CAPÍTULO 33 #2
—Sí —miento.
Kiara me mira desde el otro lado de la mesa, con los ojos húmedos, y me sonríe un poco, con vergüenza. Le devuelvo la sonrisa.
—Bueno —dice María, rompiendo el silencio con la copa otra vez llena—. Todos tenemos una historia triste que no contamos. Unos más que otros. Y lo importante es estar aquí. Y comer. Y beber. —Levanta la copa—. Por estar aquí.
—Por estar aquí —dicen todos.
Levantamos las copas; yo, la mía de zumo de piña. Sofía se fija en ella, en el zumo, y frunce el ceño un milímetro.
Bajo la copa.
Darío se inclina hacia mí y me da un beso en el cuello, delante de todos otra vez.
—Esos ojos llenos que tienes —me dice al oído— más te vale que sean porque lo vamos a decir ya. Porque si son por otra cosa, me enfado. Y tú no quieres que me enfade delante de mi madre, que se le corre el maquillaje.
Me río con los ojos mojados y le cojo la mano. Me mira y asiente una vez, muy pequeño.
Ahora.
—¿Qué estáis cuchicheando vosotros dos? —dice mi madre, con la boca llena de ternera—. ¿Y qué es eso de «decirlo»? ¿Decir qué?
Al otro lado de la mesa, María deja la copa muy despacio y se queda quieta, con la boca apretada para no sonreír. Giuseppe se mete un trozo de pan entero en la boca para tenerla ocupada.
Darío no dice nada. Sin soltar la copa que tiene en la otra mano, me pone la mano en el vientre, abierta, encima de la camiseta roja, y la deja ahí.
Mi madre lo ve, y se le cae el tenedor.
—Ay —dice.
Se tapa la boca con las dos manos y le brillan los ojos; tanto que le desborda una lágrima por la mejilla y le arrastra el colorete que le he puesto esta mañana.
—Vamos a tener un hijo —dice Darío—. Victoria está embarazada.
—Mare de Déu. —Mi madre se pone de pie—. Mare de Déu. Mare de Déu santíssima.
Tres. Lo sabía.
Rodea la mesa, tropieza con la pata de una silla y le da igual. Llega hasta mí, me levanta de la silla tirándome de los brazos y me abraza: con todo, con la cara en mi cuello y la mano en mi nuca, oliendo a Nenuco, y le noto los omóplatos debajo de la blusa, más afilados de lo que me acordaba.
—Mi niña. Mi niña. Mi niña.
Llora, y lloro yo, y en algún momento, con la cara en mi pelo, se para.
Se separa un poco. Mira a María, que sigue sentada con la boca apretada.
Mira a Giuseppe, que ha terminado el pan y no sabe qué hacer con las manos.
Mira a Lolo, que aplaude solo en el respaldo de la silla, porque se lo ha enseñado Roni y aplaude a todo.
—Un momento —dice mi madre—. Un momento, un momento. ¿Vosotros lo sabíais?
María mira al cielo. Giuseppe mira a Darío. Darío mira a Giuseppe.
—Desde el otro día —confiesa María, muy bajito—. Estuvimos en la clínica.
—¡¿En la clínica?! ¡¿Qué clínica?! —Mi madre se gira hacia mí con los ojos como platos—. ¿Lo sabía todo el mundo menos yo? ¿Lo sabía hasta el mono?
—El mono se enteró el primero —dice Giuseppe—. Estaba en la lámpara.
—¡Me cago en la mar! —dice mi madre, y se tapa la boca porque ella no dice esas cosas, y María se echa a reír, y yo me echo a reír llorando, y mi madre me da una palmada en el brazo—.
¡Tú! ¡Embarazada y me lo dices la última, después del mono!
¡Después de un mono, Victoria! ¡Que te he parido yo, no el mono!
Y luego me vuelve a abrazar, más fuerte, y me dice al oído, tan bajito que creo que no me lo dice a mí:
—Gracias, Dios. Gracias por dejarme esto.
No entiendo qué quiere decir. Por dejarme esto. Me da igual, y la abrazo más fuerte.
Por encima de su hombro veo a Sofía, sentada, la única que no se ha levantado, con la servilleta blanca en el regazo y la cara del mismo color que la servilleta.
Me está mirando el vientre, y luego me mira a mí.
En esa cara no hay nada, ni alegría ni enhorabuena; solo una cosa fría que hace cuentas, que me recorre de arriba abajo y vuelve a pararse en el vientre.
A su lado, Kiara aplaude con Lolo, despacio, con los ojos brillantes.
María me abraza después de mi madre, largo, sin soltarme, y noto que tiembla. Me lo dice al oído, tan bajo que solo lo oigo yo.
—En la clínica no te lo dije. No era el momento. —Me aprieta—. Yo no voy a poder tener otro, ¿sabes?
Me quedo quieta.
—María…
—Me lo dijeron en el hospital. Después. La bala, el niño, todo junto. Me quedó algo roto dentro que no se arregla. No se lo he contado a nadie más que a Giuseppe. Por eso me fui a casa de mi madre. No por ti. Por eso.
—María, yo…
—Pero voy a ser la mejor madrina del mundo. —Se separa un poco. Tiene la cara mojada y sonríe—. La más pesada. La que le compre los regalos que tú no le dejes tener.
Me quiero morir, porque estoy aquí, en el jardín, con mi madre llorando de alegría y mi hombre sonriendo y un hijo dentro, y mi mejor amiga, la que corrió por un aparcamiento porque yo le dije que corriera, me está diciendo que nunca va a poder tener lo que yo tengo.
—Vamos a la piscina —le digo, cogiéndola de la mano—. Un momento. Las dos.
