NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 29 #3
75%

CAPÍTULO 29 #3

—Pues ya está. —Se separa y me coge la cara con las dos manos—. Estás guapísima. Con ese pelo pareces una actriz de las antiguas, de las de blanco y negro. Y estás demasiado delgada. Y eso te lo arreglo yo en una semana, que he traído en el bolso dos fiambreras de croquetas de las de tu abuela.

—¿Has traído croquetas en el avión?

—En el avión privado de tu italiano, hija. Que ha venido un azafato a ofrecerme caviar, y le he dicho que gracias, que yo traía lo mío. —Abre el bolso. Saca una fiambrera. Se la planta en las manos a María—. Toma, guapa. Esto para la nevera. Que tú también estás en los huesos.

María coge la fiambrera, y se le vuelven a llenar los ojos.

Y entonces me doy cuenta de una cosa.

Por la puerta del jardín veo a Giuseppe. Está fuera, en el porche, fumando, y María acaba de salir a su lado con la fiambrera en las manos y Lolo en el hombro. Giuseppe le dice algo al oído, algo corto, y María se lleva la mano a la boca.

Se queda quieta y me mira por el cristal.

Me mira a mí, y luego mira a mi madre, que está a mi lado con el bolso en el regazo, y le veo una cara que no le había visto nunca, una cara de pena, una pena tan grande que le arruga la cara entera.

Se da la vuelta, rápido, para que no se la vea, y Giuseppe le pone la mano en la espalda.

Me quedo mirándolos a los dos de espaldas en el porche y siento un frío en la nuca, en el tatuaje, que no tiene nada que ver con la tarde.

—Mamá —le digo, sin dejar de mirar el cristal—. ¿Cuánto te vas a quedar?

—El tiempo que me dejéis.

—Quédate mucho.

—Me quedo mucho, mi niña.

—Te voy a cuidar. Vamos a cocinar juntas. Vamos a ir de compras. Me vas a enseñar la tarta de chocolate de papá, que nunca me la has enseñado.

—Esta noche te la enseño.

—¿Esta noche?

—Esta misma noche. —Me sonríe—. Que tu italiano viene con una cara de disgusto que no se la quita ni un notario. Y una tarta de chocolate se la quita a cualquiera.

Me quedo quieta.

—¿Cómo sabes que estamos enfadados?

—Porque lo he visto subir la escalera. —Se encoge de hombros—. Y te he visto bajarla a ti. Y los dos teníais la misma cara. Esa cara solo se pone cuando uno quiere decirle algo al otro y no puede.

—Él no me quiere decir nada. Me ha cerrado la puerta del baño.

Mi madre me mira, y algo le cruza la cara, muy rápido.

—Ya hablará, hija. Los hombres así hablan cuando les dejas espacio. Tu padre era igual. Le dabas una hora y te contaba su vida entera. Le preguntabas y se cerraba en banda.

—Me ha dicho que dentro de una hora me espera en el despacho.

—Pues ya ves. Una hora. —Me da dos palmaditas en la rodilla—. Ahora enséñame mi cuarto, que llevo el pañuelo desde Berna y me pica la cabeza.

Berna. Lo ha dicho sin darse cuenta, y la palabra se queda delante de mí, en el aire, mientras el estómago se encoge y la cabeza me va juntando trozos que no había querido juntar. Berna. La suite. Tres noches. «No la traigas aquí». «Cuídala». «Que no le falte de nada».

Mi madre no se da cuenta de que lo ha dicho. Se está levantando del sofá, colocándose el bolso en el brazo, buscando las gafas en el bolsillo del abrigo, y yo me callo, porque de repente no quiero saber.

Me levanto y la cojo del brazo. En la escalera, cuando voy a quitarle el pañuelo para que esté más cómoda, se aparta un paso, rápido, y se sujeta el pañuelo con la mano.

—No, hija.

—Es para que estés cómoda.

—Estoy comodísima. —Se ríe—. Este año se llevan los pañuelos. Lo dice el Hola. Y además, estoy en casa de un capo de la mafia, con mayordomos y cuadros y una lámpara que vale más que mi barrio. Con las greñas que tengo, no pego. El pañuelo me da clase.

Se ríe, y yo me río también, y subimos la escalera las dos riéndonos.

Las dos sabemos que la otra está mintiendo.

La dejo en su cuarto, el de invitados del fondo, el que da al olivar.

Le enseño el baño, el armario, la terraza.

Ella lo mira todo con la boca abierta y dice «Mare de Déu» tres veces, una por el baño, otra por las vistas y otra cuando ve que las toallas tienen sus iniciales bordadas, S. B., en hilo azul.

—¿Esto quién lo ha hecho?

—Darío.

—¿Cuándo?

—No lo sé, mamá.

—Hija, estas toallas no se bordan en un día.

Se sienta en la cama con una de las toallas en las manos, acariciando las letras con el pulgar, y no dice nada más.

Cuando salgo de su cuarto, faltan diez minutos para la hora.

Me lavo la cara y me pongo la sudadera gris de él, la que huele a él.

Me miro en el espejo del pasillo y me digo que voy a entrar en ese despacho, me voy a sentar en la silla de enfrente y le voy a escuchar sin interrumpir, aunque me cueste, aunque me diga lo que me diga.

Bajo la escalera, y desde el último escalón, en el pasillo del despacho, veo a mi madre. Se me ha adelantado. No sé cómo ha bajado tan rápido, si hace diez minutos estaba sentada en la cama acariciando una toalla. Está delante de la puerta del despacho.

Llama con los nudillos, dos veces, y la puerta se abre.

Mi madre entra, y la puerta se cierra detrás de ella sin ruido, con el clic suave del pestillo.

Me quedo en el último escalón, con la sudadera de él puesta y el corazón dándome golpes contra las costillas, mirando una puerta cerrada. Otra.

Y por primera vez desde que vivo en esta casa, no me atrevo a abrirla.