CAPÍTULO 28 #2
Porque todos saben lo que significa. Di Marco no es un capo cualquiera.
Tiene veintiocho años y en diez ha hecho con la Camorra lo que nadie había conseguido en un siglo: ponerla de acuerdo.
Tiene Nápoles, tiene Roma, tiene media Campania y un puerto en Calabria.
Tiene a los rusos de su lado; eso ya no lo dice nadie en condicional desde que se supo de quién eran los pilotos que lo subieron a aquella montaña.
Y tiene algo que no se compra: hombres que suben con él a un castillo en mitad de una tormenta sin que nadie se lo pida.
Ir a por Di Marco no es una venganza, es una guerra, y la guerra cuesta.
El primero que habla es el del Véneto, Gabriello: cuarenta y tres años, la cara marcada de viruela y unas manos de estibador que no le pegan con el reloj que lleva.
—Yo estoy contigo, Jean. —Se le endurece la voz—. Ese hijo de puta mató a mi hermano pequeño hace tres años. Tenía dieciocho. Lo encontramos en un almacén de Mestre. Tardamos dos días en reconocerlo. —Coge el puro, lo corta, lo enciende—. Lo que tú digas, cuando tú digas.
Jean asiente. El segundo es el de Toscana, un hombre de pelo castaño y voz baja que no se ha quitado los guantes en toda la noche.
—Mi padre —dice, sin más—. Hace cinco años. En su propia cama. Con mi madre al lado. A ella no la tocó. —Se mira las manos enguantadas—. Me pregunto todos los días por qué a ella no la tocó. Cuenta conmigo.
Dos. Jean espera, pero los demás no hablan. El de Calabria mira su copa; el joven de Milán mira al de Calabria, para saber qué hacer; los dos sicilianos que no se hablan miran cada uno su lado de la mesa, y el viejo de Liguria respira por el tubo con un silbido. Diez hombres callados.
Jean, que lleva sesenta años leyendo silencios, sabe exactamente lo que dice este: no es suficiente.
—Entiendo —dice el viejo—. Os hace falta un motivo. Uno que no sea mi hijo.
Saca un papel del bolsillo interior de la chaqueta y lo despliega, aunque no lo lee, porque se lo sabe de memoria.
—Quinientos ochenta millones de euros. Es lo que tengo. Lo que se puede contar, quiero decir. Tres cuartas partes de esa cifra se reparten entre los que estén conmigo en esto. A partes iguales. Lo firmo esta noche, delante de un notario que está esperando en la biblioteca.
Algo se mueve en la mesa sin hacer ruido: un cambio en la manera de sentarse de diez hombres a la vez.
—Y el que me traiga la cabeza de Di Marco —sigue Jean, sin alzar la voz—, el que la ponga en esta mesa, en esa silla, encima de ese paño negro… ese se queda con mi sitio.
Ahora sí hay ruido, un murmullo, una silla que cruje.
—Mis puertos. Mis rutas. Lo que entra por mar y lo que sale por tierra. Todo. Con papeles. Con mi firma. Y con el nombre que va con ello. —Jean levanta la cabeza—. El que me traiga esa cabeza no tendrá que volver a pelear por nada en su vida. Será el que manda. En toda Italia.
Deja el papel encima de la mesa, abierto, junto a la copa boca abajo de la silla vacía, y espera.
El de Calabria levanta la vista de su copa. Mira a Jean, mira el papel, mira la silla del paño negro, y abre la boca.
Y la puerta se abre.
Sin llamar. Nadie entra en esta sala sin llamar, hace cuarenta años que nadie lo hace, y aun así entra una mujer joven.
Tendrá veinticinco años, quizá menos. Alta, mucho más que su padre, con un velo negro de luto que le cae desde la cabeza hasta los hombros y no deja ver ni el color de su pelo, y un vestido negro, cerrado hasta el cuello, de manga larga, sin una sola joya.
Por debajo del velo solo se le ve la boca. Una boca que no sonríe.
Doce cabezas se giran, y Jean Venucci se pone blanco.
—¿Qué haces aquí?
Ella no contesta. Cruza el salón sin prisa, con unos tacones que van marcando el mosaico como un segundero, sin mirar a nadie, pasando por detrás de las doce sillas, pasando revista, hasta pararse delante de la decimotercera, la del paño negro.
Coge el paño, lo dobla con cuidado y lo deja sobre el respaldo. Le da la vuelta a la copa, que hace un clic de cristal que se oye en toda la sala, y se sienta.
Un murmullo recorre la mesa, más fuerte que el del dinero.
—Levántate de esa silla —dice Jean. Y por primera vez en toda la noche, le tiembla la voz—. Ahora mismo.
—No.
—Esa silla es de tu hermano.
—Mi hermano está muerto, padre. —Ella cruza las manos encima de la mesa—.
Lo sé porque fui yo la que sacó lo que quedaba de él de esa caja de vino.
Pieza a pieza. Con guantes de fregar. Y la que lo lavó en la pila de la cocina, y lo envolvió en lino, y lo colocó en el ataúd en el orden en que Dios lo había puesto.
Tú no pudiste. Te quedaste en la puerta contando.
Silencio absoluto. Gregorio, en la pared, cierra los ojos un instante.
En la cabecera, Jean no se mueve, pero la mano con la que sujeta el bastón se ha cerrado sobre la plata hasta dejarle los nudillos blancos, y detrás de las gafas, los ojos pequeños y negros se le han quedado clavados en la copa que su hija acaba de poner del derecho.
—Y ahora —sigue ella, mirando a los doce uno por uno, lo mismo que hace un momento los miraba su padre— os voy a decir por qué lo que acabáis de oír es la peor idea que se ha tenido en esta casa en cuarenta años.
—No te he dado la palabra —dice Jean.
—Me la voy a tomar.
—Eres una niña.
—Di Marco tenía dieciocho años cuando se sentó en la silla de su padre.
Yo tengo veinticinco. —No levanta la voz.
No le hace falta. Tiene la misma voz que el viejo, suave, de sobremesa, y por eso da el mismo miedo—.
Tú me has educado en esta mesa desde que tenía seis años, sentada en tus rodillas, mientras repartías Italia con los padres de estos señores.
Me has enseñado a leer un balance, a oler a un soplón y a callarme.
Me lo has enseñado todo. Menos a sentarme en esta silla. Eso se lo reservabas a él.
—Ya no está —añade, con los ojos en la copa que ha puesto del derecho.
Jean apoya las dos manos en el bastón.
—Habla —dice al fin. Muy bajo—. Y luego te vas.
Ella asiente una sola vez.
—Quieres una guerra —le dice—. Doce regiones contra una.
Quinientos millones encima de la mesa para que los hombres de esta sala se maten entre ellos por ser el primero en llegar a Roma.
—Mira al de Calabria, que no aparta la vista—.
Y vas a tener tu guerra, padre. Y va a durar un año, o dos.
Y se van a llenar las cunetas. Y van a salir en el telediario cosas que llevamos cuarenta años pagando para que no salgan.
Y cuando los de Roma, los de los despachos, que nos dejan en paz porque somos discretos, vean cuarenta muertos al mes en las carreteras de Italia, dejarán de dejarnos en paz. A ti. A todos.
—Y Di Marco lo sabe —sigue después de una pausa—. Por eso no lo mató de un tiro. Por eso te lo mandó a casa en una caja, con una tarjeta y su inicial. No te estaba mandando un mensaje, padre. Te estaba poniendo un cebo.
Jean no dice nada.