.

Ahora siempre tengo frío. Es un frío que no está fuera sino dentro, en un sitio debajo de las costillas, y que no se quita con mantas, ni con baños calientes, ni con el cuerpo de Darío pegado a mi espalda las pocas noches que se lo dejo.

Hace sesenta y un días que se murió mi madre.

Sesenta y un días desde la frente fría. Desde el llavero en el puño. Desde que bajé a la cocina con la boca dulce de mermelada y la dejé sola arriba, apagándose, mientras un señor de Osaka me hacía una reverencia y yo le mordía la boca a Darío delante de la nevera.

Eso es lo que no me perdono. Que estaba contenta. Que en el momento exacto en que mi madre se iba, yo me estaba riendo.

Desde entonces duermo en su cuarto. En el del olivar, en su cama, en su lado, con la cara metida en la almohada, que todavía huele un poco a Nenuco si la aprietas muy hondo, aunque cada día huele menos y cada día tengo que apretar más.

Las estrellas de Santiago siguen en el techo.

Las cuento yo ahora. Hay cuarenta y tres.

Darío viene todas las noches.

No llama. Abre la puerta despacio, a las doce, a la una, y se sienta en el suelo, con la espalda contra la pared, al lado de la ventana, donde se sentó la noche que ella se fue.

Me habla. Me cuenta cosas pequeñas: que Coral ha metido un guisante en la nariz de Rey; que Giuseppe ha pescado un pez que pesa más que Lolo; que María ha aprendido a decir «gracias» en ruso y se lo dice a Ígor cada mañana, y que Ígor se pone colorado.

Me habla bajito, sin esperar que le conteste, como se le habla a alguien en un hospital. A veces le contesto. Casi nunca.

Algunas noches se tumba detrás de mí, encima del edredón, vestido, y me pasa un brazo por encima, con la mano abierta en mi vientre, en la curva pequeña, y se duerme así.

Lo noto quedarse dormido por la respiración.

Y yo me quedo despierta, mirando las estrellas, con su mano encima de la lenteja, sin moverme, hasta que amanece.

Otras noches me busca.

Me aparta el pelo de la nuca. Me besa la palabra.

Me pasa la mano por la cadera, despacio, por debajo de la camiseta, y la noto caliente, y el cuerpo se me enciende entero, de golpe, como antes, con las hormonas que Gery dice que son normales en el segundo trimestre, que el cuerpo se despierta.

El mío se despierta. Lo quiero. Lo quiero tanto que me duele.

Y entonces tengo otra vez la boca dulce de mermelada, y la frente de mi madre debajo de los labios, fría como el mármol.

—Hoy no —le digo.

Y él para. Siempre para. Me da un beso en el hombro, se levanta, y se va, y cierra la puerta despacio, y lo oigo quedarse un rato al otro lado, en el pasillo, sin moverse, antes de irse a nuestro cuarto, a nuestra cama, solo.

Me siento fatal. Cada vez. Me quedo mirando la puerta cerrada con un nudo en el estómago, porque sé lo que le hago, porque lo veo apretar los dientes, porque lleva dos meses sin quejarse, porque es un hombre que no ha pedido permiso para nada en su vida y que ahora se va de un cuarto cada noche sin decir una palabra.

Y aun así no puedo. No sé cómo se hace. No sé cómo se deja entrar a alguien en un sitio que está lleno de otra persona.

—¡Buenos días, cara mia!

Levanto la vista del libro. Sofía viene por el césped con una taza en cada mano, con un vestido de flores amarillas, sandalias bajas, el pelo recogido en un moño flojo y sin gafas de sol. Sonriendo.

Sofía sonríe ahora, y es lo más raro que ha pasado en esta casa en dos meses, y en esta casa han pasado cosas muy raras.

Desde aquella noche en el cuarto del olivar, cuando se arrodilló en la alfombra y me acarició el pelo y me dejó llorar en su hombro, es otra.

Me sube el té, me pregunta si he dormido, me deja cosas en la mesilla: una crema para las estrías que todavía no tengo, unos calcetines de lana.

Se sienta conmigo en el porche por las tardes, en silencio, sin obligarme a hablar, y me cuenta cosas de Darío de pequeño.

Se lo agradezco. A la vez, en algún sitio, hay una voz pequeña que se acuerda de una mujer en una mesa con la copa en la mano diciendo «cáncer, ¿verdad? Qué desgracia», y no sé cuál de las dos es la de verdad. A lo mejor las dos. A lo mejor la gente es así, dos cosas a la vez.

—Buenos días —le digo.

—Té de frutos rojos. —Me pasa la taza. Está caliente. Huele a moras—. Con una cucharadita de miel, como a ti te gusta. ¿Tomando el sol?

—Intentándolo.

—Haces bien. —Se sienta en la tumbona de al lado—. Oye. Esta noche es muy importante.

—Ya lo sé.

—Darío está nervioso. No lo dice, pero lo está. Cuando está nervioso se toca el reloj, y esta mañana se lo ha tocado cuarenta veces en el desayuno. —Sonríe—. ¿Te apetece que nos vayamos de compras? Las dos. Te buscamos algo precioso para esta noche.

