NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

—Soy de Wenzhou.

—El de la C.

Leo se pone pálido.

—El de la C.

—Ah. —Roni se recuesta y sonríe con toda la boca—. El Don me habló de ti. Dijo que le hiciste un favor.

—¿Ah, sí?

—Dijo que le buscaste el pulso a la señorita. Y que eso no se olvida.

Leo se queda mirándolo.

—¿Eso dijo?

—También dijo que si le contabas a alguien lo de aquella noche, iba a Wenzhou a hablar con tu madre.

—Roni —le digo.

—Pero eso fue antes —añade Roni, tranquilísimo—. Ahora creo que le caes bien. Te pagó los dientes.

Leo se toca otra vez la boca.

—Son muy buenos, los dientes.

—Ya lo sé. Es el mismo dentista que me arregló a mí los míos. —Roni sonríe y enseña los colmillos—. Me los rompió un calabrés con una culata. Luego el calabrés se quedó sin dientes. Y sin nada.

Leo se pone verde.

La camarera aparece con una libreta. Tiene unos veinte años, el pelo rosa recogido en una coleta y unos ojos marrones enormes, de cervatillo, y al acercarse a la mesa mira a Santiago antes que a nadie.

—Buenos días. ¿Qué os pongo?

—Un capuchino —le digo yo—. Y una magdalena.

—Un café solo —dice Roni.

—Un café solo —dice Leo, que no sé si quiere café o quiere hacer lo mismo que Roni por si acaso.

—¿Y tú? —le pregunta la camarera a Santiago.

Santiago, que lleva toda la mañana sobreviviendo a astronautas con rulos y a nietas bigotudas, se quita las gafas de sol, la mira y dice:

—Una magdalena de fresa.

—Te traigo dos —dice la camarera—. Son de mi madre. La cafetería es suya. Y un chico como tú no se queda con una.

Santiago se pone rojo de verdad, desde el cuello hasta las orejas, y entonces, porque los hombres son así, intenta remontar.

—Entonces —dice, con una voz más grave de lo normal—, si las magdalenas son de tu madre, y tú también eres de tu madre… ¿tú también estás tan rica como las magdalenas?

Se hace el silencio en la mesa. Roni se tapa la cara con las dos manos, Leo mira al suelo, y yo me muerdo la lengua tan fuerte que me sabe a hierro.

La camarera se lo queda mirando un buen rato, con la libreta en la mano, y se echa a reír.

—Eso ha sido lo peor que me han dicho en mi vida.

—Perdón —dice Santiago.

—No, no. Está bien. —Se ríe más—. Ha sido tan malo que te voy a dar mi número igual. Para que me expliques en qué estabas pensando.

Se va dentro, riéndose, y Santiago se queda mirando la puerta con la boca abierta.

—¿Habéis visto? —dice al final—. Me va a dar el número.

—Te va a dar el número por pena —dice Roni entre los dedos.

—Me va a dar el número porque mi técnica funciona.

—Tu técnica, Santi, ha sido comparar a una mujer con una magdalena delante de su madre.

—Su madre no estaba.

—¡Es su cafetería! ¡Su madre está ahí dentro!

—Eso no lo sabía cuando lo he dicho.

—¡TE LO ACABABA DE DECIR ELLA!

Me río tanto que tengo que agarrarme a la mesa, y Leo, que ha perdido el color hace cinco minutos, empieza a recuperarlo y se ríe también, tímido.

—Lo peor no ha sido lo de la magdalena —dice Leo, en voz baja—. Lo peor ha sido la voz. Has puesto voz de locutor de radio.

Roni lo mira, y Leo se calla y se encoge en la silla. Entonces Roni le da una palmada en la espalda tan fuerte que casi lo tira.

—Me caes bien, el de la C.

Con el café, Roni cuenta lo del castillo, y no lo cuenta como pasó: lo cuenta con la soltura de un hombre que lleva semanas ensayándolo delante del espejo.

—Doce —dice—. Doce guardias de Bulldog. Uno detrás de otro. En la nieve. A oscuras. Con una tormenta que no se veía ni la mano.

