NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

Eso me entra por debajo de las costillas, como un golpe bien dado de los que te dejan sin aire un segundo antes de doler, porque es lo único que me duele de verdad: la semana. Siete días. Lo sabe; sabe exactamente dónde está la herida y acaba de meterme el dedo hasta el fondo.

No es ella, me repito, es lo que le metieron. Pero me entra igual.

—Victoria. —Me levanto. Me quedo a un metro—.

En esa semana no dormí. Quemé media Italia.

Maté a todo el que me puso un nombre en la boca y a unos cuantos que no.

Subí una montaña en mitad de una tormenta con la pulsera en verde.

—Me tiembla la voz y no me molesto en sujetarla—.

No hay ninguna mujer. No ha habido ninguna mujer desde que me gritaste en Trastevere por tirarte las llaves a un charco de aceite.

Ninguna. Ni siquiera la que besé para hacerte daño, y esa me duró lo que tardé en escupir. Y no la va a haber. Nunca.

—Entonces dime quién era.

Me callo, y ese silencio es peor que cualquier cosa que le hubiera podido decir. Lo veo en su cara, lo veo romperse.

—Bien —dice, muy bajo, ya sin gritar—. Bien, Darío.

Se va dentro, y yo me quedo en el jardín, de pie, con Copito mirándome desde la manta y la pelota babeada entre las patas. Al final me siento en el escalón de la entrada y enciendo un cigarro con las manos temblando.

Son tres días. Vuelvo y se lo explico todo, aunque Sara no quiera, aunque me cueste una promesa; lo que diga el médico de Berna se lo cuento con su madre al lado, cogiéndole la mano, como quería Sara.

Lev tiene razón, las mentiras huelen. Pero puedo aguantar tres días.

VICTORIA

No subo a la habitación. Me quedo en el rellano de la escalera, pegada a la pared, esperando a oír que él se ha quedado fuera, hasta que lo oigo sentarse en el escalón de la entrada y encender el mechero. Entonces voy a su despacho.

No sé lo que busco. Sé que nunca he hecho esto, que nunca le he mirado el móvil, ni los papeles, ni el ordenador, porque nunca me ha hecho falta: nunca me ha escondido nada.

El portátil está encima de la mesa, abierto, con la pantalla negra. Le doy a una tecla. No tiene contraseña, nunca ha tenido; dice que el que llegue a su despacho para leerle el ordenador ya tiene un problema más grande que una contraseña.

Abro el navegador, el historial, y ahí está. Un hotel en Berna, en Suiza. Una suite, tres noches, empezando esta, reservada a las doce y cuarto de la madrugada, cuando yo ya estaba en la cama, encogida en mi esquina, esperando oír sus pasos en la escalera.

No en Francia: en Suiza. Una suite.

Me quedo mirando la pantalla y la habitación empieza a girar a mi alrededor con esa lentitud de las cosas que se están cayendo y todavía no han tocado el suelo. Entonces oigo pasos en el pasillo.

Me meto debajo de la mesa sin pensarlo, de la misma forma que me metía en el rincón de la celda cuando oía la llave. Me encojo contra la madera, con las rodillas contra el pecho, y me tapo la boca con la mano.

Él entra. Veo sus pies, sus zapatos, que se paran junto a la mesa. Le suena el móvil.

—Dime, Enzo. —Habla más bajo de lo normal.

Con la voz que pone cuando sospecha que hay alguien escuchando—.

No. No la traigas aquí. Que Victoria no se entere de nada.

—Una pausa—. Me visto y voy directo al avión.

Nos vemos en el Prat. Y si ella te pregunta, lo único que sabes es que estoy en Francia. Ni una palabra más.

Hay otra pausa.

—Cuídala, Enzo. Que no le falte de nada. Que llegue bien.

Cuelga, coge el portátil de encima de la mesa y las llaves, y sale.

Yo me quedo debajo de la mesa, con sus frases metidas en los oídos. No la traigas aquí. Que Victoria no se entere. Cuídala, que no le falte de nada.

