NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

DARÍO

Duerme con el sueño de los que vuelven de muy lejos, boca abajo, atravesada en la cama, con un brazo colgando por el borde y la boca abierta contra la almohada, y un silbido pequeño que le sale cada vez que respira.

Es el silbido de siempre, el que tengo grabado en una nota de voz desde Navidad y que escuché once veces seguidas la semana que no estaba.

Lleva así cinco horas, y Gery dice que dormirá cinco más. Yo no he dormido nada.

Tengo cuatro puntos en la frente, un apósito encima que me pica y un dolor de cabeza que no sé si es del bate o de todo lo demás.

Son las seis de la mañana y el avión sale a las siete.

A las doce, en Berna, un médico que cobra por hora lo que un ministro cobra al mes le va a decir a una guía de jubilados cuánto tiempo le queda.

Tengo que estar sentado a su lado cuando se lo diga.

Me agacho y le aparto el pelo de la cara. Le pongo la mano en la espalda; se mueve un poco, gruñe algo que suena a «tiburón» y sigue durmiendo.

Antes de subir he vaciado la caja fuerte.

Las bolsas, el bote, todo lo de Ámsterdam, a la chimenea del despacho, con Gery mirando.

Gery dice que esto es una recaída, no un final; que el cuerpo se ha acordado de la aguja y ha ido a buscarla, y que ahora hay que vigilarla más, no menos.

La caja se queda vacía, y el código lo cambio mañana.

Le dejo una nota en la almohada, debajo de Copito, que es lo primero que mira cuando abre los ojos.

«Vuelvo esta noche. Esta noche te lo cuento todo. Todo, nena. Bebe agua. Come algo. No entres en mi despacho. Y me debes cuatro puntos».

Bajo a la entrada. Santiago y Roni están en el porche, sentados en el escalón, compartiendo el termo de manzanilla de Roni, y se levantan de un salto al verme.

—Don.

—Señor.

—Se va a despertar sobre las diez. No sale sola. Si sale, salís con ella. Los dos. Pegados.

—Sí, señor.

—Y si va a algún sitio —les señalo con el dedo—, me la traéis en el mismo estado en que la sacáis. Ni un pelo menos.

—Don, con todo el respeto —dice Roni, después de mirar a Santiago—, lo de los pelos depende de adónde quiera ir.

—¿Por qué?

—Porque es una mujer, señor —dice Santiago, muy serio—. Y anoche, subida a la estantería, se miró en el cristal de la vitrina y dijo «qué horror de pelo, eso lo arregla la reina en cuanto tenga corona».

—¿Lo dijo así? —les pregunto, mirándolos a los dos.

—Así, señor. Lo oyó Giuseppe. Con los ojos tapados.

—Pues si quiere ir a la peluquería —me subo el cuello de la chaqueta—, la lleváis a la peluquería.

—¿Y qué hacemos nosotros en una peluquería, Don?

—Lo que hacen los hombres en las peluquerías. Sentaros y no tocar nada.

VICTORIA

Me despierto con la boca llena de algo que sabe a moqueta.

Tardo en abrir los ojos, y cuando los abro, la luz que entra por la ventana es tan fuerte que los vuelvo a cerrar, con la sensación clarísima de que alguien me ha metido la cabeza dentro de un tambor y se ha pasado la noche dándole con dos baquetas.

Me incorporo y la habitación da una vuelta. Espero a que pare, y cuando para, empiezan a llegar cosas, no enteras, a trozos, como en esos sueños rarísimos de los que te despiertas acordándote solo de dos detalles absurdos que no sabes cómo encajan.

Me acuerdo de la caja fuerte y del bote blanco. Me acuerdo de que él se ha ido a Suiza, a una suite, en Berna, y de que habló con alguien y dijo que no la trajeran.

Luego me acuerdo de un tiburón. No sé qué pinta un tiburón en todo esto, pero me acuerdo de él con muchísima claridad, gris, en un sofá, mirándome con un ojo. De algo rojo, también, y de que tenía que llegar a algo rojo.

—Victoria, ¿qué has hecho? —me digo, con la cara tapada con las manos.

Copito, a los pies de la cama, me mira con una cara que solo puede describirse como juicio moral. Rey, al lado, duerme con una pata encima de un calcetín de Darío, y debajo de Copito asoma un papel. Lo saco y lo leo.

«Vuelvo esta noche. Esta noche te lo cuento todo. Todo, nena. Bebe agua. Come algo. No entres en mi despacho. Y me debes cuatro puntos».

—¿Cuatro puntos de qué? —pregunto, después de leerlo tres veces.

Copito no contesta. Copito sabe algo y no lo va a decir.

Bajo a la cocina a la velocidad de un caracol con resaca. No hay nadie, ni Anna, ni Giuseppe, ni nadie. Me hago un café, me lo bebo y lo vomito en el fregadero inmediatamente, con una eficacia admirable, sin desperdiciar ni una gota fuera.

Me quedo apoyada en el fregadero con la frente contra el grifo frío, pensando.

Pienso que hace semanas estaba en una celda contando goteras, que hasta anteayer no podía bajar la escalera sola, que hace tres días me desperté sin sentir los tulipanes.

Que anoche, por lo visto, hice algo con un tiburón y le debo a alguien cuatro puntos.

Que él está en Suiza, con alguien, y que esta noche me lo va a contar todo. Y que yo puedo quedarme aquí, con la frente en un grifo, esperándolo, lo mismo que esperaba en la celda.

O no.

