CAPÍTULO 24
VICTORIA
Me despierto antes que él, por primera vez desde que volví. Siempre abro los ojos y él ya está despierto, mirándome, con esa cara de haber dormido dos horas y no necesitar más. Hoy no: hoy abro los ojos con la primera luz gris que entra por la ventana, y él está dormido. Sentado.
Tiene la espalda torcida contra el cabecero y la cabeza caída hacia un lado, la camiseta de ayer puesta y una mano encima de la sábana, encima de mi mano, agarrándola. Se ha quedado dormido así, vigilando, y ni dormido ha querido soltarla.
No me muevo. Me quedo mirándolo.
Dormido parece más joven, alguien que no ha matado a nadie.
Tiene una arruga pequeña entre las cejas que no se le quita ni así, una marca roja en la mejilla de apoyarla en el puño y la sombra de la barba de dos días.
Rey duerme atravesado a sus pies, boca arriba, con las patas en el aire; Copito, pegado a mi espalda.
Los tulipanes siguen ahí, en todas partes, con la luz del amanecer encima.
Me paro a mirarlos. Ayer los miraba y no sentía nada, y hoy tampoco siento mucho, pero hay algo: una cosa pequeña, del tamaño de una lenteja, en algún sitio del pecho, que si la miro de reojo se parece a que me gustan.
No la toco, no vaya a ser que se escape.
Todavía me tiemblan un poco las manos. La que tengo debajo de la suya, no tanto, porque su mano me la sujeta también por dentro. Me quedo así una hora, sin moverme, viendo cómo entra la luz y cómo respira él.
Cuando por fin abre los ojos y me encuentra despierta, mirándolo, se sobresalta de verdad: da un respingo pequeño, tensa los hombros y estira la otra mano hacia la mesilla, al cajón donde guarda la pistola, antes de darse cuenta de dónde está.
—Joder —dice, con la voz ronca—. ¿Cuánto llevas despierta?
—Una hora.
—¿Y qué haces?
—Mirarte.
Se frota la cara con la mano libre, sin soltar la otra.
—¿Y qué tal?
—Roncas.
—Mentira.
—Tengo testigos. —Señalo a Rey con la barbilla—. Uno de ellos es un león, que es muy fiable.
Le veo pasar algo por la cara al oírlo, porque es su broma. Me la soltó él una mañana, hace meses, en otra cama y con otro animal, cuando juré por mi madre que yo no roncaba y él me contestó que Copito tenía grabaciones. Se la estoy devolviendo, y eso significa que estoy volviendo.
No dice nada. Me aprieta la mano, y yo se la aprieto a él.
El día es lento. Gery viene a las diez, me mira las manos, me toma la tensión, me levanta el apósito de la D y vuelve a bajarlo sin decir más que «bien», y después me pregunta cómo he dormido y apunta cosas en una libreta.
Me dice que las pastillas van bien, que el temblor va a durar unos días más, que hoy a lo mejor me encuentro mejor que ayer y mañana peor que hoy, y que eso no significa nada.
—Es el cuerpo, no soy yo —le digo antes de que lo diga él.
—Veo que te lo has aprendido —dice, riéndose.
Inés me llama a las doce y hablamos veinte minutos. Le cuento lo de ayer, lo de las flores que no sentía, lo del pasillo, y cuando llego a lo del pie contra el pie se queda callada.
—Eso es muy bonito, Victoria.
—Ya lo sé.
—¿Y hoy lo sientes?
—Un poco. Del tamaño de una lenteja.
—Pues cuida esa lenteja —me dice—. Las cosas grandes empiezan siempre así.
Por la tarde bajo al jardín. Es la primera vez que salgo de la habitación por mi cuenta, sin que nadie me lleve en brazos: bajo la escalera poco a poco, agarrada a la barandilla y con el pie malo, pisando entre los tulipanes que Anna dejó en cada peldaño, con Copito delante y Rey detrás tropezándose con sus propias patas.
Abajo, en la cocina, me encuentro a Giuseppe, que se queda quieto con la taza en la mano.
—Victoria.
—Hola, Giuseppe.
—¿Has bajado sola?
—He bajado sola.
Deja la taza en la encimera, se acerca y me da un abrazo de oso con el brazo bueno, con cuidado, porque el otro ya no lleva cabestrillo, pero sigue torpe.
Se separa y baja la voz.
—Lo de María. Lo del niño. Darío me ha dicho que crees que fue culpa tuya. Por lo del zoo.
De golpe tengo un nudo en la garganta, como si me hubiera tragado un hueso, y me vuelve sin permiso la imagen de María en el césped, con las dos manos yéndose a la barriga antes que a la herida. Me agarro al borde de la encimera para no tener que agarrarme a él.
—Giuseppe…
—No fue culpa tuya. —Me mira con los ojos secos, que en Giuseppe es mucho peor que verlos mojados—.
Tú la mandaste correr. Y corrió. Y está viva porque tú la mandaste correr.
Eso me lo ha dicho ella misma, que desde que se volvió a casa de su madre, al Testaccio, la llamo todas las noches aunque a veces no me lo coja.
Me ha dicho que, si te veo, te diga que te quiere y que no se te ocurra pensar otra cosa.
—Se aparta—. Ya está. Ya te lo he dicho.
Ahora sal al jardín, que da el sol y te hace falta.
