CAPÍTULO 30
DARÍO
Llama dos veces.
Sé quién es antes de abrir. Lo sé porque llevo esperando este momento desde el aeropuerto, desde el coche, desde que la vi en el asiento de atrás mirando por la ventanilla con el bolso en el regazo, sin hablar, durante cuarenta kilómetros.
Desde que llegamos a casa y vio a su hija bajar la escalera, y se le cambió la cara entera en un segundo, aunque luego se la volviera a poner bien antes de que nadie se diera cuenta.
Yo me di cuenta.
Abro la puerta y Sara entra, preparada para quedarse poco y salir corriendo en cualquier momento. Cierro detrás de ella y echo el pestillo.
—Siéntate, Sara.
—Estoy bien de pie.
—Siéntate, por favor. Has hecho dos mil kilómetros hoy.
—Y me quedan pocos, así que los voy a hacer como me dé la gana. —Se queda de pie en mitad del despacho, delante de mi mesa—. Siéntate tú, hijo. Que eres muy alto y me haces daño en el cuello.
Me siento. Ella no.
Se queda mirándome un rato largo con los ojos grises, con esa forma de mirar que no es la de una madre que mira a su yerno, sino la de una guía que mira a un pasajero que acaba de subir y que ya sabe que va a dar problemas.
—¿Qué le ha pasado a mi hija?
No contesto enseguida.
—Darío.
—Ha estado enferma, Sara.
—No me mientas.
—Una infección. Muy fuerte. De las que…
—Darío. —No levanta la voz. La baja—. Te lo voy a preguntar otra vez. Y esta vez me vas a mirar a la cara cuando me contestes. ¿Qué le ha pasado a mi hija?
La miro a la cara.
—Ha estado enferma.
Silencio. Sara deja el bolso encima de la silla que no ha querido usar, con cuidado, y se lo quita de encima para tener las manos libres.
—Mi hija tiene los brazos llenos de marcas de aguja.
No digo nada. Tengo la mandíbula tan apretada que me late la herida de la frente debajo de los puntos.
—Del codo a la muñeca. En fila. Cicatrizando.
Las he visto. No me las ha escondido porque no se le ha ocurrido esconderlas, y eso es lo que me ha dado más miedo de todo.
Que ya ni se da cuenta de que las tiene.
—Le tiembla algo en la cara—. Mi hija tiene en las muñecas unas marcas en espiral que no se hace una con nada que haya en una casa normal.
Mi hija cojea. Mi hija pesa no sé cuántos kilos menos que en Navidad.
A mi hija le falta un mechón de pelo en la nuca, por debajo, donde se le enreda desde que tenía tres años, y ese mechón no se lo ha cortado ninguna peluquera, que yo sé cómo corta una peluquera.
Mi hija tiembla. Le tiemblan las manos cuando coge un vaso.
Y mi hija me abraza con el mismo abrazo de cuando tenía ocho años y se despertaba gritando por las noches.
Da un paso hacia mi mesa.
—Y tú me dices que ha estado enferma.
—Sara…
—¡Me dices que ha estado ENFERMA!
Ahí sí grita, con el grito de las mujeres pequeñas que han aguantado mucho: de golpe, con todo el cuerpo, un grito que rebota en las estanterías y en los ventanales y en mí.
—¡Yo he llevado jubilados por media Europa veinte años!
¡He visto a hombres de setenta años mentirme sobre por qué no han vuelto al autobús!
¡He visto a mujeres esconderme que se han caído en la ducha del hotel para que no las mande a casa!
¡Sé cuándo me mienten, Darío! ¡LO SÉ! ¡Y tú me estás mintiendo en la cara, en tu despacho, con la frente cosida!
Se para a respirar y me señala la frente con el dedo.
—¿Y eso qué es?
—Me di con una puerta.
—¿Con una puerta?
—Con una puerta.
—¡Una puerta! —Se ríe, y es una risa horrible, que no se parece en nada a la de Navidad—. ¡Ella se dio con el borde de la piscina y tú con una puerta! ¡Esta casa es peligrosísima! ¡Habrá que llamar a un arquitecto!
—Sara. —Me levanto de la silla—. Siéntate. Por favor.
—¡No me da la gana!
—Te estás poniendo pálida.
—¡Estoy pálida desde marzo! ¡Me estoy muriendo, hijo! ¡Es lo que hay! ¡Me pongo pálida si me da la gana!
Entonces le fallan las piernas. No del todo, un poco, lo justo para que tenga que agarrarse al respaldo de la silla con una mano y para que yo rodee la mesa en dos pasos y la coja del codo antes de que pase nada más.
—Siéntate —le digo, muy bajo.
Esta vez se sienta.
Me pongo en cuclillas delante de ella, para estar a su altura y que no le duela el cuello.
Tiene la cara blanca y respira rápido, con las manos apretadas encima de las rodillas, y le tiemblan con el mismo temblor que a su hija.
Se las cojo. Están frías, y son tan pequeñas que me caben las dos en una sola mano.
—Escúchame —le digo—. Te voy a decir una cosa que es verdad. Y luego te voy a decir otra que no te va a gustar.
Me mira con los ojos muy abiertos, igual que me mira su hija cuando sabe que viene una mala noticia.
—La verdad es esta: le ha pasado algo. No te voy a mentir más en eso, porque tienes razón y porque no te lo mereces. A tu hija le ha pasado algo. Algo malo. Algo que no tendría que pasarle nunca a nadie, y menos a ella.
A Sara le brillan los ojos.
