NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 32 #3
84%

CAPÍTULO 32 #3

—Sofía —repite—. Ya no me llamas mamá.

—Para eso hay que estar.

Mi madre se gira y ve a Victoria. Conozco la mirada que le echa.

Es la que les ponía a las chicas que yo traía a casa a los dieciséis, a las hijas de los socios de mi padre, a cualquier mujer que se acercaba a menos de un metro de lo que ella consideraba suyo.

Empieza en los zapatos, sube sin prisa, se para en cada defecto, lo apunta en una libreta invisible y sigue subiendo.

Las zapatillas del club. Los shorts destrozados. La camiseta de María, que le queda corta. La delgadez. El esparadrapo de la vía. El pelo, negro, larguísimo, suelto, todavía con trocitos de plata. Ahí se para mucho.

—¿Y esta?

Esta. No «¿quién es?» ni «¿no me presentas?». Esta, lo que se dice de un mueble.

Victoria da un paso adelante y le tiende la mano con una sonrisa enorme, de las suyas, de las que le arrugan la nariz.

—Hola, Sofía. Soy Victoria. La prometida de Darío.

Mi madre mira la mano un momento largo, luego se la coge con dos dedos: un apretón flojo, frío, de un segundo.

—¿Prometida? —Sube la voz dos tonos y me mira a mí—. ¿Prometida, Darío? ¿Y no me lo dices?

—No sabía adónde mandarte la invitación. En tu monasterio no había correo.

No me contesta. Vuelve a mirar a Victoria.

—Española, ¿verdad? Se nota en el acento.

—De Barcelona.

—Ah. Barcelona. —Una pausa—. Fui una vez. Mucho turista. Muy sucio.

—Hay partes muy bonitas.

—No lo dudo, bella. —Le mira el pelo—. ¿Y ese pelo? ¿Tan largo, y suelto, a tu edad? En Italia, las mujeres de cierta casa se lo recogen. Suelto así parece que te acabas de levantar de una cama que no es la tuya.

Victoria deja de sonreír. Es un instante, solo uno, pero lo veo, y en la muñeca la pulsera se me pone gris de pizarra.

Me sube por la garganta una cosa caliente que viene desde los pies, de las que hacen que un hombre cruce una sala y le rompa la cara a otro. Cierro la mano sin pensarlo.

Victoria me pone la mano en el brazo, porque lo nota, y se ríe.

—Es que he pasado la noche en una camilla, Sofía.

Pero la cama de antes de anoche sí era la mía, se lo prometo.

—Se echa el pelo hacia atrás con las dos manos, sin prisa, con todo el descaro del mundo—.

Una peluquera de Prati me dijo hace poco que esto es pelo de reina y que no me lo dejara tocar por nadie.

Usted lo lleva corto, y le queda estupendo.

Cada una tiene la cabeza que le corresponde.

Mi madre se queda mirándola, y por primera vez desde que he llegado le veo en la cara algo que no traía preparado.

—Mi cama, Sofía —le digo—. La de antes de anoche, la de esta noche y la de todas las noches que le queden. Para que no te líes con las camas.

—Y ella —dice mi madre, girándose hacia el columpio, con la sonrisa de las cenas puesta otra vez— es Kiara.

La chica se levanta del columpio y se acerca despacio, sin saber dónde poner las manos.

—Kiara ha tenido una vida muy difícil —sigue mi madre—. La conocí en el monasterio. Llegó allí muy jovencita, sin familia, sin nada. Yo la cuidé. Le enseñé a leer latín, a coser, a rezar. Ha sido una hija para mí. —Le pone una mano en el hombro—. La hija que no tuve.

La hija que no tuve. Delante de mí. Delante del hijo que tuvo.

No me muevo. No le doy ese gusto.

—Hola —dice Kiara, muy bajito, roja hasta las orejas—. Gracias por dejarme quedarme en vuestra casa. Será poco tiempo, de verdad. Hasta que encuentre trabajo. No voy a molestar.

Le doy la mano. La tiene helada y le tiembla un poco.

—Aquí no molesta nadie que no haga nada —le digo—. Lo que hace mi madre no es culpa tuya.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunta Victoria.

—Veintitrés. Cumplo veinticuatro en otoño.

—¡Casi como yo!

Kiara sonríe por primera vez, una sonrisa pequeña, de chica que no está acostumbrada a que le hablen con cariño, y de repente, sin avisar, abraza a Victoria.

Victoria se queda quieta un segundo y luego le devuelve el abrazo, porque Victoria abraza a todo el mundo: a Leo, a Santiago, a la peluquera, a un león.

VICTORIA

La casa es mía. Bueno, no es mía, es de Darío, pero desde hace meses es mía también, porque duermo en ella y como en ella, he llorado en el suelo de sus pasillos y me he reído en su piscina, y conozco cada escalón que cruje.

En los diez minutos siguientes, esta mujer me la quita entera.

—Anna, querida —dice, entrando en la cocina, donde Anna está fregando una taza con la cara de quien friega un arma—. Sigues aquí. Qué tenacidad.

Anna no se gira, pero se le tensa la trenza gris en la espalda.

—Señora.

—Has cambiado las cortinas. Eran mejores las de antes. Las de lino. Estas son… prácticas.

—Las eligió la señorita Victoria.

Mi suegra se gira, me mira y sonríe.

