CAPÍTULO 31 #4
La tumban en una camilla y le ponen cosas: una pinza en el dedo, una vía en el brazo, en la cara interna, donde todavía se le ven los puntitos de la aguja del castillo; la enfermera los ve y me mira a mí, y yo no le explico nada. Le sacan sangre, le toman la tensión, y luego me echan.
—Señor, espere fuera, por favor.
—No.
—Señor.
—Es mi mujer.
—Y yo soy su médica. Y necesito mirarla tranquila. —Me señala la puerta—. Fuera. En cuanto sepa algo, le llamo.
La miro, ella me mira, y es la primera persona en años que me echa de una habitación y no se muere. Salgo.
En el pasillo están todos. Giuseppe y María han llegado veinte minutos después que nosotros.
Giuseppe, apoyado en la pared. María, sentada en una silla de plástico, con Lolo escondido dentro del escote.
Roni, que ha llegado en la moto, con el casco todavía puesto y la visera levantada.
Y Santiago, de pie, temblando, con las llaves del Bugatti en la mano, que no ha soltado desde que ha aparcado.
—¿Qué tiene? —pregunta Giuseppe.
—No lo sé.
—¿Qué ha pasado?
—Se ha desmayado.
—¿Así? ¿Sin más?
—Estaba bailando. En una barra. En mi club.
Todos me miran.
—¿Con qué? —dice María.
—En una barra.
Silencio en el pasillo. María abre la boca y la cierra. Roni mira al techo. Santiago mira sus llaves.
Me pongo a andar de un lado a otro del pasillo, con los zapatos sonando en el suelo de las monjas: doce pasos, media vuelta, doce pasos, media vuelta.
Los cuento, porque si no los cuento voy a entrar en esa habitación y le voy a arrancar la bata a la médica.
Pasan cuarenta minutos, y también los cuento, y nadie sale.
Al minuto cuarenta y uno veo salir a la médica de los boxes con una carpeta. No viene hacia mí: gira a la derecha y se mete en una puerta del fondo del pasillo, una que tiene una placa en la que pone «Consulta 3», y cierra. Me quedo mirando la puerta.
—Tiene los resultados —dice Giuseppe.
—Ya lo sé.
—Ahora te llamará.
—Ya lo sé.
—Darío, espérate a que te…
Pero ya estoy en la puerta de la consulta tres, y no llamo.
La abro de golpe, tan de golpe que la puerta rebota contra la pared, y la médica, que está sentada a su mesa con la carpeta abierta delante, pega un salto en la silla y se le caen las gafas de la punta de la nariz.
—¡Por el amor de Dios!
Lo que pone consulta es en realidad un despacho con una mesa, dos sillas y una camilla al fondo con una cortina medio corrida, y detrás de la cortina, sentada en la camilla, con la vía todavía en el brazo y la cara todavía blanca, está Victoria, despierta, mirándome.
No sabía que estaba aquí; la han traído de los boxes mientras yo contaba pasos.
—¿Darío? —dice.
No la miro, porque si la miro no hago lo que tengo que hacer. Miro a la médica.
—Señora —le digo—. Le pago la consulta. Le pago la consulta del año entero.
Le pago el susto que le acabo de dar, que se lo veo en la cara y es grande.
Le pago la puerta, si la he roto. Y le pago lo que haga falta para que me diga ahora mismo, sin rodeos, sin palabras de médico, sin carpeta, qué le pasa a esa mujer.
La médica recoge las gafas del suelo, se las pone y me mira por encima de ellas.
—Siéntese —dice.
—No me siento.
—Pues de pie. Pero se va a caer.
—No me voy a caer.
—Todos dicen lo mismo. —Cierra la carpeta—. Señor Di Marco. Porque usted es el señor Di Marco, ¿verdad? Lo sé porque mi director me ha llamado hace veinte minutos para decirme que si le pasaba algo a la paciente del box cuatro, me fuera buscando otro trabajo, otro país y otro nombre.
—Su director es un hombre sensato.
—Mi director es un cobarde. —Se quita las gafas otra vez—. A su mujer no le pasa nada malo.
Algo se me suelta en el pecho, un nudo que llevaba cuarenta y un minutos apretado, y me doy cuenta de que no he respirado bien desde el escenario.
—¿Nada?
—Nada malo. Está un poco baja de tensión, un poco baja de hierro y un poco deshidratada. Le he puesto suero. Esta noche se queda aquí, en observación, por la tensión. Mañana por la mañana está como nueva. —Junta las manos encima de la carpeta—. Y está embarazada.
No sé cuánto tiempo pasa. La médica sigue hablando, porque le veo mover los labios, pero a mí no me llega nada. Hay un pitido dentro de la cabeza, el que se queda cuando te explota algo cerca, y por debajo del pitido, el corazón, que me late en los oídos y en la punta de los dedos.
Embarazada.
La palabra se queda flotando delante de mi cara, quieta, y no se va.
—¿Señor Di Marco?
—Repítalo.
—Está embarazada.
—Otra vez.
—Señor Di Marco, no soy un tocadiscos.
—Otra vez.
La médica suspira, se quita las gafas y me lo dice despacio.
—Su. Mujer. Está. Embarazada. Cuatro semanas. Concebido hace quince días, como mucho. Ahora mismo es del tamaño de una lenteja.
Quince días. Hago la cuenta sin querer, y la cuenta me lleva a un solo sitio: una piscina a treinta y un grados, una tumbona, una noche sin paredes, su pelo mojado pegado a mi pecho. Mía. La cuenta sale mía por todos los lados.
