CAPÍTULO 29 #2
—Lo siento —repito, más bajo.
El agua sigue corriendo, y yo me quedo ahí, con la frente en la madera, hasta que entiendo que no va a abrir, y me voy.
Bajo la escalera poco a poco, pensando que es por lo de anoche: que está enfadado, que se ha cansado.
Entonces oigo una voz en el salón. Una voz que no es de esta casa y que reconocería en cualquier sitio: debajo del agua, dormida, muerta.
Una voz que me cantaba Serrat cuando tenía fiebre y que me gritaba desde la cocina que la cena estaba en la mesa, y que se pasó una semana entera metida en una celda conmigo, porque cuando más miedo tenía, de noche, era su voz la que me inventaba.
—…y le digo yo al conductor, mire usted, que a mí no me cobra el aparcamiento de Pompeya dos veces, que llevo veinte años trayéndole jubilados y me sé las tarifas de memoria…
Mi madre.
Se me saltan las lágrimas antes de llegar al último escalón. Entro en el salón y está sentada en el sofá grande, el de terciopelo, al lado de María.
Me ve y se calla de golpe, con la boca a medio abrir. Se levanta y abre los brazos, y yo corro.
No sé cómo cruzo el salón, con el pie malo, cojeando; no lo sé.
Sé que estoy en la puerta y de repente estoy en sus brazos, contra su pecho, con la cara metida en el cuello, que huele a lo que huele ella: a Nenuco, a la colonia de bebé que se echa desde que yo tenía un mes, porque dice que las colonias caras le dan dolor de cabeza.
—Mi niña —dice contra mi pelo—. Mi niña. Mi niña bonita.
Me aprieta la cabeza contra ella con la mano en la nuca.
Lloro todo lo que no he llorado. Lloro la celda, y el frío, y la aguja, y el pie, y el miedo, y las noches en las que me la inventaba para no estar sola.
Lloro sin decirle nada de eso, y ella no me pregunta nada: me deja llorar, me acaricia el pelo y me dice «ya está, ya está, ya está» sin que esté.
En algún momento, todavía con la cara en su cuello, lo noto, y dejo de llorar a medias, con el aire cogido: pesa menos. El cuerpo que me abraza es más pequeño que el de Navidad, debajo del abrigo hay menos madre que antes, y los hombros que tengo debajo de las manos son hueso.
Me aparto y la miro, y lo que veo no me gusta.
Está muy pálida. Mi madre, que tiene la piel morena de veinte años de autobuses con la ventanilla abierta por media Europa, tiene ahora el color de las cosas que llevan mucho tiempo guardadas en un armario.
La cara más afilada, las ojeras moradas.
Y lleva un pañuelo en la cabeza: un pañuelo beige, de seda, atado detrás de la nuca, que le tapa todo el pelo menos unos mechones grises que se le escapan por la frente.
Mi madre no lleva pañuelos. No ha llevado un pañuelo en su vida. Dice que los pañuelos son para las señoras de misa de doce y para las que se han teñido mal.
Luego están los ojos. Los grises, de cielo de antes de llover, los que se le encendían cuando se reía, están apagados, dos ventanas de una casa donde ya casi no vive nadie.
—Mamá —le digo—. ¿Qué te pasa?
Ella sonríe, pero la sonrisa no pasa de la boca y no le llega a los ojos.
—Nada, cariño. Que estoy hecha polvo. Llevo dos meses de grupos seguidos. Lisboa, los fiordos, otra vez Lisboa, que a los jubilados de Cornellà les ha dado por Lisboa este año. Y luego el avión, y luego el coche. —Me pasa la mano por la cara—. Estoy cansada, mi niña. Ya está.
—Estás muy delgada.
—Mira quién fue a hablar.
Entonces me mira, y ahí empieza la inspección.
Empieza por la cara: los ojos, las ojeras, la piel.
Sigue por los brazos. Me coge las manos y me las gira con las palmas hacia arriba, y le veo mirarme las muñecas, las marcas de cordón que todavía se ven en espiral, y luego la cara interna de los brazos, las costras pequeñas, en fila, del codo a la muñeca.
Ahí se para mucho rato. Le noto los dedos apretarme un poco más, y yo aguanto el aire sin darme cuenta, pero no dice nada.
Sube. Me mira el pelo, me lo coge con las dos manos, todo entero, y lo sopesa.
—Te han cortado las puntas.
—Cuatro dedos.
—Y te falta un trozo aquí. —Me toca la nuca, justo donde estaba el nudo—. Un mechón. Por debajo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te parí, Victoria. —Me suelta el pelo—.
Y porque te he peinado este pelo cada mañana durante doce años, antes del colegio, con la colonia de bebé para que no se encrespara.
Me sé cada remolino. Y aquí, en la nuca, a la izquierda, tienes uno que siempre se enreda. —Me mira—. Se ha enredado, ¿verdad?
No le contesto, y ella baja la vista y me mira el pie.
—¿Por qué cojeas?
—Me di un golpe.
—¿Dónde?
—En el pie.
—Ya sé que en el pie, hija. Te pregunto dónde te lo diste.
—En… la piscina. Con el borde.
Me mira un buen rato.
—Con el borde de la piscina.
—Sí.
No dice más. No me pregunta por las marcas de los brazos, ni por los huesos que se me cuentan solos debajo de la camiseta, ni por qué estuve tres semanas sin llamar, ni por qué la llamada de la otra vez la hice llorando. No me pregunta nada.
Me vuelve a abrazar y me dice al oído, muy bajito, para que no lo oiga María:
—Tú y yo somos iguales, mi niña. ¿Lo sabes?
—¿Por qué?
—Porque mentimos igual. Para no hacer daño. Siempre igual. Con la misma cara. Tu padre decía que nos poníamos la cara de vender seguros. —Me aprieta—. Y por eso sé cuándo me mientes. Porque es la cara que veo en el espejo.
No me sale la voz.
—Mamá…
—No me lo cuentes ahora. —Me besa la frente—. Ya me lo contarás cuando puedas. O no me lo cuentes nunca. Pero que sepas que lo sé. Que algo te ha pasado. Que no sé qué, y que no te lo voy a preguntar. Solo quiero que sepas que tu madre no es tonta.
—Ya sé que no eres tonta.