NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 31 #5
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CAPÍTULO 31 #5

La puerta se abre de golpe. María, con el pijama de pantalón corto, las zapatillas de conejitos y Lolo asomando por el escote.

Nos ha oído gritar «lenteja» desde el pasillo y no ha entendido nada, y ahora nos ve: a mí con los ojos rojos y guantes de látex en el pelo, a Victoria en mis brazos con la cara mojada, a la médica con el suero, el taburete volcado, la caja de guantes por el suelo.

Y entiende.

Por un momento no grita. Se queda en la puerta y le veo pasar por la cara las dos cosas a la vez, tan rápidas que casi se pisan: la alegría, y lo otro. Lo de hace unas semanas. La mano que se le va sola al estómago vacío, la garganta que sube y baja como si tragara algo demasiado grande.

Luego se tapa la boca con las dos manos y grita con el grito de siempre, agudo, interminable, de los que solo oyen los perros, y Lolo sale disparado del pijama y se sube a la lámpara.

—¡¿EMBARAZADA?! ¡¿TÚ?! ¡¿AHORA?!

—¡Eso parece! —dice Victoria.

—¡EN UNA BARRA! —María me señala con el dedo, temblando—. ¡LA TIENES EMBARAZADA Y LA SUBES A BAILAR A UNA BARRA, ANIMAL!

—¡No lo sabía!

Detrás de ella aparece Giuseppe. Cruza la consulta en tres pasos y me da un puñetazo en el hombro con todas sus fuerzas, uno que me hace dar un paso al lado.

—¡¿TÚ?! ¡¿PADRE?!

—¡Eso parece!

—¡TÚ, QUE ME DIJISTE QUE ANTES MUERTO! ¡TÚ, QUE CUANDO MARÍA SE QUEDÓ EMBARAZADA ME DIJISTE QUE ÉRAMOS UNOS INCONSCIENTES!

—¡Lo erais!

—Tú, cabrón. —Se le rompe la voz a Giuseppe, que no llora nunca—. Tú, hijo de la gran puta.

Me abraza. A los dos a la vez, aplastándonos, con la cara metida en mi hombro, y llora como un crío, y yo también, otra vez, un poco, y Victoria entre los dos dice que la estamos ahogando, que la lenteja también respira.

María se acerca más despacio. Se para a medio metro, mirándole el vientre a Victoria, y me doy cuenta de lo que le está costando.

Hace unas semanas ella era esto. Victoria también lo ve.

Se baja de mis brazos con las piernas temblando, mientras la médica le acerca el suero refunfuñando, y abre los brazos.

—María.

María se le tira encima y llora de verdad, con un llanto que tiene dentro dos cosas peleándose.

—Lo vas a querer tanto, pelusilla —dice contra su cuello—. Tanto que te va a doler.

—Lo sé.

—Y yo lo voy a querer también. ¿Me dejas?

—Vas a ser la madrina. —Victoria le coge la cara con las dos manos—. La madrina más pesada del mundo.

—¡La más pesada! ¡Y le voy a enseñar a ver telenovelas turcas!

—Eso no.

—¡Eso sí!

Se ríen llorando, abrazadas, con Lolo chillando desde la lámpara.

—Bueno —dice la médica.

La miramos todos. Tiene el suero en una mano, un guante en el hombro y la cara de una mujer a la que le han destrozado la consulta en cuatro minutos.

—Enhorabuena. De verdad. Pero esto es una clínica. Ese mono tiene que bajarse de mi lámpara, ese taburete tiene que volver a su sitio y ustedes tienen que salir. Todos. Menos ella. Le quedan veinte minutos de suero y tengo que explicarle cosas sobre el hierro, la medicación y lo que no puede hacer.

—Y usted también fuera.

—Es mi…

—Ya sé que es su mujer. Y su lenteja. Y su consulta, por lo visto. —Me señala la puerta con el soporte del suero—. Diez minutos. Que usted la mira con cara de bobo y así no se concentra nadie.

En el pasillo, Santiago está de pie, temblando, con la libreta abierta y un bolígrafo en la mano. Ha oído lo de la lenteja a través de la puerta, porque esta clínica tiene las puertas de papel.

