NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

DARÍO

El Perla della Notte está en un edificio de tres plantas de piedra vieja en la parte baja de Bérgamo, que por fuera parece un banco suizo y por dentro parece lo que es. Me gasté dos millones en esta casa, y se nota.

No pensaba traerla. Esta mañana, a las siete, Sara ha bajado a mi despacho con una manzanilla que no se ha bebido y el pañuelo beige recién atado, y me ha pedido unas semanas más.

Que la deje engordar, que la deje reírse, que ya se lo dirá ella, en la cocina, con un café.

Le prometí a Victoria que lo de anoche era la última mentira, y su madre me la ha quitado antes de que pudiera cumplirla.

«Mentir bien y quererla mejor, hijo. Es lo que hacen los hombres de mi familia. »

Después he cambiado el código de la caja fuerte y se lo he dicho a Victoria a la cara, y ella lo ha aguantado sentada delante de mi mesa con las rodillas juntas, como se sientan mis chicos cuando saben que han hecho algo.

Y después, para que trabajara en algo, le he dado el teléfono para que llamara a Dino.

Dino ha contestado, y ella le ha reconocido la voz.

El de los lunes, me ha dicho, el que te llama a las once de la noche y te lee una lista que luego quemas en el fregadero.

Una noche de hace meses, apoyada en la puerta de la cocina con un yogur de fresa, mientras yo creía que hablaba solo, mi chica se aprendió de memoria un club que para el resto del mundo solo existe en una libreta negra.

Cuarenta chicas, cuatro reservados en el sótano, una planta de arriba para lo más alto del país, una sociedad de Malta que es de otra de Chipre y una lista aparte para los jueves.

Se lo ha recitado a Dino con una voz de señora Di Marco que yo no le había oído nunca.

Después de eso no me ha quedado más remedio que traérmela. Si la dejo en casa con lo que sabe, mañana Dino trabaja para ella.

Le dije que se tapara del cuello a los tobillos.

Ha bajado la escalera con unos shorts vaqueros rotos por detrás, justo debajo de las nalgas, en dos sitios que ha elegido ella con unas tijeras; un top rosa fosforito sin sujetador; unos sneakers; unas gafas de montura dorada sin graduar y la D asomando por un roto del muslo izquierdo.

Me he atragantado con el agua. Lev lo ha oído todo desde el móvil, que se me ha caído al suelo del recibidor, y ha preguntado si me habían disparado.

En el coche se ha pintado las uñas de los pies encima de mi salpicadero, le he tirado el bote por la ventanilla en una carretera de Bérgamo y me ha estado castigando con silencio cuatro kilómetros exactos.

Ahora le pongo la mano en la espalda al entrar y se para en seco en el vestíbulo.

—Madre mía —dice.

La sala principal tiene tres niveles. Las luces bajan del techo en azul, en rojo, en violeta, y cambian solas con la música.

A la izquierda, la barra larga, de mármol negro.

Al fondo, detrás de una cortina de cuentas, la pista.

En el centro, un escenario redondo con diez barras de acero que suben hasta el techo y diez mujeres bailando en ellas, y alrededor del escenario, diez hombres míos de negro, uno por chica, con los brazos cruzados.

El que toque, sale por la puerta de atrás sin dientes.

Cuando entramos, los diez inclinan la cabeza a la vez.

—Esto es lo que le has recitado tú esta mañana a Dino —le digo al oído—. Para que lo veas en persona.

Espero los celos. Diez chicas medio desnudas bailando delante de su hombre: el amarillo en la pulsera, el «tú aquí a qué vienes», la escena. No llegan. Lo que hace es aplaudir con las manos en alto, como en un concierto.

—¡Darío! ¡Mira la del centro! ¡Está haciendo una cosa al revés en la barra que yo no hago ni del derecho en la cama!

La del centro se llama Laura. Se lo cuento al oído, en dos frases, porque no le hace falta más: veintiún años, unos padres muertos en un mercado de Venecia el día que un loco sacó una pistola, siete hermanos pequeños que creen que trabaja en un hotel.

Victoria deja de aplaudir, abre el bolso del tamaño de una cartera y saca un billete morado de quinientos.

—Dáselo tú —me dice—. Que si se lo doy yo, va a pensar que soy una ricachona.

—Eres una ricachona.

—Pero no quiero que lo piense.

Una camarera morena nos trae un whisky y una copa de champán rosado. Le quito la copa a Victoria antes de que se la lleve a la boca.

—Ella, zumo. De piña.

—Me has dejado sin champán delante de una camarera.

—Te he dejado sin champán delante de Gery, que está en todas partes. Como Dios, pero con peor carácter.

Por encima de su hombro veo a Dino salir del pasillo del fondo, el de las alas de ángel de neón rosa, con una carpeta debajo del brazo y la cara de un hombre que lleva todo el día esperándome.

—Media hora —le digo—. En la barra. Con la camarera. No te muevas.

—¿Por qué no puedo ir?

—Porque vamos a hablar de dinero, y tú lo que oyes te lo aprendes, y esta noche no quiero que te aprendas nada más.

