CAPÍTULO 23 #2
Sudor, temblor, el sueño raro, la pena que viene de ninguna parte. Dejo la taza en la mesa.
Lo he visto antes.
Cojo el teléfono.
—Gery.
—Darío. ¿Qué pasa?
—Sube. Ya. A mi casa.
—¿Es ella? ¿Le ha pasado algo?
—Creo que es lo que le metieron. —Me oigo la voz y no me gusta—. Creo que le está pasando la factura.
Gery llega en veinte minutos. No sube directamente: primero entra en mi despacho con el maletín, se sienta delante de la pantalla y la mira un rato largo sin decir nada.
—Ya —dice al fin.
—¿Ya qué?
—Que tienes razón a medias. —Se quita las gafas y se frota los ojos—.
Lo de allí arriba ya lo ha echado. Esto es lo mío.
Las pastillas que le doy para el pánico desde la noche del ataque.
Hace cuatro días empecé a bajárselas, y el cuerpo, que se había acostumbrado, ahora las reclama.
Te lo dije el primer día: el cuerpo devuelve las cosas cuando le da la gana.
Lo que no te dije es que suele venir cuando menos lo esperas. Cuando por fin está bien.
—Explícamelo en mi idioma.
—Durante la primera semana el cuerpo estaba ocupado en otra cosa.
En sobrevivir. En curarse la pierna, el pie, la fiebre.
En dormir. —Se pone las gafas—. Y cuando por fin se tranquiliza, cuando se siente a salvo de verdad, es cuando le llega la factura de lo otro.
De la química. De tres semanas de tensión aguantadas a base de pastillas.
—Me mira por encima de la montura—. Y anoche se sintió muy a salvo, ¿verdad?
No contesto. No hace falta.
—La tristeza que tiene ahora —sigue Gery— no es suya.
O no del todo. Es química. Su cerebro se ha pasado semanas sin fabricar lo que tiene que fabricar porque se lo hemos estado dando hecho en pastillas, y ahora tiene que volver a aprender.
Y mientras aprende, lo ve todo gris. Por muy bonitas que sean las flores.
Miro la pantalla. Ella sigue en el suelo, con el perro y el león; ha dejado de llorar y ahora solo mira la ventana.
—¿Es peligroso?
—Puede serlo si se hace mal. Con estas cosas no se va a pelo.
Hay que bajarlo poco a poco, con medicación y vigilada.
—Se pone de pie—. Voy a subir. Le voy a explicar lo que le pasa, que eso ya le va a quitar la mitad del miedo, porque ahora mismo cree que se está volviendo loca.
Y le voy a cambiar la pauta. Unos días malos, unas semanas regulares, y luego se va.
—¿Cuántos días malos?
—Los que sean. —Se para en la puerta—. Y Darío.
—Qué.
—Te ha pedido espacio porque no sabe qué le pasa y le da vergüenza que la veas así. Pero cuando sepa lo que es, no va a necesitar espacio. Va a necesitar que estés. Así que no te ofendas por lo de esta mañana. No era contigo.
Y sube la escalera, entre los tulipanes aplastados.
VICTORIA
Llaman a la puerta.
—Victoria. Soy Gery. ¿Puedo pasar?
No quiero que nadie me vea así, sentada en el suelo, con la cara hinchada de llorar por nada, rodeada de flores que no me alegran.
Pero Rey levanta la cabeza hacia la puerta y suelta un ruido que quiere ser un rugido y le sale un maullido gordo, Copito mueve la cola, y yo digo que sí antes de pensarlo.
Gery entra sin el maletín, con las manos vacías y a la vista, y se sienta en el suelo delante de mí, con la espalda contra la cama, entre los tulipanes. Le crujen las rodillas.
—Te tiemblan las manos —me dice.
Me las escondo debajo del perro.
—No pasa nada.
—Sí que pasa. Y te voy a decir lo que es, porque creo que llevas toda la mañana pensando que te estás volviendo loca.
Me lo explica todo. Lo de las pastillas de los nervios, que me las está bajando; lo de que el cuerpo se acostumbra; lo de que la tristeza que tengo no es mía, que es química.
Que mi cabeza está aprendiendo otra vez a hacer una cosa que se le olvidó porque otro la hacía por ella, y que el temblor, el sudor, los nervios en el estómago y el agujero en el pecho tienen un nombre, una explicación y un final.
—No estás loca —me dice—. Y no es que no quieras a Darío, ni que no te gusten las flores, ni que te hayas vuelto una desagradecida. Es que tu cuerpo está pidiendo una cosa a la que se ha acostumbrado. Y te la vamos a ir quitando. Con cuidado. Para que no te duela más de lo que tiene que doler.
Me echo a llorar otra vez, pero no igual que antes.
Lloro de alivio, con la frente apoyada en el lomo de Copito y el pecho soltándose a cada sollozo, como un puño que se abre dedo a dedo.
