NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

DARÍO

Me levanto de la isla con el móvil pegado a la oreja y le hago a Victoria un gesto con la mano: vuelvo enseguida.

Ella me mira con el tenedor a medio camino y una vela temblándole delante de la cara, y en sus ojos veo la pregunta que no le dejo hacer.

Salgo al porche de atrás y cierro la puerta corredera.

Fuera llueve fino, esa lluvia que no hace ruido, pero lo empapa todo, y el jardín huele a tierra abierta y a los tulipanes que Anna ha puesto hasta en los escalones.

Desde aquí, a través del cristal, veo la cocina iluminada, y a ella, sola en el taburete, descalza, con el pelo negro cayéndole por la espalda.

—Sara.

—Hola, hijo.

En esas dos palabras ya lo sé. No sé qué es, pero sé que es malo, porque esta mujer, que me agarró la cara con dos dedos en mi propio salón y me la giró a un lado y al otro, que se rió en mi mesa cuando le dije a qué me dedicaba y luego dejó de reírse sin perder la compostura, tiene ahora mismo la voz de alguien que lleva un buen rato sentada en una cocina, sola, mirando un teléfono antes de atreverse a marcar.

—¿Está contigo?

—Está dentro. No me oye.

—Bien. —Coge aire—. Bien. Es que no sabía a quién llamar, Darío. Y he pensado: a ese. Que ese no se asusta de nada.

—¿Qué pasa, Sara?

Al otro lado hay un silencio largo, lleno de cosas pequeñas: una tele bajita, un grifo y el mar, muy lejos, detrás de una ventana que le compré yo.

—¿Te acuerdas de que la niña me llamó la semana pasada? Que me dijo que había estado mala del estómago, que os ibais unos días a la costa.

—Me acuerdo.

—Pues era mentira. —Y suelta algo que casi es una risa—.

No te pongas a disimular conmigo, hijo, que llevo veinte años oyendo a jubilados contarme por qué no han vuelto al autobús a su hora.

Yo sé cuándo me leen un guion. Y la niña me leyó uno.

Y la dejé, porque se le oía en la voz que lo necesitaba.

No sé qué le ha pasado, y no te lo voy a preguntar ahora, que ahora no puedo.

—Sara…

—Calla, que no he terminado. —Se suena la nariz—. El caso es que ella me mintió a mí. Y yo le mentí a ella. En la misma llamada. Ella me dijo que estaba bien, y yo le dije que estaba en una revisión de rutina.

Me agarro a la barandilla del porche, porque ya lo veo venir. Lo veo llegar con la misma claridad con la que veo una bala antes de que salga, cuando un hombre mueve el hombro una décima de segundo antes de levantar el brazo.

—No era rutina —digo.

—No era rutina.

Y me lo cuenta sin llorar, con su voz de guía, la que usa cuando explica que el museo está cerrado y que hay que cambiar el itinerario.

Que llevaba meses con molestias y lo achacaba al trabajo, a las comidas de hotel, a la edad.

Que en marzo se le juntó todo y no fue al médico porque tenía dos grupos seguidos, uno a Lisboa y otro a los fiordos, y que en abril ya no podía más.

Que le hicieron pruebas, y después más pruebas, y que lleva tres semanas con la quimio a escondidas, entrando y saliendo de Bellvitge sin decírselo a nadie.

Y que el lunes un médico de Bellvitge muy joven, muy educado, con las manos heladas, le dijo una palabra larga con un número detrás.

Cáncer de colon, avanzado, extendido. Las palabras me llegan de una en una por el teléfono, con la lluvia de fondo, y la barandilla se me clava en la palma de lo fuerte que la aprieto.

—Me lo dijo con la misma cara con la que te dicen que el vuelo viene con retraso —dice Sara—. Muy amable. «Lo siento mucho, señora Blanco». Y yo pensando: ya está, ya me ha llamado señora Blanco, que es como me llama el del banco. Este me quiere colocar algo.

Se ríe. Se ríe de verdad, con esa risa que le sale primero por la nariz, con un ronquido pequeño, y luego por la boca, la misma risa de su hija, exacta, y a mí me cuesta tragar.

—¿Cuánto? —pregunto, y no reconozco mi voz.

—Meses, dice. No sabe cuántos. Pocos. Que si lo hubieran visto antes, a lo mejor. Que ahora lo que hay que hacer es que esté cómoda. —Una pausa—. Cómoda. Qué palabra. Ni que yo fuera un sofá.

Me siento en el escalón del porche, que está mojado, y me da igual; noto el agua atravesándome el pantalón y no me muevo.

Llevo años resolviendo cosas. Esa es mi profesión, aunque la gente crea que es otra: alguien tiene un problema y yo lo resuelvo, con dinero, con un teléfono, con un hombre en una puerta o con una bala.

No hay nada en este mundo que no se arregle con alguna de esas cuatro cosas. Eso creía hasta hace un minuto.

—Te mando el avión —digo—. Esta noche. Te traigo aquí. Busco a los mejores. En Suiza, en Estados Unidos, donde haga falta. Hay clínicas que…

—Hijo.

—Hay tratamientos experimentales, Sara. Tengo dinero para comprar un hospital entero y…

—Darío. —Y la voz le cambia, le sale voz de madre—. Escúchame. No todo se arregla con un notario.

Me callo, porque me lo dice con cariño, como me lo diría mi nonna, y es la frase exacta que llevo meses sin querer oír, desde que le compré un piso con vistas al mar y un portero napolitano.

