CAPÍTULO 27 #4
—Y hay alguien más en esa mesa. Lo oigo respirar.
Leo deja de respirar.
—¿Quién es?
—Es Leo —digo yo—. Mi vecino de antes.
Silencio.
—¿Leo? —La voz cambia. Se pone casi amable—. ¿El de la C?
Leo abre la boca. No le sale nada.
—Contesta, Leo —le digo.
—Sí —dice Leo—. Soy yo. El de la C. Buenos días.
—Buenos días, Leo. —Una pausa—. ¿Qué tal la encía?
Leo se toca la boca.
—Muy bien, gracias. Los dientes también. Todos.
—Me alegro. Y, Leo.
—¿Sí?
—Tu madre, en Wenzhou, ¿está bien?
Leo se pone del color de la servilleta.
—Muy bien. Muy bien, gracias. Gracias por preguntar.
—Dale recuerdos.
Roni se tiene que levantar de la mesa, darse la vuelta y apoyarse en la columna del toldo, porque se está ahogando de risa.
Quito el altavoz, me llevo el móvil a la oreja y me alejo otra vez hacia la fuente.
—Eres horrible —le digo.
—Lo sé.
—Le has dado un susto de muerte al pobre Leo.
—Victoria.
—Qué.
—¿Cómo te ha quedado?
Me miro en el agua de la fuente. El reflejo tiembla, pero se ve. Largo. Negro. Brillando. La horquilla de carey a un lado y la nuca al aire, con el principio de la palabra asomando.
—Me ha quedado de reina —le digo.
Él se queda callado un rato largo.
—Nena.
—Qué.
—Te dejo el café. —Lo dice muy bajito—. Te dejo el café con ellos, y la peluquería, y lo que quieras hacer hoy. Porque hoy te hace falta el sol. Y te hace falta reírte. Y yo hoy no puedo hacer que te rías. —Le cambia la voz—. Pero ellos sí.
Trago saliva y aprieto el móvil contra la oreja, porque este hombre, hace un mes, no me dejaba ir a por zapatos sin treinta hombres y ocho coches, y ahora me deja tomar café en una plaza con dos de sus chicos y un vecino de Wenzhou, y me deja reírme sin él.
—Darío. ¿Estás bien?
—Esta noche te lo cuento.
—No me has contestado.
—No. —Y suena tan cansado que me duele a mí—. No estoy bien. Pero esta noche te lo cuento. Y vas a entender por qué me fui así. Y por qué no te lo podía decir.
—¿No hay otra?
Se ríe, una risa pequeña, rota, de alguien que no tiene ganas de reírse, pero al que le ha hecho gracia.
—No hay otra, Victoria. No ha habido otra desde un charco de aceite en Trastevere. Te lo juro por el bate, que todavía tiene mi sangre.
Y cuelga.
Me quedo junto a la fuente con el móvil en la mano, y sonrío.
No sé por qué sonrío. No sé qué hay en Suiza, ni qué me va a contar esta noche, ni por qué está tan cansado ni por qué no está bien.
Pero me ha dejado tomar café con Santi y Roni, me ha preguntado si me había cortado el pelo con esa voz de estar preparado para que le doliera, y me ha dicho que no hay otra, jurándolo por un bate con su sangre.
Hoy, para sonreír, eso me basta.
Vuelvo a la mesa. Santiago está guardando la servilleta en la cartera con muchísimo cuidado, y Roni ha vuelto a sentarse y le está explicando a Leo que las señoras mayores lo adoran, que es un don que tiene desde pequeño. Leo dice que se nota. Roni dice que ya lo sabe.
—Señorita. —Roni se levanta y me separa la silla con una reverencia—. Hoy va a ser el mejor día de mi vida.
DARÍO
Me guardo el móvil en el bolsillo. Antes de guardarlo he abierto la foto que me ha mandado Roni: ella, con la cabeza echada hacia atrás, riéndose entre dos hombres que no soy yo. En mi muñeca, la pulsera está rosa, un rosa limpio, el primero en dos semanas.
Y aun así les miro las manos a los dos en la foto, dónde las tienen, a cuántos centímetros de ella, con la misma atención con la que miro a un hombre antes de decidir si sale vivo de una habitación.
Estoy en una sala de espera de paredes blancas, en la cuarta planta de una clínica de Berna que hoy está cerrada para todos menos para nosotros.
A mi lado, en una silla de plástico, está Sara. Me está mirando.
—¿Era la niña? —me pregunta.
—Era la niña.
—¿Cómo está?
—Ha ido a la peluquería —le digo, después de pensármelo—.
Quería cortarse el pelo entero y una señora no la ha dejado.
Y está tomando café en Piazza del Popolo con dos de mis hombres.
Uno de diecinueve años al que acaban de dar un número de teléfono y otro que le ha pedido el teléfono a una señora de ochenta años con rulos.
Y con un vecino suyo al que le arreglé la boca después de rompérsela.
Sara no me quita los ojos de encima, y luego se ríe con esa risa suya.
—Esa es mi hija —dice.
—Esa es su hija.
—Esa la he criado yo.
—Ya lo sé, Sara.
Se seca los ojos con el dorso de la mano y se coloca mejor el bolso en el regazo. Luego mira la puerta blanca que tenemos delante.
—¿Tú crees que le irá bien? —me pregunta, sin mirarme—. Cuando yo no esté.
No sé qué contestarle. Llevo media vida teniendo respuesta para fiscales, para socios y para hombres con una pistola en la mano, y para esta pregunta, en esta silla de plástico, no tengo ninguna. Tengo la lengua pegada al paladar.
Así que le cojo la mano, pequeña y fría, con un anillo de casada que lleva doce años sin quitarse aunque esté sola. Ella me la aprieta con más fuerza de la que parece que le cabe en esos dedos, y yo no la suelto.
Entonces la puerta blanca se abre y una enfermera rubia, con una carpeta, sale al pasillo y dice un nombre.
—¿Señora Blanco?
Sara se levanta sin soltarme la mano.
Y yo me levanto con ella.