NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

No me mira.

—María, mírame. ¿Qué has dicho?

—Nada. —Se ríe y se seca la cara con la manga—.

Nada, pelusilla. Tonterías de borracha. ¿Me ves a mí yéndome a algún sitio sin mis telenovelas?

—Se levanta, apoyándose en la nevera, tambaleándose, y se tira la camiseta para abajo—.

Me voy a dormir. Que Giuseppe se despierta y si no estoy se pone a buscarme por la casa con la linterna del móvil como un guarda de museo.

—Te acompaño.

—Que no. Que sé subir una escalera. —Me da un beso en la frente que huele a vino—. Cómete tu pan con chocolate, que la lenteja tiene hambre.

Se va. La oigo subir, despacio, agarrándose a la barandilla, y luego la oigo en el pasillo de arriba y luego una puerta que se cierra.

Me quedo sentada en el suelo de la cocina, con la botella vacía al lado y la ecografía de su hijo todavía metida en la cabeza, y no tengo hambre.

Subo. Me meto en la cama y Darío está despierto, boca arriba, mirando el techo. No sé cuánto lleva así.

—¿Dónde estabas?

—En la cocina. Con María.

Gira la cabeza en la almohada.

—¿Bebiendo?

—Ella.

No dice nada. Le noto respirar.

—Darío. Está muy mal.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Me ha dicho una cosa… —Se me corta la voz—. Me ha dicho que su hijo está solo. Que si ella fuera, por lo menos no estaría solo.

Se incorpora en la cama de golpe, apoyado en un codo, y me mira en la oscuridad.

—¿Eso ha dicho?

—Eso. Y luego se ha reído y ha dicho que eran tonterías de borracha.

Se queda quieto un segundo. Luego aparta la sábana y se levanta.

—Voy a hablar con Giuseppe.

—Son las dos y media.

—Por eso.

Y entonces, antes de que llegue a la puerta, suena el disparo.

DARÍO

Lo conozco antes de que termine de sonar. Lo he oído cientos de veces y nunca así, nunca en mi casa, nunca a quince metros de la cama donde está mi hijo, dentro de su madre.

Salgo al pasillo descalzo. La puerta de Giuseppe está al fondo, a la derecha, entreabierta, con la luz de dentro encendida, y del hueco sale un olor que conozco mejor que el del café: pólvora.

Y un grito.

No es de María. Es de Giuseppe.

—¡SUÉLTALA! ¡MARÍA, SUÉLTALA! ¡SUÉLTALA, LUCIÉRNAGA, POR FAVOR, SUÉLTALA!

Corro. No me acuerdo de correr. Me acuerdo de la puerta, que abro de un golpe con el hombro, y de lo que hay detrás.

El cuarto está patas arriba. La lámpara de la mesilla en el suelo, la sábana arrancada, una botella rota contra el rodapié, una mancha de vino en la alfombra como si hubieran matado a alguien. Lolo, encima del armario, chillando, con los pelos de punta.

En el suelo, entre la cama y la ventana, están ellos dos.

María, de espaldas en la alfombra, con la camiseta de Giuseppe subida hasta las costillas.

Giuseppe encima de ella, a horcajadas, sin camiseta, con las dos manos cerradas alrededor de las muñecas de su mujer, apretándoselas contra el suelo por encima de la cabeza.

Entre los dedos de ella, todavía, la pistola.

La suya. La de Giuseppe. Con el cañón apuntando a la pared.

En la pared, a la altura de la cabeza de una persona sentada en el borde de la cama, hay un agujero negro, limpio, del tamaño de una moneda, con una corona de yeso alrededor. Le cae polvo blanco a Giuseppe en el pelo.

A un palmo. Me lo dice la geometría antes que la cabeza: si ella estaba sentada en el borde de la cama con la pistola en la sien, y él la ha cogido de las muñecas y ha tirado hacia arriba en el último segundo, la bala ha pasado a un palmo de su cabeza.

Un palmo. Lo que mide la mano de Giuseppe abierta.

—¡DÉJAME! —grita María—. ¡DÉJAME IR! ¡DÉJAME IR CON ÉL! ¡ESTÁ SOLO! ¡ESTÁ SOLO, GIUSEPPE, Y ES MUY PEQUEÑO!

—No. —Giuseppe llora encima de ella, con la cara deshecha, las lágrimas cayéndole a ella en la cara—. No, no, no. No te vas. No te vas a ningún sitio. Me tienes que llevar contigo. ¿Me oyes? Si te vas, me llevas. Me llevas a mí también.

—¡SUÉLTAME!

—¡NUNCA!

María se retuerce debajo de él, le da con la rodilla en la espalda, le muerde el antebrazo hasta que le hace sangre, y Giuseppe no suelta. No suelta. Tiene los nudillos blancos, los tendones del cuello como cuerdas, y no suelta, y llora, y le habla, y no suelta.

Me arrodillo al lado de ellos sin hacer ningún ruido. Pongo la mano encima de las de Giuseppe, encima de la de María, encima de la pistola, y la noto caliente. El cañón todavía caliente.

—María —le digo.

No me oye.

—María. Mírame.

Me mira. Tiene las pupilas enormes, y la cara empapada.

—Dásela a Giuseppe —le digo—. Abre los dedos. Uno. Solo uno.

—Está solo, Darío.

—Lo sé.

—Es muy pequeño para estar solo.

—Lo sé. Abre un dedo.

—Tú no sabes nada. Tú vas a tener uno. Tú vas a tener uno y yo voy a tener una caja con dos calcetines.

—Abre un dedo, María.