—Señor —me dice—. Enhorabuena, señor. —Traga saliva—. Perdone, señor. Una pregunta. Para la libreta. ¿Lo apunto como señorito o como señorita? Es para no tener que tachar.

—Todavía no se sabe, Santiago.

—Ah. —Lo piensa—. Entonces lo apunto a lápiz.

Lo apunta a lápiz.

Roni está sentado en la silla naranja del final del pasillo con el móvil en la mano, tecleando con los dos pulgares a una velocidad que no le he visto nunca, ni disparando.

—Roni.

—Don. —No levanta la vista—. Enhorabuena, Don.

—¿Qué haces?

—Nada, Don. Avisar.

—¿A quién?

—Al grupo.

—¿Qué grupo?

Por fin levanta la vista. Tiene la cara de un niño que ha tirado una piedra y todavía no ha oído romperse el cristal.

—El de todos, Don.

A las tres y veinte de la mañana, la recepcionista de la clínica de las monjas oye la primera moto.

A las tres y veinticinco, la segunda, la tercera y la cuarta.

A las tres y media hay faros encendidos en las cuatro calles que llegan a la clínica, en el aparcamiento, encima de la acera y dentro del jardín, alrededor de la fuente, aparcados de cualquier manera, con las puertas abiertas y la música de algún coche sonando todavía.

A las tres y treinta y cinco el pasillo está lleno de hombres de negro.

Doscientos.

No es una forma de hablar. Santiago los cuenta. Lo hace en la libreta, con palitos, de cinco en cinco, de pie en una silla para verlos a todos, y cuando termina se baja y me enseña la hoja.

—Ciento noventa y ocho, señor. Ciento noventa y nueve con el de la mortadela.

Porque hay uno con una mortadela. Una mortadela de Bolonia entera, de las de restaurante, de diez kilos, abrazada contra el pecho como se abraza a un niño, porque es lo único que tenía en casa a las tres de la mañana y no se iba a presentar con las manos vacías.

No es lo único. Por el pasillo de la clínica de las monjas, a las cuatro menos veinte, pasan:

Flores arrancadas de todas las rotondas de Bérgamo, con la tierra todavía en las raíces.

Globos de una gasolinera, los únicos que había, que dicen «Feliz jubilación» y «¡Es un niño!

» y uno, verde, con forma de dinosaurio.

Seis botellas del champán del club, que Dino ha traído personalmente en una caja, todavía con la camisa de la reunión.

Un cochecito de bebé de los antiguos, de los de capota, que nadie quiere explicar de dónde ha salido y que tiene una pegatina de una guardería de Brescia.

Una tarta. Puros. Muchos puros. Un acordeón.

Y en la capilla, de rodillas en el primer banco, rezando con mucha fe, un hombre con una pistola en la cintura que se le ve desde la puerta.

Lo ve la médica. Sale de la consulta, mira el pasillo, mira la capilla, y se le caen las gafas de la punta de la nariz por segunda vez esta noche.

—¡HAY UN HOMbrE ARMADO REZANDO EN MI CAPILLA!

—Está pidiendo por la madre, doctora —le dice Roni, con mucho respeto—. Es muy devoto.

—¡Lleva una pistola!

—Por si Dios no le hace caso.

La médica se gira hacia mí, que estoy en mitad del pasillo.

Hacen fila, solos, sin que nadie se lo diga, como en los velatorios, pero al revés.

Uno detrás de otro, me dan la mano, me dan dos besos, me abrazan, me dan palmadas en la espalda que me mueven el pulmón de sitio, y me dicen lo mismo, en italiano, en napolitano, en siciliano, en lo que hable cada uno: auguri, Don.

Que sea varón, Don. Que sea sano, Don. Que se parezca a la madre, Don, con todo el respeto.

Un viejo de Calabria, al que una vez le quemé un almacén, me coge la cara con las dos manos y me la besa en la frente.

—Che sia maschio —me dice, llorando—. Y que no salga a ti.

—Eso espero yo también.

—Señor Di Marco. —La médica me agarra del brazo, la única persona de este edificio que se atreve a agarrarme del brazo—. Tengo doscientos hombres en mi clínica.

—Doscientos uno —dice Santiago, desde la silla—. Acaba de llegar otro. Con un cordero.