NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

NARRADOR OMNIPRESENTE

En Palermo hay una casa que no sale en los mapas.

Sale la carretera que lleva hasta ella, una curva estrecha que se cuelga del monte por encima del mar, entre limoneros que nadie recoge y que dejan caer la fruta en el asfalto para que la pisen los coches.

Sale la verja, de hierro negro, con dos leones de piedra a los lados que han perdido la nariz con el viento de dos siglos.

Pero la casa no. En los mapas, donde está la casa, hay una mancha verde y la palabra «reserva».

Hace cuarenta años alguien pagó para que fuera así, y desde entonces nadie ha vuelto a preguntar.

Esta noche, en el salón acristalado del ala norte, hay trece sillas alrededor de una mesa redonda.

Doce están vacías todavía. La decimotercera también lo está, y lo va a estar siempre: tiene un paño negro doblado encima del asiento y, delante, en la mesa, una copa boca abajo.

Los criados la han colocado así sin que nadie se lo pida, porque en esta casa hay cosas que no hace falta pedir.

En la cabecera, de pie, con un bastón de plata que nunca ha necesitado y que hoy, por primera vez, sí necesita, espera Jean.

Tiene ochenta y un años. Es bajito, seco, con la piel pegada a los huesos y un traje gris que se mandó hacer hace treinta años y que todavía le sienta igual de bien, porque desde entonces no ha engordado un gramo.

Lleva unas gafas redondas de montura de oro, y detrás de las gafas, unos ojos pequeños y negros que no tienen fondo.

No parece nada. Ese siempre ha sido su talento.

En sesenta años de oficio, muchos hombres lo han mirado y han pensado que era un abuelo inofensivo, y la mayoría de ellos están ahora debajo de autopistas que él mismo ayudó a construir.

Mira el mar por los ventanales, con las dos manos sobre el puño del bastón. No duerme desde que llegó la caja.

La caja llegó catorce días antes de esta noche.

La trajo un mensajero de una empresa que no existe, en una furgoneta blanca sin rótulos, y la dejó en la verja, entre los dos leones sin nariz, a las seis y media de la mañana, con el rocío todavía encima.

Era una caja de madera clara, de las que se usan para el vino bueno, atada con una cuerda de cáñamo, y pesaba poco.

Eso fue lo primero que dijo el guarda cuando la subió a la casa: que pesaba muy poco para lo grande que era.

Jean la abrió él mismo, en la cocina, encima de la mesa de mármol donde Genoveva, durante cuarenta años, amasó el pan de esta casa. Sus hombres le dijeron que no, que la abriera otro, que no había nada dentro que él tuviera que ver con sus propios ojos. Les contestó que eso lo decidía él.

Encima de todo, sobre un lecho de serrín, había una tarjeta: cartulina color crema, de buen gramaje, letra inclinada, tinta negra, sin una sola vacilación.

«Te dije que te lo mandaría en trozos. Yo cumplo. D.»

Jean leyó la tarjeta y la dejó a un lado, boca abajo, con cuidado de no doblarla. Luego metió la mano en el serrín, que estaba frío y olía a pino recién cortado y, por debajo del pino, a algo dulzón que tardó un segundo en reconocer, y lo apartó.

Lo que había debajo no se describe. Lo saben los cuatro hombres que estaban en esa cocina, y ninguno de los cuatro lo ha contado.

Solo se sabe que uno de ellos salió al patio y no volvió a entrar hasta el día siguiente.

Que el olor tardó una semana en irse de la casa, aunque abrieron todas las ventanas y quemaron romero en todas las habitaciones.

Y que Jean se quedó de pie delante de esa mesa durante tres horas y diez minutos, sin sentarse, sin apoyarse en el bastón, sin tocar nada.

No lloró. Contó.

Contó las piezas, una por una, desde donde estaba, sin acercarse.

Contó las que reconocía y las que no. Contó un anillo con un sello de familia que él mismo le había regalado a su hijo a los dieciocho años, todavía puesto donde tenía que estar.

Contó los años que había tardado en tener un hijo varón, que fueron once, y los años que le había durado, que fueron treinta.

Cuando terminó de contar, se dio la vuelta, salió de la cocina y no ha vuelto a pronunciar el nombre de su hijo en voz alta desde entonces, porque Jean entendió el mensaje.

Di Marco podía haberlo matado de un tiro en aquella montaña. Podía haberlo quemado con el castillo entero, que es su firma, que todo el mundo en Italia conoce desde que un casino de Roma ardió con su dueño dentro. Podía haberlo dejado allí arriba, para los cuervos.

No lo hizo. Se tomó su tiempo y luego se lo mandó a casa, para que su padre supiera, pieza a pieza, cuánto tiempo se había tomado.

Jean, que en sesenta años ha recibido todo tipo de mensajes, decidió delante de esa mesa de mármol que este se lo iba a contestar.

Los coches empiezan a llegar a las once: doce, uno detrás de otro, por la curva de los limoneros, con los faros apagados en el último tramo, tal y como manda la costumbre.

