NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 34 #3
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CAPÍTULO 34 #3

—No. —Me giro hacia él—. Ni un poco. Llevas a mi lado desde los cinco años.

Desde el patio de tu madre. Me has sacado dos balas, me has pegado un puñetazo en una clínica de monjas y has llorado más que yo en todos los sitios donde no se llora.

No me digas que no te necesito, que es la mentira más grande que me han dicho esta semana, y esta semana me ha mentido mucha gente.

Giuseppe se ríe, y se le saltan las lágrimas a la vez.

—Te vas a quedar solo —dice.

—Tengo a Roni.

—Roni le apunta a los yetis.

—Tengo a Enzo.

—Enzo pela naranjas.

—Tengo a Santiago.

—Santiago tiene diecinueve años y le dan miedo las señoras con rulos.

—Me pone la mano en la nuca, la mano entera, como cuando teníamos quince años y yo había hecho algo que no tenía arreglo—.

Te vas a quedar solo, fratello. Con una madre arriba que no es tu madre, una suegra que se muere abajo, una mujer embarazada en medio y yo en un lago. Y vas a tener que aguantar sin mí.

—Aguanto.

—Ya lo sé. Por eso me voy. Porque tú aguantas. Yo no. Yo ya no.

Le paso el brazo por los hombros y me lo pego. Así, como hermanos, como en el coche de Nápoles a los quince, sentados en un escalón a las seis de la mañana. No lloro. Él sí, contra mi hombro.

—Te mando el avión —le digo—. Mañana. A Petrozavodsk. Que os recoja Lev con la camioneta.

—Lolo viene.

—Lolo va.

—Lev dice que nunca ha habido un mono en Carelia. Que los viejos del pueblo van a pensar que es el diablo.

—Lev tiene razón por segunda vez en su vida. Me empieza a preocupar.

Se ríe con la nariz contra mi hombro.

—Cuida a la lenteja —me dice.

—Cuida a la luciérnaga.

VICTORIA

María se despierta a las once.

Estoy sentada en el borde de su cama, con la mano en la suya, y mi madre en el sillón, dormida, con la boca abierta y el rosario de Anna enredado en los dedos.

Lolo está acurrucado en el regazo de mi madre, encima de su camisón, con la cola alrededor de su muñeca.

No se ha movido de ahí en toda la noche.

María abre los ojos y me ve, y lo primero que hace es taparse la cara con la sábana.

—No me mires.

—Te miro.

—Estoy horrible.

—Estás horrible —le digo—. Tienes la cara como un tomate que se ha caído de un tercero. Y hueles a vino de la maceta.

Se ríe debajo de la sábana. Un poco. Luego llora. Luego se baja la sábana hasta la nariz y me mira con los ojos hinchados.

—Lo siento.

—Ya.

—Lo siento, pelusilla. Lo siento muchísimo.

No sé qué… no sé qué me pasó. Estaba sentada en la cama, y la pistola estaba ahí, en la mesilla del baño, y yo no la fui a buscar, te lo juro.

Estaba ahí. Y pensé… pensé que era muy fácil.

Que era lo más fácil que me había pasado en un mes.

Y no me dio miedo. Eso es lo que más miedo me da ahora. Que no me dio miedo.

Le aprieto la mano. No digo nada, porque no hay nada que se pueda decir que no sea mentira o que no sea demasiado grande.

—Giuseppe dice que nos vamos —dice—. A Rusia.

—Lo sé.

—Con Lev. —Pone una cara rara—. A un lago. Sin telenovelas. Sin cobertura. Sin chicle, Victoria. ¿Tú sabes si en Rusia hay chicle?

—Te mando una caja cada semana.

—De fresa.

—De fresa.

Se queda mirando el techo un rato largo. En el sillón, mi madre ronca, con el ronquido pequeño, y Lolo le da un golpecito en la barbilla para que se calle.

—No me quiero ir —dice María.

—Lo sé.

—Pero me tengo que ir. Porque si me quedo, me voy a volver a sentar en esa cama. —Me mira—. Y no quiero. Te juro que no quiero. Pero esta noche tampoco quería, y me senté igual.

Me pongo de rodillas en el suelo, al lado de la cama, para tener la cara a la altura de la suya, y le cojo la cara con las dos manos.

—Escúchame bien, María, porque esto no te lo voy a decir dos veces, que me cuesta.

—Me tiembla la voz—. Te vas a ir a ese lago.

Te vas a pasar el invierno muerta de frío, comiendo el pescado de la camioneta, oyendo a Lev decir tonterías en ruso.

Vas a llorar todo lo que no has llorado.

Vas a gritar en el bosque, que allí no te oye nadie.

Le vas a hablar a tu niño todas las noches, al aire, a los árboles, a donde quieras, pero no a una nevera, que las neveras no contestan.

Y cuando vuelvas a reírte sin taparte la boca, vuelves.

—¿Y si no vuelvo a reírme?

—Te ríes. Que te conozco. Te reíste en el entierro de tu tío porque se le cayó la dentadura al cura.

Se le escapa. Una risa de verdad, corta, con la mano en la boca, pero de verdad.

—Y otra cosa. —Le paso los pulgares por las mejillas—. Cuando esta lenteja tenga manos, te vas a subir a un avión y vas a venir a que te agarre un dedo. Uno. El que tú quieras. Y te vas a quedar ahí sentada hasta que te lo suelte. ¿Me lo prometes?

Me mira mucho rato. Le tiemblan los labios.

—¿Y si no me lo suelta?

—Pues te quedas a vivir aquí. Que esta casa es muy grande, y la nevera, muy cómoda.

María se incorpora y me abraza. Fuerte, con todo, con la cara metida en mi pelo, oliendo a vino y a sudor y a ella, y las dos nos quedamos así, de rodillas y sentada, en un cuarto con un agujero en la pared a la altura de la cabeza de una persona.

—Te lo prometo —me dice al oído.

En el sillón, mi madre abre un ojo, nos mira, y lo vuelve a cerrar. Pero le veo la sonrisa. Y a Lolo, en su regazo, aplaudiendo bajito.