CAPÍTULO 30 #2
Me quedo sin aire, como si me hubieran dado con la culata en mitad del pecho, y durante un segundo solo veo la escalera de esta mañana, a Victoria bajándola peldaño a peldaño, cojeando, y a su madre al pie, con el bolso en la mano, mirándola subir hacia ella.
—Sara…
—Calla. Que no he terminado. —Se vuelve a poner el pañuelo. Se hace el nudo—. Yo no voy a estar, Darío.
—No digas eso.
—Lo digo porque es verdad. Me lo han dicho dos médicos en dos idiomas.
Lo mismo, pero el segundo cobrando más. —Sonríe a medias—.
No voy a estar. No voy a estar en tu boda, que me hacía ilusión llevar un vestido azul, de los de madrina.
No voy a estar cuando tengáis el primer niño.
No voy a estar para enseñarle a hacer bien las croquetas de su abuela, que todavía le salen deshechas.
—Esta noche le enseñas la tarta.
—Esta noche le enseño la tarta. —Asiente—. Pero no voy a estar para lo demás.
Me mira, y tiene una cara que no le había visto nunca, ni en Navidad, ni hoy en la clínica, ni en el coche: una cara de mujer pequeña que se ha puesto delante de algo muy grande y no piensa apartarse.
—Así que te lo voy a pedir una vez. Y te lo pido ahora, que estoy viva y te lo puedo pedir mirándote a los ojos.
—Pídemelo.
—Cuídamela. —Le tiembla la voz—. Cuando yo no esté.
Cuídamela mejor que esta vez. Más. Mucho más.
Que no tiene a nadie, Darío. Su padre se murió cuando ella tenía once años.
Yo me voy a morir antes de Navidad. Sus abuelos ya no están.
No tiene hermanos, ni primos que la quieran, ni una tía que valga la pena.
Te tiene a ti. Y a esa chica rubia que llora con las croquetas. Y a un perro. Y a un león. Y ya está.
—La cuido.
—Y como le pase algo más… —Me señala con el dedo, el dedo pequeño, con la uña sin pintar, temblando—.
Como le pase algo más a mi hija, Darío Di Marco, me da igual estar muerta.
Me da igual estar debajo de la tierra en Montjuïc.
Vuelvo. Vuelvo y te las ves conmigo. Que yo he lidiado con conductores de autobús de Sorrento y con recepcionistas de Florencia que querían cobrarme dos veces la misma noche, y a mí un mafioso de dos metros no me da ningún miedo.
Entonces se echa a llorar.
Me quedo de pie, con las manos colgando.
Ella llora sin escándalo, con la cara entre las manos y los hombros moviéndose. Yo sigo sin saber qué hacer, así que hago lo único que se me ocurre.
Me pongo de rodillas delante de ella, en la alfombra, encima de la mancha que ha dejado mi propia sangre y que Anna no ha conseguido quitar, y le pongo las dos manos en las rodillas, encima del abrigo.
No le digo nada. No le digo que no llore, ni que todo va a salir bien, porque no va a salir bien, y ella lo sabe, y yo lo sé. Solo me quedo de rodillas, con la lana áspera del abrigo debajo de las palmas y sus piernas temblando dentro, hasta que al cabo de un rato ella baja las manos de la cara.
Me mira con los ojos rojos y el pañuelo un poco torcido.
—Perdóname, hijo.
—No hay nada que perdonar.
—Sí lo hay. Te he gritado. Te he dicho cosas feas.
Te he echado la culpa de lo que le ha pasado, cuando tú no lo hiciste.
—Se seca la cara con la manga—. Es que no sé qué me pasa.
Es esto. Esto de saber que te queda poco.
Nadie te lo cuenta, Darío. Nadie te dice que cuando un médico te dice que no te queda vida, todo se vuelve más.
Todo. Cien veces más. El miedo, cien veces.
El amor, cien veces. Las ganas de gritar, cien veces.
Ver a mi hija bajar esa escalera cojeando, mil.
Me coge la cara con las dos manos.
—Yo solo quiero saber que va a estar bien —me dice—. Eso es todo. Que cuando cierre los ojos, la última vez, pueda cerrarlos sabiendo que mi niña va a estar bien. Que va a estar a tu lado. Que alguien la va a querer como la quiero yo. Aunque sea un mafioso. Aunque tenga dos ojos de distinto color.
—Sara.
—Dime.
—No te voy a prometer que no le pase nada. Porque ya te lo prometí una vez y no lo cumplí. Y no te voy a mentir otra vez.
Le resbala una lágrima.
—Pero te voy a prometer otra cosa.
—¿Qué?
—Que mientras yo respire, no va a estar sola.
Ni un día. Ni una noche. Ni en lo bueno ni en lo malo.
Que si le pasa algo, voy a estar. Que si se cae, la levanto.
Y que si un día no la puedo levantar, me tiro al suelo con ella y nos quedamos los dos ahí hasta que se pueda.
—Le cojo las manos que tiene en mi cara—.
Eso sí te lo puedo prometer. Porque eso depende de mí.
Sara me mira y asiente una vez.
—Bien —dice.
—¿Bien?
—Bien. —Se sorbe la nariz—. Me sirve.