—Fueron ocho —dice Santiago.

—Doce.

—Ocho, Roni. Los conté yo.

—Tú ibas detrás de mí. No veías nada.

—Veía perfectamente. Tú tumbaste a dos.

—¡A dos con las manos! ¡Y a los otros diez con la mirada!

—Ni siquiera eran diez. Eran seis.

—Y entonces —sigue Roni, ignorándolo—, cuando ya creíamos que estaba todo hecho, apareció un hombre de las nieves.

—¿Un qué? —le pregunto.

—Un yeti, señorita. Enorme. Así de alto. Con pelo blanco por todo el cuerpo.

—Era el Sordo —dice Santiago—. Con el abrigo de piel puesto del revés.

—Era un yeti.

—Era el Sordo, Roni. Le apuntaste al Sordo y casi lo matas.

—Le apunté al yeti. El Sordo estaba al lado del yeti.

—¡El Sordo ERA el yeti! ¡Se le había caído la capucha encima!

—¡Y no me oyó cuando le grité porque es sordo! ¡Eso es culpa suya!

Leo se ríe con la boca llena de café y le sale por la nariz, y yo me río tanto que me vuelve a doler la cabeza, la de la resaca, y me da igual.

Me río porque estos dos chicos subieron una montaña en mitad de una tormenta a buscarme.

Porque estuvieron en esa nieve, porque hicieron lo que tuvieron que hacer en ese castillo para que yo pudiera salir, y ahora están aquí, en Piazza del Popolo, discutiendo si uno de ellos le apuntó a un yeti o a un compañero sordo con el abrigo del revés.

Y yo estoy aquí, al sol, con el pelo oliendo a almendras y el azúcar de la magdalena pegado en los dedos.

Viva.

Entonces me suena el móvil, y en la pantalla está su nombre.

Noto un golpe seco en el pecho. Les hago un gesto para que se callen: Santiago se calla, Roni también, y Leo se queda con la taza a medio camino de la boca.

—¿Sí?

—¿Estás despierta? —Tiene la voz rara. Cansada. Más cansada que nunca—. ¿Te has bebido el agua?

—Me he bebido un café. Lo he vomitado.

—Bien. Por lo menos ha entrado.

—Darío.

—Dime.

—Sé que estás en Suiza.

Silencio.

—Sé que estás en Berna. En una suite. Y que no estás en Francia. —Me levanto de la mesa, me alejo un poco, hasta la fuente del centro de la plaza—. No me acuerdo de casi nada de anoche, pero de eso sí.

—Ya lo sé, nena. —Respira hondo—. Esta noche te lo cuento. Todo. Te lo he puesto en la nota.

—Más te vale que sea una buena explicación.

—Es una explicación. Buena no. Pero es la verdad.

Me quedo callada. No sé qué significa eso, y me da miedo preguntarlo.

—¿Y lo de los cuatro puntos?

—¿No te acuerdas?

—No.

—Me partiste la cabeza.

Me quedo quieta junto a la fuente.

—¿Yo?

—Tú. Anoche. Con un bate de béisbol.

—¿Desde cuándo tienes tú un bate de béisbol?

—Desde hace diez años, de adorno. Lo cogiste de mi estantería. Mientras estabas subida a mi estantería. En ropa interior.

—¿EN QUÉ?

—Me llamaste forestal.

—¡Darío!

—Y homosapiens. Y dijiste que el Rey Banano me iba a desterrar.

Me tapo la cara con la mano. Una paloma me mira desde el borde de la fuente con el mismo juicio moral que Copito.

—No me acuerdo de nada de eso.

—Ya me lo imagino. —Y por primera vez en la llamada le noto la sonrisa en la voz. Pequeña. Cansada. Pero está—. Gery me ha cosido sin anestesia en el suelo de mi despacho mientras tú dormías encima de mí. Con mi sangre en tu pelo.

—Lo siento.

—Me la debes.

—Te la debo.

—¿Dónde estás?

Aquí viene.

—En Piazza del Popolo.

—¿Con quién?

