CAPÍTULO 27 #2
Se sientan, los dos, en el sofá rosa, entre dos revistas del corazón y una planta de plástico: un hombre de uno noventa que ha matado a gente en una montaña y un chico de diecinueve con brazos de nadador, los dos con las rodillas juntas, como dos colegiales esperando en el despacho del director.
La peluquera se llama Pina. Me lo dice mientras me lava la cabeza, con unas manos fuertes que me masajean el cráneo con tanta energía que parece que quieran sacarme algo de dentro.
—¿Qué quieres, cariño?
—Córtamelo. Corto. Por aquí. —Me toco la barbilla—. Todo fuera.
Pina deja de masajear.
—¿Todo fuera?
—Todo. Está estropeado. Está… —No sé cómo decirlo—. Huele a un sitio donde he estado. Y no se le va.
Pina se queda callada un rato mientras me aclara la espuma. El agua caliente me corre por la nuca, por encima del tatuaje, y cierro los ojos.
—Escúchame —dice al fin—. Llevo treinta años en esto. Y te voy a decir una cosa que no le digo a nadie, porque si se lo digo a todas me arruino. —Me envuelve la cabeza en una toalla—. Este pelo no se corta. Este pelo se cura.
—¿Qué? —pregunto, abriéndolos de golpe.
—Que está enfermo, cariño, no muerto. Las puntas, sí, esas fuera, cuatro dedos.
Pero lo demás… —Me levanta un mechón mojado, pesado, negro azulado bajo la luz—.
Lo demás es pelo de reina. Tú no te cortas el pelo de reina porque alguien te lo haya ensuciado.
Te lo lavo hasta que no huela a nada más que a ti.
Y si dentro de un mes sigues queriendo cortártelo, vuelves y te lo corto yo, a la barbilla, y no te pregunto nada.
Me quedo mirándola desde abajo, con la toalla en la cabeza y esa palabra dándome vueltas. Reina. No sé por qué me suena tanto.
—Bien —le digo—. Cúralo.
Mientras Pina trabaja, miro por el espejo lo que pasa detrás, y lo que pasa detrás es una tragedia. Las tres astronautas han salido de los secadores, se han quitado los cascos y se han acercado al sofá rosa con los rulos todavía puestos para rodear a Santiago.
—¿Cuántos años tienes, hijo?
—Diecinueve, señora.
—¡Diecinueve! ¡Mira qué carita! ¡Y mira qué brazos! —Le aprieta el bíceps con dos dedos, como quien elige un melón en el mercado—. ¡Gemma, toca, toca esto!
—Gracias, señora.
—¿Y tienes novia?
—No, señora.
—¿Cómo que no? ¡Con esa carita y esos brazos! Mi nieta tiene veinte. Estudia Farmacia. Es muy guapa, solo que un poco bigotuda, pero eso se depila.
—Gracias, señora, pero…
—Te doy su teléfono.
—Señora, de verdad que no hace…
—Apunta. —Y la señora le quita el móvil de la mano a Santiago, que no se resiste porque le han enseñado a no tocar a las mujeres mayores, y se pone a teclear—. Se llama Giada. Le dices que vas de parte de la señora Gemma, la de los rulos.
—Y dígale a Giada que no se preocupe por el bigote —dice Roni desde el sofá—. Que este tampoco tiene.
Roni, al lado, se está riendo tanto que tiene que taparse la cara con una revista, hasta que la tercera astronauta se gira hacia él.
—¿Y tú, grandullón? ¿Tú tampoco tienes novia?
Roni deja de reírse.
—Tengo una moto, señora.
—Eso no es una novia, hijo, eso es un ruido. —Le coge la cara con las dos manos y se la gira hacia la luz, como quien mira una joya en un escaparate—. Ay, Madonna. Si yo tuviera cuarenta años menos, a ti no te dejaba ir solo en esa moto.
Roni no se pone colorado. Roni no se ha puesto colorado en su vida. Le coge la mano de los rulos, se la lleva a la boca y le besa los nudillos, mirándola por encima con esos ojos oscuros.
—Señora, a mí cuarenta años de diferencia no me asustan. Lo que me asusta es su marido.
—¡Soy viuda!
—Entonces no me asusta nada. ¿A qué hora sale usted de aquí?
La señora Teresa suelta un chillido de colegiala, la señora Gemma se santigua con el móvil de Santiago en la mano y la tercera le da a Roni con una revista en el brazo, riéndose como una loca.
—¡Paola! —grita Pina sin dejar de peinarme—. ¡Llévate al grande a tu mesa antes de que me mate a la señora Teresa de un infarto!
A los dos minutos, en el espejo, veo a Roni sentado al fondo, junto a la mesa de Paola, a salvo, con la cazadora de cuero colgada del respaldo, el casco en el regazo y una tacita de café que le ha traído ella y que en su mano parece de juguete.
Paola es una chica de veinte años que masca chicle y lo mira como si le hubieran traído un regalo a la peluquería.
—¿Esa moto es tuya? —le pregunta.
—Mía y de quien se suba.
—¿Me llevas un día?
—Depende de cómo te agarres.
—Fuerte.
—Entonces no. —Roni se termina el café de un trago—. Las que se agarran fuerte luego no se quieren bajar, y yo tengo que trabajar.
Paola hace una pompa con el chicle y se la explota sin dejar de mirarlo.
Me tengo que agarrar a los brazos del sillón para no reírme, porque Pina me tiene la cabeza sujeta con la mano y está cortándome el nudo de la nuca con unas tijeras pequeñas, mechón a mechón.
—No te muevas, cariño.
—Perdón. Es que…
—Ya lo veo. —Y Pina también sonríe—. Hacía años que no tenía tanto espectáculo un domingo.
