CAPÍTULO 35 #2
No puedo. Me levanto y me voy a la barandilla de fuera, a la parte descubierta, donde hace viento de verdad, y lloro contra el viento hasta que me duele la garganta.
Al rato noto a Darío detrás de mí. No me toca.
Se pone a mi lado, con las manos en la barandilla, la boina todavía puesta, mirando el agua.
—Le he hecho una foto —me dice—. Desde atrás. A ella y a la foto. Contra los puentes.
—¿Por qué?
—Porque dentro de unos años la lenteja va a preguntar cómo era su abuela. Y quiero tener algo que enseñarle que no sea un dibujo con cuernos.
Me giro y lo miro.
No lo perdono. Todavía no. Pero le cojo la mano encima de la barandilla, y él me la aprieta, y nos quedamos así hasta el último puente.
En el avión de vuelta, mi madre se duerme a los diez minutos, con la cabeza en el hombro de Darío, la boina granate puesta y el llavero de la punta garantizada en la mano, cerrado en el puño.
Darío no se mueve en dos horas. Ni para ir al baño. Ni para beber agua. Ni cuando se le duerme el brazo, que se lo noto por cómo aprieta la mandíbula.
—Se te ha dormido el brazo —le susurro.
—No.
—Mentiroso.
—Se me ha muerto el brazo, nena. Pero ella está dormida.
María me manda un vídeo al día siguiente de volver.
Lo abro en la cama, con Copito en los pies y el portátil de Darío todavía abierto en la página de París, y al principio no sé qué estoy viendo, porque la imagen se mueve mucho y solo se ve blanco y azul.
Luego la cámara se queda quieta.
Es un lago. Enorme, tan quieto y tan liso que parece de cristal, con el cielo dentro, y alrededor, hasta donde se acaba la vista, un bosque de abedules blancos con las hojas temblando.
En la orilla hay una casa. No es una cabaña, como decía Giuseppe: es una casa de madera oscura de dos plantas, con paredes de cristal enteras que dan al agua, un porche que la rodea, una chimenea de piedra de la que sale humo y un embarcadero con un barco de madera atado.
Parece una revista. Parece una de esas casas de las películas donde se esconde un millonario que ha matado a alguien.
—¡Pelusilla! —La voz de María, fuera de cámara—. ¡Mira esto! ¡Mira dónde me han metido! ¡Y yo que pensaba que me traían a una chabola con un oso!
La cámara gira, y ahí está ella. Con un gorro de lana enorme, un abrigo de piel que le llega a los tobillos y la nariz roja, sonriendo. No como antes. Un poco. Con la boca cerrada, pero sonriendo.
—Esto es el salón. —Entra en la casa. Hay una chimenea encendida del tamaño de un coche, pieles en el suelo, sofás de cuero, un piano.
Un piano, en mitad del bosque—. Esto es la sauna.
Lev dice que hay que meterse aquí y luego tirarse al lago.
Yo le he dicho que se tire él. Se ha tirado.
Desnudo. Delante de mí. Te juro que he visto cosas que una mujer casada no debería ver.
Me tapo la boca para no despertar a nadie.
—Y estos —dice María, girando la cámara hacia la ventana— son los de Lev.
Fuera, entre los abedules, a lo lejos, hay hombres.
Muchos. De negro, con abrigos largos y gorros de piel, con rifles colgados al hombro, quietos entre los árboles, cada uno a veinte metros del otro, rodeando la casa entera como los palos de una valla.
Uno, en el embarcadero, con un pinganillo en la oreja. Otro, en el tejado.
—Doce —dice María—. Los he contado. No hablan. Ni ruso, ni nada. Uno se llama Ígor y me hace tortitas por las mañanas. No dice ni una palabra, me pone las tortitas delante y se va. Giuseppe dice que a lo mejor le han cortado la lengua. Yo creo que es tímido.
La cámara vuelve a ella. Detrás, en el porche, se ve a Giuseppe partiendo leña, sin camiseta, con el vapor saliéndole de la espalda, y a Lolo sentado encima del montón de troncos con un gorrito de lana con orejas de oso, comiéndose una galleta.
—Victoria. —María se pone seria—. Hoy me he reído.
Sin taparme la boca. Una vez. Lolo se ha caído al lago persiguiendo a un pato y Giuseppe se ha tirado vestido a sacarlo y ha salido con el mono en la cabeza como un sombrero.
Y me he reído. Sin taparme. —Se le llenan los ojos—.
Te lo digo para que lo apuntes. En esa libreta tuya. Una vez.
—Lo apunto —le digo a la pantalla, aunque no me oye.
—Dale un beso a tu madre de mi parte. Y a la lenteja. Y al cabrón de tu novio, que me ha mandado aquí con doce rusos y un piano. —Me lanza un beso con la mano enguantada—. Te quiero, desgraciada.
