NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 35 #3
92%

CAPÍTULO 35 #3

No es un beso. Es un asalto. Me tira hacia ella de un tirón, se pone de puntillas, me mete la lengua en la boca con sabor a fresa y a soja, me muerde el labio de abajo, me pasa una mano por el pecho, por el vientre, por encima del cinturón, y la deja ahí, apretando, un segundo, dos, hasta que se me pone tan dura que tengo que agarrarme a la isla.

Y entonces me suelta. Así. De golpe. Con la boca roja y los ojos brillando.

—Esta noche —me dice, con la voz baja— tengo una fantasía.

No me sale la voz. Me tengo que aclarar la garganta.

—¿Cuál?

Se acerca a mi oído. Huele a fresa.

—Quiero que me folles delante del espejo del vestidor —dice—.

De pie. De espaldas a ti, con las dos manos en el cristal y las piernas abiertas, mirándome la cara mientras me la metes.

Y quiero que lo grabes. Con tu móvil. Todo.

Mi cara, mis tetas contra el espejo, tu polla entrando y saliendo, cómo me corro. Sin cortar.

Se me olvida respirar.

—Y luego —sigue, más bajito, con los labios rozándome la oreja— quiero que me lleves a la cama, pongas el vídeo en la tele de la habitación, alto, y me lo vuelvas a hacer mientras lo vemos.

Igual. Lo mismo. Las dos a la vez, la del espejo y la de verdad.

Quiero oírme correrme dos veces al mismo tiempo.

—¿Y el vídeo?

—Te lo quedas. —Me pasa la lengua por el borde de la oreja, despacio—. Para cuando estés en una reunión con ministros y te aburras.

Me quedo quieto, agarrado a la isla, sin aire.

—Nena. Si veo eso en una reunión con ministros, mato a un ministro.

—Por eso.

Me da un beso pequeño en la mejilla, inocente, de buenas noches, como si no acabara de dejarme así, y se va hacia la escalera descalza, con mi camiseta, contoneándose a propósito.

—Carga el móvil —me dice desde el primer escalón, sin girarse—. Que va a ser largo.

VICTORIA

El cuarto del olivar está a oscuras.

Solo brillan las estrellas del techo, las de Santiago. La ventana está entreabierta y entra el olor del jardín, a tierra y a jazmín, y se oye la fuente.

Mi madre está en la cama. Tumbada boca arriba, con el edredón subido hasta el pecho y las manos cruzadas encima, como cuando se queda dormida viendo la tele.

Tiene puesto el pañuelo de flores de París.

En la mesilla, la boina granate, doblada.

Y el dibujo del pintor, el suyo, el de las mejillas de las verbenas, apoyado contra la lámpara para verlo al despertarse.

Me acerco despacio, de puntillas, porque tiene el sueño ligero y si la despierto me riñe.

Me siento en el borde de la cama. El colchón cede un poco. Ella no se mueve.

Tengo la boca todavía dulce, de la mermelada y del beso, y las mejillas ardiendo, y me da vergüenza, como si fuera a notármelo. Me río sola, bajito, y pienso que mañana se lo cuento. Lo del señor de Osaka. Lo de la mermelada. Que la reverencia. Se va a reír tanto que se le va a caer el pañuelo.

—Buenas noches, mamá —le susurro.

Me inclino y le doy un beso en la frente.

Está fría.

No fresca. No como cuando entras de la calle en invierno. Fría como el mármol del recibidor. Como el cristal de una ventana de madrugada. Una frialdad que no es de la piel, que viene de dentro, de un sitio donde ya no hay nada encendido.

Me quedo con los labios ahí, en su frente, sin moverme. Un segundo. Dos. Esperando a que se mueva, a que suspire, a que me diga «ay, hija, qué susto me has dado».

No se mueve.

—Mamá.

Le cojo la mano. Está fría también, y blanda, y pesa, y no me aprieta de vuelta. Mis dedos se quedan dentro de los suyos sin que los suyos hagan nada.

—Mamá. Mamá, despierta.

Le muevo el hombro. La cabeza se le inclina un poco hacia mí, hacia la almohada, despacio, y el pañuelo se le resbala de un lado y le veo el pelo de debajo, gris, fino, el plumón de un pájaro.

—Mamá. Mamá, por favor. Mamá, que te lo tengo que contar. Lo del japonés. Te lo tengo que contar, mamá.

No me oye.

Tiene los ojos cerrados y la boca un poco abierta, y no respira. Llevo un minuto mirándole el pecho y no sube. No sube. El edredón está quieto encima de sus manos cruzadas como si alguien lo hubiera planchado.

Le pongo la oreja en el pecho, encima del corazón.

Silencio.

Algo se me rompe en el pecho, con un ruido que oigo por dentro, como una rama.

Grito.

No sé qué grito. Grito su nombre, creo. O «mamá».

O nada, un sonido sin letras que me sale de debajo del ombligo, de donde está la lenteja, y que sube y sube y rompe el silencio del cuarto del olivar, y las estrellas de plástico del techo siguen brillando, flojitas, como si no hubiera pasado nada, como si ella todavía las estuviera contando antes de dormirse.

La abrazo. Me tumbo encima de ella, con la cara en su cuello, en su pañuelo de París, en su olor a Nenuco, y la abrazo con todo, con los brazos y con las piernas y con la barriga, como si pudiera darle mi calor, como si pudiera devolvérselo, como si con abrazarla fuerte bastara.

No basta.

Oigo pasos en la escalera, corriendo. Oigo mi nombre. Oigo la puerta.

No me suelto.

Debajo de mí, en su mano cerrada, el llavero de la torre Eiffel se le ha quedado apretado en el puño. Con la punta en su sitio.

Garantizado.