—Tengo muchos vestidos —le digo—. Y no me apetece salir.

—Claro, claro. Lo que tú quieras. —No insiste, y eso también es nuevo—. Pero entonces te pido una cosa. ¿Tú podrías prestarle un vestido a Kiara?

—¿A Kiara?

—Es que no tiene nada. Nada para una noche así. Todo lo que tiene es blanco de monja, y esta noche viene gente seria.

Me lo pienso. Tengo un vestido rojo. De seda, corto, de tirantes, con la espalda abierta, que me compré la semana antes del laberinto para una cena que no llegó, y que todavía tiene la etiqueta. No me lo he puesto nunca. No me lo voy a poner ya, con esta curva en el vientre y estas ojeras.

—Tengo uno rojo —le digo—. Se lo dejo.

A Sofía se le iluminan los ojos. Mete la mano en el bolsillo del vestido de flores, saca una libreta pequeña de tapas de piel y un bolígrafo dorado y me los pone en las manos.

—¿Y esto?

—Para que me escribas lo que te apetece. Me voy al mercado, y luego a unas tiendas, a ver si encuentro unos pendientes. Y sé que tienes antojos, pero nunca sé de qué, porque cada día es una cosa. —Señala la libreta—. Así que apúntalo. Todo lo que quieras.

—¿No es más fácil un mensaje?

—Hija —me dice, con cara de sufrimiento—. La tecnología y yo somos dos líneas paralelas. No nos vamos a tocar nunca. A mí dame un papel y un boli.

Me sale una sonrisa y me pongo a escribir: patatas fritas de las onduladas, aceitunas, anchoas, queso curado, pan de pueblo, altramuces. Todo salado. Desde que se murió mi madre no puedo con el dulce. Me sabe a aquella noche.

Muerdo el capuchón del bolígrafo y pienso en lo único dulce que me apetece desde hace semanas.

—¿Podrías pasarte por la pastelería del señor Vito?

—¿La del señor Vito?

—La que está saliendo de Roma, por la Cassia. Antes de la rotonda. Tengo antojo de una tarta de frutas. Con la crema pastelera debajo y las fresas brillantes encima. —La miro—. Ya sé que queda lejos. Si no te apetece, se lo pido a Santi.

—No, no. Voy yo. —Se levanta y se sacude la falda—. Hace un día precioso para conducir. Pero no sé a qué hora volveré. A lo mejor tardo.

—Está bien. Te espero.

Se va por el césped con mi lista en una mano y las sandalias en la otra.

La casa lleva patas arriba desde las siete de la mañana. Lo veo desde la piscina, a media tarde, metida en el agua hasta el cuello, como quien mira un hormiguero desde arriba.

Han montado una carpa blanca enorme en la explanada de detrás de la piscina, con ochenta mesas redondas, manteles blancos hasta el suelo y candelabros de plata.

Esta noche vienen ochocientas personas a mirarle la casa, la mesa y la mujer, y yo no sé para qué.

Algo con un tal Florentino, de Milán. Darío no me lo ha contado y yo no se lo he preguntado.

Anna manda a los camareros con una carpeta y un pinganillo que le ha puesto Roni y que odia y no se quita.

Santiago cuelga bombillas entre los olivos, subido a una escalera, y se le cae una cada cinco minutos, y cada vez Anna grita su nombre completo.

En la verja, de pie, con un pinganillo y las manos cruzadas delante, está Chris Morelli.

Es uno de los jefes de seguridad de la finca, el que lleva a los hombres de la casa de atrás.

Tiene treinta y pocos años, alto, moreno, con unos ojos negros que no parpadean; de esos hombres que no hablan si no hace falta.

Me guarda las chocolatinas de Coral en la garita para que Anna no las encuentre. Me cae bien.

—¿Y has visto este?

Kiara está a mi lado en la piscina, con el móvil en la mano y el brazo estirado para que no se moje, enseñándome vídeos de gatos que se caen de sitios: uno que no llega a la estantería, otro atascado en una caja de pizza, otro que se asusta de un pepino.

Me río porque los gatos son idiotas, porque Kiara se ríe con todo el cuerpo, salpicando.

Luego dejo de reírme, porque esto lo hacía con María.

Exactamente esto, en el sofá del piso de Testaccio, con una bolsa de patatas y un vídeo de gatos detrás de otro hasta las tres de la mañana, hasta que nos dolía la barriga de reírnos y la vecina de abajo daba golpes con la escoba en el techo.

Debajo de las costillas, en el sitio del frío, se me abre una grieta pequeña y conocida.

Kiara se ha portado bien conmigo estos dos meses.

No pregunta. Sube con una bandeja cuando no bajo a comer y la deja en la puerta del cuarto del olivar sin llamar.

Una tarde me trenzó el pelo sin que se lo pidiera, en el porche, como me lo trenzaba mi madre, y no me dijo nada cuando me eché a llorar a mitad de la trenza; la terminó, me puso la goma y se fue.