CAPÍTULO 36 #2
No los he visto llegar. Están ahí, de pie, sin paraguas, en tres filas perfectas, todos de negro, con los trajes empapados y las manos cruzadas delante, sin moverse.
Cincuenta. Sesenta. No los cuento. Roni delante, con la cabeza rapada brillando de agua.
Santiago a su lado, con la libreta guardada en el bolsillo de la chaqueta y los ojos rojos.
Enzo, sin naranja. Paolo, el de Bérgamo.
Hombres que no la conocían. Hombres que no la vieron nunca.
Que han venido desde Roma, desde Nápoles, desde Lombardía, y están ahí, bajo la lluvia, quietos, por ella. Porque es la madre de la mujer del Don.
Las vecinas los miran de reojo, asustadas. La señora Pepi se santigua. El del autobús, los mira, se quita la gorra otra vez y les hace una inclinación de cabeza. Roni se la devuelve.
Hay coronas. Muchas. Apoyadas contra la pared de nichos, empapadas, con las cintas pegadas a las flores por la lluvia.
Una de las vecinas. Una de los jubilados del autobús, que pone «A nuestra guía, Sara, que nos llevó a ver a la Virgen y ahora la ve ella».
Una de Anna, de claveles rojos, como los que le llevaba ella a mi padre.
Una de Pina, la peluquera, con un lazo morado.
Y una enorme, de rosas blancas, que ha llegado esta mañana desde Rusia, con dos tarjetas.
Una con la letra grande y torcida de Giuseppe: «Ciao, Sara.
Gracias por reírte de mí». Y otra con la de María, temblorosa, en mayúsculas: «HASTA LUEGO, SUEGRA DE MI AMIGA. CUIDA AL MÍO ALLÍ ARRIBA».
Esa la leo tres veces.
El cura es joven y habla en catalán y en castellano, mezclando, y no la conocía, y dice cosas bonitas que no son de ella. No lo escucho. Miro el ataúd, mojándose.
Cuando lo meten en el nicho, empujándolo despacio con las manos, dos hombres del cementerio con monos azules, se me doblan las piernas.
No me caigo. Darío está detrás de mí. Me sujeta por la cintura con un brazo, sin decir nada, y con el otro sujeta el paraguas encima de mi cabeza, y él se moja entero. No le importa. Lleva así toda la mañana, mojándose para que yo no me moje.
Entonces alguien pone música. No sé quién. Un móvil, bajito, desde algún sitio entre las vecinas.
Serrat.
«Mediterráneo».
La canción que me cantaba cuando tenía fiebre. La que cantaba en el autobús en la curva de Narbona, después del chiste, con el micrófono, desafinando. La que sonaba en la cocina los domingos.
Se me rompe algo que no sabía que todavía no estaba roto.
Me doy la vuelta y me meto entera en el pecho de Darío, en su abrigo negro empapado, y lloro como lloraba de pequeña, con hipo, con la boca abierta, con todo el cuerpo, mientras cuarenta jubilados cantan bajito una canción de Serrat bajo la lluvia, desafinando, y sesenta hombres de negro miran al suelo, y los albañiles tapan el nicho con una losa blanca, despacio, con cemento, a paletadas.
Ladrillo a ladrillo, mi madre desaparece.
Antes de irnos me quedo sola delante del nicho. Le pido a Darío que me deje un minuto. Se aleja tres pasos. No más.
La losa está fresca todavía, gris del cemento, sin nombre. El nombre lo pondrán la semana que viene, con letras de bronce, al lado del de mi padre.
Saco del bolsillo del abrigo el llavero. El de la torre Eiffel. El de la punta garantizada. Se lo quité de la mano yo misma, en el cuarto del olivar, antes de que se la llevaran, porque no quería que se lo quitara un desconocido.
Me lo pienso mucho. Si dejárselo. Si meterlo en el cemento fresco, en la esquina, para que se quede con ella.
No lo dejo.
Me lo guardo. Me lo guardo en el bolsillo, en el puño, apretado, como lo tenía ella.