El vídeo se corta.
Lo veo cuatro veces. Luego cojo la libreta de Santiago, la de las cosas, y en una página nueva escribo: «María. Se ha reído. Una vez. Sin taparse».
DARÍO
—Quiero sushi.
Son las siete de la tarde. Estoy en la cocina, apoyado en la isla, revisando en el móvil lo que Dino me ha mandado de Bérgamo, y Victoria entra descalza, con mi camiseta, y lo dice así, desde la puerta, sin buenas tardes.
—Sushi —repito.
—Cincuenta piezas.
Levanto la vista del móvil.
—¿Para toda la casa?
—Para mí.
—¿Cincuenta?
—Y con mermelada de fresa.
Dejo el móvil en la isla. Muy despacio.
—Repite eso.
—Mermelada de fresa. —Se sienta en un taburete y cruza las piernas—. Encima. Un poquito en cada una. Me apetece.
—Nena. Eso es un crimen contra Japón.
—Pues que me denuncien.
La miro. Ella me mira, con la barbilla levantada, con esa cara que pone cuando sabe que va a ganar. Desde París tiene otra cara. Más cansada, más triste por debajo, pero la de antes por encima, la de la peluquería y la de la barra y la de la estantería. Hace dos semanas que no me miraba así.
Le pediría a Dios cincuenta piezas de sushi si hiciera falta.
Llamo a Roni.
A las ocho y cuarto, el mejor cocinero japonés de Roma, un señor de setenta años de Osaka que tiene un restaurante en Prati con tres meses de lista de espera, está en mi cocina con su cuchillo envuelto en un paño y dos ayudantes, preparando cincuenta piezas de sushi para una sola mujer.
Roni lo ha traído en el coche. No sé cómo.
No le pregunto. Roni dice que le ha explicado que era para una embarazada y que el señor ha dicho que en Japón a las embarazadas no se les niega nada.
No sé si es verdad. Lo dice con el hoyuelo, que es cuando miente.
Cuando el señor de Osaka ve el bote de mermelada de fresa de Anna encima de la encimera, al lado de su atún, se queda muy quieto.
Victoria le sonríe y le hace un gesto con dos dedos: un poquito. En cada una.
El señor de Osaka me mira a mí.
—Lo siento —le digo—. Está embarazada. Y es española.
El señor de Osaka cierra los ojos un segundo, como quien reza por un muerto. Luego abre el bote.
Victoria se las come todas. Las cincuenta.
Sentada en el taburete, una detrás de otra, con los palillos, con mermelada, gimiendo con la boca llena, y el señor de Osaka la mira desde el otro lado de la isla con una cara que va pasando del horror al respeto, y al final, cuando se come la cincuenta, le hace una reverencia.
Ella le hace otra, sentada, con un grano de arroz pegado en la barbilla.
Cuando se van, se queda en la isla, lamiendo los palillos, con la camiseta subida por encima de los muslos y los pies descalzos colgando. Me acerco por detrás.
No sé hacerlo despacio. Lo he aprendido estas dos semanas: a no tocarla, a dormir en mi lado, a ver cómo se escurre de la cama antes de que abra los ojos.
Lo he aguantado como se aguanta un balazo, sin moverme, porque me lo merecía.
Pero ahora está aquí, con un grano de arroz en la barbilla y los labios dulces de mermelada, y no puedo más.
Le paso un brazo por la cintura, despacio, por detrás, y la pego a mí. No se aparta. Le meto la nariz en el pelo, que huele a champú y a algo de París que todavía no se le ha ido. Le aparto el pelo de la nuca con dos dedos, como antes, y le dejo los labios encima de la palabra.
—Te echo de menos —le digo.
—Estoy aquí.
—Por eso. Te tengo al lado todos los días y te echo de menos.
Duermes conmigo y te echo de menos. Te despiertas encima de mí a las tres de la mañana y te vas antes de que abra los ojos, y te echo de menos todo el día.
—Le acaricio el pelo, de la coronilla a la cintura, despacio—.
Te necesito, nena. Más que antes. No sé cómo se hace esto de necesitar a alguien que está en la misma habitación.
Se queda quieta. Le noto la respiración debajo del brazo.
Le giro la cara con la mano, despacio, por la barbilla, y le busco la boca.
Me la quita. No de golpe: gira un poco la cara, lo justo, y le beso la comisura, la mermelada.
—Me voy a ver a mi madre —dice.
—Victoria.
—A darle las buenas noches. Hoy ha estado muy cansada. No ha bajado a cenar.
Me suelto. Me aparto un paso, con las manos en los bolsillos, y la dejo bajar del taburete. Lo acepto. Llevo dos semanas aceptándolo.
Se baja. Da dos pasos hacia la puerta. Se para.
Se da la vuelta, me coge de la camiseta con las dos manos y me besa.