CAPÍTULO 29
VICTORIA
Está sentada en los escalones del porche cuando llegamos.
Bajo del coche con las bolsas de la tarde colgando de los dos brazos, porque Roni se ha empeñado en llevarlas él y yo me he empeñado en que no, y hemos llegado a un acuerdo: él lleva seis y yo cuatro.
Al levantar la vista la veo ahí, en el último escalón, con un abrigo de camello demasiado grande para abril, las rodillas pegadas al pecho y un mono diminuto subido al hombro, comiéndose una uva.
No chilla, y eso es lo primero que me asusta. María chilla siempre: chilla cuando llega, chilla cuando se va, chilla cuando encuentra aparcamiento. La última vez que me vio, hace una semana, se me tiró encima en la cama gritándome desgraciada, y hoy no chilla.
Se levanta, me mira y me dice, muy bajito:
—Vengo a quedarme.
Suelto las bolsas. Una caja de zapatos rueda escalones abajo hasta los pies de Santiago, que la recoge sujetándola con las dos manos, con el cuidado de un artificiero, mientras yo subo con el pie malo los tres escalones que me separan de ella y la abrazo.
Lolo salta de su hombro al mío y me agarra una oreja con la manita para no caerse.
—¿A quedarte cuánto?
—A quedarme. —La voz le sale rota—. A vivir. Otra vez. Con él.
Desde el salón, por la puerta abierta, sale la voz de Giuseppe:
—¡Por el amor de Dios, que se os va a enfriar el té! ¡Llevo media hora con la tetera en la mano!
María se ríe contra mi cuello, y le noto la risa en la piel antes de oírla: una risa mojada, pequeña. Pero risa.
Nos sentamos en el suelo del recibidor. No en el sofá: en el suelo, con las piernas cruzadas, una enfrente de la otra, cogidas de las manos y sin decir nada, como dos niñas que se encuentran en el patio después de un verano muy largo.
La miro. Está más delgada, mucho más que hace una semana. Se le marcan los pómulos y tiene unas ojeras que le llegan a media cara, de un morado que no se quita con maquillaje. Lleva el pelo rubio recogido de cualquier manera, con un lápiz atravesado, ella que no salía a la calle sin plancha.
Tiene las manos en las mías, y no en la tripa. Eso es lo que más me cuesta mirar.
—¿Estás bien?
En cuanto lo digo me quiero morder la lengua, porque es la pregunta más tonta del mundo y las dos sabemos la respuesta.
María me mira y tiene los ojos mojados, y me dice la verdad, porque María no sabe mentir: lo ha intentado toda la vida y siempre se le nota en la oreja izquierda, que se pone roja.
—No —dice—. No estoy bien, pelusilla. Me levanto por las mañanas y durante cinco segundos no me acuerdo.
Y luego me toco la tripa sin querer, y me acuerdo.
Todos los días. Cinco segundos. —Se encoge de hombros—.
Mi madre dice que algún día serán diez. Y luego un minuto.
Y luego una mañana entera. Que así se cura esto, de segundo en segundo.
—María…
—Pero estoy aquí. —Me aprieta las manos—.
Y tú estás aquí. Y Giuseppe no se ha ido a ninguna parte, aunque me fui yo.
Me fui a casa de mi madre, al Testaccio, a dormir en mi cama de cuando tenía quince años, con los pósters todavía en la pared, y él me llamaba todas las noches.
Todas. Y yo casi nunca le cogía. Y él me dejaba mensajes de voz contándome qué había cenado, sin más.
«María, hoy he cenado pollo. Estaba soso. Te echo de menos».
Se ríe con la cara mojada, con los mocos a punto de caerle, llorando, pero se ríe.
—Y anoche le cogí. Y le dije que volvía. Y me ha venido a buscar con el coche y ha tardado once minutos desde que he colgado, y mi madre vive a veinte. —Se limpia la nariz con la manga del abrigo—. No le preguntes cómo lo ha hecho, que no te lo va a contar.
Ahí ya no aguanto más. Me sube a la garganta lo que llevo una semana tragándome, y me sale de golpe:
—Giuseppe me dijo que no me culpabas.
—Y no te culpo.
—Pero yo sí, María. Yo te llevé al zoo. Yo quería comprar un león y un mono sin escolta, porque soy idiota. Yo…
—Tú me dijiste que corriera.
—No te salvé al niño.
Se hace un silencio tan grande en el recibidor que me oigo tragar saliva.
María me suelta las manos y me coge la cara con las dos, fuerte, de la misma forma que me la coge Darío cuando quiere que le escuche. Tiene los dedos fríos, y le tiemblan un poco contra mis mejillas.
—Escúchame bien, Victoria Blanco, porque esto no te lo voy a decir dos veces, que me cuesta.
—Le tiembla la voz—. Esa noche, en ese aparcamiento, había hombres que venían a por ti.
Y tú, con ellos delante, te giraste y me dijiste que corriera.
Te giraste. Le diste la espalda a los que te querían llevar para mirarme a mí y decirme por dónde tenía que saltar la valla.
—Le rueda una lágrima—. Y corrí. Y estoy viva.
Y si me hubiera quedado contigo, ahora no estaríamos ni yo ni el niño ni nada.
Lo que le pasó a mi hijo lo hizo otro. Y a ese ya lo ha encontrado tu hombre.
—Me suelta la cara—. Así que a partir de hoy, la próxima vez que digas que fue culpa tuya, te tiro del pelo.