—Con Santi y con Roni.

—¿Haciendo qué?

—He ido a la peluquería.

Silencio. Uno que conozco.

—¿Te lo has cortado?

Lo dice con la voz de alguien que se prepara para decirme que le parece bien aunque le duela, y eso es peor que si lo dijera con miedo.

—No —le digo—. Me lo han curado.

—¿Curado?

—Pina dice que estaba enfermo, no muerto. Me ha quitado el nudo de la nuca. Y cuatro dedos de puntas. Y me lo ha lavado cuatro veces hasta que ha dejado de oler a… —Me paro—. Ahora huele a almendras.

No dice nada en un rato.

—¿Y ahora?

—Ahora estamos tomando un café.

Silencio más largo.

—¿Estamos?

—Estamos.

—¿Ellos también?

—Ellos también.

—Victoria.

—Darío, son Santi y Roni. Santi tiene diecinueve años y a Roni casi le pide matrimonio una señora con rulos.

—¿Que qué?

—Una señora de ochenta años. Le cogió la cara con las dos manos. Y él le pidió el teléfono.

Hay un silencio que no sé interpretar, y luego, muy tranquilo:

—Pon el altavoz.

—¿Qué?

—Que vuelvas a la mesa y pongas el altavoz, nena.

Vuelvo a la mesa, dejo el móvil en el centro, entre las tazas, y pulso el altavoz.

—Ya está.

Los tres se quedan mirando el teléfono con la cara de quien mira una granada sin anilla.

—Santiago —dice la voz del móvil.

—Señor. —Santiago se pone recto en la silla, con el Don delante aunque esté en Suiza.

—Roni.

—Don. —Roni le sonríe al móvil como si el Don pudiera verlo.

—Me dice la señorita que estáis tomando café con ella.

—Sí, señor.

—Que la habéis llevado a la peluquería.

—Sí, señor. Usted dijo que si quería ir…

—Ya sé lo que dije. —Una pausa—. Y que a ti, Roni, una señora con rulos te ha cogido la cara con las dos manos.

Roni ni se inmuta.

—Y yo le he pedido el teléfono, Don. Por educación. —Se encoge de hombros—. Tiene ochenta y dos años, un piso en Parioli y una pensión de viuda de notario. Me estoy pensando el futuro.

—Te enfrentaste a un yeti y ahora quieres casarte con una señora con rulos.

—¿Cómo sabe lo del yeti?

—Porque llevas dos semanas contándolo y cada vez es más alto. —Otra pausa—. Fueron ocho, Roni. Y tú tumbaste a dos. Y el yeti era el Sordo.

Santiago levanta los brazos en silencio. Victoria total. Roni le da una patada por debajo de la mesa.

—Escuchadme bien los dos —sigue la voz—, porque no lo voy a repetir.

Os vais a tomar el café. Uno. Si queréis, una magdalena.

Si queréis, dos. Y cuando terminéis el café, la lleváis a donde ella quiera.

Tiendas, otra peluquería, el Coliseo, me da igual.

Le lleváis las bolsas. Le abrís las puertas.

Y le pagáis lo que quiera con la tarjeta negra que lleváis en la cartera.

—Sí, señor.

—Y si alguno, en algún momento, le toca algo que no sea una bolsa o una puerta, os vuelvo a mandar a esa montaña. Desnudos. Sin termo.

—Entendido, Don.

—Santiago.

—Señor.

—Ese papel que tienes en la mano con un número de teléfono.

Santiago se mira la mano. Tiene la servilleta de la camarera, que se la acaba de dar con un beso en la mejilla. Mira a su alrededor buscando una cámara.

—Señor, ¿cómo sabe…?

—Porque te conozco. Y porque Roni me ha mandado una foto hace cinco minutos.

Santiago se gira hacia Roni. Roni le guiña un ojo.

—Guárdalo —dice la voz—. Que ya era hora. Y la próxima vez, no compares a una mujer con un dulce. A una mujer se le dice que es guapa y punto. Lo de los dulces es para los que no tienen ni idea de lo que hacen.

—Sí, señor.