NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

—Con la mano en garra —confirma Anna, y me coge la mano y me la coloca—. Que el cuchillo toque los nudillos, no las yemas. Así. Y sin prisa, que no es un hombre al que tienes que interrogar.

—Con un hombre al que tengo que interrogar se me da mejor.

—¿Qué es interrogar? —pregunta Coral.

—Hacerle preguntas a un señor hasta que te dice la verdad —le digo.

—¿Y si no te la dice?

Anna me mira por encima de la cabeza de la niña con una cara que podría parar un tren.

—Entonces se queda sin postre —le digo.

Coral asiente, muy seria, como si eso fuera lo más terrible que le puede pasar a una persona, y vuelve a su champiñón.

Sigo cortando y me salen trozos de todos los tamaños. Coral los mira y luego mira los suyos, y suspira como una señora mayor. Anna los recoge con la mano y los echa a una sartén con un aceite que ya estaba caliente y que no sé cuándo ha puesto.

—¿Qué vamos a hacer?

—Tú, nada. Yo, una bistecca a la florentina, que es lo que le gusta a ella.

La carne la tengo reposando desde las cuatro.

Las patatas, al horno desde las seis. —Me mira—.

Tú vas a picar el romero, vas a poner la mesa y vas a abrir el vino.

Y luego vas a decir que lo has hecho todo tú, y yo no te voy a llevar la contraria.

—Eso es mentir.

—Eso es querer a alguien, mijo. —Me da un manojo de romero—. Pícalo fino. Como si te debiera dinero.

—Yo también he hecho cosas —dice Coral, señalando su montón de champiñón—. Eso lo tienes que decir también.

—Lo diré. Con su nombre y apellidos.

—Coral María.

—Coral María. Cocinera jefa.

Se pone tan contenta que da tres patadas seguidas al mueble y las zapatillas se encienden como un árbol de Navidad.

Pico el romero con el delantal de flores amarillas y los ojos llorándome todavía de la cebolla, y en eso entra Giuseppe por la puerta de la cocina.

Se para en seco y me mira a mí, luego al delantal, luego al romero, luego a Coral con su cuchillo verde, y otra vez a mí. Después saca el móvil.

—Si haces una foto —le digo sin levantar la vista—, te pego un tiro en la rodilla buena.

—No pensaba hacer una foto.

—Tienes la cámara abierta.

—Es una aplicación nueva.

—¡A mí sí! —grita Coral, y levanta el cuchillo de plástico y el champiñón y pone una sonrisa enorme, con la mella de un diente que se le cayó la semana pasada.

Giuseppe le hace la foto. Y luego, sin disimular, mueve el móvil diez centímetros a la derecha y me hace otra a mí, con el delantal de flores y el romero en la mano, antes de que me dé tiempo a levantar el cuchillo.

—La niña sale preciosa —dice, guardándose el móvil—. Tú sales de pena.

Se va, y le oigo reírse por el pasillo hasta que llega al salón. Después le oigo hablar por teléfono en ruso, mal, y una carcajada de oso sale del altavoz con tanta fuerza que se oye desde la cocina.

Se lo está contando a Lev. Me lo apunto.

Pongo la mesa en la cocina. No en el comedor, que tiene doce sillas y una lámpara de araña y huele a cenas de negocios, sino en la isla del centro, donde ella desayuna con los pies descalzos subidos al taburete.

Pongo dos platos, dos copas y dos velas metidas en dos vasos de agua, porque no encuentro los candelabros y me niego a preguntarle a Anna dónde están. En medio, tulipanes: un cubo entero, que hay de sobra.

Anna me mira desde la puerta, con los brazos cruzados.

—Está bien —dice.

—¿Solo bien?

—Está muy bien, Don. —Y le cambia algo en la cara—. Hacía muchos años que no te veía hacer una cosa así. Desde que eras pequeño. Cuando le hacías dibujos a tu nonna y se los dejabas en la almohada.

Se quita el delantal.

—Ya está todo. La carne la sacas en diez minutos, la dejas reposar cinco y la cortas contra la fibra. Si no sabes qué es la fibra, mira las rayas y corta al revés. El vino ya está abierto. Las patatas, en el horno, que no se te quemen.

—¿Y tú?

—Yo me voy a mi cuarto a ver la tele y a no oír nada de lo que pase en esta cocina. —Se para en la puerta—. Y otra cosa. A ella no le pongas vino. Gery ha dicho que nada de alcohol con las pastillas.

—Ya lo sé.

—Le he dejado zumo de uva en la nevera. En una botella de vino vacía. —Me guiña un ojo—. Para que no se note.

Se va, y me quedo solo en la cocina con un delantal en la mano y una mesa puesta con dos velas en dos vasos, y por primera vez en años me pongo nervioso por algo que no tiene nada que ver con balas.

VICTORIA

Huele a romero desde la escalera. Bajo descalza, con el vestido de algodón de estar por casa, porque Darío ha subido a decirme que bajara cuando quisiera y que no me arreglara, que no hacía falta.

Entro en la cocina y me paro. La isla está puesta: dos platos, dos copas, dos velas metidas en vasos de agua, porque obviamente no ha encontrado los candelabros, y un cubo de tulipanes en el centro.

Al otro lado está él, de pie, con una camisa negra arremangada y un trapo de cocina colgado del hombro, sacando una bandeja del horno con una manopla con forma de pez. Me mira y se queda quieto con la bandeja en la mano.

—Siéntate —dice.

—¿Qué es esto?

—La cena.

—¿Has cocinado tú?

—Lo he hecho todo yo.

Me siento en el taburete y me fijo. Tiene harina en el pelo y un corte pequeño en el índice tapado con una tirita de dibujos de dinosaurios.

En la espalda, en la camisa negra, lleva la marca perfecta de una mano llena de harina: una mano pequeña, de mujer, de alguien que le ha dado una palmada para darle ánimos. De eso no le digo nada.

—Huele muy bien —le digo.

—Es una bistecca a la florentina. —Mira las rayas de la carne con una concentración absoluta, corta al revés y me pone dos trozos en el plato con una delicadeza ridícula.

Pruebo la carne y está buenísima. Se me deshace en la boca: el romero, la sal gorda por encima, la carne rosa por dentro y tostada por fuera. Es la mejor que he comido desde que volví, y lo sé porque Anna la hace exactamente así, con la sal gorda y el romero, desde que vivo aquí.

—Está riquísima —le digo.

—Ya lo sé. —Se sienta enfrente—. Soy bueno en todo lo que hago.

—Ya lo veo.

Me sirve vino de una botella de tinto con la etiqueta de una bodega de la Toscana, en mi copa, y en la suya, de otra botella. Me lo bebo.

Es zumo de uva.

Lo miro. Él, callado, bebe de su copa, que es vino de verdad, sin apartar los ojos de mí.

—Darío.

—Qué.

—Esto es zumo.