Porque tiene nombre. Porque no soy yo rompiéndome por dentro sin motivo: es una cosa que me hicieron, y las cosas que te hacen se pueden deshacer.
—Va a haber días malos —sigue Gery—. Como hoy. Y algunos peores. Vas a estar nerviosa, vas a dormir mal, vas a tener ganas de llorar sin saber por qué. Y cuando pase, quiero que te acuerdes de una cosa. Es el cuerpo. No eres tú.
—Es el cuerpo, no soy yo —repito.
—Eso.
Me deja unas pastillas en la mesilla, en un pastillero de esos de los días de la semana, con las tapitas de colores, y me explica cuándo, cuántas, cómo.
Me dice que va a venir todos los días, que Inés también lo sabe ya y que, si en algún momento me encuentro mal de verdad, de las que dan miedo, avise, a la hora que sea. Luego se va.
Me quedo sola otra vez, con Copito en el regazo, Rey en el pie y doscientos cubos de tulipanes rojos que siguen sin alegrarme, pero que ahora miro de otra manera, porque sé que el problema no son ellos.
Sé que son preciosos aunque hoy no pueda sentirlo, y que algún día, dentro de una semana o dos, los volveré a mirar y lo sentiré.
Me miro las manos, que siguen temblando.
Es el cuerpo. No soy yo.
No sé cuánto tiempo pasa. Se hace de tarde, y la luz roja de la ventana se vuelve naranja y luego se va.
Me tomo la pastilla que me dijo Gery, la de la tapita amarilla.
Lloro un rato más, sin ganas, igual que se termina una cosa que ya has empezado, y Rey se duerme con la cabeza en mi pie y ronca peor que el perro.
Cuando ya es de noche, me levanto del suelo con las piernas dormidas, me acerco a la puerta y la abro.
Está ahí.
Sentado en el suelo del pasillo, contra la pared de enfrente, con las piernas estiradas y la cabeza apoyada atrás, entre dos cubos de tulipanes. Tiene el móvil en la mano, sin mirarlo, y al lado una bandeja con un plato tapado y un vaso de zumo. No sé cuánto tiempo lleva ahí; por la cara, horas.
Levanta la vista cuando me oye abrir, pero no se levanta ni se mueve. Se queda donde está, en su lado del pasillo, a dos metros de mí, respetando el espacio que le pedí aunque se le nota en la cara que le ha costado cada minuto.
—No he entrado —dice.
—Ya lo veo.
—Me dijiste que necesitabas espacio. —Se encoge de hombros—. Esto es lo más lejos que he conseguido llegar.
Me echo a reír, llorando, con la cara hinchada, los ojos rojos y las manos todavía temblándome, y la risa me tira de las costillas como si se me hubiera olvidado cómo se hace.
—Gery me lo ha contado —le digo—. Lo de las pastillas.
—Lo sé.
—No era contigo. Lo de esta mañana.
—También lo sé. Gery me ha dicho que no me ofendiera.
—¿Y te has ofendido?
—Un poco. Durante dos horas. —Se pasa la mano por el pelo—. Luego me he dado cuenta de que era un imbécil y se me ha pasado.
—Acabas de reconocer que eres un imbécil. Eso no lo dices nunca.
—Hoy es un día raro.
Me siento en el suelo, en mi lado del pasillo, con la espalda contra el marco de la puerta, enfrente de él y con dos metros entre los dos. Copito sale del cuarto y se tumba en medio, en la frontera; Rey asoma la cabeza por la puerta, se lo piensa y decide quedarse dentro.
—Hoy no puedo, Darío —le digo—. Hoy no tengo ganas de nada. Ni de reírme, ni de que me toques, ni de hablar. Las flores son preciosas y no las siento. Te quiero y no lo siento. Y no es verdad, sí que te quiero, pero hoy no lo noto. Y me da miedo que pienses que…
—No pienso nada.
—Me da miedo que un día te canses.
Se queda callado.
Luego, sin levantarse, estira una pierna por el suelo del pasillo, entre los tulipanes, hasta que la punta de su pie toca la punta del mío, el pie bueno. Ni una mano, ni un abrazo, ni nada que yo no haya pedido: el pie contra el pie, y su calor entrándome por los dedos.
—Nena —dice—. Llevo toda la tarde sentado en un pasillo lleno de flores que he comprado yo, mirando una puerta cerrada.
Y no me he cansado. Y mañana me siento otra vez si hace falta.
Y pasado. —Me mira—. Hoy no lo sientes. Bien.
No pasa nada. Ya lo siento yo por los dos. Que para eso tengo de sobra.
Me quedo mirando ese pie contra el mío. Todavía no siento nada; el agujero sigue ahí y las manos siguen temblando. Pero no aparto el pie, y él tampoco.
Nos quedamos así, cada uno en su lado del pasillo, con un perro en medio y doscientos cubos de tulipanes alrededor, hasta que se hace tan tarde que doy cabezadas contra el marco de la puerta.
Lo último que noto es que me levanta del suelo sin pedirme permiso, y que no me importa.