CAPÍTULO 26
VICTORIA
El suelo respira.
Lo noto en la espalda: sube y baja, despacio, como el pecho de un animal muy grande que duerme, y yo estoy tumbada encima, con los brazos abiertos, subiendo y bajando con él.
Huele a tierra mojada y a cuero viejo. Encima de mí hay un cielo verde, lleno de hojas, y entre las hojas se cuelan unas luces doradas que parpadean como luciérnagas que no se deciden.
No me duele nada. Ni el pie, ni la pierna, ni la cabeza, ni ese sitio de detrás del esternón que lleva días apretándome como un puño. Por primera vez en mucho tiempo no hay nada. Estoy bien. Estoy tan bien que me río sola.
Giro la cabeza y hay un tiburón.
Está a dos metros, tumbado, gris, enorme, con una aleta que asoma por encima de una laguna quieta, y me mira con un ojo negro y redondo, sin parpadear, con la boca un poco abierta. Tiene muchos dientes. Tiene cara de llamarse Fernando.
—Hola, Fernando —le digo.
Fernando no contesta. Los tiburones son muy maleducados, eso es un dato: lo leí en una revista de la peluquería de mi madre, página treinta y tres, al lado de un anuncio de fajas reductoras.
Me incorporo, y la selva está entera a mi alrededor.
Lianas que cuelgan de muy arriba. Helechos más altos que yo.
Una palmera con los cocos encendidos, como bombillas.
Y alrededor de mi isla, agua verde, oscura, quieta, por la que Fernando da una vuelta lenta, mirándome de reojo, sin prisa, como un camarero que espera a que pidas.
Entonces lo veo.
Arriba, en lo alto de un acantilado, en un nido de ramas, brilla un huevo rojo. Pequeño. Redondo. Con una luz que no parpadea, que se queda encendida todo el rato, como un corazón que alguien se ha dejado olvidado ahí arriba.
Y lo sé. Lo sé con la seguridad con la que se saben las cosas que no se pueden saber: tengo que llegar a ese huevo. Si llego al huevo, me hago Reina de la Selva. Y el Rey Banano en persona bajará de su trono de plátanos y me pondrá la corona.
No sé quién es el Rey Banano. Pero me cae muy bien.
—Fernando —le digo al tiburón—. Voy a por el huevo. No te lo tomes como algo personal, pero si te cruzas en mi camino te hago sopa.
Fernando me mira. Creo que me ha entendido. Creo que tiene miedo.
Justo entonces, la selva me habla.
—¡¿VICTORIA?!
Sale de todas partes a la vez. De los árboles, del cielo, del agua. Una voz rarísima, aguda, metálica, de alguien que se ha tragado un globo de helio entero y además está de muy mala leche.
Me echo a reír. Es la voz más ridícula que he oído en mi vida.
—¡¿Victoria, me oyes?! ¡Te he llamado nueve veces!
—¿Quién eres? —le grito al cielo.
—¡¿CÓMO QUE QUIÉN SOY?!
Busco de dónde sale. Y allí arriba, al lado del huevo, en lo alto del acantilado, veo una lucecita, y entiendo: es un pájaro. Un pájaro escondido entre las ramas, un pájaro chillón que vigila el huevo. El guardián.
—¡Eres un pájaro! —le grito—. ¡Un pájaro con voz de pitufo!
Silencio en toda la selva.
—Victoria —dice el pájaro, mucho más bajo y muchísimo más serio—. ¿Cuántas te has tomado?
—¿Cuántas qué?
—Las pastillas, nena. Las del bote blanco.
—Yo no hablo con pájaros chivatos. —Me pongo de pie y la isla se balancea debajo de mí como una balsa—. Pero te voy a hacer una oferta, pájaro. Tú me dejas subir y me das el huevo, y yo te doy esto.
Me quito un pendiente, una perla, y la levanto hacia el cielo para que la vea.