De cada uno baja un hombre solo, sin escolta más allá de la verja, porque en esta casa no se entra con escolta, y eso tampoco hace falta pedirlo.

Son los hombres que mandan en Italia. No los que salen en los periódicos, sino los otros, los que deciden qué sale en los periódicos.

Calabria. Puglia. Véneto. Toscana. Lombardía.

Piamonte. Cerdeña. Los dos de Sicilia oriental que no se hablan desde hace quince años y que hoy se sientan uno al lado del otro sin mirarse.

Un viejo de Liguria que llega con una bombona de oxígeno en un carrito.

Un hombre muy joven de Milán, de traje gris, que heredó el sitio de su tío hace seis meses y que todavía no sabe dónde poner las manos.

Se sientan, y ninguno pregunta por la silla del paño negro. Todos la han visto. Todos saben de quién es.

Un criado de pelo blanco, Gregorio, que lleva cincuenta años sirviendo en esta casa y del que se dice que no ha hablado nunca, reparte puros cubanos, de una cosecha que ya no existe.

Le pone uno delante a cada hombre, con un cortapuros de plata, y se retira a la pared.

Nadie lo enciende todavía; esperan a que hable el viejo.

Pero el viejo no habla. Se queda de pie en la cabecera, apoyado en la plata, mirándolos uno a uno, sin prisa, haciendo con ellos lo mismo que hizo con lo que había en la caja: contándolos.

Al cabo de un minuto entero de silencio, el de Puglia, que tiene la barba gris y la paciencia corta, se aclara la garganta.

—Jean. Con todo el respeto. Nos has hecho venir de toda Italia con doce horas de aviso. ¿Vas a decirnos para qué?

Jean lo mira por encima de las gafas.

—¿No lo sabes ya, Carmine?

Carmine no contesta.

—Lo sabéis todos —dice Jean, y su voz es más suave de lo que nadie espera, casi amable, la voz de un abuelo en una sobremesa de domingo—.

En este oficio las noticias corren más que los coches.

Así que no os voy a hacer perder el tiempo contándoos lo que ya sabéis.

Solo os voy a hacer una pregunta. ¿Quién de esta mesa sabe cómo volvió mi hijo a casa?

Nadie levanta la mano, pero doce hombres asienten, uno detrás de otro, algunos sin levantar la vista. Doce. Jean asiente también.

—Bien —dice—. Eso me ahorra mucho.

Se sirve él mismo una copa de whisky y luego, ante el asombro de los doce, da la vuelta a la mesa y les sirve a todos, uno por uno, con su propia mano de ochenta y un años, que no tiembla, apoyándose en el bastón entre copa y copa.

Ningún hombre de esa mesa recuerda haber visto a Jean Venucci servir a nadie, y todos entienden lo que significa.

Cuando termina, vuelve a la cabecera, con la contera del bastón golpeando el mosaico a cada paso, y no se sienta.

—Di Marco me debe un favor —dice.

Nadie se mueve.

—Desde Montecarlo. Algunos de vosotros estabais.

Se sentó en mi mesa y jugó a la ruleta con un ruso, con el revólver de su propio padre, y el ruso perdió y me manchó la alfombra.

Y yo le dejé jugar. Le dejé jugar en mi mesa, que en mi mesa no juega nadie que yo no quiera.

Y le dije lo que se dice en estos casos.

Que eso valía algo. Que algún día yo le pediría una cosa, y que él me la daría.

Aunque fuera lo que más le costara en el mundo.

—Jean se quita las gafas, limpia los cristales con un pañuelo de seda y se las vuelve a poner—.

Esa misma noche, en esa misma sala, me presentó a una chica.

Muy guapa. Muy joven. Española. Me dijo que era su hermana. Giulia.

—Su hermana —repite tras una pausa, y sonríe, y es la sonrisa más fea que ha visto nadie en esa sala—.

Me mintió a la cara en mi propia mesa. Y yo le dejé.

Porque me hizo gracia. Porque pensé que un muchacho que es capaz de mentirle así a Jean Venucci, sin pestañear, con un ojo de cada color, llegaría lejos.

—Y ha llegado. —Deja la copa en la mesa y mira la silla del paño negro—. Ha llegado hasta mi cocina.

Silencio.

—Así que esta noche voy a cobrar el favor.

—La voz no le sube ni un tono—. Lo que le pido es su cabeza.

La suya. Y la de la hermana que no es su hermana.

Y la de su sombra, ese Giuseppe, y la de la mujer de su sombra.

Y la de la abuela, la vieja que fuma en su balcón a veinte minutos de esta casa, aquí, en mi ciudad, en mi Palermo, a mi salud.

Y la de la cocinera. Y la de cualquiera que lleve ese apellido o haya comido en su mesa.

—Se apoya en el bastón—. Quiero que dentro de un año, cuando un niño en Nápoles pregunte quiénes eran los Di Marco, nadie sepa contestarle.

El silencio que viene detrás es distinto de todos los anteriores: es el silencio de doce hombres haciendo cálculos.