—¿Qué?
—Eso es lo que no te voy a decir.
—Darío…
—No te lo voy a decir, Sara. —Le aprieto las manos—.
Y no porque no quiera. Sino porque no es mío.
Es suyo. Lo que le ha pasado es de ella.
Es su historia, y su cuerpo, y su miedo, y se lo tiene que contar ella a quien quiera y cuando quiera.
No yo. Si te lo cuento yo, se lo estoy quitando.
Y a tu hija ya le han quitado bastantes cosas.
Sara me mira.
—¿Me estás diciendo que no me lo cuentas para protegerla a ella?
—Te estoy diciendo que no es mío para contarlo.
—¡Soy su madre!
—Y yo soy el hombre que la sacó de donde estaba.
—La voz me sale rota y no hago nada por arreglarla—.
Con mis manos, Sara. Y te juro por lo que quieras que, si pudiera, te lo contaría todo ahora mismo, palabra por palabra, para que no tuvieras que imaginártelo.
Porque lo que te estás imaginando ahora es peor que no saberlo. Lo sé. Lo veo en tu cara.
—¿Es peor que lo que me imagino?
Me quedo callado, con sus manos todavía metidas entre las mías y la garganta apretada.
—Contéstame a eso, por lo menos. ¿Es peor o es mejor?
—Es distinto —le digo—. Y ya pasó. Y los que lo hicieron ya no existen. Ninguno. Me he encargado yo.
Sara me mira un rato muy largo. Y entiende.
No sé qué entiende exactamente, pero le veo entender algo.
Le veo en los ojos grises cómo se le junta todo: las marcas de los brazos, las de las muñecas, el pie, el mechón, la llamada llorando, la semana sin noticias, Giuseppe diciéndole por teléfono que estábamos «de viaje», y ahora un hombre con la frente cosida diciéndole que se ha encargado de que no exista nadie.
Se tapa la boca con la mano.
Cuando vuelve a hablar, ya no grita.
—¿Dónde estabas tú?
Esa pregunta me entra por donde entran las balas que no ves venir, y me deja sin aire un segundo antes de poder contestar.
—Buscándola.
—¿Cuánto tiempo?
—Una semana.
—Una semana. —Cierra los ojos—. Siete días, mi niña, en algún sitio. Y yo en Barcelona viendo Pasapalabra. Y llamando a Giuseppe. Y Giuseppe diciéndome que estabais en la costa. Y yo creyéndomelo. Porque quería creérmelo.
—Lo siento, Sara.
—¡No me digas que lo sientes! —Abre los ojos—.
¡Tú me prometiste que la ibas a cuidar! ¡Me lo prometiste a mí, en Navidad, en tu salón, delante de un árbol de cinco metros!
¡Me dijiste que conmigo podía estar tranquila, que nadie le iba a tocar un pelo!
¡Y le han tocado todo, Darío! ¡Le han tocado el pelo y los brazos y el pie y los ojos, que se le ha apagado algo en los ojos, que yo la miro y no es la misma!
—Ya lo sé.
—¡¿Y entonces de qué sirve?! —Me aparta las manos de un empujón—. ¡¿De qué sirve tener cuatrocientos hombres y aviones y casas con cámaras hasta en el cuarto de las fregonas, si al final se la llevan igual?!
No tengo respuesta. Me quedo en cuclillas, con las manos donde ella las ha dejado, mirándola, y le digo la verdad.
—No sirve, Sara.
Se calla.
—No sirve de nada. —Me levanto. Me apoyo en el borde de la mesa, a su lado—.
Llevo diez años creyendo que sí. Que con suficiente dinero, suficientes hombres, suficientes cámaras, suficiente miedo, se puede proteger cualquier cosa.
Que es cuestión de tener más que el otro.
Y es mentira. Me la quitaron en el aparcamiento de un zoológico, a las once de la noche, con siete coches.
Y luego tardé una semana. Yo. Con todo lo que tengo. Siete días.
Sara no dice nada.
—Intento hacerlo bien —sigo—. Siempre. Con todos.
Con ella, con Giuseppe, con María, con mis hombres.
Contigo. Te compré un piso con mar y un portero de Nápoles porque no soportaba la idea de que subieras la compra sola por una escalera sin ascensor.
Te mandé el avión para que no hicieras cola.
Te llevé al mejor médico de Europa. Intento estar en todo.
Arreglarlo todo. —Me miro las manos—. Pero no soy Dios, Sara.
El despacho se queda en silencio; solo se oye su respiración, todavía rápida.
—No soy Dios. Y lo he sabido estas semanas como no lo había sabido nunca. Porque Dios habría llegado a tiempo.
Sara se queda quieta mucho rato, y luego se quita el pañuelo. No sé por qué lo hace. Lo hace sin prisa, desatando el nudo de la nuca con los dedos, y se lo quita de la cabeza y se lo deja en el regazo.
Debajo hay poco pelo: gris, fino, con calvas.
—El suizo me ha dado unas pastillas —dice, mirándome—.
Para que me dure un poco más. No me curan.
Me estiran. Lo que se hace con un chicle.
Y ya se me estaba cayendo el pelo a puñados con las de Bellvitge; con estas, dice que más.
Me lo encuentro en la almohada por las mañanas.
—Se toca la cabeza—. Me las voy a tomar por ella.
Porque yo no quería tomarme nada más. Yo quería mi mar y mi pan con tomate y morirme en mi cama.
Pero luego la he visto bajar esa escalera, hijo.
Y ahora quiero los meses que haga falta.