NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

No sé por qué me afecta tanto. Es una llamada, una puerta cerrada, un envío que ha salido mal, y llevo meses viviendo con un hombre al que le salen mal envíos cada semana sin que nunca me haya importado. Pero hoy me importa.

Me importa porque lo he visto en su cara, porque me ha besado en la frente sin mirarme, y porque hay una voz pequeña dentro de mi cabeza, una que llevaba días callada desde que Inés me enseñó a sentarla en una esquina, que se ha levantado de la esquina y se me ha acercado al oído.

Te lo dije. Te dije que se iba a cansar.

Me miro las manos, que tiemblan, y el pie.

Me levanto y me miro en el espejo del armario: una mujer delgada, con ojeras, con el pelo largo que de repente me parece de otra, con la clavícula marcada y un apósito en el muslo, debajo del vestido, tapando la letra de otro hombre que él ha convertido en la suya.

Fue a buscar a la de antes y ha traído esto: una que llora por nada, que le pide espacio, que se sienta en el suelo de los pasillos, que no siente las flores que le compra y a la que le tiemblan las manos cuando él la toca.

Me tapo la cara. Es el cuerpo, me digo; es el cuerpo, no soy yo, lo dijo Gery. Pero el cuerpo no ha cerrado esa puerta.

Esa puerta la ha cerrado él.

DARÍO

Son las dos de la madrugada y sigo en el despacho. He llamado a Gery, y me ha dicho lo que me temía: que cuando ya está extendido no hay milagros, que lo que hay es tiempo, y que lo único que se puede hacer es que ese tiempo sea bueno.

He llamado a un hombre de Zúrich. He encontrado al médico de Berna, el que dicen que sabe más de esto que nadie, y le he pagado lo que me ha pedido por verla el domingo a las doce del mediodía, con la clínica cerrada y sin nadie más en el edificio.

He reservado una suite en el centro de Berna para Sara, para que duerma bien antes y después.

A la una y media me ha llamado Lev, por cuarta vez hoy, y esta vez lo he cogido, porque a la una y media de la madrugada ya no me quedaban fuerzas para colgarle a nadie.

Sale en la pantalla dentro de una sauna.

Desnudo de cintura para arriba, rojo de cangrejo cocido, el pelo rubio pegado a la cabeza, la cicatriz de la ceja más blanca que nunca con el calor.

Detrás de él, la madera oscura, una cubeta, unas ramas de abedul.

Lleva un gorro de fieltro en la cabeza, que es lo único ridículo que le he visto ponerse en su vida.

—Por fin —dice—. Te he estado llamando todo el día. Pensaba que te habían matado y ya estaba eligiendo corona. Te iba a poner una de girasoles, que son alegres. Y en la cinta, «lo intentó».

—Lev.

—¿Qué tal el delantal? Giuseppe dice que te quedaba precioso. Que las flores amarillas te resaltan el ojo azul. —Se echa agua en la cara con un cazo—. Me ha mandado una foto. Está borrosa, pero se te ve la tirita de dinosaurios. La he puesto de fondo de pantalla.

—Lev. Cállate un momento.

Se calla, porque me conoce desde los diecinueve años, desde aquella noche en el puerto de Odesa en la que nos apuntamos el uno al otro durante cuarenta minutos y acabamos bebiendo vodka sentados encima de los contenedores, y sabe distinguir mi voz de cuando hay que callarse.

Se acerca a la cámara y se le ve el vapor saliéndole de los hombros.

—¿Qué pasa, brat?

Se lo cuento rápido, sin adornos: Sara, Bellvitge, colon, meses, Berna. Que Victoria no lo puede saber.

Lev no dice nada mientras hablo. Cuando termino, se queda un rato mirando la cámara, con los ojos azules, tan claros que en la pantalla parecen agujeros.

—Mi madre se murió de eso —dice—. Del estómago, no del colon, pero es la misma bestia con otro abrigo. Tenía cincuenta y uno. Yo tenía quince. —Se pasa la mano por la cara—. Mi padre no me lo dijo hasta el último mes. Para protegerme.

—¿Y?

—Y no le hablé en seis años. Le hablé en el entierro de él. Al ataúd. Le dije que era un cobarde. —Se encoge de hombros—. Luego me sentí fatal, claro. No se le dicen esas cosas a un ataúd, que no se puede defender.

—No me ayudas, Lev.

—No te estoy ayudando. Te estoy avisando.

—Se inclina hacia la cámara—. Haz lo que te ha pedido la madre.

Es su muerte, brat. Es lo único que ya es suyo del todo.

Pero no tardes mucho. Que las mentiras, en una casa, huelen.

Como el pescado. El primer día no lo notas.

Al tercero ya no puedes entrar en la cocina.

Me quedo callado.

—Y otra cosa —dice—. Mi primo Arkadi trabaja en una clínica en Ginebra. Es oncólogo. Es el único de la familia que no ha matado a nadie, así que en Navidad no le hablamos. Si el de Berna no te convence, me llamas y te lo mando en un helicóptero. Con o sin su permiso.

—Gracias.

—No me des las gracias. —Coge las ramas de abedul y se pega con ellas en la espalda, con un chasquido que se oye por el altavoz—. Me lo pagas en la boda. Quiero sentarme al lado de la madre. Me han dicho que es divertida.

—Lo es.

