CAPÍTULO 35
VICTORIA
El primer día en París, Darío lleva once maletas.
Cinco son de mi madre. Mi madre, que llegó a Roma con una sola bolsa de deporte y el bolso gigante, ha hecho para una semana en París cinco maletas, y no me ha dejado ver lo que hay dentro.
Dos son mías. Una es de Darío. Y las otras tres son de mi madre otra vez, compradas en las primeras cuatro horas, en una tienda de la rue de Rivoli donde los dependientes la han llamado «madame» once veces y ella les ha contestado «gracias, majo» las once.
—Sin quejarse —le recuerdo, cuando lo veo parado en la puerta del hotel con una maleta en cada mano, otra debajo del brazo y la bolsa del perfume colgada del dedo meñique.
—No me estoy quejando.
—Estás resoplando.
—Respiro, nena. Hasta los Don respiran.
El botones del hotel, un chico flaquito con una gorra roja, se acerca con el carrito por tercera vez a ofrecerse, y Darío lo mira. Solo lo mira. El chico se lleva el carrito.
—Lo pone en la lista —dice mi madre, muy digna, desde la puerta giratoria—. «Darío lleva las maletas de Sara». No pone nada de carritos. Una lista es una lista.
Desde la ventana de la suite se ve la torre. Entera, de abajo arriba, con el río debajo, al otro lado del puente. Mi madre se queda delante del cristal con el bolso todavía colgado del hombro y el pañuelo de flores que le compré para el viaje, y no dice nada durante tanto rato que me asusto.
—Mamá.
—Calla, que la estoy mirando.
—¿Y qué te parece?
—Que es más alta que en la ventanilla del autobús.
Subimos arriba del todo el segundo día, a las nueve de la mañana, con la torre llena de turistas, porque mi madre no quiere que Darío la cierre.
«Si la cierras no vale», le ha dicho. «Una torre vacía es como un bautizo sin niño».
Así que hacemos cola. El Don de la Camorra hace cola cuarenta minutos detrás de una excursión de colegio japonesa, con una boina negra.
La boina se la ha comprado mi madre a las ocho y media en un puesto del Trocadero. Una para ella, granate, y otra para él.
—Póntela.
—Sara.
—Que te la pongas. Que estás en París. En París los hombres llevan boina.
—En París los hombres llevan boina en las películas de antes de la guerra.
—Pues como en las películas. —Se la planta ella misma, de puntillas, ladeada—. Ay, mírate, hijo. Pareces un pintor que ha matado a su modelo.
Se la deja puesta. Todo el día. No se la quita ni para comer. Los niños japoneses le hacen fotos. Un señor mayor francés, en el ascensor, lo mira de arriba abajo y le dice algo con mucho respeto que suena a «monsieur l'artiste», y Darío asiente con la cabeza, muy serio, como si de verdad lo fuera.
Arriba hace viento. Mi madre se agarra a la barandilla con las dos manos, con las uñas de frambuesa, y mira París entero a sus pies, los tejados grises, el río, las cúpulas, y se le llenan los ojos.
—Doce veces —dice—. Doce veces pasé por debajo.
—Ya estás arriba.
—Ya estoy arriba. —Se gira hacia Darío—. Hijo, hazme una foto. Pero bien, ¿eh? No como las de tu móvil, que salgo con papada.
Darío le hace treinta y siete fotos. Las cuento después. En todas sale mi madre riéndose con la torre detrás, y en la última, en la que él se ha agachado para que no salga papada, se le ve a ella mirando a la cámara con una cara que no es para la cámara. Es para él.
El crep nos lo comemos de pie, en un puesto de una esquina, como ella quería, con el chocolate goteando por el papel.
Mi madre se mancha la blusa, la barbilla y la boina.
Yo me mancho las manos. Darío se mancha la camisa, entera, de arriba abajo, porque mi madre le gesticula encima con el crep en la mano mientras le cuenta una cosa de un hotel con chinches.
—Ay, hijo. Perdona.
—No se nota.
—¿Cómo que no se nota? Te he puesto perdido.
—Es negra, Sara.
Mi madre se le queda mirando la camisa. Luego me mira a mí.
—Ah —dice—. Por eso las tiene todas negras. Para el chocolate.
—Para el chocolate y para lo otro —dice Darío, y le da un mordisco a su crep.
Mi madre se ríe tanto que se tiene que sentar en el bordillo, en mitad de la acera de París, con la boina torcida y la barbilla llena de chocolate, y la gente pasa por los lados y la mira y ella les dice «perdón, perdón, es que mi yerno es muy gracioso», en español, a franceses que no entienden nada.
Mi yerno. Lo ha dicho así. Darío se queda quieto con el crep en la mano.
El llavero tarda más.
Darío entra en una tienda de recuerdos de la rue de Rivoli, compra veinte llaveros de la torre Eiffel, todos iguales, y los va golpeando uno a uno contra el mostrador, delante del dependiente, que no se atreve a decir nada. A diecinueve se les cae la punta. El vigésimo aguanta. Se lo da a mi madre.
—Garantizado —le dice—. Si se le cae la punta, vengo y le quemo la tienda.
El dependiente no habla español, pero lo entiende perfectamente.
DARÍO
A Montmartre no llega andando.
Lo intenta. Sube los primeros cincuenta escalones agarrada a la barandilla, despacio, contándolos en voz alta como cuenta todo, y en el cincuenta y uno se para, se apoya en la pared y se queda blanca. No dice nada. Se coloca el pañuelo y hace como que mira la vista.