El nudo se cae al suelo. Lo miro: una bola negra y apelmazada encima de las baldosas blancas, la misma que me he estado tirando cada vez que me ponía nerviosa, la que se vino conmigo desde la celda.
Pina lo barre con el pie, sin mirarlo, y lo empuja debajo del mueble. No dice nada. No hace falta.
Me llevo la mano a la nuca sin pensar, a buscarlo con los dedos como cada noche, y solo encuentro pelo mojado y el borde del tatuaje. La noto más ligera de lo que la he notado en dos semanas.
Me pone tres mascarillas. Me lava cuatro veces. Me echa un aceite que huele a almendras y a higos, me envuelve la cabeza en una toalla caliente y me deja veinte minutos debajo de uno de los cascos de astronauta, al lado de la señora Gemma, que me cuenta la vida entera de su nieta bigotuda.
Cuando por fin me seca, me cepilla y gira el sillón para que me vea en el espejo, me quedo callada.
Sigue siendo largo. Cuatro dedos menos, nada más. Pero cae de verdad, negro, pesado, brillante, liso hasta la cintura, moviéndose solo cuando giro la cabeza. Y Pina, sin preguntarme, me lo ha recogido por un lado con una horquilla de carey, de modo que en la nuca, cuando me muevo, asoma la palabra.
Ágape.
Me acerco al espejo, me cojo un mechón y me lo llevo a la nariz con un poco de miedo, como quien abre una carta que ya sabe lo que dice. Huele a almendras, a higos y a mí. A nada más.
—¿Te gusta? —me pregunta Pina.
No puedo contestar. Tengo un nudo en la garganta que no se corta con tijeras, y los ojos clavados en esa chica del espejo que se parece a la de antes de la montaña.
Detrás de mí, en el espejo, Santiago se ha levantado del sofá con el móvil lleno de números de nietas y se ha quitado las gafas de sol.
—Señorita —dice. Y me mira con una cara rara—. Está usted bellísima.
—Gracias, Santi.
—De verdad. Bellísima. De película.
Roni, desde el fondo, con la tacita de juguete en la mano y Paola todavía mirándolo, me mira y silba.
—Al Don le va a dar un infarto, señorita. Y eso me lo apunto en la quiniela.
—Café —les digo, en la calle—. Os invito a un café. No he desayunado y lo de esta mañana en el fregadero no cuenta.
Santiago y Roni se miran.
—Señorita, el Don ha dicho…
—El Don ha dicho que no salga sola. De cafés no ha dicho nada.
—El Don no lo dijo porque no se le ocurrió —dice Roni—. Si se le hubiera ocurrido, lo habría prohibido. Y después nos habría prohibido a nosotros. Y después al café.
—Pues no se le ocurrió. —Me cuelgo del brazo de cada uno—. Piazza del Popolo. Hay una cafetería que hace las mejores magdalenas de Roma, al lado de la perfumería donde trabajé vendiendo colonia a señoras que olían peor después de echársela.
—¿Usted vendía colonia? —pregunta Santiago.
—Vendía colonia.
—¿Y se le daba bien?
—Fatal. Vendía tres frascos al día y me inventaba los nombres de los perfumes.
—¿Cómo que se los inventaba?
—Si una señora me preguntaba a qué olía uno y yo no tenía ni idea, le decía «a jardín de la Toscana al amanecer». Funcionaba siempre.
Roni se ríe.
—Eso es lo mismo que hace el Don cuando le preguntan a qué se dedica.
—¿Qué dice?
—«Importación y exportación». —Roni se encoge de hombros—. Que viene a ser jardín de la Toscana al amanecer, pero con contenedores.
La cafetería tiene mesas en la plaza, debajo de un toldo, y nos sentamos en la de la esquina. Yo en medio. Santiago a mi derecha, de cara a la plaza. Roni a mi izquierda, de cara a la calle. Los dos con la espalda contra la pared, sin pensarlo, porque es la única manera de sentarse que conocen.
Antes de que llegue la camarera, alguien grita mi nombre.
—¡¿Victoria?!
Me giro. Un chico de unos veinticinco años, delgado, con gafas de pasta y una sudadera de una universidad china, se ha levantado de una mesa del fondo y viene hacia mí con los brazos abiertos, y lo reconozco.
—¡Leo!
Leo. Mi vecino de enfrente, el del sexto C, en el piso de Prati. El que me encontró en el suelo aquella noche. El que me estaba buscando el pulso cuando entró Darío.
Me levanto y lo abrazo, y Santiago y Roni tosen a la vez.
No es una tos normal. Es una tos coordinada, de dos hombres que llevan tiempo trabajando juntos y han desarrollado un idioma propio.
Leo la oye. Se separa de mí de un salto, como si le hubiera dado calambre.
Mira a los dos, uno a cada lado de mi silla, con la espalda contra la pared, y pierde el color de la cara.
—Hola —dice.
—Hola —dice Roni, sonriendo.
—Hola —dice Santiago, sin sonreír.
—Chicos, este es Leo, mi vecino de antes. —Me siento—. Siéntate, Leo.
—No, si yo… —Mira a Roni—. Yo ya me iba.
—Siéntate.
Se sienta enfrente, en el borde de la silla.
—¿Cómo estás? —le pregunto—. Hace un siglo.
—Bien. Bien. Muy bien. —Se toca la boca sin darse cuenta—. Tengo los dientes nuevos.
—¿Los dientes nuevos?
—Me los pagó… —Mira a Roni otra vez—. Me los pagó alguien. Un dentista de Parioli. Muy bueno. Me hizo toda la boca. Hasta las muelas del fondo, que no tenían nada que ver.
Roni se inclina hacia delante, apoya los codos en la mesa y lo mira con una curiosidad enorme.
—Tú eres el del rellano.