CAPÍTULO 26 #2
Silencio al otro lado. Después, muy bajito, con la voz rota de emoción:
—Gracias, señora.
—Majestad.
—Gracias, majestad. —Se oye cómo se suena la nariz—. ¿Puedo apuntarlo en la libreta?
—Puedes.
Entonces se abre una puerta en mitad de la selva y entra una mujer mayor, bajita, con una trenza gris larguísima por encima del hombro, una túnica de flores y unas zapatillas peludas, con una tela enorme y azul en los brazos. Tiene una cara que he visto antes en algún sitio y no sé dónde.
Me la quedo mirando y lo entiendo de golpe: es la chamana. La chamana de la tribu, la que lo sabe todo de la selva, la que aparece en todas las historias en el momento justo con un objeto mágico. Y el objeto mágico es la tela azul.
—Mija —dice la chamana, con muchísima calma—. Bájese de ahí, mi amor.
—Chamana. —Le hago una reverencia desde mi roca, tan profunda que casi me caigo—. Te esperaba. Los espíritus me dijeron que vendrías.
La chamana se queda quieta un momento. Mira hacia arriba, hacia el pájaro. Me mira a mí, a las rayas amarillas, a la ropa que no llevo. Suspira con una paciencia de quinientos años.
—Claro que me esperaba, mi niña. Aquí estoy. —Me tiende la tela azul—. Pero antes de seguir con la misión tiene que ponerse la capa sagrada. Si no, los espíritus no la dejan subir.
La capa sagrada, claro. Bajo de la roca con mucho cuidado, porque la chamana me ha cogido de la mano para que no me caiga al agua y Fernando me coma, y me pongo la capa por encima de los hombros. Es suave, azul y huele a lavanda. Me siento mil veces más poderosa.
—Gracias, chamana.
—De nada, mija. Y ahora la poción.
Me pone en la mano una copa de cristal llena de un líquido transparente.
—¿Qué poción es?
—La de la fuerza. Para subir al acantilado.
Me la bebo de un trago. Es agua, pero es agua sagrada, eso está clarísimo, porque me sabe a gloria bendita.
—¿Otra?
—Las que quiera, mi niña.
Me bebo tres pociones. Cuando sea reina, a la chamana la voy a nombrar Gran Chamana del Reino, con una corona de plumas y un cucharón de oro. Y le voy a dar el día libre los domingos.
DARÍO
—Anna, te quiero —le digo a la pantalla, aunque no me oye.
Lo está haciendo perfecto. Le ha puesto la toalla del baño de invitados, le ha dado agua, la ha bajado del sillón sin un grito ni un tirón, con la cara de una mujer que ha visto crecer a un mafioso desde los siete años y a la que ya no hay nada en este mundo que la sorprenda.
Victoria, con la toalla anudada al cuello como una capa y la cara pintada de fosforito, le está haciendo reverencias.
Me suena el móvil. Giuseppe.
—Me ha dicho Santiago que Victoria está rara. ¿Qué pasa?
—Se ha tomado las del bote blanco de la caja fuerte.
Giuseppe tarda en contestar.
—¿Y cómo ha abierto la caja?
—Sabe el código.
—¿Y por qué sabe el código?
—Porque se lo dije yo una noche, Giuseppe. Borracho. Que si me mataban, la abriera ella.
—Darío. —Le oigo respirar hondo—. Le diste a tu mujer el código de una caja llena de mierda de Ámsterdam.
—Se lo di hace meses. Antes de todo.
—¿Y ahora qué hago?
—Ve a mi despacho y quédate en la puerta. Sin entrar. Está en toalla. Gery llega en diez minutos. Yo voy para allá.
—¿Te vienes de Suiza? ¿Y la…?
Miro la puerta de la suite. Detrás está Sara, dormida, abrazada a su bolso.
—Enzo se queda con ella. Vuelvo mañana a primera hora. La cita es el domingo a las doce. Llego de sobra.
—Son dos horas de avión, Darío. Para ir. Y dos para volver.
—Ya sé sumar.
—¿Y qué le vas a decir?
—No lo sé, Giuseppe. —Cierro el portátil—. Ahora mismo cree que soy un pájaro forestal.
—¿Un qué?
—Un forestal disfrazado de pájaro. Me ha ofrecido una perla para que la deje subir y me ha amenazado con hacerme sopa.
Al otro lado de la línea, mi hermano se queda callado tres segundos. Luego le oigo tapar el teléfono con la mano, y detrás de la mano, muy bajito, le oigo llorar de la risa.
En el avión me llega un mensaje de Lev.
«Giuseppe dice que tu mujer está en una selva. Pregúntale si hay osos. Si no hay, le mando el mío. Se llama Borís y está aburrido».
Debajo, otro:
«No te preocupes, brat. Mi primera mujer se tomó unas setas en Sochi y estuvo tres horas convencida de que yo era un armario. Lo malo no fue eso. Lo malo fue que al día siguiente me siguió tratando igual».
No le contesto. Me guardo el móvil en el bolsillo con algo en la cara que, si no fuera porque voy a ciento ochenta nudos con la pulsera dando vueltas como una ruleta, sería casi una sonrisa.
VICTORIA
La selva se está llenando de animales.
Primero llega el brujo. Un hombre delgado, con barba gris y un cofre negro en la mano, que entra muy deprisa por la puerta mágica y se para en seco al verme.
Luego se acerca muy despacio, con las palmas abiertas, como se acerca la gente a un animal que muerde.
Lo sé porque yo me acerco así a los animales que muerden, y porque yo ahora mismo soy un animal que muerde.
—Hola, Victoria —me dice—. Soy Gery. ¿Te acuerdas de mí?
—Eres el brujo.
El brujo mira a la chamana. La chamana asiente, muy seria.