Lo abre. El meñique. Luego el anular. Luego se le aflojan todos a la vez, como se aflojan las manos de los que se duermen, y le quito la pistola a la mujer de mi hermano con dos dedos, despacio, y saco el cargador, y la bala de la recámara, y lo tiro todo debajo de la cama, lejos, y por primera vez en mi vida me tiemblan las manos con una pistola.

María deja de pelear.

No se calma. Se rompe. Se le escapa un ruido que no había oído nunca en ninguna persona, ni en las que he matado, un ruido de animal pequeño en una trampa, y se hace una bola en la alfombra, de lado, con las rodillas contra el pecho y las manos en la barriga vacía, y Giuseppe se tumba con ella, detrás, abrazándola entera, con la cara metida en su pelo, y llora con ella.

En la puerta está Victoria, con las dos manos tapándose la boca. Detrás de ella, Sara, en camisón, con el pañuelo mal puesto, agarrada al marco. Detrás, Roni con la pistola en la mano, y Santiago, blanco.

Me levanto. Les hago un gesto con la mano a todos: fuera. Roni se lleva a Santiago. Sara no se mueve. Victoria tampoco.

Victoria entra. No me mira a mí. Va directa a la alfombra, se arrodilla al lado de María y le coge la mano, la que estaba en la pistola, con las dos suyas, y se la lleva a la mejilla.

—Estoy aquí —le dice—. Estoy aquí, María. No estás sola. Él tampoco. Él tampoco está solo, ¿me oyes? Le está cuidando mi padre. Mi padre está con él. Le está haciendo una tarta de chocolate seca y le está cantando Serrat, y el niño se está aburriendo muchísimo, pero no está solo.

María abre los ojos.

—¿Tu padre?

—Mi padre. Es muy pesado. No para de hablar. No lo deja solo ni un minuto.

A María se le escapa una risa. Cierra los ojos otra vez y aprieta la mano de Victoria.

Me quedo de pie en mitad del cuarto, mirando a los tres en el suelo: a mi hermano, con la espalda arañada y el antebrazo sangrando, abrazado a su mujer; a su mujer, hecha una bola; a la mía, de rodillas, hablándole de un muerto que hace tartas.

Miro el agujero de la pared.

Un palmo.

Me doy cuenta de que tengo los ojos llenos, y no hago nada por arreglarlo.

Giuseppe me espera en el jardín a las seis de la mañana, sentado en el escalón del porche, con una taza de café que no se ha bebido y el antebrazo vendado por Anna, que ha llorado mientras se lo vendaba.

Me siento a su lado. No decimos nada durante un rato. El cielo se pone gris por encima de los olivos, luego blanco, y un mirlo se pone a cantar en la higuera como si no hubiera pasado nada en el mundo.

—Duerme —dice al fin—. Gery le ha puesto algo. Victoria está con ella. Y tu suegra. Tu suegra se ha sentado en el sillón con el rosario de Anna y dice que de ahí no se mueve hasta que María se despierte. Le ha dicho a Lolo que vigile. Lolo vigila.

—Bien.

—Darío.

—Dime.

—Nos vamos.

Lo sabía. Lo sé desde el agujero de la pared. Aun así me lo dice y es como si me lo dijera de nuevas, con el estómago dándose la vuelta.

—¿Adónde?

—A Rusia. —Se ríe, una risa cansada, rota—.

Con Lev. Lo he llamado a las cinco. Ha cogido el teléfono al primer tono, que no sé cuándo duerme ese hombre, y le he dicho «Lev, necesito un sitio lejos», y me ha dicho «Carelia».

Así, sin preguntar. Tiene una casa de madera en un lago.

Dice que está a doscientos kilómetros del pueblo más cercano y a mil de cualquier siciliano.

Que no hay nada. Árboles, agua, frío y un hombre que pasa con una camioneta a vender pescado una vez por semana.

—En Carelia hace frío hasta en agosto.

—Por eso. —Mira la taza—. El frío no deja pensar. Eso dice Lev. Que en invierno, allí, la gente solo piensa en no morirse de frío. Que no queda sitio para pensar en otra cosa.

—Lev dice muchas tonterías.

—Esta no.

Me quedo callado. Bebo de su café, que está frío.

—No puede estar aquí, fratello —dice—. No en esta casa.

Con la cuna que vas a traer. Con la barriga de Victoria creciendo delante de ella todas las mañanas en el desayuno.

Con Coral diciéndole hola a la lenteja. No puede.

Esta noche lo he entendido. Lleva un mes bebiendo y yo haciendo como que no.

Un mes bajando a la cocina a las dos de la mañana a hablarle a una nevera, y yo durmiendo.

Esta noche he cogido la pistola de la mesilla para ir a buscarla, porque oí ruido abajo y me asusté, y la he dejado en la mesilla del baño para ponerme los pantalones.

Para ponerme los pantalones, Darío. Y cuando he salido del baño estaba sentada en la cama. Con mi pistola. En la sien.

Le tiembla la taza.

—Si llego a tardar un segundo más en el baño… Un segundo. Si llego a tener los pantalones del revés.

—No los tenías.

—No. —Se pasa la mano por la cara—. Hoy no.

Nos quedamos mirando el jardín. Rey sale de su caseta, se estira, bosteza y se tumba en la hierba mojada a mirarnos.

—¿Cuánto tiempo? —le pregunto.

—El que haga falta. Un mes. Un año. —Se encoge de hombros—. Lo que tarde en volver a reírse sin taparse la boca.

—¿Y la empresa? ¿Y los de Milán? ¿Y lo de Palermo?

—Lo de Palermo lo tienes tú. Lo de Milán lo tiene Dante. Y la empresa me la llevo en el portátil; los rusos también tienen internet, aunque Lev diga que no. —Me mira—. Y tú no me necesitas.

—Eso no es verdad.

—Un poco sí.