CAPÍTULO 31 #6
—¡CON UN CORDERO VIVO!
—Muerto, doctora —dice Santiago, mirando por encima de las cabezas—. Muerto y limpio. Para el domingo.
La médica abre la boca y no le sale nada. Me mira. Y yo, que llevo media vida sin reírme delante de nadie, me empiezo a reír.
No puedo parar. Me río en mitad de un pasillo de monjas, y la risa me dobla por la mitad, me tengo que agarrar a la pared, se me saltan las lágrimas.
Me río como no me he reído en mi vida, como se ríen los niños, sin aire, sin poder pararlo, y cuanto más me río más se ríen los otros, y el del acordeón se pone a tocar, y María grita desde la consulta que se callen, que hay una embarazada, y doscientos hombres se callan a la vez, tan de golpe que se oye la fuente del jardín.
Entonces Roni se me acerca por detrás.
—Don —me dice, muy bajo, para que no lo oiga nadie—. Yo solo puse un mensaje. Uno. Con un biberón.
—Roni.
—¿Don?
—Te voy a matar.
—Lo sé, Don. —Me sonríe con el hoyuelo—. Pero hoy no.
Hoy no.
Santiago ha desaparecido en algún momento entre el hombre de la mortadela y el del cordero. Lo veo volver a las cuatro y cuarto, sudando, con una bolsa de la farmacia de guardia, abriéndose paso entre doscientos hombres con los codos y pidiendo perdón a cada uno.
—Señor —me dice—. No sabía qué más comprar.
Saca de la bolsa un chupete. Uno solo. De plástico, azul clarito, con un osito dibujado, todavía en su caja.
—Era el último que tenían —me explica, muy rojo—. Había uno rosa, pero me ha parecido que no tenía que elegir yo.
Lo cojo. Pesa nada. Es lo más ligero que me han puesto nunca en la mano.
—Gracias, Santiago.
—De nada, señor. —Se pone más rojo—. Lo he apuntado en la libreta. Primer regalo de la lenteja: un chupete. De Santiago.
Me lo guardo en el bolsillo de la camisa, encima del corazón, y lo noto ahí el resto de la noche.
A las cinco de la mañana, cuando los doscientos se han ido en silencio, cuando la mortadela está en la nevera de las enfermeras y el cordero en el maletero de Enzo, la puerta de la consulta se abre y sale Victoria, en una silla de ruedas que empuja una enfermera, camino de la habitación donde va a pasar lo que queda de la noche.
Lleva un esparadrapo en el brazo, un papel lleno de nombres de vitaminas, el pelo todavía lleno de plata y la cara ya no tan blanca.
Me ve en la silla naranja del final del pasillo, se levanta de la suya antes de que la enfermera pueda decir nada y se sienta encima de mí, en mis rodillas.
—Hola —le digo.
—Hola. —Mira el pasillo: los globos, los pétalos, la tierra de las rotondas, el cochecito de Brescia, un puro apagado encima de una papelera—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Roni ha mandado un mensaje.
—¿Con qué?
—Con un biberón.
Se ríe con la cara metida en mi cuello. Le pongo la mano en el vientre. Está plano, no hay nada que se note debajo de la palma, pero está. Ella pone la suya encima de la mía.
—¿Qué te ha dicho?
—Que tengo que comer hierro. Y lentejas, qué ironía. Y nada de pastillas que no me dé Gery, nada de alcohol y nada de barras. —Se le tuerce la boca—. Y que eres el hombre más maleducado que ha entrado en su consulta en veinte años.
—Es una mujer muy perspicaz.
—Y que le gustas. Dice que en veinte años le ha dado esta noticia a cientos de hombres. Que unos lloran, otros se desmayan, otros se van a fumar. Pero que tú eres el primero que se ha sentado en el suelo a pensar en un tanque.
Saco el chupete del bolsillo y se lo enseño. Lo mira mucho rato. Lo coge con dos dedos, como se coge algo que se puede romper.
—¿Y esto?
—De Santiago. El primer regalo.
—¿No era de oro?
—El de oro lo pensé yo. Este lo compró él.
Se le llenan los ojos.
—Me gusta más este.
—A mí también.
Me vibra el móvil. Es Lev.
«Me ha llegado un biberón de Roni a las tres de la mañana.
Pensaba que lo habían secuestrado. Luego he entendido.
Felicidades, brat. Te mando la cuna de mi abuelo: abedul de Arcángel, ciento veinte años, han dormido en ella cuatro generaciones de hombres que acabaron muy mal. Pero dormían de maravilla.»
Y debajo: «Dile a la krasavitsa que si es niña, la enseño a disparar yo. Si es niño, también».
Me guardo el móvil.
—Hay que decírselo a mi madre —dice Victoria contra mi cuello—. Se va a volver loca.
—Se lo decimos esta noche. En la cocina. Con un café.
—¿Por qué en la cocina?
—Porque tu madre dice que las cosas gordas se dicen en la cocina.
—¿Cuándo te ha dicho eso mi madre?
—Me lo dijo una vez.
Victoria se separa un poco, me mira, sonríe y no pregunta más. Le vuelvo a poner la mano en el vientre, y con la otra aprieto el chupete de Santiago dentro del bolsillo.
Pienso en una mujer pequeña con un pañuelo beige, dormida ahora mismo en el cuarto del olivar sin saber nada, que se toma unas pastillas que la están dejando calva para estirarse la vida unos meses.
Los suficientes, a lo mejor, para ver la barriga, para tocarla, para saber que su niña no va a estar sola.
Dejo la mano quieta en el vientre de su hija, y me guardo eso donde se guardan las cosas que se cuentan.
Una por una.