NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 36
93%

CAPÍTULO 36

DARÍO

La oigo desde la cocina.

No la primera vez. La primera vez es un ruido, un grito sin forma que baja por la escalera y que no entiendo. La segunda es mi nombre. A la tercera ya estoy en la escalera, y no recuerdo haber cruzado la cocina, ni haber pasado por delante de Anna, ni haber dejado caer el móvil.

Conozco todos los gritos de Victoria. El de la risa, que se le escapa por la nariz. El de cuando se corre, que se le parte por la mitad. El de la noche del confeti cuando me hice el muerto. Este no lo conozco.

Este es un grito que no tiene fondo.

La puerta del cuarto del olivar está abierta. Victoria está encima de la cama, tumbada sobre su madre, abrazándola con los brazos y con las piernas, con la cara metida en su cuello, temblando entera, y gritando mi nombre contra un camisón.

Sara no se mueve.

Lo sé desde la puerta. Lo sé como sé estas cosas, porque las he visto muchas veces, demasiadas. Tiene las manos cruzadas encima del edredón y en una de ellas, cerrada, se le ve asomar una punta de metal.

El llavero.

Me acerco despacio. Me arrodillo al lado de la cama. Le busco el pulso en el cuello a Sara con dos dedos, por debajo de la mejilla de Victoria, sin apartarla.

No hay nada. Está fría. Lleva un rato fría. Mientras el señor de Osaka hacía reverencias en mi cocina, mientras Victoria me mordía la boca con sabor a fresa, mientras yo me agarraba a la isla sin aire, ella estaba aquí arriba, sola, apagándose.

Sola.

—Nena.

Victoria levanta la cara. La tiene empapada, roja, deshecha, con la boca abierta y los ojos tan abiertos que se le ve el blanco entero alrededor del azul.

—No respira —me dice—. Darío. No respira. Haz algo. Tú sabes. Tú sabes hacer cosas. Haz algo. Haz algo, por favor, haz algo, Darío, haz algo.

No puedo hacer nada.

Es la primera vez en mi vida que me piden algo y no puedo hacer nada. Ni con dinero, ni con una pistola, ni con doscientos hombres. Me quedo de rodillas al lado de una cama con las manos abiertas y no sirven para nada.

—Nena…

—¡NO! ¡NO ME DIGAS NENA! ¡HAZ ALGO!

La cojo entera, por la espalda, la arranco de encima de su madre con todo el cuidado que tengo, y me la pego al pecho, y me siento en el suelo con ella encima, contra la cama, y la abrazo mientras se retuerce y grita y me araña el cuello y llama a su madre.

Llegan todos.

Anna, primero, con la mano en la boca y el rosario enredado en los dedos, que se queda en la puerta y se santigua tres veces y empieza a rezar en voz baja, en español, una oración que yo le oí a los nueve años en el pasillo de esta misma casa, cuando enterramos a mi abuelo.

Detrás de Anna, Roni, y Santiago, y Enzo, que no entran.

Se quedan en el pasillo, de pie, en fila, con la cabeza baja.

Santiago llora sin hacer ruido.

Luego, por el pasillo del ala norte, oigo pasos. Pasos de mujer, con zapatillas, deprisa.

Es mi madre. Con la bata de seda, el pelo suelto, sin maquillaje. Detrás de ella, Kiara, con un camisón blanco y una chaqueta de punto encima, con los ojos muy abiertos, agarrada a la manga de mi madre como una niña en una tormenta.

Mi madre se para en la puerta. Mira la cama. Mira a Sara, con el pañuelo torcido y las manos cruzadas. Me mira a mí, en el suelo, con Victoria encima, gritando.

Y entra.

No me lo espero. No espero nada de ella; llevo diez años sin esperar nada. Cruza el cuarto sin decir una palabra, sin mirarme, se arrodilla en el suelo a nuestro lado, y pone la mano en la cabeza de Victoria.

Victoria no se da cuenta. Sigue gritando contra mi pecho.

Mi madre le acaricia el pelo. Despacio. De la coronilla a la nuca, por encima de la palabra, y otra vez, y otra, con la palma entera. Y empieza a hablarle, bajito, en un italiano antiguo, de canción de cuna, de los que ya no se hablan, una cosa que yo no le había oído nunca. Ni a mí. Ni una vez.

Victoria deja de gritar.

No de llorar. De gritar. Levanta la cara de mi pecho y mira a mi madre, a medio palmo, con los ojos hinchados, sin entender quién es.

—Ya está —le dice mi madre—. Ya está, cariño. Llora. Llora todo lo que quieras. Aquí hay sitio.

Y la abraza.

Mi madre abraza a Victoria. Por primera vez.

Con los dos brazos, con la cara de Victoria contra su hombro, contra la seda de la bata, y la mece.

Despacio. Adelante y atrás. Y Victoria se deja.

Se deja abrazar por la mujer que le llamó «esta» en un porche, y llora con la boca abierta contra su hombro, y mi madre le sigue acariciando el pelo con la palma entera, sin parar, con los ojos cerrados.

Yo me quedo mirándolas desde el suelo.

No sé qué siento. No tiene nombre. Es una cosa caliente y horrible a la vez.

Desde la puerta, Kiara mira la cama. Mira a Sara. Se tapa la boca con las dos manos y empieza a llorar, muy bajito, como lloran las chicas que no quieren molestar. Luego sale al pasillo, despacio, y se sienta en el suelo al lado de Santiago, y Santiago, sin mirarla, le pasa un pañuelo de papel.