—Sí —dice el brujo—. Soy el brujo. He venido a mirarte los ojos.
—¿Para qué?
—Para ver si tienes la mirada de reina. Si no la tienes, no puedes subir.
Le dejo. Me pone en los ojos una luciérnaga que pica, me coge la muñeca y me cuenta algo moviendo los labios. Después le dice algo bajito a la chamana, y la chamana suelta el aire.
—Tiene la mirada de reina —anuncia el brujo—. Pero tiene que beber más poción.
Me bebo otra poción, y entonces, en la puerta mágica, aparece un oso.
Es un oso grande, con un brazo que mueve bien y otro que lleva pegado al cuerpo, protegido, y una cara de preocupación tan grande que me da pena. No entra. Se queda en el umbral, con los ojos tapados con la pata buena.
—¿Por qué te tapas los ojos, oso?
—Porque si los abro, piccola, me los saca un pájaro.
No entiendo nada, pero me parece muy razonable. Los pájaros de esta selva son muy violentos.
Detrás del oso asoma otro animal. Uno con chaqueta de cuero y el pelo de punta, que mira por encima del hombro del oso con los ojos como platos y un recipiente humeante en la mano.
—¡Señora! —dice—. ¿Es verdad que va a por un huevo?
—Es verdad.
—¿Y qué pasa cuando lo coja?
—Que me hago reina y el Rey Banano me corona.
El animal le da un sorbo al recipiente humeante. Huele a manzanilla hasta aquí.
—¿Y puedo ser yo el bufón de la reina?
—Roni —dice el oso, sin destaparse los ojos—. Vete a tu casa.
—Es que nunca he sido bufón de nadie.
—¡RONI!
Desaparece, pero desde muy lejos le oigo gritar:
—¡VIVA LA REINA DE LA SELVA! ¡ABAJO LOS FORESTALES!
Me caen bien los animales de esta selva. Son tontos, pero leales.
Me quito la capa sagrada para trepar mejor.
—¡Ay, mija, la capa! —grita la chamana.
Pero ya estoy subiendo. El acantilado tiene muchos huecos para meter los pies y muchas piedras para agarrarse, y algunas piedras se sueltan y caen al agua; una muy gorda, cuadrada, cae justo encima de donde está la chamana, que la coge al vuelo con una mano, como una portera de fútbol.
Entonces aparece un león.
Un león de verdad, blanco, pequeño, con los ojos azules, que entra en la selva por entre las patas del oso, viene derecho hacia mí, se sienta al pie del acantilado y me mira.
—¡Mi fiel corcel! —le digo—. Sube, que vamos juntos.
El león bosteza.
—Es una respuesta un poco floja, pero la acepto.
Detrás del león entra una bola blanca y peluda que ladra.
—¡Guardián del bosque! ¡Defiende la retaguardia!
Sigo subiendo. Ya veo el nido. El huevo rojo brilla delante de mí, a un palmo, latiendo, y el pájaro está ahí al lado, callado, mirándome. Ya no se ríe.
—¡Mija, que se cae!
—¡Las reinas no se caen, chamana!
Estiro el brazo. Un poco más.
Entonces la selva entera se oscurece, se oye un rugido enorme que viene de muy lejos, como un dragón aterrizando en alguna parte, y la puerta mágica se abre de golpe.
DARÍO
Llego en una hora y cuarenta minutos. Le he dicho al piloto que volara como si llevara al diablo detrás, y el piloto, que lleva veinte años conmigo, ha levantado una ceja y ha hecho exactamente eso. Desde el aeropuerto me he saltado cuatro semáforos y le he arrancado el retrovisor a un taxi.
Entro en mi despacho, y lo primero que veo es a Giuseppe en la puerta, con los ojos tapados con la mano.
—¿Qué haces así?
—Me dijiste que si la miraba me sacabas los ojos.
—Se lo dije a Santiago.
—Santiago se ha ido a la cocina a vomitar de los nervios. Yo me he quedado aquí. Con los ojos tapados. Una hora y media, Darío. Me duele el brazo bueno.
Detrás de Giuseppe, en el pasillo, aparece Santiago, pálido, con un cubo de fregar vacío en una mano y la libreta en la otra.
—Señor. —Se cuadra—. Lo he apuntado todo. La señora le ha llamado forestal once veces. Ha nombrado a Anna Gran Chamana del Reino. Al doctor, brujo. A Giuseppe, oso. —Pasa la página—. Y a mí me ha hecho caballero de la Orden de la Gominola.
—Santiago, vete a dormir.
—No puedo, señor. —Se señala el pecho, muy serio—. Soy caballero.
Lo segundo que veo es a Anna, en mitad del despacho, con la toalla azul en una mano y un tomo de derecho mercantil de cuatro kilos en la otra, mirando hacia arriba con la boca apretada.
Lo tercero es a Gery, sentado en mi sillón, tomando notas.
—Las constantes están bien —me dice sin levantar la vista—. El pulso, un poco alto. Las pupilas, como platos. Se ha bebido litro y medio de agua. No ha vomitado. Se va a poner bien. Pero está a dos metros del suelo, y me ha llamado brujo.
Lo cuarto es ella. Subida a mi estantería en ropa interior negra, con dos rayas amarillas fosforito en cada mejilla, agarrada al último estante con una mano, con el pelo colgándole por la espalda hasta la cintura y la otra mano estirada hacia la esquina del techo.
Hacia la lucecita roja de la cámara de seguridad.
Me quedo mirándola. La luz roja. Su mano estirada. Los dedos abiertos, temblando.
Tardo un segundo en entenderlo. Lleva dos horas intentando llegar a la cámara. Al sitio de donde salía mi voz.
Lleva dos horas intentando llegar a mí.