No puedo moverme y no me entra el aire. Me tiemblan tanto las manos que tengo que meterlas entre las rodillas para sujetarlas, lo mismo que en la celda, lo mismo que en la cama hace una semana, lo mismo de siempre.

La voz pequeña ya no me habla al oído. Ahora grita.

Te lo dije. Fue a buscar a otra, a la de antes, y la de antes ya no existe.

La que trajo a casa es esta: una que llora por nada, que tiembla, que le pide espacio, que le hace dormir en los pasillos, que no siente las flores, que lleva en la pierna la letra de otro hombre tapada con la suya.

Cualquiera se cansaría, y él no es cualquiera.

Él puede tener a la que quiera. A una entera. A una que no tiemble.

Salgo de debajo de la mesa a gatas y me quedo sentada en el suelo del despacho, con la espalda contra la pared y la ventana delante. Fuera ha dejado de llover y hay un sol blanco, de después de la lluvia, y oigo el motor de un coche que arranca en la entrada y se aleja por el camino de grava.

Se ha ido.

Entonces el cuerpo me lo pide. No sé explicarlo de otra manera: no lo pido yo.

Lo pide algo que tengo debajo de las costillas, algo que lleva dos días arañándome por dentro con unas uñas que no son mías y que hace un rato, en el jardín, gritando, se me ha subido hasta la garganta.

Gery le puso nombre: abstinencia, el cuerpo reclamando lo que le metieron. Y ahora mismo lo reclama más que nunca.

Porque en la celda, cuando me pinchaban, dejaba de doler.

Esa es la verdad que no le he contado a nadie, ni a Inés ni a él: que la aguja era lo peor, y que lo que venía después de la aguja era lo único bueno de esos días.

Que todo se apagaba. Que el frío dejaba de importar, y el hambre, y el miedo, y el cuchillo.

Que durante unas horas no había nada, ni siquiera yo.

Y ahora mismo yo no quiero que haya nada.

Me levanto y me acerco a la pared del fondo, donde está el cuadro del puerto de Nápoles. Lo aparto, y detrás está la caja fuerte. Sé el código porque me lo dijo él mismo una noche, borracho de vino y de risa, en la cama: «Tu cumpleaños y el mío, nena. Así, si me matan, la abres tú».

Lo tecleo y la puerta se abre con un clic. Dentro hay dinero en fajos, dos pistolas, papeles y, al fondo, una caja de metal que no había visto nunca.

La abro. Hay bolsas pequeñas, selladas, con cosas dentro que no conozco y que no quiero conocer, y un bote de plástico blanco, sin etiqueta, lleno de pastillas.

Me siento en el suelo con el bote en la mano y lo miro. Casi no pesa, y cuando se me mueve la mano las pastillas suenan dentro como un sonajero. No sé lo que son, ni para qué sirven, ni lo que me van a hacer.

No quiero morirme, eso lo sé; no es eso. Quiero que se calle todo, un rato, lo que hacía la aguja: unas horas sin él, sin la voz pequeña, sin mí.

Sé que la mujer que fui hace un mes no habría abierto esta caja, y que la de hace un año ni siquiera habría sabido que existía. Que Inés me diría que es un día malo, y que un día malo no me devuelve a la celda. Que Gery me diría que es el cuerpo, no soy yo.

Pero Inés no está, Gery no está, y él se va a Suiza a cuidar de otra.

Abro el bote. Me tiemblan tanto las manos que la mitad caen al suelo y ruedan por la madera del despacho, blancas, pequeñas, hacia debajo de la mesa donde hace diez minutos estaba escondida.

Copito aparece en la puerta, me mira y gime. Detrás de él, Rey asoma la cabeza, con las orejas redondas tiesas, sin entender nada. No los miro; cojo unas cuantas de las que me han quedado en la palma.

Miro por la ventana: el sol encima del jardín mojado, los tulipanes rojos en los escalones del porche, la manta donde estábamos sentados hace una hora con la pelota de un perro entre los dos.

Tengo la boca seca y el corazón en los oídos, y sé que me estoy equivocando. Lo sé con una claridad horrible, la misma con la que supe en la celda que no iba a gritar.

Y me las meto en la boca igual.