NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 32 #2
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CAPÍTULO 32 #2

—La lenteja, no. —Me aparta el pelo de la cara—. El camionero de delante, sí.

Volvemos a la circunvalación a cuarenta.

—Se lo decimos a mi madre en cuanto lleguemos —le digo, todavía con las mejillas ardiendo—. No aguanto hasta la noche.

Algo le pasa por la cara, muy rápido, y no sé qué es.

Me aprieta la mano, más fuerte de lo normal, y no dice nada.

El móvil le suena a la altura de la salida de la Salaria.

Lo tiene en el soporte del salpicadero: número desconocido.

Lo mira y frunce el ceño, porque Darío no coge números desconocidos, nunca; dice que la gente que no se identifica quiere algo, y que la gente que quiere algo de él sin dar la cara no merece que se lo dé.

Esta vez lo coge, y encima pone el manos libres, que es una cosa que no hace nunca cuando estoy en el coche, porque sabe que me lo voy a aprender todo.

—Pronto.

Al otro lado hay un silencio largo, con ruido de fondo: un crujido lento, rítmico, de cadenas, de algo que se mece, y pájaros.

—¿Quién es? —dice Darío—. No tengo todo el día.

Entonces habla una mujer. Una voz suave, bien educada, con un italiano de los que se aprenden en colegios caros, sin una sola vocal de sobra.

—Hijo.

Darío deja de respirar. No es una forma de hablar: lo tengo a medio metro y lo veo. No le suben ni los hombros ni el pecho, tiene los nudillos blancos en el volante, y el Bugatti, que iba a cuarenta, baja a treinta sin que toque el freno, solo porque se le ha olvidado pisar el acelerador.

Cuando por fin habla, lo dice muy bajo.

—¿Sofía?

Sofía. Su madre.

Lo sé porque me habló de ella una vez, una sola, en la feria del puerto, sentados en un banco delante de la noria, con un algodón de azúcar rosa que no se comió.

Me habló de la nonna y de la madre de Giuseppe, de Lucía, que le guardaba el plato en el horno y le cortaba el pelo en el patio.

Cuando le pregunté por la suya, se quedó un rato callado y me dijo que su madre no venía nunca, que no le importaba, que en su infancia su madre había sido una habitación vacía.

Luego me contó lo demás: que su padre se murió cuando él tenía dieciocho años, y que a la semana del entierro su madre hizo una maleta, dijo que se iba a un monasterio en las montañas, sin decir cuáles, y no volvió.

Diez años sin volver. No llamó, no escribió, no le mandó ni una tarjeta por su cumpleaños. Nada.

Me dijo que la nonna no la nombra nunca, y que cuando alguien en la finca de Palermo dice su nombre por descuido, Cybel se levanta de la mesa y se va al jardín a regar, aunque esté lloviendo.

—Mi niño —dice la voz por el altavoz—. Echaba tanto de menos tu voz.

Darío no contesta; se queda mirando la carretera.

—Diez años —dice al fin, con una sonrisa que no le llega a la boca, una mueca, una cosa fea que no le había visto nunca—. Diez años, Sofía. ¿Y te acuerdas hoy?

—No había teléfono donde estaba, hijo. Ni cobertura. Ni nada. Era una desconexión necesaria. Tú no lo puedes entender, pero yo necesitaba…

—¿Un monasterio sin teléfono? ¿En este siglo?

—Hijo…

—Tenían correo. Los monasterios tienen correo. Las monjas escriben cartas, Sofía. Escriben muchas. —Le tiembla algo en la voz y se lo come—. ¿Tú no tenías papel?

Al otro lado no contesta nadie, y luego llega un suspiro largo.

—Ya veo que sigues teniendo el carácter de tu padre.

Darío aprieta el volante. Y yo, que no conozco a esta mujer de nada, que no le he visto nunca la cara, que solo he oído su voz durante treinta segundos, noto en el estómago una cosa que no es la lenteja: clavo los dedos en el borde del asiento y me entran ganas de arrancar el móvil del soporte y tirarlo por la ventanilla a la circunvalación, lo mismo que él tiró mi esmalte en una carretera de Bérgamo.

Porque esa frase no ha sido un descuido. Ha ido exactamente adonde tenía que ir: a la espalda de un niño de nueve años, a una marca.

—¿Qué quieres? —dice Darío.

—Volver.

—¿Volver adónde?

—A casa, hijo.

—Esa casa no es tuya. Dejó de serlo el día que hiciste la maleta. Y antes, si te soy sincero.

—Esa casa fue mía antes de que tú nacieras.

—Y luego la dejaste.

—La dejé porque no podía estar en ella. —Y ahora la voz le tiembla un poco. Lo justo—. Tu padre acababa de morir, Darío. De aquella manera. Y yo no podía mirar las paredes. No podía mirarte a ti, que te parecías tanto a él. Así que me fui. Elegí mi camino. Tú elegiste el tuyo. Seguiste su legado.

Seguiste su legado. Lo dice remarcando cada palabra, y Darío se pone blanco.

No sé exactamente qué significa. Sé que su padre murió mal, y que hay cosas de esa noche que no me ha contado y que quizá no me cuente nunca, pero por la manera en que lo dice ella, ella sí lo sabe, y lo ha dicho para eso, para que le duela.

Lo veo mirar la carretera sin verla, con un músculo saltándole en la mandíbula, y le pongo la mano en el muslo.

No me mira, pero pone su mano encima de la mía.

