NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 32 #4
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CAPÍTULO 32 #4

No dice nada. Coge la silla de al lado, la levanta con una mano, la pone en la cabecera, pegada a la de ella, y se sienta. Las dos sillas en el mismo sitio. Él ocupa tres cuartas partes. Ella se queda con el borde.

Mi suegra aguanta treinta segundos. Luego se cambia de sitio.

Mi madre y ella se miran por encima de la mesa con la cara de dos perros en una calle estrecha.

—Buenas noches —dice mi madre—. Soy Sara. La madre de Victoria.

—Sofía. La madre de Darío. —Le mira el pañuelo—. Qué pañuelo tan… práctico.

Mi madre sonríe.

—Gracias, cariño. Es del mercadillo. Siete euros. —Se sienta—. El suyo, el traje blanco ese, ¿de dónde es? ¿Del monasterio?

Darío se atraganta con el agua, le doy un golpe en la espalda y debajo de la mesa le cojo la mano. Me hace una cosa con el pulgar en la palma, dos veces, que es una cosa nuestra, que significa «aguanta», y «después», y «no se lo digas a nadie todavía».

La cena es larga. Mi suegra le pide a Anna el agua con gas «a temperatura ambiente».

Le pregunta a mi madre a qué se dedica, y cuando mi madre dice que era guía de autobús, dice «qué entrañable».

Kiara no habla. Come poco, mirando el plato, y cuando coge el pan se le ven las muñecas, tan finas que mi madre deja el tenedor un momento para mirarlas.

Me pongo la otra mano en el vientre, por debajo de la mesa, donde nadie la ve.

DARÍO

Son las tres de la mañana y no duermo.

Victoria duerme atravesada, ocupando la cama entera, con una mano en el vientre y Copito en los pies. Ronca con el silbido de siempre, y oírlo me tranquiliza como a los que viven en la costa los tranquiliza el mar, pero aun así no me duermo.

Bajo al jardín descalzo, sin camiseta, con un cigarro sin encender, y la encuentro en el columpio.

Está sentada en el columpio del porche, con una bata de seda encima del camisón y una copa de vino, balanceándose con un pie, mirando la piscina iluminada desde dentro. No me ha oído bajar. O sí, y le da igual.

—No puedes dormir —dice, sin girarse.

—Tú tampoco.

—Yo nunca he dormido en esta casa. —Bebe—. Tu padre roncaba como un tren y se levantaba a las cuatro a hablar por teléfono en el despacho. Las paredes de esta casa no aíslan nada, Darío. Las mandó hacer él así. Para oírlo todo.

Me siento en el escalón del porche, a dos metros de ella, de espaldas. No en el columpio. En el columpio no me siento con ella ni muerto.

—¿Qué quieres, Sofía?

—Ya te lo he dicho. Volver.

—No. Lo que quieres.

Se ríe bajito.

—Eres igual que él. Él también preguntaba dos veces. La primera para que mintieras. La segunda para saber cuánto.

—Yo pregunto dos veces porque la primera no me la creo nunca.

Silencio. El columpio cruje. En el agua de la piscina se mueve una hoja de olivo, despacio, dando vueltas.

—Te esperé aquí —le digo.

No sé por qué se lo digo. No pensaba decírselo nunca. Me sale solo, con la voz plana, mirando el agua.

—El día que te fuiste. Me senté en este columpio cuando el taxi desapareció en la curva, y me quedé aquí hasta que se hizo de noche. Esperando a que diera la vuelta.

El columpio deja de crujir.

—No dio la vuelta —le digo—. Al día siguiente vine otra vez. Y al otro. Una semana. Luego Anna me dijo que ya estaba bien, que me iba a quedar pegado al columpio, y me subió la cena aquí fuera para que por lo menos comiera.

Me giro y la miro. Tiene la copa quieta en la mano y la cara blanca, sin la sonrisa de las cenas. Por primera vez en todo el día, no tiene ninguna sonrisa puesta.

—Darío…

—No. No digas nada. No te lo cuento para que digas nada. Te lo cuento para que sepas que ya no espero. —Me levanto—. Que ese niño se cansó la primera semana. Y que el que hay ahora no espera a nadie. Le esperan a él.

—Soy tu madre.

—Eres una señora que se sienta en mi columpio.

Me levanto y me quedo delante de ella, mirándola desde arriba, con la piscina detrás encendiéndome la espalda, las marcas de mi padre a la vista. Me doy la vuelta y le doy la última calada al cigarro. Ella las mira. Sé que las mira.

—¿Te acuerdas de esas? —le digo.

No contesta.

—Yo sí. Me acuerdo de cada una. Y me acuerdo de que estabas en la casa cuando me las hizo. En el piso de arriba. Con la puerta cerrada. Con la radio puesta, un poco más alta de lo normal.

Se le cae una gota de vino en la seda de la bata. No la limpia.

—No podía hacer nada, Darío. Tú no sabes cómo era él conmigo.

—Lo sé exactamente. Me lo hacía a mí también. —Me agacho hasta tener la cara a la altura de la suya—. La diferencia es que yo tenía nueve años. Y tú subías la radio.

No dice nada. Por primera vez en mi vida, mi madre no tiene nada que decir.

Me levanto, cojo la copa de su mano, sin que se resista, me bebo lo que queda de un trago y se la devuelvo vacía.

—El vino de esta casa también es mío —le digo—. Mañana, comida en el jardín. Ponte guapa. Vas a conocer a mi familia. La de verdad.

Me voy hacia la casa. Al llegar a la puerta, la oigo, a mi espalda:

—Darío. Te pareces a él. Pero no eres él.

No me giro. Me quedo un segundo con la mano en el marco de la puerta, con la madera clavándoseme en la palma, y no sé si eso que me ha dicho es lo peor que me ha dicho en la vida o lo único bueno.