CAPÍTULO 33 #3
—Ten cuidado con cómo me hablas. Todavía llevo el apellido de tu padre.
Fui su mujer veinticinco años. Sé lo que es esta casa y lo que es esta vida mejor que esa española que tienes ahí sentada.
No es culpa mía que esa mujer le esconda a su hija que se está muriendo.
Ni que tú se lo escondas también. Yo solo he dicho la verdad.
Se cruza de brazos.
—La verdad —repito—. Mira qué bien. Pues vamos a decir verdades, ya que estamos de buen humor.
—Doy un paso hacia ella—. La verdad es que el apellido es mío.
Lo llevas porque yo te dejo llevarlo, igual que estás en esta casa porque yo te dejo estar y igual que respiras en este jardín porque hoy, todavía, me da pereza impedírtelo.
La verdad es que en diez años no has llamado ni una vez, ni en mi cumpleaños ni en el de mi padre muerto, y que te has enterado de que existía la casa otra vez el mismo día que te has enterado de que valía más.
Y la verdad, Sofía, la más importante —bajo la voz—, es que en esta mesa la única que sobra eres tú. Y lo sabe hasta el león.
Rey, debajo de la mesa, se ha puesto de pie. No le gruñe. Solo la mira, con las orejas redondas tiesas, sin pestañear.
—Mira alrededor —le digo.
No se mueve.
—Mira alrededor, Sofía. Que te va a venir bien.
Por fin mira. Mira a Anna, en la puerta de la cocina, con el trapo en la mano.
Anna, que le sirvió veinte años, que le planchó las blusas, que le subió el desayuno todas las mañanas, que me crio a mí mientras ella hablaba por teléfono en un columpio.
Anna la mira a ella, luego me mira a mí, y da un paso. Solo uno. Y se pone a mi lado.
Mira hacia la verja, donde los dos chicos de la puerta han subido al oír el silencio y se han quedado al borde del césped con las manos cruzadas delante, mirándome a mí, esperando. Mira a Rey. Mira a Kiara, que no levanta los ojos del plato.
Lo entiende; le veo entenderlo en la cara.
Que en esta casa ya no hay nadie suyo. Que hace diez años que no lo hay.
Que todo lo que hay aquí, cada persona, cada piedra, cada perro, cada león, le pertenece a un solo hombre, y que ese hombre es el niño al que dejó en un porche con la tierra de Nápoles en las uñas.
Y que ese hombre, ahora mismo, no es su hijo. Es el Don.
Se calla. No dice nada más, ni el apellido, ni los veinticinco años, ni la española. Baja la cabeza y se queda ahí, pequeña, con el traje blanco, en la postura en que se quedan los hombres en mi despacho cuando entienden que ya no hay nada que negociar.
—Vete a tu cuarto. El del ala norte. El de los invitados.
Y no bajes hasta que te mande llamar. —Me pongo las manos en los bolsillos—.
Si te vuelvo a ver en mi despacho, en mi cocina o a menos de diez metros de Sara, te devuelvo a donde hayas estado estos diez años.
En el maletero. Y le digo al chófer que coja todos los baches.
Se va por el porche, por la puerta de la cocina, y Anna no se aparta. La obliga a pasar de lado.
Kiara se levanta detrás de ella, muy deprisa, con los ojos llenos, y antes de irse me mira, asustada, y luego mira a Victoria.
—Lo siento —le dice, casi sin voz—. Lo siento mucho. Yo no sabía nada.
Y se va corriendo detrás de mi madre.
VICTORIA
No lloro, y eso es lo raro. Tendría que estar llorando, gritando, tirando los platos, haciendo algo, y no hago nada: estoy sentada en mi silla, con las manos heladas encima de las rodillas a pesar del sol, mirando la espalda de mi madre.
Mi madre no se ha dado la vuelta. Está de pie en el césped, a cinco pasos de la mesa, de espaldas, con el pañuelo verde agua y los hombros encogidos, esperando otro golpe.
Me levanto. Las piernas me llevan solas hasta ella y me pongo delante. Tiene la cara mojada, el colorete corrido y el pintalabios rosa mate que le he puesto esta mañana mordido.
—Mamá.
—Mi niña.
—¿Cáncer?
No me contesta.
—¿Tienes cáncer?
Asiente una vez, muy pequeño.
Pierdo el aire de golpe, como si me sacaran de dentro la viga del centro, la que lo sujetaba todo, y el resto se quedara colgando sin saber hacia dónde caer.
—¿Y no me lo has dicho?
—Te lo iba a decir.
—¿Cuándo?
—En la cocina. —Le tiembla la voz—. Con un café. Como las cosas gordas. Te lo iba a decir yo, mi niña, con mis palabras, cogiéndote la mano. Cuando estuvieras más fuerte. Cuando te viera reírte más.
Ahí sí se me cae. Me acuerdo de cuando me dijo «rutina, no es nada» por teléfono, con una megafonía detrás llamando a la consulta siete.
De los pañuelos, de la suite, de Darío volviendo de Suiza con la cara de haber visto algo que no se puede deshacer.