La dejo en un taburete de cuero rojo, con un zumo de piña y las barcas rosas colgando, mirando bailar a Laura.

VICTORIA

Media hora es mucho tiempo en un taburete.

Me he bebido dos zumos de piña. He visto bailar a Laura tres veces.

Le he dado a la camarera una propina por el zumo, me ha dicho que no hacía falta y he insistido hasta que la ha cogido para que me dejara en paz.

He descubierto que en el baño de mujeres hay un sofá de terciopelo y un espejo con luces de camerino que me sienta de maravilla, y me he quedado allí cinco minutos mirándome la coleta, el top fosforito y unos shorts que mi madre no usaría ni para fregar la terraza.

Me quedan de maravilla. Lo sé yo y lo sabe la pulsera de Darío.

Luego me aburro. La pista está al fondo, detrás de la cortina de cuentas, con otra música, más rápida, más fuerte, y gente de mi edad sudando con los brazos en alto.

—Señora —dice la camarera cuando me bajo del taburete—. El señor ha dicho…

—El señor ha dicho que no me moviera de la barra. —Le guiño un ojo—. Y la pista también tiene barra. Al fondo. La veo desde aquí.

La pista está a oscuras, llena de humo y de luces que van y vienen, huele a sudor, a perfume y a alcohol derramado, y es perfecta.

Me meto entre la gente. Aquí nadie sabe quién soy, ni que hace un mes estaba en una celda, ni que el dueño de este sitio me ha tirado un bote de esmalte por la ventanilla hace una hora.

Soy una chica con unos shorts destrozados bailando en Bérgamo.

Cierro los ojos, levanto los brazos y dejo que los bajos me suban por los pies hasta la cabeza. Me olvido del castillo, de la caja y de la cara de mi madre anoche, separando yemas en la cocina con su pañuelo beige.

Bailo sola, y por primera vez en mucho tiempo no me da miedo estar sola.

DARÍO

Salgo de la reunión con seis meses de facturas en la cabeza y una llamada de Lev que no me quito de encima: Jean ha reunido a los doce en Palermo y ha puesto precio a mi cabeza, y a la de todo el que haya comido en mi mesa.

Lo que Lev no sabe es por qué, a mitad de la noche, los doce se callaron de golpe y se fueron a casa. Eso lo voy a averiguar yo.

No está en la barra. La camarera me mira con cara de mártir y señala la cortina de cuentas.

—Ha dicho que la pista también tiene barra, señor.

—Claro que lo ha dicho.

Subo a la primera planta, desde cuya barandilla se ve la pista entera, y le enseño a Paolo siete dedos. Siete hombres alrededor de ella, que nadie se le acerque a menos de un metro. Paolo asiente y desaparece entre el humo.

Mientras la busco con los ojos, una coleta negra, un top fosforito, algo, alguien me habla por detrás.

—Oye. Tú. Colega.

Me giro. En esta planta hay un reservado con sofás blancos y una mesa de cristal, y encima de la mesa, una cubitera con tres botellas de champán y unas rayas de algo que no es azúcar.

Alrededor, cuatro idiotas de unos veinticinco años con camisas de seda y relojes que les ha regalado su padre.

El que me ha hablado es rubio, va borracho, tiene la copa en una mano y la nariz roja.

—Esto es un reservado —me dice—. Lo hemos alquilado nosotros. No es para cualquiera.

Lo miro sin prisa, de los zapatos, que intentan parecer caros y no lo consiguen, a la cara, que tampoco.

—¿Tengo cara de cualquiera?

—Tienes cara de que te vas a ir ya. —Se ríe, y se ríen los otros tres—. Largo, bastardo. Que estamos celebrando.

Levanto dos dedos de la mano derecha, sin volverme.

No oigo llegar a nadie, porque mis hombres no hacen ruido al llegar a ningún sitio, pero lo veo en la cara de los amigos del rubio, que dejan de reírse antes que él. Cuando me giro un poco, de lado, tengo a cinco detrás, de negro, en semicírculo, con las manos cruzadas delante del cinturón.

El rubio tarda un poco más en verlo. Va borracho.

—Esto es mío —le digo—. El suelo que pisas, la barra que te sirve, la botella que estás echando en esa copa y lo que tenéis encima de la mesa, que os ha vendido uno de mis chicos esta noche con un recargo del cuarenta por ciento por tener cara de idiotas.

Probablemente también sea mío el banco que le lleva la hipoteca a tu padre.

—¿Y tú quién…?

—Di Marco.

Le veo pasar el nombre por la cara. La copa se le resbala de la mano y se rompe contra el cristal de la mesa.

—Señor Di Marco… yo no sabía…

—Ya lo sé. —Le pongo la mano en el hombro, con toda la amabilidad del mundo—.

Y por eso vas a salir de aquí andando. Pero escúchame bien, que esto es importante.

Si le hubieras dicho bastardo al dueño de un club, el dueño de un club te habría echado a la calle y aquí paz.

—Le aprieto el hombro—. Tú no has insultado al dueño de un club. Tú has insultado al Don.

Se le va el color de la cara como el agua de un fregadero.