CAPÍTULO 32
VICTORIA
Darío conduce a cuarenta. En el Bugatti, por la circunvalación de Roma, donde los coches nos pasan a ciento veinte, nos pitan y nos hacen gestos con la mano por la ventanilla, y él ni se inmuta: va con las dos manos en el volante a las diez y diez, de autoescuela, la espalda recta, mirando la carretera con la cara de un hombre que cruza un campo de minas.
Santiago nos sigue en el coche de Giuseppe, porque le han quitado el Bugatti; dice Darío que ya ha tenido bastantes emociones para un año.
—Darío.
—Dime.
—Nos acaba de adelantar una furgoneta de reparto de pollos.
—Ya la he visto.
—Una furgoneta de pollos, Darío. Con un dibujo de un pollo con gafas de sol. Nos ha adelantado. A nosotros. En un Bugatti.
—Llevas un niño dentro.
—Llevo un niño del tamaño de una lenteja.
—Pues la lenteja no se mueve de su sitio hasta que yo lo diga. —No aparta los ojos de la carretera—. Y eso incluye frenazos, curvas, baches y pollos.
Me tapo la cara con las manos y me río, porque hace unas horas este hombre se ha caído de un taburete con ruedas al enterarse, me ha prometido la parte de arriba de un tanque para el carrito y ha recibido a doscientos asesinos y una mortadela en el pasillo de una clínica de monjas, y ahora conduce un coche de dos millones de euros a la velocidad de un jubilado un domingo por la mañana.
Pero sobre todo me río porque estoy embarazada. Lo pienso así, con esa palabra, embarazada, y me la paso por la boca sin decirla, como un caramelo que todavía no sé a qué sabe.
Me acuerdo de Inés, por teléfono, hace dos semanas: «Cuida esa lenteja». Ella hablaba de otra cosa, de una cosa pequeña que yo sentía en el pecho cuando miraba los tulipanes, y resulta que la lenteja era esto.
Todavía no me lo creo. Me pongo la mano en el vientre, plano, y no noto nada, y sé que no tengo que notar nada, que es pronto, que ahí dentro hay algo más pequeño que una uña; me la pongo igual y la dejo ahí, con el calor de la palma atravesándome la camiseta que me ha traído María.
Él, sin mirarme y sin soltar el volante con la izquierda, me pone la derecha encima de la mía.
Así vamos, a cuarenta, con su mano encima de la mía encima de la lenteja, mientras nos adelanta un camión de la basura.
Y entonces me pasa una cosa que no tiene ningún sentido.
Llevo veinticuatro horas sin dormir. Me he desmayado encima de una barra, me han pinchado dos veces, he dormido cuatro horas en una cama de monjas que crujía cada vez que respiraba, tengo el pelo lleno de plata y la cara de alguien a quien ha atropellado un tren.
Y lo miro conducir a cuarenta, serio, con la mandíbula apretada, con esas manos enormes agarrando el volante como si el volante le hubiera faltado al respeto, y me pongo cachonda.
Así. De golpe. Como si alguien hubiera encendido una luz.
Le quito la mano de encima de la mía y se la pongo en el muslo, a él. No dice nada. La subo un poco.
—Nena.
—¿Qué?
—Voy conduciendo.
—A cuarenta. Un pollo te ha adelantado. No te va a pasar nada.
La subo hasta arriba y la dejo ahí, abierta, encima de la cremallera, y noto cómo se le pone dura debajo de la palma en tres segundos, igual que en el club, igual que siempre.
Me mira por primera vez desde que salimos de Bérgamo. Me mira la mano, me mira la cara, vuelve a mirar la carretera.
—Victoria.
—Mmm.
—Hace cinco horas estabas en una camilla con una vía.
—Y ahora estoy aquí. Con otra cosa en la mano.
Aprieta el volante. Lo veo pensar, de verdad, con la cara que pone cuando alguien le propone un negocio que le gusta y que no debería aceptar.
—¿Y la lenteja?
—¿Qué le pasa a la lenteja?
—¿No lo va a notar?
Me tengo que tapar la boca para no reírme.
—Darío. Mide un milímetro.
—Por eso. Es muy pequeña. Y yo no.
—No lo va a notar. Te lo prometo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque se lo he preguntado a la médica.
Ahora sí me mira, con los ojos muy abiertos.
—¿Cuándo?
—En los diez minutos que te echó de la consulta.
—¿Le preguntaste eso? ¿Lo primero?
—Lo segundo. Lo primero fue lo del hierro. —Le aprieto un poco, por encima del pantalón—. Me dijo que sí. Que se puede. Que mientras no haya riesgo, se puede hasta el final.
—¿Hasta el final?
—Hasta el final.
—¿Hasta el final final? ¿Hasta el noveno mes?
—Hasta que salga, Darío.
Se queda callado un segundo, con la vista en la carretera.
—Pues voy a pedir cita para el día antes —dice—. Por si acaso.
El área de servicio está casi vacía. Un camión aparcado al fondo, con las cortinas echadas, una gasolinera cerrada y un cartel de un bar que se llama Da Peppino y que lleva veinte años sin abrir. Darío aparca detrás del camión, apaga el motor y mira por el retrovisor.
El coche de Giuseppe se para justo detrás de nosotros, a dos metros, con Santiago al volante, muy recto, mirándonos.
Darío coge el móvil.
—Santiago.
—¿Señor? ¿Pasa algo? ¿La señora está bien? ¿Necesita la bolsa de la farmacia? Tengo la bolsa de la farmacia.
—Santiago, date la vuelta.
—¿Con el coche, señor?
