NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 26 #3
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CAPÍTULO 26 #3

Me sube a la garganta algo que no sé si es risa o llanto, y no dejo salir ninguna de las dos cosas. Me acerco a la estantería despacio, con las manos a la vista. Me oye, se gira, me mira desde arriba con las pupilas enormes, y entorna los ojos.

—Un homosapiens —dice.

—Hola, nena.

—No te acerques, homosapiens.

—De acuerdo.

—Vienes a por el huevo.

—No vengo a por el huevo.

—Todos venís a por el huevo. —Con la mano libre coge lo primero que encuentra en el último estante, que es el bate de béisbol firmado que tengo de adorno, y me apunta con él—. Te ha mandado el forestal.

Detrás de mí, Gery tose para disimular una carcajada. Anna se tapa la boca con la toalla.

—No me ha mandado el forestal —le digo—. Me ha mandado el Rey Banano.

Se queda quieta.

—¿El Rey Banano?

—El mismo. —Asiento, muy serio—. Dice que no hace falta el huevo. Que ya te ha elegido. Que quiere que seas su reina igual, con huevo o sin huevo.

Me mira y entorna más los ojos.

—Mientes.

—No miento.

—Los homosapiens mienten. —Le cambia la voz. Le asoma algo a la cara que no es de la selva—. Mienten todo el rato. Dicen que se van a Francia y se van a la nieve.

Me quedo helado.

—A las montañas de nieve —sigue, y me apunta con el bate—. Con otra hembra. Lo sé. Lo he visto en la pantalla mágica. Una suite para dos.

Giuseppe se destapa los ojos. Gery levanta la vista de la libreta. Anna me mira con una cara que no le había visto en veinte años, la de una madre que acaba de entender algo.

Debajo de la estantería, mirando a mi mujer en ropa interior apuntándome con un bate de béisbol, entiendo que ha visto la reserva de Berna, y noto el estómago bajarme hasta la alfombra. En esa cabeza, además de una selva y un tiburón y un Rey Banano, hay una mujer en la nieve que no existe.

—Nena —le digo, más bajo—. Baja de ahí. Por favor. Y te lo explico todo.

—No.

—Por favor.

—¡POR EL REY BANANO! —grita.

Y salta.

Se lanza desde dos metros, con el bate por encima de la cabeza y un grito de guerra que no le he oído nunca a ningún ser humano, y antes de que me dé tiempo a cogerla el bate me baja en la frente, de punta.

Suena a sandía que se cae al suelo del mercado.

—¡JODER!

La cojo en el aire con los dos brazos, con la frente abierta y la sangre bajándome por la ceja hasta el ojo, y caemos los dos al suelo, encima de la alfombra persa, ella encima de mí, todavía con el bate en la mano.

—¡Me has partido la cabeza!

Me mira desde arriba con la boca abierta, y por un momento muy corto veo que me ve a mí.

—Darío —dice.

—Sí.

—Estás sangrando.

—Me has dado con un bate de béisbol.

Me toca la sangre de la frente con un dedo. Se mira el dedo rojo, muy cerca de los ojos, como si fuera la cosa más rara que ha visto en toda la noche.

—Entonces eres de verdad —dice, muy bajito.

Me falta el aire. En el avión, en la pista helada, cuando abrió los ojos y me vio, me dijo que no era verdad, que prefería morirse. Ahora, semanas después, necesita verme sangrar para creérselo.

—Soy de verdad.

Se deja caer encima de mí, con la cara en mi cuello y el bate todavía en la mano.

—Me has dejado sola —murmura—. Te has ido a la nieve. Con otra.

—No hay otra.

—Hay otra. Te oí. Le dijiste a Enzo que no la trajeran. Que yo no me enterara.

—Nena…

—El homosapiens es muy guapo —sigue, ya medio dormida—. Tiene un ojo de cada color. Pero es un mentiroso. Se lo voy a decir al Rey Banano. Lo va a desterrar a la nieve. Con la otra. Y con los forestales.

Se queda dormida así, encima de mí, con el bate en la mano, las rayas amarillas corridas por la cara y la sangre de mi frente manchándole el pelo.

Nadie dice nada durante un rato. Gery se levanta, se agacha a mi lado, le mira las pupilas, le toma el pulso y asiente.

—Va a dormir diez horas. Cuando se despierte no se va a acordar de casi nada y le va a doler la cabeza. —Me mira la frente—. A ti también. Eso hay que coserlo. Cuatro puntos.

—Luego.

—Ahora, que estás manchando la alfombra.

—La alfombra me da igual.

—Vale más que mi coche.

—Me da igual, Gery.

Giuseppe se acerca y se agacha a mi altura, con el brazo bueno apoyado en la rodilla.

—Lo de la nieve. Lo de la otra.

—No hay otra, Giuseppe.

—Ya sé que no hay otra. —Me mira—. Pero ella no lo sabe. Y por eso ha abierto la caja. Tienes que decírselo, Darío. Lo que sea que hay en Suiza. Mañana, cuando se despierte. Porque si no se lo dices, la próxima caja que abra no va a tener pastillas de las que hacen ver selvas.

Se levanta y se va, y Anna detrás, con la toalla y el libro de cuatro kilos. Al pasar por mi lado me da una colleja en la nuca con la mano libre. No dice nada. No le hace falta.

Gery saca la aguja y el hilo y me cose la frente ahí mismo, en el suelo, sin anestesia, con ella dormida encima de mí y su respiración caliente en mi cuello.

No siento ni la aguja ni el hilo; cuento los cuatro puntos por el tirón y nada más.

Solo siento el peso de ella, y la palabra que me ha dicho antes de dormirse.

Mentiroso.

Mañana se lo digo. Lo de su madre, lo de Berna, todo. Aunque Sara me odie. Aunque le rompa la promesa a una mujer que se está muriendo.

Porque la otra opción es esta: una mujer en el suelo de mi despacho, en ropa interior y con la cara pintada de guerra, que se ha pasado dos horas trepando por una estantería para llegar a una luz roja de donde salía mi voz, porque creía que yo estaba ahí.