—Me lo quedo yo, mamá —le digo a la losa—. Para la lenteja. Para que sepa que su abuela subió a la torre. Arriba del todo.
La lluvia me cae en la cara y no sé qué es lluvia y qué no.
—Garantizado —le digo.
Y me voy.
DARÍO
Llegamos a casa a las once de la noche.
La casa está a oscuras, con todas las luces apagadas menos la de la cocina, que Anna ha dejado encendida, la pequeña, la de la campana. Huele a cera de las velas que han estado encendidas tres días en el cuarto del olivar. Huele a flores que se están poniendo mustias.
Victoria no ha dicho una palabra desde el cementerio. En el avión se ha dormido contra la ventanilla, con el puño cerrado en el bolsillo del abrigo, y no se lo ha abierto ni dormida.
La ayudo a quitarse el abrigo en el recibidor. Se deja. Le quito los zapatos, de rodillas, uno y otro. Se deja. Tiene los pies helados y mojados y se los froto entre las manos, y no dice nada.
Luego se va hacia la cocina.
Sola. Descalza. Sin encender ninguna luz más.
Cuando me vaya, no la dejes sola en la cocina.
La sigo.
Está de pie, en mitad de la cocina, delante del taburete donde se sentaba su madre a dictarle cosas. El delantal de flores amarillas de Anna está colgado en el gancho de al lado de la nevera, donde lo dejó Sara la última vez. Victoria lo mira. No lo toca. Lo mira.
Me pongo a su lado. No la toco. Abro el armario de arriba, el que Anna esconde para que no lo encuentre Coral, y saco una galleta de las de chocolate. Me la como. Hago ruido. A propósito.
Victoria gira la cabeza y me mira.
—¿Qué haces? —me dice. Es lo primero que dice en doce horas.
—Robarte una galleta.
—Son de Coral.
—Ya lo sé.
Se me queda mirando. Mucho rato. Y algo le pasa en la cara, despacio, como se rompe el hielo en un lago, de fuera hacia dentro.
—Te lo pidió ella —dice.
No contesto.
Se le escapa una cosa que no es risa y no es llanto, que es las dos, y se tapa la boca con la mano.
Le cojo la mano. La que no tiene el puño cerrado.
Le doy la vuelta y le beso la palma, despacio, con los ojos cerrados.
Luego los nudillos, uno por uno. Luego la muñeca, donde le late el pulso, flojo, cansado, vivo.
—Escúchame —le digo, con su mano contra mi boca—. No estás sola. No lo vas a estar nunca. Ni un día. Ni en una cocina, ni en una cama, ni en un cementerio, ni en una montaña. Me vas a tener detrás comiéndome las galletas de Coral hasta que tengas noventa años y me mandes a la mierda.
—Darío…
—Tu madre me dio una lista. En París. Con dos dedos, en un portátil.
Pone que llevo las maletas de Sara. Todas.
Y le llevo a Victoria lo que haga falta.
—Le aparto el pelo de la cara—. Las maletas de Sara ya las he llevado.
Ahora me quedas tú. Y tú pesas más. Y me da igual.
Te llevo igual. Te llevo hasta que puedas andar sola.
Y luego te llevo un poco más, por si acaso.
Se le llenan los ojos. Abre el puño del bolsillo, despacio, y me enseña lo que tiene dentro: el llavero, la torre Eiffel pequeña, mojada, con la punta en su sitio.
—No me lo he podido quitar —me dice—. De la mano. En todo el día.
—No te lo quites.
Me pone la mano con el llavero en el pecho, encima del corazón, y apoya la frente en mi hombro.
—Te perdono —dice, bajito, contra mi camisa—. Lo de Berna. Lo de la mentira. Te perdono. Ella me dijo que te perdonara pronto. Que el tiempo no sobra. Y tenía razón. —Se le rompe la voz—. Siempre tenía razón, la muy pesada.
La abrazo. Allí, en la cocina, a oscuras, con la luz de la campana encendida, el delantal de flores en el gancho y una galleta de Coral a medio comer encima de la encimera.
No la suelto.
No la voy a soltar.