CAPÍTULO 34
VICTORIA
—Doce veces —dice mi madre—. Doce veces he pasado por París, hija, y no me he bajado nunca del autobús.
Está tumbada en la cama del cuarto del olivar, boca arriba, con los pies descalzos cruzados encima del edredón, el pañuelo de hoy, uno rosa palo, y las manos entrelazadas encima del pecho como una santa en un cuadro.
Yo estoy a su lado, sentada con las piernas cruzadas, con el portátil de Darío abierto encima de las rodillas y la tarjeta negra en la otra mano, dándole golpecitos contra los dientes.
—¿Doce?
—Doce. Las doce de Lourdes. Salíamos de Barcelona a las cinco de la mañana con cuarenta jubilados, y al día siguiente, a mediodía, pasábamos por París.
Por la circunvalación esa que tienen, que es peor que la de Roma.
Y yo, por el micrófono, les decía: «A la derecha, señores, la torre Eiffel».
Y todos se levantaban a hacer fotos por la ventanilla.
Y yo no. Yo tenía que mirar al conductor, que se dormía.
—¿Y nunca paraste?
—Una vez. En una gasolinera. Me compré un llavero de la torre en una máquina. —Se ríe con la nariz—. Me duró dos semanas. Se le cayó la punta.
La miro. Mira el techo, donde Santiago le ha puesto unas estrellas que brillan de noche, porque le pareció que a una señora que se va a morir le iban a gustar unas estrellas. Le gustan. Las cuenta antes de dormirse.
Hace una semana me dijo «tres meses» arrodillada en el césped.
Desde entonces lloro en la ducha, que es el único sitio de esta casa donde no me oye nadie, y fuera de la ducha hago cosas.
Muchas. Todas las que se me ocurren. Ayer la llevé a que le hicieran las manos en la peluquería de Pina y salió con las uñas color frambuesa, enseñándoselas a todo el mundo, a Anna, a Enzo, a Rey.
Anteayer nos comimos un helado de tres bolas cada una en la Piazza Navona, sentadas en el borde de la fuente como dos turistas, y nos echaron los carabinieri, y ella les dijo que tenía cáncer y que la dejaran terminarse la bola de pistacho, y se la dejaron terminar.
El otro día vimos tres películas de Raphael seguidas, en el sofá, con una manta, y lloró con las tres.
Tengo un millón de euros en una tarjeta negra y tres meses. Hago la cuenta todas las noches y nunca me sale.
—Pues nos bajamos —le digo.
—¿Dónde?
—En París. Nos bajamos del autobús.
Gira la cabeza en la almohada y me mira.
—Victoria.
—Tú, yo y Darío. Una semana. —Abro el portátil de verdad y empiezo a escribir—.
Avión hasta París, que Darío tiene uno que se aburre en un hangar.
Un hotel con la torre en la ventana, de los de verdad, de los que te dejan bombones en la almohada.
Vamos a subir a la torre. Arriba del todo.
Vamos a comernos un crep de chocolate en la calle, de pie, manchándonos. Te vas a comprar una boina.
—No me pega la boina.
—Te pega todo. Y un llavero. El más caro de París. Con la punta bien pegada.
Se ríe y se tapa la cara con las manos.
—Y el Sena —sigue ella desde detrás de las manos, en voz baja, como si me contara un secreto—. En un barco de esos de cristal. Por la noche. Que lo vi en una película con tu padre en el Cine Ideal, cuando éramos novios, y él me dijo que me iba a llevar, y luego se murió.
Dejo de escribir. Me arde la garganta.
—Lo apunto —le digo.
«El Sena. Barco de cristal. De noche. Por papá».
—Y Montmartre —dice—. Que allí te pintan la cara. Quiero que me pinten la cara. Con el pañuelo puesto, que si me lo quito el pintor sale corriendo.
—Mamá.
—¿Qué? Es la verdad. Voy a parecer un huevo con ojos.
Me echo a reír con los ojos llenos y ella se ríe conmigo, y nos quedamos las dos en la cama, riéndonos y llorando a la vez, mirando las estrellas, que de día no brillan, con el portátil abierto y una lista que pone «París» arriba y cada vez tiene más líneas.
Así estamos cuando entra Darío.
No llama. Nunca llama. Se queda en la puerta, con una camiseta gris y el pelo mojado, y nos mira.
Con él casi no hablo. Duermo con él, porque no sé dormir de otra manera; me pongo de espaldas en mi borde de la cama, y a las tres de la mañana me despierto encima de él, con la cara en su cuello, sin saber cómo he llegado ahí.
Por las mañanas me levanto antes de que abra los ojos.
Le hablo para lo justo. No es que no lo perdone.
Es que todavía no sé cómo se perdona a alguien por quererte de una forma que te ha mentido.
—¿Qué pasa aquí? —dice.
—Nos vamos a París —le digo, sin mirarlo.
—¿Cuándo?
—El sábado. Con tu avión. Y contigo.
Lo miro. Lo digo como una orden, a ver qué hace. Él me aguanta la mirada un segundo y luego mira a mi madre.
—El sábado —dice.
—¿Puedes o no puedes?
—Puedo. —Se mete las manos en los bolsillos—. ¿Qué más hay en esa lista?
Se la leo.
Darío escucha sin moverse. Cuando termino, se acerca a la cama, se agacha y mira la pantalla por encima de mi hombro, y le huelo el champú y el café de la mañana.
—Falta una cosa —dice.
—¿Qué?
—Las maletas. —Mira a mi madre—. ¿Quién te va a llevar las maletas, Sara?
