NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

VICTORIA

Mi madre tiene la piel muy fina.

Me doy cuenta mientras la maquillo. Está sentada en el borde de la cama, con la cara levantada hacia mí y los ojos cerrados, y cuando le paso la esponja por los pómulos la piel se le mueve debajo, transparente como el papel de seda con el que se envuelven los zapatos caros.

En las sienes se le ven las venas, pequeñas y azules, y no me acordaba de que se le vieran.

—Más colorete —me dice, sin abrir los ojos—. Que parezco la Virgen de los Dolores.

—Ya llevas mucho.

—Pues más. Que hoy es un día bonito. Me lo has dicho tú.

Hoy es un día bonito. Lo decidimos anoche Darío y yo, en la cama, a las cuatro de la mañana, cuando me desperté y lo encontré sentado en el borde con la mano en mi vientre y los ojos clavados en la puerta: una comida en el jardín con todos.

Mi madre, María, Giuseppe; su madre, aunque no nos guste, y la chica que ha venido con ella, aunque no la conozcamos.

Todos juntos, al sol, en las mesas negras al lado de la piscina.

En el postre se lo decimos. Que voy a tener un hijo. Que mi madre va a ser abuela.

La miro con los ojos cerrados y la cara levantada hacia mí, con el pañuelo de hoy, uno de seda verde agua que le queda precioso, y me imagino su cara cuando se lo diga: cómo va a abrir los ojos grises, cómo se va a tapar la boca con las dos manos, cómo va a decir «Mare de Déu» tres veces seguidas, luego se va a echar a llorar y luego me va a regañar por no habérselo dicho antes. Se me escapa la sonrisa.

—¿De qué te ríes? —dice, sin abrir los ojos.

—De nada.

—Te estás riendo de algo. Te oigo la sonrisa. —Abre un ojo—. Cuando tenías tres años te reías así cuando habías escondido las llaves del coche de tu padre en la lavadora.

—No me estoy riendo.

—Mentirosa. Igualita que él.

Le pinto los labios de un rosa mate, con cuidado, y ella hace eso de juntar los labios para extender el color, lo mismo que me ha hecho toda la vida delante del espejo del baño de casa, y me da tanta ternura que tengo que apartar la mirada.

—Oye, mamá.

—Dime.

—¿Qué te parece la madre de Darío?

Abre los dos ojos y me mira, y durante un rato no dice nada. En ese rato ya sé lo que me va a decir, porque conozco el silencio que pone mi madre antes de soltar algo que no me va a gustar.

—Mira, hija. Yo no me meto. —Que es lo que dice siempre antes de meterse hasta el fondo—.

Pero esa señora anoche, en la cena, le pidió a Anna el agua con gas «a temperatura ambiente».

A temperatura ambiente, Victoria. ¿Tú sabes lo que es eso?

Eso es agua caliente con burbujas. Eso no se lo bebe ni un enfermo.

—Mamá.

—Y le dijo a Anna que la salsa «estaba regular».

Regular. A la salsa de Anna. Que Anna lleva treinta años en esta casa haciendo esa salsa y esa señora llega en un taxi y le pone nota.

—Se coloca el pañuelo—. Esa es de las que ponen el bolso en la silla de al lado para que no se siente nadie.

Te lo digo yo, que he conocido a muchas.

De las que te miran por encima del hombro hasta cuando son más bajitas que tú.

—¿Y la chica?

—¿Qué chica? ¿La de los rizos? —Se le ablanda la cara de golpe—.

Ay, la pobre. Esa criatura está en los huesos, hija.

Le he visto las muñecas cuando cogía el pan y me he puesto mala.

Esa necesita un cocido. Dos cocidos. Y que alguien le diga que es guapa, que se le nota que no se lo ha dicho nadie en la vida.

—Se levanta de la cama—. Si se queda unos días, le hago croquetas.

Que por lo menos en esta casa alguien coma con ganas que no seas tú, que te comes hasta las servilletas.

Le alargo la mano para colocarle el pañuelo, que se le ha movido un poco, y para quitárselo y peinarla, porque hoy es un día bonito y quiero verle el pelo gris. Se aparta rápido, un paso atrás, con la mano en el pañuelo.

—No, hija.

—Solo te lo iba a colocar.

—Ya me lo coloco yo. —Se lo ajusta delante del espejo—. Es que no me he lavado el pelo y lo tengo hecho un asco. Anda, vamos abajo, que tu italiano tiene hambre, y cuando tiene hambre se pone a mirar a la gente como si se la fuera a comer.

Sale, y me quedo sola en el cuarto del olivar con el pintalabios en la mano y una cosa fría en el estómago que no es la lenteja.

Desde que llegó lleva pañuelos, uno distinto cada día: uno beige, uno azul, uno de flores, uno verde agua. Y no le he visto el pelo ni una sola vez.

Las mesas han quedado preciosas. Las hemos puesto Anna y yo esta mañana debajo del porche de madera que hay al lado de la piscina, donde da la sombra: dos mesas negras, largas, con manteles blancos y jarrones de tulipanes rojos, de los que quedan, que Anna ha ido recortando y cambiando de agua para que aguanten.

Hay fuentes de pasta fría con albahaca, ternera, salmón, ensaladas, el pan de Anna todavía caliente y una tarta de chocolate que esta vez he hecho yo sola, sin ayuda, y que creo que me ha salido menos seca.