—Ah. Claro.

—Las cortinas de lino las quemé yo —dice Darío desde la puerta—. En la chimenea. El día que te fuiste. Ardieron fatal, por cierto. Como todo lo tuyo.

Mi madre no está. Enzo la ha llevado al mercado esta mañana y luego a dar una vuelta larga por el Gianicolo que no estaba prevista, porque Darío lo ha llamado desde el coche y le ha dicho una frase en napolitano. Ahora la entiendo: no quería que mi madre estuviera aquí cuando llegara la suya.

En el salón, mi suegra se sienta en el sofá de terciopelo, el grande, el mío, donde yo veo películas con los pies en el regazo de Darío.

Se sienta en mi esquina, con las piernas cruzadas, y Kiara a su lado, en el borde, con las manos en las rodillas, mirándolo todo con los ojos muy abiertos, como una niña en un museo.

Copito aparece en la puerta y le ladra a mi suegra. Copito no le ladra nunca a nadie. Copito no ladra: es un perro que se rinde enseñando la barriga, se la ha enseñado a Roni, al cartero, a un león, y a esta mujer le ladra con la oreja que tiene de pie más de pie que nunca.

—¿Y esto qué es? —dice ella, apartando los pies.

—Es Copito.

—Es una rata con pelo.

—Es mi perro.

—¿Y lo dejas entrar en el salón?

—Lo dejo entrar en la cama.

Por detrás de mí oigo a Darío hacer un ruido con la nariz que, si no lo conociera, diría que es una risa.

Luego aparece Rey, por la puerta del jardín: trece kilos de león blanco, mojado de la manguera de Anna, con las patas llenas de barro, que entra en el salón con la cabeza alta, mira a la mujer del sofá y se sienta delante de ella, a un palmo de sus pantalones blancos.

Mi suegra se queda blanca. Más que el pantalón.

—Darío.

—Dime.

—Hay un león en el salón.

—Es Rey.

—¡Es un LEÓN!

—Es un cachorro. Pesa trece kilos. Se come uno de esos al día. —Señala los pantalones blancos de su madre con la barbilla—. Bueno, no de esos. De pollo. Pero no distingue mucho.

Rey bosteza, un bostezo enorme, con todos los dientes, a un palmo de las rodillas de mi suegra, y Kiara se echa a reír con una risa bajita que se tapa con la mano.

Cuando la oigo reírse, me cae bien.

Mi suegra se va a cambiar. Dice que el viaje la ha dejado agotada, que quiere ducharse y que si su habitación de siempre está libre.

—¿Cuál es su habitación de siempre? —pregunto.

—La del fondo. La que da al olivar.

Se me da la vuelta el estómago.

—Esa está ocupada.

—¿Ocupada? ¿Por quién?

—Por mi madre.

Se para en el primer escalón y se gira.

—¿Tu madre vive aquí?

—Está pasando una temporada.

—Ah. —Me mira de arriba abajo otra vez—. Así que la casa de mi hijo se ha convertido en una pensión para españolas.

Darío habla desde detrás de mí, sin levantar la voz.

—La casa de tu hijo es de quien tu hijo diga. La madre de Victoria tiene la habitación del olivar porque se la he dado yo, y le he mandado bordar las toallas con su nombre. Tú tienes la del ala norte. La que da a la carretera. —Hace una pausa—. La de los invitados que se van pronto.

—Invitados —repite ella.

—Y que se van pronto. Te lo digo dos veces porque a ti las cosas una sola vez no se te quedan. En diez años no se te ha quedado ni mi cumpleaños.

Mi suegra lo mira un buen rato. Luego sube. Kiara la sigue, y en el último escalón se gira y nos dedica una sonrisa pequeña, de disculpa, como pidiendo perdón por subir detrás de ella.

Nos quedamos solos en el recibidor. Darío no dice nada. Está mirando la escalera por donde se ha ido su madre, con las manos en los bolsillos y la mandíbula tan apretada que le salta un músculo debajo de la oreja.

—Darío.

—Qué.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Mentiroso.

Se gira, me mira, y durante un segundo no tiene ninguna de sus caras. Ni la de Don, ni la de cabrón, ni la mía. Tiene la de un niño en un porche.

—Me ha dicho que tengo los ojos de mi padre —dice.

—Ya lo he oído.

—Lo ha dicho para eso. Lo ha ensayado en el avión. —Se pasa la mano por la cara—. Diez años sin una llamada, y lo primero que me trae es eso. Ni una foto, ni una carta, ni un perdón que no sea para Dios. Los ojos de mi padre.

Le pongo las manos en la cara, en los dos ojos, el verde y el azul.

—Son los tuyos —le digo—. Los he visto llorar por una lenteja. Tu padre no lloró con nada en su vida.

Me coge las muñecas y me besa las palmas.

Esa noche no se lo decimos a nadie. No lo hablamos; no hace falta. Con su madre arriba en el ala norte y la casa llena de una cosa que antes no estaba, no lo decimos.

Mi madre vuelve del Gianicolo a las ocho, baja a cenar con su pañuelo beige y la cara un poco más pálida que ayer, y se encuentra a la madre de Darío sentada a la cabecera de la mesa, en el sitio de Darío, con una copa de vino tinto en la mano.

Darío entra detrás de mí. Mira la cabecera. Mira a su madre.