Y con ese pelazo que te han dejado, te puedo tirar mucho.
Me echo a llorar de golpe, con un llanto que me sale de la tripa y me dobla hacia delante, y ella me abraza y me mete la cara en su abrigo de camello.
Nos quedamos así, en el suelo del recibidor, abrazadas y llorando las dos, mientras Copito se nos sube por encima intentando lamernos a la vez, Lolo me tira de la oreja y Rey asoma la cabeza desde el salón con cara de no entender qué hacen dos humanas en el suelo y por qué hay un mono subido a una de ellas.
Al cabo de un rato, María se separa y me mira la cabeza.
—Por cierto.
—Qué.
—¿Quién te ha hecho eso? —Me coge un mechón. Lo huele—. Esto huele a almendras. Y a dinero.
—Una peluquera de Prati. Pina. Esta mañana.
—¿Y te ha dejado el largo?
—Quería cortármelo entero. No me ha dejado.
María me mira un rato largo y me pasa la mano por el pelo, con cuidado.
—Esa mujer te ha salvado la vida —dice al final—. Pareces una de esas francesas que fuman en las terrazas y no se ríen nunca. —Se levanta del suelo y me tiende la mano—. Aunque tú te ríes con el morro de un cerdito, así que se te va a notar enseguida que no eres francesa.
—¡Yo no me río así!
—Te ríes exactamente con el morro de un cerdito. Lo tengo grabado. Del día del tatuaje.
Comemos las dos en el sofá, con una manta, viendo La Cenicienta.
Fue idea de María: dice que en casa de su madre la ha visto once veces esta semana, porque es la única película que no la hace llorar, porque la Cenicienta no tiene hijos y no se le muere nadie importante.
Yo no le digo que a la Cenicienta se le muere la madre al principio, porque sé que lo sabe y que ha decidido no contarla.
Lolo se queda dormido en el moño de María, enroscado alrededor del lápiz, y yo me quedo dormida en mitad del baile. Me despierto con la cabeza en su regazo y ella acariciándome el pelo, mirando los créditos.
—Has roncado —me dice.
—Mentira.
—Con morro de cerdito. Ahí tienes. Cerdito en todo.
A las siete subo a la terraza del cuarto. Giuseppe me ha dicho que Darío está a punto de llegar, que viene del aeropuerto y que no viene solo.
Viene con mi madre.
No me lo esperaba. Esta mañana, en Piazza del Popolo, por teléfono, no me dijo nada; me dijo que esta noche me lo contaba todo, y yo me he pasado la tarde imaginando todas las cosas posibles que podía contarme, desde una mujer en Suiza hasta un negocio con el gobierno de Liechtenstein, y en ninguna aparecía mi madre.
Pero mi madre viene. Me la trae él, lo mismo que en Navidad, sin avisarme.
Se me junta todo a la vez: unas ganas de verla tan grandes que me duelen en el estómago, y miedo.
Miedo de que me vea así, delgada, con el pie que cojea, con las manos que todavía me tiemblan a ratos, con los brazos llenos de puntitos; de que me mire con esos ojos de guía que adivinan quién se va a perder en el Vaticano antes de que cruce la puerta, y lo vea todo. Porque mi madre lo ve todo.
Me siento en la silla de la terraza y me abrazo las rodillas. El sol se está poniendo detrás de los pinos y el cielo se ha puesto de un naranja con vetas rosas que parece pintado a mano.
Entonces oigo la puerta del cuarto. No me giro, no hace falta: lo noto. Se me eriza la piel de los brazos y algo se acelera debajo de las costillas, eso que nota la piel cuando va a llover antes de que caiga la primera gota. Oigo sus pasos, más lentos que nunca.
Después, sus manos en mi pelo. No dice nada.
Me pasa los dedos desde la coronilla hasta la cintura, mechón a mechón, sin prisa, aprendiéndoselo otra vez; se lo acerca a la cara, lo huele, y le noto el aire que suelta, largo, contra mi cabeza.
Me aparta la horquilla de carey y me recoge el pelo hacia un lado.
Se inclina y me da un beso en la nuca, en el tatuaje. Un beso largo, de los que no son para saludar, y cierro los ojos sin querer.
Luego se aparta y entra en el cuarto. Me giro. Está de espaldas, quitándose la chaqueta, y la deja caer en la cama sin doblarla. Se quita la camiseta. Tiene el apósito de la frente y los hombros caídos, y no se gira.
—¿No me vas a saludar? —le digo.
Se queda quieto un momento, con la camiseta todavía en la mano.
—Tu madre está abajo —dice, sin girarse—. Ve a verla. Dentro de una hora te espero en el despacho.
Entra en el baño y cierra la puerta, y lo último que oigo es el ruido seco del pestillo.
Me quedo de pie en la terraza con el corazón en la garganta, porque ha echado el pestillo. En el baño. En nuestro baño, donde nunca se ha echado, donde él entra cuando me ducho y yo entro cuando se afeita, donde no hay secretos porque no ha hecho falta nunca.
Me acerco a la puerta y oigo el agua correr al otro lado.
—¿Darío?
Nada, solo el agua.
—Darío, lo siento. Lo de anoche, lo de la caja, lo del bate. Lo que te dije en el jardín. No lo pensaba. Era el cuerpo. Gery dice que…
Nada. Apoyo la frente en la puerta, y la madera está fría y vibra un poco con el agua de la ducha.