Darío preside desde la cabecera, con una camiseta negra, unos pantalones cortos, unas chanclas y una gorra negra puesta del revés que no le había visto nunca y que le quita diez años y lo hace diez veces más peligroso.

Giuseppe se ha sentado enfrente, con la camisa remangada; María, a su lado, con un vestido de tirantes amarillo y una copa de vino blanco que se está terminando antes de que hayamos empezado, y Lolo, en el respaldo de su silla, pela una uva.

Luego están ellas. Mi madre al lado de Sofía, que va de blanco de arriba abajo como si la comida fuera en un barco, y Kiara al lado de Sofía, con un vestido negro sencillo y el pelo castaño suelto, rizado, hasta la cintura.

Es muy guapa, de esa manera que no sabe que lo es, y come mirando el plato, con los hombros un poco encogidos, como si pidiera perdón por ocupar la silla.

Yo llevo unos shorts vaqueros blancos y una camiseta roja de Darío que me queda enorme, y se me ven los moratones: los de las piernas, que ya están amarillos y verdosos y con esta luz se ven horribles, y los puntitos de la aguja, que ya casi no se notan salvo con este sol.

Y en el muslo izquierdo, por debajo del borde del short, la D, blanca y levantada, con los bordes todavía rosados.

Sofía me lo mira todo, uno por uno, desde el otro lado de la mesa, con una copa de vino tinto en la mano y una sonrisa pequeña que no dice nada. En la D se para mucho rato.

—Trae tu culo aquí, nena —dice Darío, separándome la silla—. Tengo hambre.

Cuando me acerco no me saluda con la mano ni me guiña un ojo: me coge por la nuca y me planta un beso en la boca delante de todo el mundo, largo, de los suyos, de los que no se dan en una comida familiar. Me siento con la cara ardiendo.

—Darío —dice Sofía, sin levantar la voz—. Un poco de clase, por favor. Que estamos comiendo. ¿Cuándo te has vuelto tan… rústico?

Darío se echa hacia atrás en la silla, me pasa el brazo por los hombros y se toma su tiempo.

—En el porche, Sofía. El día que te fuiste con la maleta. Me crio Anna, que me enseñó a usar los cubiertos, y me criaron los perros, que me enseñaron todo lo demás. —Le sonríe—. Si querías un hijo con clase, haberte quedado a enseñarle.

Sofía no contesta. Se sirve agua, sin gas, mirando la jarra. Desde la puerta de la cocina, Anna se da la vuelta muy deprisa, y estoy casi segura de que es para reírse.

Es Sofía la que lo saca. Estamos con la ternera, Giuseppe le está contando a mi madre lo de la noche del confeti, mi madre se ríe con la boca llena y yo estoy a punto de relajarme por primera vez en todo el día cuando Sofía deja el tenedor en el plato.

—Kiara, cielo —dice—. ¿Por qué no les cuentas tu historia? Para que te conozcan. Que van a ser tu familia unos meses.

Kiara levanta la vista del plato y se pone roja.

—No sé si es el momento, Sofía.

—Claro que es el momento. Aquí todos somos de confianza. —Sofía me mira a mí—. ¿Verdad, Victoria?

—Claro —digo.

Kiara cuenta bajito, con una voz suave que hace que todos en la mesa se inclinen un poco hacia ella sin darse cuenta.

Cuenta que no sabe dónde nació. Que de lo primero que se acuerda es de una casa grande, fría, con muchas puertas, en la que no la dejaban entrar en todas las habitaciones.

Que tenía una madre que no la miraba nunca y un padre que la miraba demasiado.

Que su padre no era un buen hombre. Que hacía cosas que un padre no hace.

Que no se acuerda de todo, que la cabeza le ha borrado muchas cosas, pero que se acuerda de lo suficiente.

—Y un día —sigue, muy bajito—, cuando tenía doce años, mi madre me metió en un coche.

De noche. Condujo horas. Paró delante de un portón de madera en una montaña y me dijo que bajara.

Bajé. Arrancó y se fue. Y me quedé delante del portón con una mochila.

Llamé. Me abrió una monja. —Se encoge de hombros—.

Y ahí me quedé once años. Hasta que llegó ella.

Mira a Sofía, y Sofía le pone la mano en el brazo.

Yo dejo de comer, porque me acuerdo de algo.

No se parece en nada, pero me acuerdo de una celda y del frío, de unas manos que me agarraban del pelo para moverme de un sitio a otro, a mí, que pesaba lo que una silla.

De Genoveva, de rodillas a mi lado, lavándome el pelo en una palangana con mucho cuidado y diciéndome muy bajito que de allí no se bajaba nunca.

No puedo tragar.

—Ay, hija. —Mi madre ha dejado el tenedor y tiene los ojos brillantes—.

Lo siento mucho. Mucho. —Me coge la mano por debajo de la mesa, fuerte, y no sé si me la coge por Kiara o por mí—.

A todas nos toca bailar con el diablo alguna vez, cariño.

Pero a algunas nos sacan a bailar demasiado pronto.

—Me aprieta la mano—. Yo no habría podido soportar que a mi niña le pasara algo así. Te lo digo de verdad. No habría podido.

Me mira a mí cuando lo dice, y le aprieto la mano de vuelta con los ojos llenos. Por el otro lado, debajo de la mesa, noto la mano de Darío en mi muslo, encima de la D, quieta, pesando.

—¿Estás bien? —me dice mi madre.