CAPÍTULO 31 #3
—Tú —le digo, sin levantar la voz, y la música está tan alta que no debería oírme, pero me oye—. Si vuelves a girar esa cabeza, mañana te la giro yo. Del todo. Hasta que te veas el culo.
El gordo mira la pared como si en la pared estuviera la Virgen.
Victoria lo ha visto todo desde el escenario. Se ríe tan fuerte que se le resbala la mano de la barra y se tiene que agarrar a Laura. Después se pone de pie, me mira y me saca la lengua.
Me saca la lengua. A mí. En mi club. Con treinta hombres de los míos girando sillas para que nadie le vea el culo.
Estoy perdido. Lo sé desde Trastevere, pero esta noche lo sé de otra manera.
Ahora solo la miro yo, y ella lo sabe, y se nota cómo cambia.
Deja de hacer el payaso. Se agarra a la barra con una mano, da una vuelta despacio alrededor del acero, con la cabeza echada hacia atrás y el pelo volando, y cuando termina la vuelta se suelta la coleta.
La goma se la tira a Laura. El pelo le cae negro hasta la cintura, entero, lleno de luz roja, y se lo revuelve con las dos manos, como si se estuviera duchando debajo de la música.
Se coge el borde del top fosforito con los dedos y se lo sube, despacio, por el vientre, por las costillas, hasta que asoma la curva de abajo de las tetas, sin sujetador, y ahí se para. Me mira. Lo baja de golpe, se ríe y niega con el dedo.
Luego se pone a cuatro patas.
En el escenario, descalza, con los agujeros de los shorts abiertos, empieza a gatear hacia el borde, hacia mí, una mano delante de otra, con los ojos clavados en los míos, la espalda hundida y el culo en alto, moviéndolo de un lado a otro como una gata que ha visto algo que se quiere comer.
Llega al borde del escenario y se para. Se sienta sobre los talones.
Abre las rodillas. Se mete un dedo en la boca, lo chupa despacio, lo saca, y con ese dedo, mojado, me hace un gesto, uno solo, doblándolo hacia ella.
Ven.
Bajo la escalera de dos en dos, cruzo la pista, y me subo al escenario de un salto.
La cojo del pelo, todo, en un puño, la levanto de un tirón y la estampo de espaldas contra la barra, y me meto entre sus piernas.
—¿Esto es lo que querías? —le digo contra la boca—. ¿Que me subiera aquí?
—Esto es lo que te mereces.
—Bájate de aquí. O te follo contra este hierro, delante de ochenta sillas mirando a la pared, y que se entere el gordo por el ruido.
—No te atreves.
—Ponme a prueba.
—Antes te he dicho que no.
—Antes te he pedido un baile. —Le aprieto el puño en el pelo hasta que levanta la barbilla—. Ahora no te estoy pidiendo nada.
Me pone las manos en el pecho, como para empujarme, y no me empuja. Me agarra la camisa con los dos puños y tira de mí hasta que no cabe ni el aire.
—Eres un cerdo.
—Y tú me has enseñado el culo delante de todo mi club.
—Te he enseñado el culo a ti. Los demás estaban de paso.
—Los demás están mirando a la pared por tu culpa.
—Le meto la mano por detrás, por dentro de los agujeros, y le agarro la nalga entera, la izquierda, y aprieto hasta que se le escapa un gemido—.
¿Sabes lo que me has hecho? Llevo un año viéndote hacer cosas.
Te he visto pegarle a un hombre con un bate, subirte a mi estantería en bragas y desterrarme en nombre de un plátano.
Te he visto con un bisturí dentro de la pierna diciéndome que me quieres.
Y nada, nena. Nada me ha puesto como verte colocar los zapatos antes de subirte a una barra a enseñarme el coño por encima de unos shorts rotos.
—¿Los zapatos? —Se ríe contra mi boca—. Estás enfermo.
—Por ti. Hace un año que estoy enfermo por ti.
Saco la cartera del bolsillo de atrás, saco la tarjeta negra y se la meto por el borde de los shorts, por delante, despacio, empujándola con dos dedos por dentro del tanga, hasta abajo, hasta que noto lo mojada que está y le dejo la tarjeta ahí, pegada.
—Propina —le digo—. La de la casa.
—¿Cuánto tiene?
—Todo. —Saco los dedos, brillantes, y se los paso por el labio de abajo—. Y mira cuánto tienes tú.
Se lame el labio. Me mira mientras lo hace.
Le subo la rodilla entre las piernas, poco a poco, hasta que la tengo montada en mi muslo, de puntillas, sin aire, y se empieza a frotar sola, sin darse cuenta, contra la tela de mi pantalón.
Le hablo al oído, despacio, para que no se pierda nada.
Que arriba no la voy a desnudar: le voy a arrancar lo que queda de los shorts con las manos.
Que la voy a poner boca abajo encima de la mesa de Dino, con el culo en el borde y las facturas debajo de las tetas, y que se la voy a meter de una vez, entera, sin esperar a que se acostumbre.
Que la voy a follar tan fuerte que se va a mover la mesa.
Que le voy a tapar la boca para que no la oigan desde la pista, y que se la voy a destapar para que la oigan.
Que no va a poder andar mañana. Que la voy a partir.
A cada cosa se le abre un poco más la boca y se frota más fuerte. A la cuarta me tapa la mía con la mano, y le muerdo la palma.