—Ya lo sé —sigue—. Ya sé que tú lo arreglas todo. Me arreglaste el mar. Me arreglaste que no tuviera que subir la compra sola. Me arreglaste que mi hija sonriera, que es lo que más te agradezco. Pero esto, hijo, esto no.

—Déjame intentarlo.

—Para eso te llamo.

Me quedo quieto, con la lluvia goteándome del pelo al cuello de la camisa.

—Te llamo por dos cosas —dice—. La primera, porque sé que vas a querer intentarlo.

Y te voy a dejar. Una vez. Un médico de los tuyos, de esos que cobran lo que gano yo en un año por mirarte la cara.

Para que te quedes tranquilo y no me lo eches en cara el resto de tu vida.

Uno. Y si ese me dice lo mismo que el de Bellvitge, se acabó.

No me metas en un hospital a que me pinchen hasta el último día. Yo quiero estar en mi casa, con mi mar.

—De acuerdo.

—Y la segunda. —Coge aire—. La niña no lo puede saber.

—Sara.

—Todavía no. Ahora no. —La voz le falla por primera vez—.

Algo le ha pasado, Darío. No sé qué, pero algo.

Lloraba con el mismo llanto de cuando era pequeña cuando tenía pesadillas, con el hipo ese.

Y yo no le pienso echar esto encima ahora, cuando todavía no ha salido de lo otro.

Cuando esté fuerte. Cuando esté bien de verdad.

Entonces se lo digo yo, en persona, cogiéndole la mano. Pero ahora no.

—No me pidas eso.

—Te lo pido.

—Me va a odiar.

—No te va a odiar. Te va a odiar un rato. Luego te va a entender.

Miro a través de la puerta corredera. La veo en la cocina, en el taburete; ha dejado el tenedor en el plato y mira hacia la puerta, hacia mí. No me ve, porque fuera está oscuro y dentro hay luz, pero mira hacia aquí.

Lleva el vestido de algodón de estar por casa y el pelo suelto, está más delgada que hace un mes, y le tiemblan las manos por algo que le metieron en el cuerpo sin preguntarle.

Y su madre se está muriendo.

—Sara —le digo—. ¿Cuándo quieres venir?

—Cuando tú digas.

—Mañana. Te recoge Enzo en tu casa a las cuatro. El avión os espera en el Prat. No venís aquí. Os vais directos a Berna, que hay un médico que sabe de esto más que nadie en Europa, y yo voy con vosotros. Lo vemos. Y si dice lo mismo… —Me cuesta—. Si dice lo mismo, se acabó. Como tú quieras.

—¿Y ella?

—Ella se queda en casa. Le digo que tengo un asunto fuera. Tres días.

—¿Le vas a mentir?

—Me lo acabas de pedir tú.

Al otro lado, silencio.

—Perdóname, hijo. Por meterte en esto.

—No hay nada que perdonar.

—Sí lo hay. Y tú lo sabes. —Y luego, más bajo—. Cuídamela, Darío. Cuando yo no esté. Ya sé que la cuidas, pero cuídamela más. Que no tiene a nadie más que a ti.

—Lo sé.

—Prométemelo.

Cierro los ojos y la lluvia me cae en la nuca.

—Te lo prometo, Sara.

—Bien. —Coge aire—. Y ahora vete con ella, que se estará preguntando con quién hablas. Y no le pongas esa cara, que te conozco aunque no te vea. Pon la cara del Bugatti. La de cuando casi la atropellas.

Y cuelga.

VICTORIA

Llevo veinte minutos en la cocina, sola, con la carne enfriándose en el plato y las velas bajando dentro de los vasos, mirando una puerta corredera detrás de la cual solo se ve la lluvia y mi propia cara reflejada en el cristal.

Él nunca se va a otra habitación para hablar por teléfono.

Habla delante de mí con los de Milán, con Lev, con Giuseppe, con gente a la que le ordena cosas que prefiero no saber; habla delante de mí de puertos y de cargamentos y de un hombre al que hay que «visitar».

No se esconde: dice que lo sé todo y que por eso no tiene sentido esconder nada.

Y esta noche se ha levantado de la mesa, ha salido a la lluvia y ha cerrado la puerta.

Me levanto. Llego a la puerta corredera justo cuando él la abre desde fuera, y casi chocamos. Tiene la camisa negra mojada en los hombros, el pelo pegado a la frente, una gota resbalándole por la cicatriz de la ceja, y una cara que no le había visto nunca.

No es la del Bugatti, ni la de la piscina, ni la del pasillo, ni la de la nieve que me contó Roni. Es la cara de alguien que ha oído algo que no puede deshacer.

—¿Quién era?

—Nada. Trabajo.

—Darío.

—Un envío. Uno que ha salido mal. —Pasa por mi lado. Me da un beso en la frente al pasar, rápido, sin mirarme—. Ya lo tengo controlado. Termina de cenar, nena. Tengo que hacer unas llamadas.

—Has cerrado la puerta.

Se para.

—¿Qué?

—Que has cerrado la puerta para hablar. Tú nunca cierras la puerta.

Me mira, y algo le cruza la cara, algo que dura muy poco y que, si no lo conociera, no habría visto.

—Había mucho ruido —dice.

—Estaba lloviendo, Darío. La lluvia hace menos ruido que la cocina.

—Victoria. —Se pasa la mano por la cara—. Es trabajo. Te lo prometo. Termina de cenar.

Se va al despacho y cierra esa puerta también.

Subo a la habitación y me siento en la cama con Copito pegado a la cadera y Rey mordiéndome el bajo del vestido, y me quedo mirando los tulipanes, que siguen ahí, rojos, en todas partes. Esta mañana empezaban a parecerme bonitos; ahora vuelven a no parecérmelo.