Me da dos palmaditas en la mejilla: dos palmaditas en la cara del Don de la Camorra, de las que se le dan a un niño que ha hecho bien los deberes.
—Ahora levántate del suelo —me dice—, que me pones nerviosa ahí abajo y además te vas a destrozar las rodillas.
Me levanto. Ella se arregla el pañuelo, se suena la nariz.
—Y ahora, hijo, una cosa más.
—Dime.
—Esa niña está en la escalera.
Me quedo quieto y me miro la muñeca. La pulsera lleva un rato de un negro espeso, nervioso, que no se mueve, y no me había dado cuenta.
—Lleva ahí diez minutos —sigue Sara—. La he visto antes de entrar.
Con tu sudadera puesta. Ha bajado para venir aquí, que tú le has dicho que dentro de una hora.
Y yo me he colado delante. Y ahora está ahí, en el último escalón, mirando esta puerta y pensando que la odias.
Lo lleva en la cara desde que ha bajado de tu cuarto.
—No la odio.
—Ya sé que no la odias. Pero ella no lo sabe. —Coge el bolso—. Le has cerrado la puerta del baño, Darío. Me lo ha contado. Con el pestillo.
Cierro los ojos.
—No podía mirarla, Sara. Venía de Berna. Venía de oír lo que he oído. Y si la miraba se lo iba a contar todo ahí mismo, en la terraza, sin ti delante. Y te prometí que no.
Sara se queda callada. Luego se acerca y me pone la mano en el pecho, en el sitio exacto donde su hija apoya la oreja para dormirse.
—Mañana —me dice.
—¿Mañana qué?
—Mañana se lo decimos. Los dos. Juntos. En la cocina, con un café, que en mi casa las cosas gordas se dicen en la cocina.
—Se le tuerce la boca—. Esta noche no. Esta noche le enseño la tarta de su padre.
Y nos reímos. Y nos manchamos de chocolate.
Y tú vienes y te comes un trozo, y le dices que está buenísima.
Se va hacia la puerta y, antes de abrir, se gira.
—Darío.
—Dime.
—Lo de que no eres Dios.
—¿Qué pasa?
—Que menos mal. —Se encoge de hombros—. Porque Dios no me ha devuelto a mi hija. Me la has devuelto tú. Tarde. Pero me la has devuelto. —Abre la puerta—. Y Dios nunca me ha bordado unas toallas.
Y sale.
Me quedo solo en el despacho. Por la puerta abierta oigo la voz de Sara en el pasillo.
—Ay, mira quién está aquí. ¿Qué haces en la escalera, hija? ¿Estabas escuchando?
—No. —La voz de Victoria—. ¿De qué hablabais?
—De ti, qué pregunta. ¿De qué voy a hablar yo con tu italiano? —Pasos—. Le estaba contando que cuando tenías siete años te cortaste el flequillo con las tijeras de la cocina para parecerte a la Bella del cuento. Y que te quedó tan torcido que hiciste la comunión con una diadema.
—¡Mamá!
—Y se ha reído. Mucho. Y luego me ha dicho que le encanta tu pelo. Que te queda de reina, o algo así ha dicho. Yo no sé de dónde lo ha sacado, pero lo ha dicho con una cara…
Silencio.
—¿Eso ha dicho?
—Eso ha dicho. Anda, ve. Que te está esperando. Y luego bajáis los dos a la cocina, que vamos a hacer la tarta de tu padre, y tú —la voz de Sara se aleja hacia la cocina— vas a separar las yemas, que tienes buena mano.
—¡Yo no he separado una yema en mi vida!
—Pues hoy aprendes. Que para eso estoy aquí.
Los pasos de Sara se van, y al cabo de un momento aparece Victoria en la puerta del despacho, con mi sudadera gris, que le llega a medio muslo, con el pelo suelto hasta la cintura y los ojos rojos de haber llorado en algún rincón de esta casa sin que yo estuviera para verlo.
Se queda en el umbral, sin entrar, esperando a que le diga algo. Me levanto de la mesa, cruzo el despacho y no le digo nada.
La abrazo con todo, con los dos brazos, levantándola del suelo, con la cara en su cuello.
Se queda quieta un momento, sorprendida, y luego me rodea el cuello y me abraza también.
—Pensaba que estabas enfadado —me dice contra el hombro.
—No.
—Me has cerrado la puerta del baño.
—Lo sé. Perdóname.
—Con pestillo.
—Lo sé, nena.
—Nunca cierras con pestillo.
—Nunca. —La aprieto más—. No volverá a pasar.
Se aparta un poco, me mira y me toca el apósito de la frente con un dedo.
—¿Qué te pasa? ¿Qué hay en Suiza? Me dijiste que esta noche me lo contabas todo.
La miro.
Pienso en una mujer pequeña en una cocina, separando yemas, con un pañuelo en la cabeza y unas pastillas que la van a dejar calva para estirarle la vida unos meses, solo para poder ver a su hija reírse un poco más, y noto un nudo que no me deja tragar.
—Mañana, nena.
—Darío…
—Mañana te lo cuento todo. Te lo prometo. Por la mañana.
Me mira con los ojos entornados, sin entender, sin saber que acabo de hacerle una promesa que no es la que ella cree.