Salgo, todavía con su voz en el oído, y me siento en el borde de la piscina, en el sitio donde hace una semana pasó lo que pasó, con los pies en el agua y la pierna izquierda fuera, encima de la piedra, con la D tapada al sol.
Rey intenta morder los chorros del depurador y Copito le ladra, convencido de que se va a ahogar.
No estoy contenta, pero estoy aquí, al sol, fuera de la habitación.
Y eso, hoy, me basta.
DARÍO
La veo desde la ventana del despacho, sentada al borde de la piscina con los pies en el agua y el pelo suelto brillándole al sol, viendo cómo un león de trece kilos se pelea con un depurador.
No se ríe, pero tampoco llora. Está ahí, quieta, con la cara levantada hacia el sol, como una planta que ha pasado demasiado tiempo en un sótano y todavía no se cree que haya luz.
Llevo toda la tarde intentando trabajar y no he contestado ni un correo.
Lev me ha llamado dos veces y le he colgado las dos; a la segunda me ha mandado un mensaje que dice «si me cuelgas una tercera vez te mando un oso a casa, y no es una metáfora, tengo un oso».
Los de Milán siguen esperando. Que esperen.
En el cajón de abajo, debajo de la libreta negra, hay una carpeta. Me la trajo Sergio el miércoles por la mañana, en papel y en mano, porque hay cosas que Sergio no pone en un correo: una carpeta de cartulina marrón con un nombre escrito a lápiz en la esquina, «Sara Blanco».
No la he abierto. No sé lo que hay dentro, pero me lo huelo.
Sergio, cuando me la dio, no me miró a la cara, y Sergio me mira a la cara siempre, hasta cuando me trae una mala noticia de cuarenta millones.
Está además el membrete del hospital, que no es de un hospital cualquiera, y la palabra que asoma por el borde de la carpeta, debajo del membrete, y que no he querido leer entera.
No la he abierto porque si la abro, tengo que decírselo.
Y hoy ha bajado la escalera sola.
Cierro el cajón con el pie y salgo al jardín. Me siento a su lado, no muy cerca: a un brazo.
—¿Qué tal el león?
—Va perdiendo.
—Es un depurador muy agresivo.
Me mira de reojo y casi sonríe.
—Oye —le digo—. ¿Te apetece salir a cenar? Esta noche. Un sitio tranquilo. Te llevo donde quieras. Cierro el restaurante entero si hace falta, que no haya nadie más que nosotros. Lo que quieras.
Se queda callada un momento.
—No.
—¿No?
—No quiero salir. —Mira el agua—. No quiero coches, ni puertas que no conozco, ni camareros que me miren la cara.
No quiero ponerme un vestido. No quiero estar en un sitio donde no sé dónde están las salidas.
—Se encoge de hombros—. Hoy he bajado la escalera sola. Ya está. Eso es lo que me da para hoy.
—Bien.
—Lo siento.
—No lo sientas. —Me levanto—. Te lo pregunto otra vez la semana que viene. Y la otra. Y algún día me dirás que sí.
Me voy dentro, y en el camino a la cocina se me ocurre la peor idea que he tenido en mi vida.
—No.
—Anna.
—He dicho que no, mijo.
—Todavía no te he dicho lo que quiero.
—No me hace falta. —Anna se seca las manos en el delantal y me mira de arriba abajo con la cara que pone cuando Giuseppe entra con los zapatos llenos de barro—. Has entrado en mi cocina con esa cara. Y esa cara es la de un hombre que quiere cocinar. Y tú no sabes cocinar.
—Sé cocinar.
—Tú sabes pedir comida.
—Sé hacer huevos fritos.
—La última vez que hiciste un huevo frito, casi hubo que llamar a los bomberos. Casi, porque tú no dejas entrar a los bomberos. Lo apagó Giuseppe con una manta de la cuadra y estuvimos tres días oliendo a caballo quemado.
—Eso fue hace diez años.
—Y desde entonces no has vuelto a tocar una sartén, que yo sepa.
Me apoyo en la encimera y respiro hondo.
—Anna. Ella no quiere salir. Le he ofrecido el mejor restaurante de Roma y me ha dicho que no, porque no quiere puertas que no conoce.
Lo único que conoce ahora mismo es esta casa.
Así que quiero hacerle una cena aquí. Una cena de verdad.
Con mesa y velas y comida que no venga en una caja. —La miro—. Y quiero hacerla yo.
Anna me mira un buen rato y luego suspira, de esa forma en que suspira cuando sabe que ha perdido.
—Ponte esto.
Me tira un delantal blanco con flores amarillas bordadas en el pecho.
—No pienso ponerme esto.
—Entonces no hay cena.
Me pongo el delantal.
Resulta que cortar una cebolla es más difícil que cortar un dedo, y lo digo con conocimiento de causa. Un dedo tiene hueso, te dice por dónde ir; una cebolla es una cosa resbaladiza, redonda y llena de capas que se te escapan del cuchillo, y que además te hace llorar.
—Así no.
Lo dice Coral. Está sentada en la encimera, al lado de la tabla, con las piernas colgando, las zapatillas de luces parpadeando cada vez que da una patada al mueble y un cuchillo de plástico verde en la mano, con el que lleva diez minutos cortando un champiñón en trozos perfectos, todos iguales.
—Buenas tardes, Coral —le digo, con la voz del telediario—. ¿Y cómo es, según usted?
—Con la mano de gato. —Me enseña la suya, con los dedos doblados como una garra—. Miau. Si no, te cortas y te sale sangre y Anna grita.