NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 28 #3
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CAPÍTULO 28 #3

—Quiere que vayas a por él con todo —sigue ella—.

Quiere que hagas ruido. Porque en una guerra con ruido, él gana.

Siempre ha ganado así. Tiene hombres que suben a una montaña por él sin que se lo pidan.

Los vuestros —y mira a los doce— suben por quinientos millones.

Y los hombres que suben por dinero se bajan en cuanto cambia el viento.

El de Toscana, el de los guantes, deja de mirarse las manos.

—Entonces, ¿qué propones? —pregunta. Es el primero que se dirige a ella.

Ella sonríe, y no es una sonrisa bonita: es la de su padre, exactamente la misma.

—A un hombre como Di Marco no se le mata con doce ejércitos —dice—. Se le mata de la única manera en que se mata a un dios.

—¿Y cómo se mata a un dios?

—Haciéndole dudar.

Nadie habla. Ella se levanta de la silla de su hermano, rodea la mesa, se pone detrás de su padre y le apoya una mano en el hombro, en ese hombro estrecho de ochenta y un años debajo del traje gris.

—No voy a declararle la guerra —les dice a los doce—. No voy a mandar a nadie a Roma. No voy a quemar nada. No vais a oír hablar de mí. Ni vosotros, ni él.

—¿Entonces qué vas a hacer? —pregunta Carmine, el de la barba.

—Lo que hizo él con mi hermano. —Mira la silla vacía—. Quitarle lo que no puede reponer.

En el silencio que sigue, la frase se queda flotando sobre la mesa, y varios hombres la reconocen: era de Valentino. La decía siempre, en las cenas, mirando el cuello de las mujeres de los demás. A un hombre no se le mide por lo que tiene. Se le mide por lo que no puede reponer.

—Dame tiempo, padre —dice ella, sin quitarle la mano del hombro—.

Un año. Si en un año Di Marco sigue vivo y en pie, haces tu guerra.

Repartes tu dinero. Llenas las cunetas. Pero si en un año ese hombre está solo, roto, sin nada que le importe y sin saber quién se lo ha quitado…

entonces lo que ponga encima de esa silla no va a ser una cabeza.

Se inclina hacia la oreja del viejo.

—Va a ser algo mucho peor.

—Un año. Y si fallas…

—No voy a fallar, padre.

Jean coge el papel de la mesa, el de los quinientos ochenta millones, lo dobla en cuatro y lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Señores —dice a los doce—. Gracias por venir. Esta reunión no ha existido.

Los coches se van uno detrás de otro, por la curva de los limoneros, con los faros apagados en el primer tramo.

Gregorio recoge las copas, las del whisky y la de la silla vacía, y vuelve a dejar el paño negro doblado sobre el asiento, esta vez sin la copa boca abajo.

Luego se acerca al viejo, que se ha quedado solo en la cabecera, y le habla al oído.

Es la primera vez en años que alguien en esa casa le oye la voz.

—El hombre de los cannoli sigue ahí abajo, signore. En la curva. En el coche gris.

Jean no se gira; sabe de sobra a quién se refiere.

Lleva once días ahí: un hombre rubio, grande, con un abrigo demasiado gordo para Sicilia en primavera, aparcado en la última curva antes de la verja, comiendo cannoli de una bandeja de cartón, uno detrás de otro, sin disimular.

Saluda con la mano a los coches que suben, y esta noche ha saludado a los doce.

No es de Di Marco, porque Di Marco no manda a nadie a mirar; Di Marco manda a hacer. Este es de los otros, de los del frío.

—Que coma —dice Jean—. Que coma todos los que quiera. Y que le cuente a quien le tenga que contar que en esta casa se ha cenado temprano y no ha pasado nada.

Gregorio inclina la cabeza y se retira.

En el pasillo del ala norte, donde no hay cámaras porque en esta casa nunca las ha habido, madre e hija caminan juntas sin hablar, y al llegar a la escalera, la madre se para.

—Lo has hecho bien —dice.

—Lo hemos hecho bien.

—¿Y ahora?

La hija no contesta. Saca el móvil del bolso, desbloquea la pantalla y se la enseña a su madre: es una fotografía.

Una plaza de Roma con un obelisco en el centro y, debajo de un toldo, la mesa de una cafetería.

Sentada entre dos hombres, una mujer joven, morena, muy delgada, con una melena negra larguísima, recién peinada, recogida a un lado con una horquilla.

Uno de los hombres es rubio, muy joven, con una servilleta en la mano; el otro, grande, rapado. Enfrente, un chico con gafas de pasta.

La mujer del centro tiene una magdalena en la mano y se está riendo, con la cabeza echada hacia atrás y todos los dientes al aire. La foto tiene fecha: es de esta mañana.

La madre la mira un rato largo.

—¿Quién la ha hecho?

La hija guarda el móvil en el bolso.

—Alguien que estaba muy cerca.

—¿Cuánto de cerca?

La hija sonríe, sube el primer escalón y no contesta.

—Ella no es lo que él quiere, madre —dice desde arriba, sin girarse—. Eso es lo que mi padre no entiende. Ni lo entendía mi hermano. Ella es lo que tiene. Lo que quiere es otra cosa.

—¿Y qué quiere?

—Lo que no puede salvar.

Y sube.

Abajo, en el salón acristalado, el mar golpea contra las rocas de Palermo con la misma terquedad de siempre, sin enterarse de nada, mientras en la silla vacía de un hombre muerto un paño negro espera, doblado, a que alguien le traiga algo que poner encima.