—Una semilla mágica —le explico—. Te la comes y te crecen dientes. Como a Fernando.
Desde lo alto del acantilado, el pájaro hace un ruido que no sé interpretar. Como un hipo. Como si se estuviera ahogando.
—Tranquilo —le digo—. Piénsatelo.
DARÍO
Estoy en el pasillo de un hotel de Berna, con el portátil abierto encima de una consola de mármol con un jarrón de lirios, viendo por la cámara de mi despacho a mi mujer, de pie encima de mi alfombra persa, ofreciéndole un pendiente a la cámara de seguridad.
Son las once de la noche.
Sara duerme en la suite, agotada del viaje, en el sofá, abrazada a su bolso gigante, igual que hizo en mi salón en Navidad. Enzo está sentado en una silla delante de la puerta, con las piernas estiradas y una cara de no entender nada.
Llevo cuatro horas llamando a Victoria. Nueve llamadas, ni una contestada. A la novena he abierto las cámaras de casa: el dormitorio, vacío; el baño, vacío; el jardín, vacío; en la cocina, Anna viendo la tele con los pies en un taburete. Quedaba el despacho.
Ahí estaba. Tumbada boca arriba en mi alfombra, con los brazos abiertos, mirando el techo. Detrás de ella, la caja fuerte abierta. Por el suelo, pastillas blancas. Debajo de la mesa, debajo del sillón, una pegada al zócalo.
Se me paró el corazón. Me quedé con el dedo encima del panel táctil sin poder moverlo, contando pastillas en una pantalla como si contarlas sirviera de algo. Después la vi girar la cabeza hacia mi sofá y decir algo. Después la vi reírse. Después la vi saludar al sofá con la mano.
Y entendí lo que se había tomado.
—Gery. —Ya lo tengo al teléfono—. Ven a mi casa. Ahora.
—¿Qué ha pasado?
—Ha abierto la caja fuerte. Se ha tomado las del bote blanco.
Silencio.
—¿Las de los holandeses?
—Esas.
—¿Cuántas?
—No lo sé. Hay unas cuantas por el suelo.
—Vale. Escúchame. —Le oigo coger las llaves—.
Eso no la mata. No es de lo que para el corazón.
Es de lo que te hace ver cosas. Va a estar unas horas en otro planeta.
Lo peligroso es que se asuste, o que se caiga, o que se haga daño sin darse cuenta.
Que nadie le grite. Que no se suba a nada alto. Y que beba agua.
—Le está ofreciendo un pendiente a la cámara, Gery.
Silencio otra vez.
—¿Para qué?
—Para que la deje subir. Creo que la cámara es un pájaro.
—Pues no le lleves la contraria al pájaro, Darío. Llego en quince minutos.
Cuelgo y llamo a Santiago.
—Señor.
—Ve a mi despacho. Victoria está dentro. Está… —busco la palabra— de excursión. No dejes que se suba a ningún sitio. Habla bajo. Nada de gritos.
—Voy, señor.
—Santiago.
—¿Señor?
—¿Qué es ese ruido?
—Estoy apuntándolo, señor. En la libreta. «No subir. Hablar bajo. Nada de gritos». —Pausa—. ¿Un sillón cuenta como subirse, señor? Porque si es un sillón bajito…
—Cuenta.
—¿Y una silla?
—Todo lo que no sea el suelo cuenta, Santiago.
—Entendido. —Le oigo escribir—. «Todo lo que no sea el suelo».
En la pantalla, Victoria tira del vestido, que se le ha enganchado en la esquina del escritorio.
No sale. Vuelve a tirar. Y con la naturalidad de una mujer que está sola en mitad de una selva, se lo saca por la cabeza, lo deja colgado del escritorio, se queda en ropa interior negra, con el apósito blanco en el muslo, y le da al vestido dos palmaditas, como a un caballo.
—¡SANTIAGO!
—¡Señor! ¡Ya estoy en la puerta!
