NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

—Así que vas a hacer una donación. —Le hago una seña a uno de los cinco, que saca un datáfono del bolsillo interior de la chaqueta—.

Treinta mil euros, al comedor social de la parroquia de Sant'Alessandro.

Con tu nombre y tu apellido, con recibo, todo legal.

Y tus amigos, cinco mil cada uno, por haberse reído.

—Señor, yo no tengo…

—Tu padre sí. —Le señalo la cartera con la barbilla—. Saca la tarjeta que te paga las camisas.

La saca. Le tiembla tanto la mano que tiene que meter el pin tres veces. Los otros tres pagan sin que se lo diga nadie, uno detrás de otro, en silencio, y el último hasta da las gracias.

Le meto el recibo en el bolsillo de la camisa de seda y se lo aliso con dos dedos.

—Enséñaselo a tu padre mañana —le digo—. Que vea lo generoso que es su hijo. Desgrava.

Los cinco se los llevan por la escalera de servicio, sin tocarlos, solo andando a los lados, y lo que había encima de la mesa se queda encima de la mesa. Mañana se lo vuelvo a vender a otro.

A mitad de la escalera me cortan el paso tres chicas. Una rubia de blanco, una morena con el pelo cortado a la altura de la mandíbula y, delante de las dos, la que manda: vestido rojo, pelo castaño hasta media espalda y ojos verdes.

—Te hemos visto arriba con esos chicos —dice.

—Pues ya habéis tenido espectáculo gratis. No os acostumbréis.

—¿Te invito a una copa?

—¿Tú a mí? —Me río—. En mi casa invito yo. Y a ti no.

Se ríe como si le hubiera dicho algo bonito. Me mete las manos por dentro de la chaqueta, me coge la cintura y se me pega entera. Empieza a moverse contra mí al ritmo de lo que suena abajo. La dejo hacer, con las manos en los bolsillos y la cara con la que espero un ascensor.

—Baila conmigo —me dice al oído.

—No bailo con desconocidas.

—Pues conóceme.

—Tampoco bailo con conocidas. Bailo con una. Y está ahí abajo, con cara de querer matarnos a los dos.

Le bajan las manos hacia el cinturón. Ahí se las cojo, las dos muñecas con una sola mano, y se las devuelvo.

—Tengo mujer.

—No se va a enterar.

—Se ha enterado antes que tú. Mírala.

Señalo hacia abajo con la barbilla. En mitad de la pista, entre siete hombres míos que hacen como que bailan pero no bailan, está Victoria, con los brazos cruzados, mirándonos sin parpadear.

La del vestido rojo se asoma por la barandilla, la mira de arriba abajo y se ríe por la nariz.

—¿Esa? ¿La de los pantalones rotos? —Me pone un dedo en el pecho—. Cariño, eso es una cría jugando a disfrazarse. Tú lo que necesitas es una mujer.

La miro un rato largo, de arriba abajo, sin ninguna prisa, como se mira un coche de segunda mano que no vas a comprar.

—¿Una mujer como tú?

—Como yo.

—Esa cría me ha partido la cabeza con un bate de béisbol.

—Me señalo los puntos de la frente—. Cuatro.

Y me dejé coser en el suelo de mi despacho con ella dormida encima.

Tú llevas dos minutos con las manos encima de mí y lo único que se me ha alterado es la paciencia.

—Le quito el dedo de mi pecho con dos de los míos—.

Tú no eres una mujer. Tú eres una oferta. Y en mi club yo no compro. Vendo.

La rubia se tapa la boca. La morena mira al suelo. A la del vestido rojo se le va el color de la cara.

—Ahora bajas esa escalera y le pides perdón a la cría. Alto, que te oiga. Y después te vas por la puerta de la cocina, la de los cubos, que es por donde sale el género que no se vende.

—Yo no…

—Paolo.

Paolo ya está al pie de la escalera, porque Paolo siempre está al pie de algo.

Bajamos los cuatro. Ella delante, con los tacones temblándole en cada escalón; sus amigas detrás, cogidas del brazo; Paolo detrás de ellas, y yo el último, con las manos en los bolsillos. La gente se aparta. Cuando llega delante de Victoria, se queda parada, sin saber qué hacer con las manos.

—Perdón —dice.

—¿Perdón por qué? —pregunta Victoria, con los brazos todavía cruzados.

La chica me mira. Yo miro al techo.

—Por llamarte cría.

Victoria la mira de arriba abajo, despacio, igual que la ha mirado ella desde la barandilla, del pelo a los tacones y de los tacones al pelo.

—Disculpas aceptadas —le dice—. Por cierto, se te ha corrido el rímel del ojo izquierdo. Desde la escalera. Te lo digo por si tienes que salir por algún sitio con luz.

Paolo se la lleva hacia la cocina.

Me miro la muñeca. Amarillo de taxi de Nueva York.

Le cojo la cintura. Se suelta.

—Baila conmigo.

—No.

—¿No?

—Ve a bailar con la del vestido rojo. —Se encoge de hombros—. Ah, no, que la has sacado por la puerta de la basura. Qué pena. Con lo bien que se te pegaba.

—Estás celosa.

—Estoy aburrida.

Le pongo la muñeca delante de la cara. Amarillo, y encima, un destello naranja, rápido, de intermitente.

—Naranja, nena. Mentirosa y celosa. Me la estás poniendo dura.