—Con la cabeza.
Silencio.
—¿Hacia dónde, señor?
—Hacia donde no estemos nosotros.
Por el retrovisor veo a Santiago girarse en el asiento, despacio, hasta quedarse mirando la gasolinera cerrada.
Después, sin que nadie se lo pida, saca el parasol del coche de Giuseppe, lo despliega y lo pone en el parabrisas, por dentro, tapándose entero.
Es un parasol de Giuseppe, con un dibujo de un gato.
Darío cuelga, me mira, y antes de que me dé tiempo a reírme, ha echado el asiento hacia atrás de un golpe.
—Ven aquí.
No es fácil. Un Bugatti no está hecho para esto; está hecho para ir a cuatrocientos, no para que una embarazada con resaca de suero se pase por encima de la palanca de cambios con unos shorts rotos y se le enganche una zapatilla en el freno de mano.
Me doy con la cabeza en el techo. Él se ríe.
Le doy con el codo en el pecho. Se ríe más.
Al final me coge de las caderas y me sienta encima de él, a horcajadas, con las rodillas a los lados de sus muslos, apretada entre su pecho y el volante.
—Dos millones de euros —dice, mirándome desde abajo— y no tiene sitio para follarse a la madre de tus hijos.
—¿De tus hijos? ¿Cuántos piensas tener?
—Depende de cuántas veces me dejes hacer esto.
Le desabrocho el pantalón con las manos torpes, sin mirar, y se la saco, y está tan dura y tan caliente que me tiemblan los dedos. Él me mete la mano por dentro de lo que queda de los shorts, me aparta el tanga con dos dedos y me toca, y se queda quieto.
—Nena.
—¿Qué?
—Estás empapada.
—Ya.
—¿Desde cuándo?
—Desde el pollo con gafas.
Se le escapa una carcajada y le tapo la boca con la mía.
Me levanto un poco, le cojo la polla con la mano y me la pongo en la entrada, y bajo despacio, sin prisa, hasta el fondo, hasta que lo tengo entero y no me queda aire, y nos quedamos los dos quietos, mirándonos, con la frente pegada, respirando por la boca.
—Lenteja —dice él, muy serio, sin apartar la frente—. Tápate los oídos.
—No tiene oídos.
—Pues que no mire.
—¡No tiene ojos, Darío!
Me río con él dentro, y la risa me aprieta por dentro alrededor de él, y se le cierran los ojos, y ahí ya no nos reímos.
Empiezo a moverme. Despacio primero, subiendo y bajando, con las manos en su nuca y el volante clavándoseme en la espalda cada vez que bajo.
Él me sube la camiseta hasta el cuello y me mira las tetas como si fueran nuevas, como si no las hubiera visto nunca, y me las coge con las dos manos, y me muerde un pezón, despacio, y luego el otro, y yo me muevo más rápido.
—Así —me dice al oído—. Así, cabalga. Despacio no. Despacio, otro día. Ahora cabalga como si tuvieras prisa por llegar a algún sitio.
—Tengo prisa.
—¿Adónde?
—A correrme encima de ti antes de que Santiago se aburra del gato.
Me coge el culo con las dos manos, una en cada nalga, y me hunde contra él cada vez que bajo, más hondo, más fuerte, y el coche se mueve con nosotros, y el asiento cruje, y yo me agarro a lo que encuentro, al reposacabezas, a su pelo, a la puerta.
Al volante.
El claxon suena. Largo, por toda el área de servicio, un pitido de Bugatti que se debe de oír desde la circunvalación.
Nos quedamos quietos.
Por el retrovisor, el parasol del gato baja de golpe. Santiago nos mira por encima, con los ojos muy abiertos. Luego abre la puerta del coche de Giuseppe y empieza a salir.
—¡NO! —gritamos los dos a la vez.
Santiago se vuelve a meter. Sube el parasol. Lo oigo, a través de dos cristales, gritar «¡PERDÓN, SEÑOR!» con toda la educación del mundo.
Me derrumbo encima de Darío, muerta de risa, con la cara en su cuello, y él se ríe debajo de mí, dentro de mí, con todo el cuerpo, y de la risa se me contrae todo otra vez alrededor de él, y me agarra del pelo y me levanta la cara para mirarme.
—Se acabó la risa —dice—. Ahora vas a pitar tú.
Me levanta las caderas y me la mete desde abajo, él ahora, rápido, hasta el fondo, una y otra vez, sujetándome encima con las dos manos como si no pesara nada, y yo ya no me muevo, no puedo: me dejo, con la boca abierta y las uñas clavadas en sus hombros, y él me habla al oído sin parar, cosas sucias, muy sucias, lo que le hace mi coño, lo que voy a hacerle yo con la boca esta noche cuando lleguemos, según él, lo que va a hacer él cuando yo tenga una barriga como una sandía y no se la pueda ver, y me río y gimo a la vez y ya no sé qué es qué.
Me mete el pulgar entre los dos, encima del clítoris, y lo aprieta.
—Pita, nena.
Me corro gritando. No pito: grito, con la frente contra el techo del Bugatti y su nombre partido en dos, apretándolo tanto por dentro que lo oigo gruñir, y él me sigue tres embestidas después, hundido hasta el fondo, con la boca abierta contra mi cuello y las manos clavadas en mi culo, y lo noto correrse dentro de mí, caliente, largo.
Nos quedamos así un rato largo, abrazados, sudando, con los cristales empañados y el gato del parasol mirándonos desde atrás.
—Darío —le digo al cabo de un rato, con la boca en su hombro.
—Mmm.
—La lenteja no se ha enterado.