—Diez años de oración —sigue ella—. Diez años de penitencia. Ya está, hijo. Ya he pagado. Dios me ha perdonado. Y ahora te pido que me perdones tú. Que me dejes volver. Que me dejes recuperar el tiempo.

En el coche no habla nadie, hasta que una furgoneta nos pita.

—Y si no quieres verme —añade ella, con una vocecita pequeña, resignada, de mártir—, lo entiendo. Me quedo en un hotel. Me busco la vida. Ya me la he buscado otras veces.

La odio. No la conozco de nada y la odio, porque esa voz de mártir es la misma que ponía mi tía de Albacete cuando quería que mi madre le prestara dinero, con la misma pausa antes de la última frase y la misma manera de dejarte a ti la responsabilidad de decir que no, para que la mala seas tú.

—¿Cuándo? —dice Darío.

Contengo el aire.

—Hoy —dice ella. Y se le nota la sonrisa en la voz. Ya no hay mártir—. Ya estoy en Roma, hijo. He aterrizado hace dos horas. De hecho… ya estoy en la casa.

Darío frena de golpe, en mitad de la circunvalación.

El Bugatti muerde el asfalto, el cinturón se me clava en el pecho y Darío, en el mismo segundo, sin pensarlo, me pone el brazo derecho delante, de travesaño, a la altura del vientre.

Detrás de nosotros un taxi pita durante cinco segundos enteros y nos esquiva por la izquierda con el taxista sacando medio cuerpo por la ventanilla.

—¿Cómo que estás en la casa?

—Los chicos de la puerta me han reconocido. Uno es el hijo de Lello, ¿te acuerdas de Lello? Fui a su boda. —Una risita—. Me han dejado pasar. Anna me ha puesto un café. Estoy en el columpio del porche.

Darío no dice nada.

—Y hay otra cosa, hijo —dice la voz.

—¿Qué?

—No he venido sola.

DARÍO

Hay una mujer en el columpio de mi porche. La veo desde la verja: rubia, delgada, con un traje blanco de pantalón y una blusa de terciopelo rojo, las piernas cruzadas y una taza de café en la mano. Se balancea con un pie en el suelo.

En ese columpio, cuando yo tenía siete años y volvía del colegio corriendo por el camino de grava, ella hablaba por teléfono con sus amigas de Capri, y cuando me veía llegar levantaba la mano sin dejar de hablar.

No para saludarme: para que no la interrumpiera.

Yo pasaba de largo, entraba en la cocina y era Anna la que me ponía el vaso de leche con canela.

Nunca me esperó en ese columpio. Ni una vez. Hoy está ahí sentada, con la taza de Anna, balanceándose, esperándome.

La odio. Lo pienso así, sin adornos, y llevo diez años pensándolo.

La he odiado en cada cumpleaños en que no llamó, y en cada noche de las de después, las primeras, cuando yo tenía dieciocho años y había hecho lo que había hecho para sentarme en aquella silla, y necesitaba que alguien me dijera que no era un monstruo, y la única persona que podía decírmelo estaba en un monasterio rezando por su alma.

Aparco y le abro la puerta a Victoria. La ayudo a bajar aunque no lo necesita, aunque me ha dicho tres veces en el coche que no es de cristal; la ayudo igual, le pongo la mano en la espalda y miro el columpio.

Al lado de mi madre hay una chica que desde la verja no había visto porque la tapaba el poste.

Joven, más o menos de la edad de Victoria, con el pelo castaño, rizado, muy largo, hasta por debajo de la cintura, una falda vaquera, un top negro y unas zapatillas de lona.

Tiene la piel muy blanca, de no haber visto el sol en años, y está sentada en el borde del columpio con las manos entre las rodillas, como si no supiera si le está permitido sentarse.

Mi madre se levanta. Viene hacia mí sin prisa, con los brazos abiertos.

—Mi niño.

Se para delante de mí y no me abraza todavía. Me mira de arriba abajo, como se mira un coche que vendiste hace años y te encuentras de repente aparcado en tu calle.

—Mírate. Qué hombre. No te pareces en nada al chico que dejé.

—Tenía dieciocho años.

—Eras un niño.

—Era un hombre. Ya se había encargado mi padre de que lo fuera.

Sonríe y no me contesta. Me coge la cara con las dos manos, frías, siempre las tuvo frías, y me mira los ojos.

—Los ojos de tu padre —dice—. Los dos.

Lo dice sabiendo exactamente lo que hace.

Lo que significa decirme eso a mí, que tengo los ojos del hombre que me dejó la espalda marcada a los nueve años y al que enterré a los dieciocho.

Me lo dice con una sonrisa dulce, como quien le da un caramelo a un niño sabiendo lo que lleva dentro.

Las marcas de la espalda hace mucho que no me duelen.

Hoy las noto debajo de la camiseta, una por una.

—Los ojos son de él —le digo—. Lo demás lo he pagado yo.

Me abraza. Me rodea con los brazos y me pega la cara al pecho, y huele a un perfume caro que no es el de antes: antes olía a jazmín, y esto es otra cosa, más seco, más frío. No le devuelvo el abrazo.

Entonces noto un pellizco. En el culo, en realidad: pequeño, rápido, fuerte, de dedos de mujer. Victoria, detrás de mí, que solo sabe que su hombre está tieso delante de su madre y que hay que hacer algo.

Le pongo una mano en la espalda a mi madre. Una, dos palmaditas. Las que se le dan a alguien para decirle que ya está, que ya puede soltar.

—Hola, Sofía.

Se separa y me mira.