—Eso es problema tuyo.

—Es problema tuyo, que eres la que se la va a tragar luego.

Me da con el bolso en el pecho, ese bolso del tamaño de una cartera, y se da la vuelta.

La cojo por la trabilla de los shorts antes de que dé el segundo paso y tiro hacia atrás, hasta que su culo choca contra mí, contra la polla, que lleva dura desde el recibidor de casa, y se la aprieto ahí, para que la note entera a través de la tela.

—¿Notas eso? —le digo al oído—. Eso lleva así desde Roma.

Desde que bajaste la escalera con estos pantalones de trescientos euros que no tapan nada y te pasaste las manos por el culo delante de mí.

Tres horas, nena. Tres horas en un avión, en un coche y en una reunión con la polla dura por tu culpa.

Y ahora me vienes con celos de una que me ha tocado la cintura cinco segundos.

—Suéltame.

—Te suelto. Arriba. Encima de mi mesa. Y luego no te suelto en toda la noche.

Se le corta la respiración. Lo noto en la espalda, contra mi pecho.

—Suéltame —repite, más bajito.

La suelto. Me mira por encima del hombro, con las mejillas encendidas y esa cara que pone cuando ha decidido algo que me va a costar caro, y se va.

No va a la barra. Va al escenario.

Laura la ve venir y se aparta de la barra de acero. Le dice algo al oído. Victoria asiente muy seria, se quita los sneakers, los deja en el borde del escenario, uno al lado de otro, y sube descalza.

Eso. Eso es lo que me mata de ella. Va a subirse a una barra de mi club para volverme loco delante de ochenta hombres, y antes coloca los zapatos.

Se agarra al acero con una mano, me busca entre las mesas y me encuentra. Levanta un dedo y me señala, a mí, a través del humo, luego se señala los ojos con dos dedos y me vuelve a señalar. Mírame.

Como si pudiera hacer otra cosa.

Los primeros diez segundos son un desastre.

Se agarra demasiado arriba, intenta un giro como el de Laura, se le va la pierna por donde no tiene que ir y acaba abrazada a la barra como a un poste en una tormenta, muerta de risa, con Laura sujetándola por la cintura.

Medio club se ríe con ella. Yo no me río.

Yo estoy agarrado a la barandilla de la primera planta con las dos manos, porque la conozco y sé lo que viene después de que Victoria se ría de sí misma.

Lo que viene es que deja de intentar ser Laura.

Se aparta el pelo de la cara de un cabezazo, como una yegua, y empieza a moverse a su manera, con los bajos, que en este club se notan en el estómago.

Las caderas primero, de un lado a otro, lentas, con las manos en la nuca y los codos abiertos, los ojos entornados, la boca entreabierta.

Luego se da la vuelta, de espaldas a mí, se agarra a la barra con las dos manos por encima de la cabeza, abre las piernas y se dobla por la cintura.

Despacio. Hasta que tiene la cara a la altura de las rodillas y el culo hacia arriba, hacia mí, en pompa, y se queda ahí, moviéndolo de un lado a otro, al ritmo, un segundo, dos, tres.

Los shorts no dan para eso. Lo que queda de ellos se le sube por la raja con el movimiento, y por los agujeros de detrás, esos que costaban trescientos euros, se le ven las nalgas enteras, las dos, redondas, bajo la luz roja, y entre ellas, cuando se dobla del todo, la tira de tela negra del tanga metida donde a mí me gustaría estar metido.

Me olvido de respirar.

Lo noto porque me empieza a doler el pecho y tengo que acordarme de soltar el aire. La polla me aprieta tanto contra la cremallera que tengo que colocármela con la mano.

Ella se endereza vértebra a vértebra, pasándose las manos por la parte de atrás de los muslos, por las nalgas, por la cintura, y cuando está de pie se da una palmada en el culo. Fuerte. Que suena. Mirándome por encima del hombro.

Luego se gira, apoya la espalda en el acero y se deja resbalar hacia abajo, ahora de frente, con las rodillas abiertas y los ojos clavados en los míos.

Cuando llega abajo se queda en cuclillas, con los muslos abiertos del todo, la D blanca en el izquierdo a la vista de todo el que quiera mirar, y mueve las caderas adelante y atrás, despacio, contra nada, contra el aire, como me monta a mí cuando quiere que tarde.

Se pasa la mano por el muslo, por encima de la cicatriz, y luego la sube otra vez, por la cara interna, hasta el centro, y se la deja ahí, apretada, un segundo, y se muerde el labio.

Ochenta hombres dejan de hablar a la vez.

Me miro la muñeca. Rojo. Un rojo vivo, latiendo, que me sube por el brazo hasta el cuello.

—Paolo.

Paolo aparece a mi lado sin que tenga que llamarlo dos veces.

—Señor.

—Que se den la vuelta. Todos.

No pregunta quién. Hace un gesto y los diez hombres del escenario se giran hacia las mesas, y luego otros veinte que salen de donde salen siempre, y en treinta segundos, mesa por mesa, con un «perdone, señor» y una mano en el respaldo, a todos los hombres del club les dan la vuelta a la silla hasta que quedan mirando a la pared.

Un gordo de la mesa del fondo, uno de los que vienen los jueves, se resiste y vuelve a girar la cabeza por encima del hombro.

Bajo dos escalones para que me vea.