Victoria me mira.
Me agacho delante de Sara, de espaldas, en el escalón.
—Sube.
—¿Qué?
—Que se suba. A caballito. Como los niños.
—Darío, por Dios, que tengo cincuenta y cuatro años.
—Y yo dos piernas. Suba.
—Que no.
—Sara. —Me giro y la miro por encima del hombro—. En la lista pone que llevo las maletas. Usted es la maleta más importante de este viaje. Suba, o la subo yo en brazos, que es peor, porque así la ve todo el mundo.
Se lo piensa. Mira la escalera, doscientos escalones más hasta arriba, la iglesia blanca en lo alto como una tarta de boda. Me mira a mí.
—Si me caigo, te mato.
—Me parece justo.
Se sube. No pesa nada. Eso es lo que más me cuesta: que no pese nada.
Que una mujer que ha llenado una casa entera con su risa, sus pañuelos y su manera de decir «mi niña» pese menos que una de las maletas que he subido esta mañana.
Le cojo las piernas por debajo de las rodillas y subo, escalón a escalón, con sus brazos alrededor de mi cuello y su mejilla contra mi nuca, y ella, desde arriba, se pone a hacer de guía.
—A la derecha, señores, la basílica del Sagrado Corazón. Construida a finales del siglo diecinueve, no me acuerdo del año. A la izquierda, un señor que vende pulseras y que nos va a intentar timar. No le hagan caso. Al fondo, mi hija, que está llorando y dice que es por el viento.
Victoria, tres escalones por delante, se gira con la cara mojada y le saca la lengua.
—Es por el viento.
—Lo que tú digas, cariño.
A mitad de la escalera, Sara me habla al oído. Bajito, para que no la oiga su hija.
—Hijo.
—Dígame.
—Cuando me vaya…
—Sara.
—Calla y escucha, que a caballito no te me puedes escapar.
—Me aprieta el cuello con los brazos—. Cuando me vaya, no la dejes sola en la cocina.
Es donde más me va a echar de menos. Siempre que entre en la cocina, entra tú detrás.
Aunque sea a robarle una galleta. Aunque sea a molestar.
Que no esté sola en una cocina. ¿Me lo prometes?
Me falta un escalón para el descansillo. Me paro en él.
—Se lo prometo.
—Y no le digas que te lo he pedido.
—No se lo digo.
—Bien. —Me da dos palmaditas en el pecho, por encima del hombro—. Arre, caballo. Que llegamos tarde al pintor.
VICTORIA
El pintor de Montmartre tiene ochenta años, una barba blanca hasta el pecho y un cigarro apagado en la boca, y pinta a mi madre en veinte minutos, sentada en una silla plegable, con el pañuelo de flores y la boina granate encima, y la pinta guapísima.
Más joven. Con las mejillas que tenía en las fotos de las verbenas.
—Me ha quitado diez años —dice mi madre, mirando el cuadro—. Este hombre es un santo.
Luego el pintor mira a Darío. Le dice algo en francés, señalando la silla.
—No —dice Darío.
—Darío, que te pinte.
—No.
El pintor se encoge de hombros, coge otro papel y lo pinta igual. De memoria, mientras Darío está de pie de espaldas, discutiendo con un vendedor de pulseras. Tarda diez minutos. Cuando termina, nos lo enseña a mi madre y a mí, sin que él lo vea.
Es Darío, con la boina negra ladeada, un ojo verde y otro azul, y dos cuernos pequeñitos asomando por debajo de la boina. Y una sonrisa de oreja a oreja, de diablo que acaba de ganar una apuesta.
Mi madre se pone a llorar de risa. Yo también. Darío se gira, ve el dibujo y se queda mirándolo con la cara de piedra.
—¿Cuánto? —le pregunta al pintor.
El pintor le dice un precio.
Darío le da el triple, coge el dibujo, lo enrolla y se lo mete debajo del brazo.
—¿Te lo vas a llevar? —le pregunto.
—Lo voy a colgar en mi despacho. —Se coloca la boina—. Es el único retrato que me han hecho en mi vida en el que me parezco a mí.
El barco de cristal sale a las diez de la noche, del muelle de debajo de la torre.
Mi madre se pone su mejor blusa, la de seda azul, y el pañuelo azul a juego, y se pinta los labios ella sola, delante del espejo del baño, juntándolos para extender el color. Yo la miro desde la puerta y no digo nada.
En el barco hay música bajita y velas en las mesas, y gente en todas partes que habla en idiomas que no entiendo y se hace fotos con el móvil. Nosotros nos sentamos al fondo, en la popa, al lado del cristal. Mi madre en el medio, Darío a un lado y yo al otro.
Cuando el barco arranca y empiezan a pasar los puentes por encima, uno detrás de otro, iluminados, con el agua negra brillando debajo, mi madre abre el bolso gigante y saca la cartera. De la cartera saca una foto, pequeña, doblada por la mitad, con los bordes blancos de tanto doblarla.
Es mi padre. Joven, con bigote, con una camisa de cuadros, riéndose en una playa.
Mi madre la desdobla con mucho cuidado y la pone contra el cristal, de cara al río, para que mire.
—Mira —le dice a la foto, muy bajito—. Mira, cariño. Ya estamos. Me has hecho esperar treinta años, pero ya estamos.