Me miro en el cristal de la ventana, y lo primero que veo es el pelo.

Me cojo un mechón y me lo acerco a la nariz. Huele a champú, pero yo lo sigo oliendo a aquel colchón.

Cojo el móvil.

—¿Santiago?

—¡Señorita! —Contesta al primer tono; seguro que tenía la mano en el bolsillo esperando—. ¿Cómo se encuentra? ¿Ha bebido agua? El Don ha dicho que beba agua.

—Quiero ir a la peluquería.

Hay un silencio, y luego, de fondo, otra voz, contentísima:

—¡LO SABÍA! ¡Me debes cuatrocientos, Santi!

—Cállate, Roni.

—¡Dijiste que pediría el desayuno primero! ¡Te lo dije! ¡Después de una noche así, lo primero que quiere una mujer es arreglarse el pelo! ¡Lo dice mi novia!

—Señorita —dice Santiago, con muchísima dignidad—. En diez minutos estamos en la puerta.

En la puerta hay un coche negro y una moto.

Santiago está apoyado en el coche, con los brazos cruzados y unas gafas de sol oscuras.

Pantalón de chándal negro, zapatillas blancas sin una sola mancha y una sudadera gris con las mangas subidas hasta el codo, que deja ver unos antebrazos de pasar más horas en el gimnasio que en la cama.

Lleva el pelo recién cortado por los lados y peinado hacia atrás con la mano, y desde aquí huele a colonia fresca.

Roni está subido a la moto, una cosa enorme y negra que hace un ruido de animal, con el casco puesto y la visera levantada, y por la rendija le veo los ojos oscuros riéndose antes que la boca.

Se lo quita al verme y se lo cuelga del brazo.

La cabeza rapada le brilla al sol, tiene la mandíbula cuadrada con barba de dos días y la cazadora de cuero abierta sobre una camiseta negra que se le pega al pecho.

Cuando sonríe se le marca un hoyuelo en una sola mejilla.

—Buenos días, señorita.

—Buenos días, chicos.

—¿Cómo va esa cabeza? —pregunta Roni.

—Fatal. ¿Por qué?

Roni mira a Santiago. Santiago mira al suelo.

—Por nada.

—¿Qué pasó anoche?

—¿Usted no se acuerda?

—De un tiburón.

Roni se muerde los labios. Le tiemblan los hombros. Luego se lleva el puño al pecho, inclina la cabeza encima del manillar y dice, muy solemne:

—Por el Rey Banano, majestad.

Santiago le da un codazo que casi lo tira de la moto.

—Señorita —dice Santiago—, eso se lo cuenta mejor el Don.

—¿Y lo de los cuatro puntos?

—Eso también se lo cuenta el Don.

—Santiago.

—Señorita, por favor. —Me abre la puerta del coche—. Tengo diecinueve años. Me gustaría cumplir veinte.

Me subo y Santiago se pone al volante. Detrás de nosotros, Roni arranca la moto con un rugido que hace saltar a dos palomas del tejado, se pone a nuestra altura en el camino, justo al lado de mi ventanilla, y hace un caballito. Con la moto, en el camino de la finca, durante cincuenta metros.

—¡Roni! —le grita Santiago por la ventanilla—. ¡El Don ha dicho pegados!

—¡Voy pegado! —Roni baja la rueda delantera—. ¡Pegado y alegre! ¡De alegre no ha dicho nada!

Me tapo la boca con la mano, y por primera vez desde que me he despertado con sabor a moqueta, me río.

La peluquería se llama Bellezza y está en una calle pequeña de Prati, con un toldo verde y cuatro sillones, y en tres de esos sillones hay tres señoras de más de setenta años con la cabeza metida en tres secadores de los antiguos, de los de casco. Tres astronautas jubiladas esperando el despegue.

Cuando entramos, se hace el silencio, porque entro yo, pálida, con ojeras hasta la barbilla y una melena negra hasta la cintura que parece que haya pasado un invierno en un desván, y detrás de mí entran un chico rubio con gafas de sol y sudadera, y un hombre de uno noventa con la cabeza rapada, la cazadora de cuero y un casco negro debajo del brazo.

Los dos se colocan a mis lados, uno en cada hombro, con los brazos cruzados, mirando a las tres astronautas con cara de estar evaluando una amenaza para la seguridad nacional.

La peluquera, una mujer bajita de unos cincuenta años con el pelo morado y unas gafas de leopardo, se nos queda mirando con las tijeras en la mano.

—¿Y esto qué es?

—Hola —le digo—. Quiero cortarme el pelo.

—Eso ya lo veo, cariño. —Se acerca. Me coge un mechón entre los dedos, lo mira a contraluz, y pone cara de dolor físico—. Ay, Madonna. ¿Qué le has hecho a esto?

—Nada. Le han hecho.

Me mira por encima de las gafas, un segundo, y no pregunta.

—¿Y estos? —Señala a los chicos con las tijeras.

—Mis primos.

—Primos segundos —puntualiza Roni, con todos los dientes—. Yo soy el guapo de la familia. Él es el educado.

Santiago se quita las gafas, se las vuelve a poner y dice «buenos días, señora» con una educación tan exagerada que una de las astronautas saca la cabeza del secador para verlo mejor.

—Siéntate —me dice la peluquera—. Y tus primos, que se sienten también, que me están asustando a las clientas.

—Nosotros nos quedamos de pie, señora —dice Santiago.

—Tú te sientas ahí —le señala un sofá de escay rosa— y tú —señala a Roni— al lado. Y no tocáis nada.