NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 24 #3
62%

CAPÍTULO 24 #3

—Es un vino muy joven.

—Es zumo de uva, Darío.

—Gery ha dicho que nada de alcohol con las pastillas. —Se encoge de hombros—. Y no te iba a poner agua en una cena así.

Me echo a reír de verdad, con la boca llena de carne y la copa de zumo en la mano.

Me río porque este hombre, que tiene una bodega con botellas que valen lo que un piso en Barcelona, me ha servido zumo de uva en una botella de vino para que no me sienta distinta.

Y porque tiene harina en el pelo, una manopla con forma de pez y la mano de Anna marcada en la espalda.

Me río tanto que se me saltan las lágrimas y me tira la tripa, un tirón que ya ni me acordaba de cómo era, y la lenteja de esta mañana crece un poco más.

—¿De qué te ríes? —me dice, serio.

—De nada.

—Te estás riendo de algo.

—Tienes harina en el pelo.

Se pasa la mano por el pelo y suelta una nube blanca encima de la carne.

—Ha sido un accidente.

—Y tienes una mano en la espalda.

Se queda quieto.

—¿Una mano?

—Una mano de harina. En la camisa. Pequeña. —Me limpio los ojos—. De mujer.

Se gira e intenta mirarse la espalda por encima del hombro, dando una vuelta entera sobre el taburete, pero no llega.

—Anna —dice.

—Anna.

—Me ha delatado.

—Te ha delatado a propósito, Darío. Nadie se deja una mano así sin querer.

Se rinde. Deja la manopla en la encimera, apoya los codos en la isla y me mira.

—Bien. La carne la ha hecho ella. Las patatas también. Yo he cortado una cebolla, que me ha costado más que matar a un hombre, y he picado el romero, y he puesto la mesa, y he buscado los candelabros durante veinte minutos y no los he encontrado.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Porque esta carne la hace Anna desde que vivo aquí. —Le sonrío—. Pero lo del zumo ha sido idea tuya.

—Ha sido idea de Anna también.

—¿También?

—Todo ha sido idea de Anna. —Se pasa la mano por la cara—. Lo único que ha sido idea mía es querer hacerlo.

Ahí me quedo callada, con la copa de zumo parada a medio camino de la boca y un nudo en la garganta que no es solo de llorar. Es la cosa más bonita que me ha dicho nunca, y la ha dicho sin darse cuenta, con harina en el pelo y una tirita de dinosaurios en el dedo.

Dejo la copa, me levanto del taburete y doy la vuelta a la isla. Me pongo delante de él, entre sus rodillas, y le quito la harina del pelo con los dedos, y él se queda muy quieto, con los ojos cerrados, como el perro más grande del mundo dejándose rascar detrás de la oreja.

—Gracias —le digo.

—No he hecho nada.

—Has querido hacerlo. —Le doy un beso en la frente—. Hoy eso es muchísimo.

Él me rodea la cintura con los brazos y apoya la cara en mi tripa, y nos quedamos así un rato, en la cocina, con la carne enfriándose, las velas en los vasos y la lluvia que acaba de empezar a caer contra la ventana del jardín.

DARÍO

Comemos. Le pongo más carne en el plato y se la come entera, y las patatas, y un trozo del pan que Anna ha dejado en una cesta. Le sirvo más zumo de uva y se lo bebe haciendo como que es vino, poniendo cara de catadora, oliendo la copa, diciendo que tiene notas de bosque y de mentira.

Se ríe dos veces más, y las cuento, no lo puedo evitar: tres risas en una noche. Ayer, cero.

Fuera llueve. El olor a tierra mojada del jardín entra por la ventana que he dejado abierta, y las velas se han consumido hasta la mitad. Rey ha aparecido en la puerta de la cocina, mojado, oliendo a perro aunque sea un león, y se ha tumbado debajo de la isla, encima de los pies de ella.

La miro comer, y pienso que si alguien me hubiera dicho hace un año que iba a estar un viernes por la noche en una cocina, con un delantal de flores colgado de una silla y una tirita de dinosaurios en el dedo, viendo a una mujer comerse una carne que no he hecho yo, y que eso me iba a parecer lo mejor que me ha pasado en la vida, le habría pegado un tiro por mentiroso.

Entonces me vibra el móvil en el bolsillo, contra la pierna. Lo saco para apagarlo, porque hoy no contesto a nadie: ni a Lev, aunque me mande el oso, ni a los de Milán, ni a Giuseppe, aunque se esté muriendo en el salón.

Miro la pantalla y me quedo quieto, con el pulgar encima del botón.

El nombre que sale ahí no es ninguno de esos.

Es el último que esperaba ver esta noche en mi teléfono: un nombre que no me ha llamado nunca, que me dio su número en Navidad, en mi salón, apuntándome al pecho con el dedo, diciéndome que la llamara Sara y no señora Blanco, que señora Blanco la llama el del banco.

Pienso en la carpeta marrón del cajón de abajo, en la palabra que no he querido leer entera, y noto el estómago encogido igual que antes de entrar en una habitación donde sé que hay alguien armado.

Victoria levanta la vista del plato y me ve la cara.

—¿Quién es?

No le contesto. Me llevo el teléfono a la oreja.

—¿Sí?

Al otro lado, una voz tranquila, conocida, demasiado tranquila para la hora que es, dice:

—Hola, hijo. ¿Qué tal estás? Si Victoria está contigo, levántate y sal de donde estés. Porque necesito hablar contigo de una cosa muy importante, y no quiero que se entere.