—Calla —me dice, temblando—. Que me corro aquí.
Me coge la cara con las dos manos y me besa como no se besa a nadie encima de un escenario, con la lengua, con los dientes, mordiéndome, apretándose contra mí, con su pierna subiéndome por la cadera y enroscándose, con sus uñas clavadas en mi nuca, y Laura aplaudiendo detrás de nosotros como en un cumpleaños.
—Arriba —me dice contra la boca—. Me corro arriba. Contigo dentro. No en tu pierna.
En ese momento, del techo, cae una lluvia de papel plateado.
No la he mandado yo: Dino la tiene programada para la medianoche de las noches de reunión, desde que abrimos.
Pero cae justo ahora, encima del escenario, encima de nosotros, miles de trocitos de plata girando en la luz roja, enganchándose en su pelo suelto, en sus pestañas, en el top fosforito, en las espaldas de ochenta hombres que miran a la pared y no se enteran de nada.
Victoria levanta la cara hacia arriba, con la boca abierta, como una niña debajo de la primera nieve, y se ríe.
A mitad de la risa, se para.
Lo veo antes de entenderlo. Se le va el color de la cara de golpe, de arriba abajo, como si alguien hubiera quitado un tapón, y los labios se le quedan grises debajo de la luz roja. Me mira, pero no a mí: a un punto un poco más allá de mi hombro, con los ojos muy abiertos.
—Darío —dice—. Se está moviendo el escenario.
El escenario no se mueve. Es de hormigón. Lo mandé hacer yo.
—Nena.
Se le doblan las rodillas. No se cae: se descuelga, como un abrigo que resbala de una percha, se le suelta la mano de la barra y se le van los ojos hacia atrás, y si no la tuviera cogida de la cintura se habría abierto la cabeza contra el borde del escenario.
La sujeto. De repente pesa el doble, como pesan los que no están.
—Victoria.
Nada. Tiene la frente empapada de un sudor frío y la piel helada debajo de mis manos, y la cabeza le cuelga hacia atrás, con el pelo lleno de plata barriendo el suelo.
—¡DINO! —No reconozco mi voz—. ¡LA MÚSICA! ¡LAS LUCES!
Se corta todo a la vez. Se encienden los fluorescentes de limpieza, blancos, feos, de hospital, y el club se queda en silencio, con la plata todavía cayendo despacio en un sitio que ya no tiene música, y ochenta sillas se giran a la vez para mirar. Esta vez no le digo a nadie que mire a la pared.
Laura está de rodillas a mi lado, pálida.
Llamo a Gery mientras cruzo el club con ella en brazos. No contesta. Está en Milán, en un quirófano, sacándole tres balas a un cliente de Lev, y tiene el teléfono apagado. Le dejo un mensaje que no se puede repetir.
La gente se aparta. En la puerta, Roni y Santiago, que llevan toda la noche fumando en la acera aburridos, me ven salir y tiran los cigarros a la vez.
—¡Don!
—Las llaves. —Se las tiro a Santiago—. Conduces tú.
Santiago no ha conducido el Bugatti en su vida, le da miedo hasta tocarle la puerta. Coge las llaves al vuelo y se sube al volante sin decir nada.
Me meto detrás con ella, con su cabeza en mis piernas.
—la clínica de Città Alta —le digo—. La de las vidrieras. Y si te paras en un semáforo, te mato.
—Sí, señor.
Santiago pisa el acelerador y el Bugatti sale con el estampido de un cañón. Detrás de nosotros oigo arrancar la moto de Roni. Llamo a Giuseppe.
—Darío, qué…
—Victoria. Se ha desmayado. Vamos a la clínica de las monjas.
No me pregunta nada. Oigo un golpe, unas llaves, a María gritando algo al fondo.
—Vamos para allá.
—No despiertes a Sara.
Se despierta en la circunvalación. Abre los ojos y me mira desde abajo, pestañeando.
—¿Darío?
—Aquí.
—¿Por qué estamos en el coche?
—Porque te has caído.
—¿De la barra?
—Casi.
Se queda mirando el techo del coche y luego me mira a mí.
—¿Me ha visto alguien?
—Ochenta hombres. De espaldas.
—Ah. —Cierra los ojos—. Entonces no cuenta.
Se vuelve a dormir. Le pongo la mano en la frente y sigue sudando frío.
—Santiago.
—Señor.
—Más rápido.
—Señor, voy a doscientos diez por la circunvalación.
—Pues a doscientos veinte.
La clínica tiene vidrieras de colores en la entrada, un jardín con una fuente, y la fundaron hace un siglo unas monjas que ya no están.
Entro con ella en brazos. La recepcionista me ve, y ve a una mujer descalza, en shorts rotos y con el pelo lleno de plata, en brazos de un hombre de dos metros con la camisa abierta, un apósito en la frente y la cara de alguien que va a matar al primero que diga «coja número».
No dice «coja número». Dice:
—Box cuatro. A la izquierda. Ahora mismo.
Me la quitan de los brazos, y no quiero que me la quiten.
Una enfermera bajita intenta cogerla y yo no la suelto, y la enfermera me mira, y yo la miro, y la enfermera me dice con una voz muy suave que si no la suelto no la pueden mirar.
La suelto, y los brazos se me quedan en el aire con la forma de su cuerpo.