—Pues entonces que viva para la boda. Díselo de mi parte. —Y cuelga, sin despedirse, que es como cuelga siempre.

Me quedo mirando la pantalla negra, y luego la libreta, porque he apuntado todo en una libreta.

Eso es lo que hago: hago listas cuando estoy en una casa vieja con un hombre atado a una silla, y hago listas cuando voy en un coche a doscientos con la pulsera en verde.

Las listas me ordenan la cabeza, me la ponen en filas.

Esta noche la lista no sirve para nada. La leo: médico, hora, avión, Enzo, suite. Al final, en la última línea, he escrito algo sin darme cuenta, con mi letra, una sola palabra.

Victoria.

Nada más, ni una tarea ni un verbo, solo el nombre, porque no sé qué hacer con ella.

Si se lo digo, la rompo más de lo que ya está. Le echo encima la muerte de su madre cuando todavía no ha terminado de salir de una celda, cuando todavía le tiemblan las manos, cuando hace unos días no podía respirar en una bañera.

Y si no se lo digo, le miento a ella, a la única persona del mundo a la que no le he mentido nunca, ni siquiera cuando debía, ni siquiera cuando la verdad era peor que la mentira.

Miro la pulsera: gris, un gris sucio, con vetas negras. Lleva así desde que he cerrado la puerta del porche. Me levanto y subo la escalera sin hacer ruido.

Está dormida, encogida en su esquina de la cama, en sus veinte centímetros. Hace tres noches ocupaba la cama entera, atravesada, con un pie encima de mi cara, y esta noche ha vuelto a la esquina. Sé por qué ha vuelto: por mí, por la puerta cerrada, por el beso en la frente sin mirarla.

Me siento en el borde de la cama y no la toco, aunque es mía. Aunque esa esquina es mía, y la cama, y cada hueso que se le marca debajo de la sábana, y si alguien intentara quitármela otra vez le arrancaría la piel a tiras antes de preguntarle cómo se llama. Pero no la toco.

Me quedo mirándola, la sábana subiendo y bajando con su respiración, y pienso en una mujer pequeña con un abrigo rojo y un botón de otro color, que me agarró la cara en mi salón y me dijo que dos ojos así en la misma cara eran un exceso.

Que me abrazó por la cintura porque no llegaba más arriba.

Que me dio las gracias por devolverle a su hija.

Y que se va a morir antes de que acabe el año, y yo no puedo hacer nada.

Por la tarde se lo digo. No la verdad: la otra cosa.

Está en el jardín, sentada en la manta con Copito, tirándole una pelota que Rey intercepta cada vez y se lleva rodando. Roni está con ella, contándole con las manos la historia de algún primo suyo, y ella se ríe un poco. Me quedo en la puerta mirándola reírse, y me duele.

Roni me ve, le dice algo a ella y se va. Me siento en la manta.

—Nena. Tengo que irme unos días.

Se le borra la sonrisa.

—¿Adónde?

—A Francia. Un asunto. Tres días.

—¿Qué asunto?

—De trabajo. Un cliente. Quiere verme en persona. —Le cojo la mano—. En tres días estoy aquí.

—Tú no viajas por los clientes. Los clientes viajan por ti.

—Este no.

Se suelta la mano.

—Es por lo de anoche. La llamada.

—Es trabajo.

—Era una mujer.

Me quedo quieto.

—¿Qué?

—La voz. —Me mira—. Cuando has cogido el teléfono.

He oído una voz de mujer antes de que salieras.

Luego has salido y has cerrado la puerta.

Y has vuelto con una cara que no te había visto nunca.

Y te has quedado hasta las dos en el despacho.

Y ahora te vas tres días a Francia por un cliente, tú, que no te mueves por nadie.

—Victoria.

—¿Quién era?

Y no puedo decírselo. Lo tengo en la boca, entero: tu madre, nena.

Era tu madre. Se está muriendo, me ha pedido que no te lo diga, y me la llevo a Suiza a que un médico le repita lo mismo que el otro.

Lo tengo en la lengua, contra el piercing, y no sale, porque se lo he prometido a una mujer que se va a morir.

—Una clienta —digo—. La hermana de un hombre con el que trabajo.

—Me estás mintiendo —dice.

—No.

—Darío. Estás mintiendo. —Se levanta de la manta—. ¿Sabes qué? Muy bien. Vete a Francia. Vete con la hermana de quien sea.

—No es eso.

—¡Entonces qué es!

Ahí le veo los ojos, y no son los suyos.

Tiene las pupilas demasiado grandes para tanta luz, le tiemblan las manos más que ayer, tiene la frente húmeda otra vez y la voz le sale más alta de lo que ella misma quiere.

Me acuerdo de lo que me dijo Gery: primero vendrá la rabia, luego el bajón, luego otra vez la rabia, así hasta que se le vaya del cuerpo.

—Nena —le digo, más bajo—. Escúchame. Hoy no estás bien. Gery dijo…

—¡No me digas lo que dijo Gery! —Me empuja el pecho con las dos manos—. ¡No me hables de Gery! ¡Estás hablando con una mujer a escondidas y te vas tres días con ella y encima me dices que la que no está bien soy yo!

—No hay ninguna mujer.

—¡Mientras yo estaba en esa celda! —Y ya llora y grita a la vez—. ¡Mientras yo estaba ahí abajo comiéndome mi propio cuerpo, tú estarías con quien fuera! ¡Por eso tardaste una semana!