Una lenteja.
Me siento. No decido sentarme: las piernas deciden por mí y me dejan caer en el taburete de la médica, uno de esos de ruedas, que sale disparado hacia atrás con mi peso y no para hasta que choca contra el armario de las gasas.
Se me cae encima una caja de guantes. Me quedo ahí, sentado contra el armario, con guantes de látex en el pelo, mirando la pared.
—Señor Di Marco, ese es mi taburete.
No contesto. Estoy pensando.
Pienso que hay que regalarle algo. Es lo primero que me sale, como sale todo en mí: a lo bestia.
Un chupete de oro macizo, con mis iniciales, que pese tanto que el niño no pueda ni levantarlo y se quede tumbado mirándolo, que es lo mismo que me pasa a mí con el oro.
Una pistola pequeñita, de nácar, con diamantes en la culata, para la bolsa de los pañales, porque una madre Di Marco no va a salir a la calle con biberones y sin nada más.
Un caballo. Un caballo no, una cuadra. Una isla con forma de lenteja.
Un notario de guardia para el niño, que lo acompañe al colegio.
Un tanque. No un tanque entero; una parte de un tanque, la de arriba, para el carrito.
Pienso todo eso en cuatro segundos, sentado en el suelo de una consulta con guantes en el pelo, y luego oigo el ruido.
Detrás de la cortina, alguien coge aire de golpe y se le olvida soltarlo. Victoria.
La cortina está medio corrida, y detrás, sentada en la camilla con la vía en el brazo, las piernas colgando y el pelo todavía lleno de plata del club, está ella.
Tiene una mano encima del vientre, sin darse cuenta de que la tiene ahí, y la cara mojada.
Ha llorado los cuatro segundos que yo he tardado en inventarme un tanque.
—Darío —dice, y le tiembla la voz—. No dices nada.
—Estoy pensando.
—Llevas un minuto sentado en el suelo. —Se le rompe la voz—.
Si no quieres… si no es el momento… con todo lo que hay, con tu trabajo, con lo que nos ha pasado…
Y además me tomé esas pastillas, Darío. Las de la caja.
Y las de Gery. Y lo que me metieron allí arriba.
A lo mejor ya está roto. A lo mejor lo he roto yo antes de…
Me levanto tan deprisa que el taburete sale rodando hacia el otro lado de la consulta, y la cojo en brazos. Así. De la camilla, con la vía y todo, y la levanto por encima de mi cabeza, en el aire, como se levanta a un niño en una playa.
—¡LA VÍA! —grita la médica, y sale corriendo detrás de nosotros con el soporte del suero.
—¡DARÍO!
—¡UNA LENTEJA!
—¡BÁJAME!
—¡TENEMOS UNA LENTEJA, NENA!
—¡QUE ME BAJES, QUE ME MAREO!
La bajo lo justo para tenerla a la altura de la cara y la beso: en la boca, en la frente, en los ojos mojados, en la nariz, en el lunar de encima de la ceja. Sabe a sal y a club. Se ríe y llora a la vez y me da golpes en el pecho con el puño que no tiene la vía.
—¡Eres un idiota! ¡Te has quedado sentado en el suelo como un mueble!
—Estaba pensando.
—¿En qué? ¿Qué puedes estar pensando un minuto entero en el suelo?
—En qué le iba a regalar.
Se queda quieta.
—¿Le?
—A la lenteja.
—¿Y qué le vas a regalar, si se puede saber?
Se lo digo. Todo. El chupete de oro macizo con mis iniciales.
La pistolita de nácar con diamantes para la bolsa de los pañales.
La cuadra. La isla. El notario. La parte de arriba del tanque.
Se lo digo muy serio, con ella en brazos y la médica sujetando el suero detrás, y a mitad de la lista Victoria empieza a reírse de una manera que no le había oído nunca, una risa que le sale de muy abajo y no tiene fin.
—Darío, un chupete de oro macizo pesa más que el niño.
—Que haga pesas desde pequeño.
—¡Una pistola para la pañalera!
—Pequeña. Con diamantes. Pegaría con tu bolso.
—¡ESTÁS ENFERMO!
—Voy a ser padre. —Me oigo decirlo y se me para el aire en la garganta—. Voy a ser padre, nena.
Esta vez el que llora soy yo. No mucho. Lo justo para que ella lo vea y me ponga las dos manos en la cara, con la vía colgando, y me bese despacio, sin reírse ya.
Me giro hacia la médica, que sigue sujetando el soporte con cara de no estar cobrando lo suficiente.
—Las pastillas —le digo—. Las que se tomó hace unos días. Y lo que le dieron antes.
La médica mira a Victoria, le mira los puntitos del brazo y no pregunta de dónde son.
—Hace unos días, esa lenteja era más pequeña que una cabeza de alfiler y vivía de lo que traía de casa —dice—.
A esas alturas el cuerpo funciona a todo o nada.
O no sigue, o sigue entero. Y esta sigue.
Lo he visto en la sangre. —Se cruza de brazos—.
Va a necesitar controles, va a necesitar que su médico revise todo lo que toma y va a necesitar que ella deje de desmayarse encima de las barras.
Pero ahora mismo, señor Di Marco, lo único que le sobra a su mujer es un hombre que la levanta con la vía puesta. Y un tanque.
Victoria se echa a llorar otra vez, pero es otro llanto.