—Tú, hijo. Que eres muy alto y tienes mucho brazo.
—Yo no llevo maletas.
—En París sí.
Darío se queda mirándola. Mi madre le sostiene la mirada desde la almohada. Al final él suspira, se incorpora y escribe algo él mismo en el portátil, al final de la lista, con dos dedos, como escriben los hombres que tienen secretarias.
Lo leo cuando se va.
«Darío lleva las maletas de Sara. Todas. Sin quejarse».
Y debajo, más pequeño: «Y le lleva a Victoria lo que haga falta».
Me quedo mirando la pantalla mucho rato. Mi madre se ha vuelto a tapar la cara con las manos, pero esta vez no se ríe.
—Ese hombre —dice— te quiere de una manera que da miedo, hija. Perdónalo pronto. Que el tiempo no sobra.
A las dos de la mañana tengo hambre.
No es hambre normal. Es un hambre de pan con chocolate, del que esconde Anna en el armario de arriba para que no lo encuentre Coral, y es tan concreta que me despierta.
Me escurro de debajo del brazo de Darío, que gruñe algo y se da la vuelta, y bajo descalza, sin encender las luces, porque en esta casa sé dónde cruje cada escalón.
Hay luz en la cocina. La de la campana, la pequeña, la amarilla.
María está en el suelo.
Sentada, con la espalda contra la puerta de la nevera, las piernas estiradas encima de las baldosas, una camiseta de Giuseppe que le llega a las rodillas y unos calcetines míos, gordos, de rayas rosas y grises.
Tiene una botella de vino tinto entre los muslos, sin copa, y el móvil en la mano, con la pantalla encendida iluminándole la cara desde abajo.
—María.
Levanta la vista. Tiene los ojos hinchados, la cara roja, los labios morados del vino, y me sonríe con una sonrisa enorme, de las suyas, de las de antes, pero torcida.
—¡Pelusilla! —Levanta la botella—. ¿Tú también tienes hambre? Siéntate. Siéntate aquí conmigo. Que esta nevera es la más cómoda de Roma.
Me siento a su lado, en el suelo. Las baldosas están heladas. Le quito la botella de entre las piernas, despacio, y no me la quita; me la deja, con la mano abierta.
—¿Cuánto llevas?
—¿De qué? ¿De vino? —Se ríe—. Esa es la segunda. La primera la he escondido en la maceta del recibidor, para que Anna no se enfade. Esa planta lleva un mes bebiendo más que yo.
—María.
—Ya lo sé. Ya lo sé, pelusilla. No me mires así, que me miras como mi madre.
Me enseña el móvil. En la pantalla hay una foto en blanco y negro, borrosa, con forma de cono: una mancha clara en el fondo de una cosa oscura, con números en una esquina.
—Mírale —dice—. ¿A que es guapo?
No sé qué decir. Es una ecografía.
—Doce semanas —dice—. Aquí tenía doce semanas.
¿Ves esto? Esto es la nariz. Giuseppe dice que no, que es una mancha de la máquina.
Pero es la nariz. Es la nariz de Giuseppe.
Tenía la nariz de Giuseppe, la pobre criatura, con lo grande que la tiene.
—Se ríe, y la risa se le rompe por la mitad—.
Pobrecito mío. Ni nariz le ha dado tiempo a tener.
—María…
—Le hablo todas las noches. ¿Sabes? Bajo aquí, me siento en la nevera y le hablo.
Le cuento cosas. Le he contado lo de la mortadela de la clínica.
Le he contado que Roni tiene un hoyuelo.
Le he contado que su tía Victoria va a tener una lenteja y que la lenteja va a ser su prima, aunque no se conozcan.
—Pasa el dedo por la pantalla, por la mancha clara—.
Le cuento que lo quiero. Que no se lo dije nunca en voz alta porque me daba vergüenza hablarle a la barriga delante de la gente, y ahora le hablo todo el rato y no está.
Me quedo quieta. Me arde la garganta.
—Me levanto por las mañanas —sigue, con la voz plana— y durante cinco segundos se me olvida. Te lo dije. Y luego me toco la barriga y me acuerdo. Ya no son cinco segundos, pelusilla. Ya son dos. Se me está acabando el tiempo de olvidarme.
—Eso va a pasar. Tu madre dijo…
—Mi madre dijo muchas cosas. —Coge la botella de mi mano, sin fuerza, y bebe a morro—. Mi madre también dijo que me iba a casar con un dentista.
Se ríe. Llora. Las dos cosas a la vez, con la botella en la boca, y el vino le cae por la barbilla.
—¿Sabes lo peor? —me dice—. Que me alegro por ti.
De verdad. Me alegro tanto que me duele.
Y cada vez que te veo ponerte la mano en la barriga sin darte cuenta, como te la pones, así, por abajo, me quiero arrancar los ojos.
Y luego me odio por querérmelos arrancar. Y luego bajo aquí y me bebo la planta.
—Entonces no me la pongo. No me la pongo delante de ti nunca más.
—¡No! —Me agarra la muñeca, fuerte, con los dedos fríos—. No, no, no. Póntela. Póntela siempre. Que alguien en esta casa se la ponga.
Nos quedamos calladas. La nevera zumba detrás de nuestras espaldas. Fuera, en el jardín, Rey gruñe en sueños.
—A veces pienso —dice María, muy bajito, mirando la ecografía— que está solo. Que está en algún sitio y está solo, y que es muy pequeño para estar solo. Y que si yo… —Se calla—. Que si yo fuera, por lo menos no estaría solo.
Se me hiela todo.
—María. Mírame.