De mi madre en la cocina, separando yemas, enseñándome la tarta de mi padre.
De ella diciendo «gracias, Dios, por dejarme esto» contra mi cuello hace un rato.
Por dejarme esto. Antes de irse.
—¿Y tú lo sabías? —Me giro.
Darío está detrás de mí, a dos pasos, y no dice nada.
—¿Lo sabías?
Ese silencio es la respuesta.
—Berna —digo—. Era eso. No había ninguna suiza.
No había ningún trabajo. Era ella. La llevaste a un médico.
Y lo sabías, y me mirabas a la cara todos los días, y me dejabas preguntarte, y me dejabas pensar que tenías a otra.
¡Me dejaste pensar que tenías a otra, Darío!
¡Me tomé las pastillas de tu caja porque pensaba que tenías a otra!
—Victoria…
—¡Y tú lo sabías!
—Me pidió que no te lo dijera.
—¡ME DA IGUAL!
Le pego en el pecho con los dos puños. No se aparta.
—¡Me has mentido!
—Lo sé.
—¡Los dos me habéis mentido!
—Lo sé.
—¡Os odio! ¡Os odio a los dos!
—Lo sé, nena.
Me doy la vuelta para irme, de este jardín, de esta casa, de esta vida, y me coge. No del brazo: me coge entera, me rodea con los dos brazos por detrás y me aprieta contra él.
—¡Suéltame!
—No.
—¡QUE ME SUELTES!
—No.
Pataleo, le doy codazos, le doy con la cabeza hacia atrás, en el pecho, le araño los brazos hasta que le hago sangre, y no me suelta.
—Te odio —le digo, y ya no grito; ya no me sale. Lo digo llorando, con la voz rota, con todo el cuerpo temblando contra el suyo—. Te odio, te odio, te odio.
—Ya lo sé. —Me aprieta más y me habla al oído, muy bajito—. Ódiame todo lo que quieras. Pégame. Muérdeme. Lo que te haga falta. Pero hoy no te suelto. Hoy no te vas a ningún sitio sola.
Me rindo. Las piernas no me sostienen, y él se va al suelo conmigo, poco a poco, sin soltarme, hasta que estamos los dos sentados en el césped, al lado de la piscina, yo entre sus piernas y de espaldas a él, con sus brazos alrededor.
Mi madre se arrodilla delante de mí, en el césped, con sus rodillas de cincuenta y cuatro años y sus huesos que ya no pesan, y me coge las manos.
—Perdóname, mi niña. Perdóname.
La miro a los ojos y le hago la pregunta que llevo haciéndome desde que Sofía ha dejado la copa en la mesa.
—¿Cuánto?
Cierra los ojos.
—¿Cuánto te queda, mamá?
No contesta.
—¡Dímelo! —Me falla la voz—. ¡He hecho una pregunta! ¡Que alguien en esta casa me diga la verdad de una vez! ¿CUÁNTO TE QUEDA?
El jardín entero se queda en silencio; solo se oye la fuente y mi respiración, que me sale a trompicones. Darío, detrás de mí, me aprieta un poco más.
Mi madre abre los ojos y me lo dice mirándome, sin apartar la vista, como se dicen las cosas gordas, aunque no estemos en la cocina y no haya café.
—Tres meses, mi niña. —Me aprieta las manos—. Con las pastillas, a lo mejor algo más. Pero tres meses.
Tres meses. Me quedo mirándola con las dos palabras en la boca, sin saber tragarlas.
Pienso en cosas tontas: que tres meses es lo que tarda la D de mi pierna en curarse del todo, lo que dura un verano, lo que tarda un león blanco en pesar treinta kilos, lo que tarda una lenteja en tener manos. Antes de que se me note la barriga, antes de que el niño se mueva, antes de que nazca.
Mi madre no va a conocer a mi hijo.
Eso es lo que me rompe del todo, más que el cáncer, más que la mentira, más que Darío o Sofía: que mi madre, que me crio sola desde que tenía once años, que me cantaba Serrat cuando tenía fiebre, que me esperaba con un vaso de leche cuando volvía del colegio, no va a coger nunca en brazos a mi hijo.
Me la imagino en su sofá con un bebé encima, cantándole bajito, y la imagen se me deshace antes de terminar de pensarla.
Grito. Creo que grito sin palabras, un ruido que me sale de debajo del ombligo, de donde está la lenteja, y que me sube por dentro hasta romperme la garganta.
Mi madre me abraza, y Darío, detrás, nos abraza a las dos, y nos quedamos los tres en el suelo del jardín.
No sé cuánto tiempo pasa. Sé que en algún momento mi madre me dice al oído que me quiere más que a nada en el mundo, y que en algún momento Darío me dice al oído que no me va a soltar nunca.
Y sé que en algún momento levanto la vista, por encima del hombro de mi madre, hacia la casa, hacia el ala norte.
En una ventana del segundo piso, detrás de la cortina, hay una mujer rubia con un traje blanco, mirándonos con una copa de vino en la mano.
Cuando se da cuenta de que la miro, levanta la copa un poco, hacia mí, como en un brindis, y cierra la cortina.