Gery llega a la una y cuarto.

Le mira los ojos a Sara con una linterna pequeña, le pone el estetoscopio en el pecho, le mira las uñas, y luego mira el reloj de la mesilla y apunta la hora en una libreta.

—Ha sido tranquila —me dice en el pasillo, bajito—. Dormida. Se le ha parado el corazón. Con la enfermedad tan avanzada, pasa así muchas veces. Sin dolor. Sin darse cuenta. —Se quita las gafas—. No lo sabía nadie, Darío. Ni ella. No podías hacer nada.

—Estaba sola.

—Estaba dormida. No es lo mismo.

—Para mí sí.

Gery me pone la mano en el hombro y no dice nada más.

VICTORIA

No me dejan quedarme con ella toda la noche. Me dejan hasta las cuatro.

Me siento en el borde de la cama, con su mano entre las mías, la del llavero, y le hablo. No sé por qué. Gery dice que a veces ayuda. Darío no dice nada; se sienta en el suelo, con la espalda contra la pared, al lado de la ventana, y se queda ahí, sin moverse, toda la noche, mirándome.

—Mamá —le digo—. Te lo cuento igual. Lo del japonés. Aunque no te rías.

Se lo cuento. Todo. El cuchillo envuelto en el trapo. La cara que puso con la mermelada. Que cerró los ojos. Que me las comí todas, las cincuenta, y que me hizo una reverencia, y que yo le hice otra sentada, con un grano de arroz en la barbilla.

—Te habrías reído —le digo—. Con el ronquido. El de la nariz. Te habrías reído y me habrías dicho «ay, hija, qué vergüenza», y luego se lo habrías contado a todo el mundo.

Le acaricio los dedos, uno por uno.

—No la vas a conocer —le digo, y ahí se me rompe todo otra vez—.

No la vas a conocer, mamá. No le vas a cantar Serrat.

No le vas a hacer la tarta de chocolate de papá.

No le vas a decir «mi niña». No le vas a poner el colorete.

No le vas a enseñar nada. Ella no va a saber cómo te ríes. No va a saber cómo hueles.

Me tumbo a su lado. En el borde, de lado, como cuando era pequeña y tenía pesadillas y me iba a su cama, y ella me hacía sitio sin despertarse del todo, levantando el edredón con un brazo.

Hoy no levanta el edredón.

—Te quiero —le digo al oído—. Te quiero mucho, mamá.

Muchísimo. Más que a nada. Y cuando veas a papá, dile que le echo de menos.

Que le quiero. Que me acuerdo de él. Que me acuerdo del bigote.

Y que le cuides. Que os cuidéis. Y que le digas que ahora me cuida otro.

Uno muy alto, con un ojo de cada color, que se pone boinas y lleva maletas. Que esté tranquilo.

Detrás de mí, en el suelo, contra la pared, oigo a Darío respirar hondo, una vez, como quien se traga algo muy grande.

—Y dile —sigo— que le has visto. Que has subido a la torre. Que has ido en el barco. Que le has enseñado los puentes. Que ya estabais. Que ya estáis.

Le doy un beso en la mejilla fría.

La llevamos a Barcelona dos días después, en el avión de Darío.

El ataúd va abajo, en la bodega. Yo no quiero que vaya abajo; quiero que vaya arriba, con nosotros, en los asientos, y lo digo, y lo grito en la pista, y Darío habla con el piloto en voz baja y el piloto asiente, y no sé qué le dice, pero cuando subo, en la parte de delante de la cabina, donde antes había cuatro sillones de cuero, ahora hay un espacio vacío, y en el espacio, el ataúd.

De madera clara. Con una boina granate encima, doblada, que he puesto yo.

Me siento en el suelo, al lado, todo el viaje, con la mano en la madera.

Darío se sienta en el suelo conmigo. No dice nada. Me coge la otra mano.

En Barcelona llueve.

No una lluvia de verano, de esas que vienen y se van.

Llueve gris, fino, sin parar, desde que aterrizamos, como si el cielo se hubiera enterado y no supiera hacer otra cosa.

Llueve sobre la autopista, sobre los bloques del barrio, sobre el mercado donde mi madre compraba los pimientos, sobre la puerta del bar de la esquina donde jugaba al dominó con las vecinas las tardes de invierno. Llueve sobre el cementerio.

El cementerio del barrio es pequeño, con nichos blancos en filas, uno encima de otro, como cajones, y cipreses negros que gotean.

Mi padre está en el tercer piso de la fila del fondo.

Mi madre va al lado. Lo compró ella, el hueco de al lado, el mismo año que lo enterró a él, y pagó cada mes durante doce años sin decírmelo, con lo que ganaba del autobús.

Ahora lo sé.

Hay mucha gente. Más de la que pensaba. Las vecinas del bloque, todas, con paraguas negros y medias negras, llorando en grupo, con los rosarios.

La señora Pepi, la del cuarto, que me cuidaba cuando mi madre tenía viaje.

El conductor del autobús de Lourdes, un hombre grandote y calvo que llora como un niño, con la gorra en la mano.

Y detrás de él, cuarenta jubilados. Cuarenta.

Los del autobús. Los de los doce viajes.

Con gorras, con bastones, con chubasqueros de plástico de los que venden en las gasolineras, que se han enterado y han venido en un autobús alquilado para despedir a su guía.

Y detrás de todos, en la última fila, bajo la lluvia, están los hombres de Darío.