Nos sentamos en el borde, lejos de la mesa, con los pies en el agua. María llora sin ruido, mirando el agua, y le seco la cara con la punta de la camiseta.
—Lo siento —le digo—. No tendría que haberlo dicho hoy. Delante de ti.
—No. —Me para—. No me quites eso también.
—¿Qué te quito?
—La alegría de verte así. Que yo no pueda tenerlo no significa que no pueda alegrarme de que tú lo tengas. Me duele muchísimo. Y me alegro muchísimo. Las dos cosas a la vez. Como todo en esta familia.
Se levanta y se sacude el vestido.
—Me voy un rato arriba. No es por ti. Es que necesito llorar sola, que delante de Giuseppe no puedo, porque si lloro yo llora él, y si llora él me da la risa, y si me da la risa me siento fatal.
Me da un beso en la frente y se va. Desde el borde de la piscina veo a Giuseppe levantarse de la mesa con una botella de vino en la mano y seguirla a la casa sin decir nada, con Lolo subido a la espalda.
Me quedo sola, con los pies en el agua, mirando la mesa, donde solo quedan cuatro personas: mi madre, Darío, Sofía y Kiara.
Mi madre se está secando los ojos con una servilleta, con disimulo, mirando hacia otro lado, y esas lágrimas ya no son de alegría. Lo sé. Conozco las lágrimas de mi madre tan bien como su letra, y esas son otras.
Vuelvo a la mesa y me siento al lado de Darío, y hay un silencio raro, el de cuando la gente acaba de decir algo y se calla en cuanto llegas.
—Me voy a echar un rato, cariño —me dice mi madre, levantándose—. Ha sido mucha emoción. Y mucha comida. Y este sol me tiene mareada.
—¿Ya te vas?
—Un ratito. Una siesta. —Me pone la mano en la mejilla—. Y luego hablamos tú y yo. De todo. Te lo prometo. En la cocina.
Se da la vuelta y da dos pasos hacia la casa, y Sofía deja la copa en la mesa.
—Sara, querida.
Mi madre se detiene.
—Antes de que te vayas —dice Sofía, con la voz dulce—. Quería decirte que lo siento muchísimo. Lo de tu enfermedad. —Hace una pausa—. Cáncer, ¿verdad? Qué desgracia, a tu edad. El médico ha dejado tu medicación esta mañana. Las cajas. Las he visto. Por si las buscas.
Y el mundo se para.
DARÍO
Lo primero que veo es la cara de Victoria. No la de Sara, que se ha quedado de espaldas a nosotros con los hombros encogidos, en la postura de quien acaba de recibir un golpe en la nuca; ni la de mi madre, que ha vuelto a coger la copa y bebe con tranquilidad.
En la cara de Victoria no queda nada. Se le ha ido todo, el color, la sonrisa, los ojos llenos de hace un rato. Mira la espalda de su madre. Solo eso.
Luego me mira a mí, y en esa mirada lo veo todo. Veo cómo se le junta en un segundo, una pieza detrás de otra, como fichas de dominó cayendo: los pañuelos, Berna, la suite, la mujer que me llamó y de la que no quise decirle el nombre, mi cara al volver de Suiza.
Y veo que sabe que yo lo sabía.
Me miro la muñeca con la boca seca.
Le cojo la mano y me la quita de un tirón, como quien toca un fuego.
Me levanto.
La silla se arrastra hacia atrás con un ruido largo. Anna, en la puerta de la cocina, da un paso atrás. Kiara se encoge en su silla y se mira las manos, asustada.
Mi madre deja la copa y me mira con la cabeza alta y la sonrisa de las cenas.
—¿Qué? —dice—. ¿He dicho algo malo?
Rodeo la mesa despacio. Me paro a su lado, yo de pie y ella sentada, y la miro desde arriba.
—Levántate.
—¿Perdona?
—Que te levantes, Sofía. De esa silla, de esa mesa y de mi jardín.
—Darío, estamos comiendo, no hagas una escena…
—¿Una escena? —Me río—. Acabas de anunciarle a una mujer que se muere delante de su hija embarazada, en el postre, con la tarta encima de la mesa. Eso es una escena. Lo mío va a ser un trámite.
Mi madre no se levanta. Me sonríe.
—No me hables así. Soy tu madre.
—Mi madre se fue por ese camino. —Señalo la verja con la barbilla—.
Ese. El de las piedras blancas. Lo mandé rastrillar después, porque se te quedaron marcadas las ruedas de la maleta.
—Me inclino hacia ella—. Tú eres una señora que ha llegado en taxi, sin avisar, que le ha puesto nota a la salsa de Anna, que pide el agua con gas a temperatura ambiente y que acaba de abrir una caja que no era suya.
—Yo no he abierto ninguna caja. Estaban a la vista.
—Gery no las dejó a la vista.
Deja de sonreír durante un instante.
—Gery las dejó en mi despacho —sigo—. Encima de mi mesa. Con la puerta cerrada con llave. Porque yo se lo pedí. Porque en mi despacho no entra nadie. Ni Anna. Ni Giuseppe. Nadie. —Ladeo la cabeza—. Así que dime, Sofía. ¿Qué hacías tú en mi despacho esta mañana?
—Buscaba un cargador.
—Un cargador.
—Sí.
—En mi despacho. Cerrado con llave.
—Darío…
—Debajo de las pastillas de una mujer que se está muriendo. —Le sonrío—. ¿Y lo encontraste? El cargador. Porque si no, te dejo el mío. Es largo. Llega desde aquí hasta el aeropuerto.
Abre la boca y no le sale nada.
Entonces lo intenta. Se levanta por fin, apoyando las manos en la mesa, y se pone delante de mí, que le saco dos cabezas desde que tenía quince años, y levanta la cara.