—¡NO ENTRES!
—¿Cómo que no entre?
—¡Que no entres! ¡Está en ropa interior!
—Señor, me ha dicho que no deje que se suba a…
—¡ME DA IGUAL LO QUE TE HAYA DICHO! ¡SI ENTRAS AHÍ TE SACO LOS OJOS CON UNA CUCHARILLA DE POSTRE!
Silencio al otro lado.
—Señor. —Una pausa larga—. ¿La cucharilla de postre o la de café? Lo digo para saber cuánto me estoy jugando.
—SANTIAGO.
—Perdón, señor. ¿Y entonces qué hago?
—Llama a Anna.
Enzo me mira desde su silla.
—¿Está bien la señora, Don?
Miro la pantalla. Victoria ha cogido mi rotulador fosforito de subrayar contratos, el amarillo, y se está pintando dos rayas en cada mejilla, muy concentrada, mirándose en el cristal del cuadro del puerto de Nápoles.
—Se está pintando la cara para la guerra, Enzo.
Enzo se lo piensa muy en serio.
—¿Contra quién?
—Contra mi sofá, creo.
VICTORIA
Con la pintura de guerra puesta me siento invencible.
Me miro en el agua del lago, que es plateada y lisa y tiene un barco pintado dentro, y me veo: dos rayas amarillas en cada mejilla, el pelo suelto hasta la cintura y el cuerpo libre, por fin, de la piel de serpiente que me pesaba tanto y que he dejado colgada de una rama.
Soy una amazona. Soy una guerrera de la selva.
Soy la mujer más peligrosa del Amazonas, y del Mediterráneo también, si me apuras.
Fernando me mira desde su laguna. Ahora sí que tiene miedo.
—Bu —le digo.
Fernando no se mueve. Está paralizado de terror.
Salto a la primera roca. Es grande, marrón, brillante, blandita, y está en mitad del agua, claramente puesta ahí para que una guerrera salte encima. Me tambaleo, me agarro a una liana y aguanto. La liana es suave y huele a polvo.
—¡Victoria! —El pájaro otra vez—. ¡Bájate de ahí!
—¡Cállate, forestal!
—¿FORESTAL?
—¡Eres un forestal disfrazado de pájaro!
—Me pongo en jarras encima de la roca—. ¡Un guardabosques!
¡Vienes a quitarme el huevo para meterlo en un museo y cobrar entrada!
¡Pues te digo una cosa, forestal! ¡Ese huevo es mío, lo he visto yo primero, y cuando sea reina lo primero que voy a hacer es prohibir a los forestales!
¡Y a los pájaros con voz de pito! ¡Y a los hombres que no cogen el teléfono!
Silencio. Después, desde lo alto del acantilado, sale un ruido raro, entrecortado, como de pájaro que se atraganta con una semilla, y tardo un poco en entender que el pájaro se está riendo.
Se ríe de mí. El muy desgraciado.
—Te estás ganando la sopa, pájaro —le aviso.
Algo se mueve en el suelo, al borde de la selva, debajo de una puerta cerrada que no había visto antes.
Una cosa pequeña, roja, brillante, con forma de osito, que entra deslizándose por la rendija, sola, como si la empujara el viento. Después otra, verde. Después una amarilla, con forma de dentadura.
—¿Señora? —dice una voz al otro lado, bajita, temblorosa, de animal pequeño—. Soy Santiago. No la estoy mirando. Tengo los ojos cerrados y la frente pegada a la puerta. Le he pasado unas gominolas. Por si tiene hambre. Las de dentadura son las mejores.
Es un mono. Un mono pequeño y asustado que vive detrás de la puerta y trae ofrendas a la futura reina. Me agacho, cojo el osito rojo y me lo meto en la boca. Sabe a fresa y a lealtad.
—Ofrenda aceptada, mono —le digo a la puerta—. Desde hoy eres caballero de la Orden de la Gominola.