CAPÍTULO 23
VICTORIA
Lo primero que noto es el calor, un calor que no viene del sol ni de las sábanas. Viene de abajo, de entre las piernas, y me sube por la tripa poco a poco; durante un rato no sé si estoy dormida o despierta, y decido que me da igual, porque si es un sueño no quiero que nadie me despierte.
Luego noto la boca, y abro los ojos. Darío está entre mis piernas, con la cabeza hundida en mi coño, el pelo revuelto y las manos abiertas en mis muslos, la izquierda con muchísimo cuidado por encima del apósito de la D, comiéndome con la calma de un hombre que tiene toda la mañana y piensa gastarla entera en esto.
Cuando nota que me muevo, levanta la vista y me clava desde abajo el azul y el verde.
—Buenos días —dice contra mi piel.
—¿Qué hora es?
—La una de la tarde. Llevas trece horas dormida y he decidido que ya estaba bien. Y tenía hambre. —Me pasa la lengua una vez, lenta, y el piercing me roza justo donde tiene que rozar—. ¿Paro?
—Ni se te ocurra.
Sonríe, y no para.
—Así me gusta —murmura, sin despegar la boca—. Mojada antes de abrir los ojos.
Me agarro a su pelo y lo dejo hacer, y lo hace igual que lo hace todo, sin prisa y sin piedad, hasta que me corro a los pocos minutos con la espalda arqueada, los talones clavados en el colchón y su nombre a medio decir.
Entonces sube por mi cuerpo besándome la tripa, las costillas, las tetas, y me mete la polla sin pedir permiso, porque me prometió que no lo iba a pedir más.
Me hace el amor tumbado encima de mí, lento, hondo, con la frente pegada a la mía, diciéndome al oído que este coño se despierta cuando él lo dice, hasta que se corre dentro de mí, llenándome, con un gemido ronco contra mi boca.
Se queda encima, pesado y caliente. Le acaricio la nuca y oigo su corazón contra mi pecho, desbocado primero y luego cada vez más tranquilo, y entonces abro los ojos del todo.
El cuarto está rojo.
Tulipanes rojos, por todas partes: en la mesilla, en el suelo, en el alféizar de la ventana, en la butaca, en cubos de metal alineados contra la pared desde la puerta hasta la terraza.
Decenas, cientos. Hay tantos que la luz que entra por la ventana sale teñida de rojo, y el cuarto huele a tierra mojada y a tallo recién cortado.
—Darío.
—Mmm.
—¿Qué es esto?
—Flores.
—Ya sé que son flores.
—Pues ya está. —Levanta la cabeza—. Y no es solo el cuarto. Es la casa entera. El pasillo, la escalera, la cocina, los baños. Anna lleva desde las siete de la mañana acordándose de mi padre en tres idiomas.
—¿Has llenado la casa de tulipanes?
—Mi mujer no se merece un ramo. —Me besa la frente—. Mi mujer se merece no poder pisar el suelo de su propia casa sin pisar una flor.
Sonrío, lo abrazo, le digo que es un exagerado y que me encanta, y le doy un beso. En algún momento de ese beso me doy cuenta de que lo estoy fingiendo.
El beso no; el beso es de verdad. Lo que finjo es la alegría. Me la estoy poniendo encima igual que se pone una camiseta, porque sé que es lo que toca, porque un hombre ha llenado una casa entera de flores para mí y lo normal es estar contenta. Y no lo estoy.
Tampoco estoy triste por nada, y esa es la parte que no entiendo. No ha pasado nada. Anoche fue una de las mejores noches de mi vida, esta mañana me ha despertado de la mejor manera posible, y estoy en una cama rodeada de tulipanes rojos con el hombre al que quiero.
Por dentro, sin embargo, hay un agujero.
No sé de dónde ha salido; me he despertado con él.
Es un peso en el pecho, justo debajo del esternón, gris y sin forma, que no tiene que ver con nada en concreto y que lo tiñe todo, como una gota de tinta que se cae en un vaso de agua, y ya no hay manera de que el agua vuelva a ser transparente.
Miro los tulipanes y sé que son preciosos. Lo sé con la cabeza, pero no lo siento.
Me ducho sola. Le digo que necesito diez minutos, y él se ríe y me dice que me espera en la cama, que Anna ha subido zumo y cruasanes; cierro la puerta del baño, me apoyo contra ella y me tapo la boca con la mano. No lloro. Todavía no.
Abro el grifo y me meto debajo con la pierna izquierda fuera, apoyada en el borde, porque la D todavía no se puede mojar. El agua caliente me cae por la cabeza y por la espalda, y me quedo quieta, con los ojos cerrados, esperando a que se me pase. No se pasa.
Me doy cuenta de que me tiemblan las manos cuando intento abrir el bote de champú y se me resbala dos veces.
Me miro los dedos: tiemblan solos, con un temblor fino y constante, de frío, y no tengo frío, porque el agua está ardiendo.
En el estómago noto una cosa rara, de nervios, la del día antes de un examen, la de cuando va a pasar algo malo y no sabes qué.
Pero no va a pasar nada malo. Estoy en mi baño, y hay tulipanes en el lavabo, en el suelo de la ducha, hasta en el borde de la bañera.
Salgo, me seco y me miro en el espejo empañado, y no me reconozco del todo. No es por lo amarillo que me queda en el pómulo, ni por las marcas de anoche en el cuello, que esas me gustan; es por la cara. Tengo la cara de alguien que no ha dormido, y he dormido trece horas.
Vuelvo al cuarto. Él está sentado en la cama, sin camiseta, con la bandeja en las rodillas, cortando un cruasán por la mitad.
—Te he dejado el de chocolate. Aunque me ha costado.
Le miro la sonrisa, las migas en los dedos, la mitad de chocolate apartada para mí en el plato, y no puedo.
—Darío.
—Dime.
—Necesito estar sola un rato.
Se queda con el cuchillo de la mantequilla en el aire.
—¿Cómo?
—Que necesito estar sola. Un rato. Hoy.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—¿He hecho algo?
—No.
—¿Es por lo de anoche? ¿Te hice daño? ¿Fue demasiado lo de…?
—No, Darío. —Me tiembla la voz y me la trago—. No es nada. No eres tú. No es nada de nada, y eso es lo peor. Es que hoy no puedo. No sé qué me pasa. Necesito espacio.
Me mira, y le veo hacer una cosa que nunca le había visto hacer: no entender. Este hombre lo entiende todo, lo calcula todo; mira a alguien diez segundos y sabe qué ha desayunado, de qué tiene miedo y cuánto vale. Y ahora me está mirando a mí, y no entiende nada.
—Bien —dice al fin.
Deja la bandeja en la mesilla, se levanta y coge una camiseta del suelo.
—Si necesitas algo…
—Lo sé.
—Estoy abajo.
—Lo sé.
Se va. Cierra la puerta con cuidado, sin portazo, y eso me duele más que si lo hubiera dado. Me quedo de pie en mitad del cuarto, con el pelo goteándome por la espalda, oyendo cómo sus pasos bajan la escalera, y tengo que apretar los dientes para no llamarlo, y tampoco sé para qué lo llamaría.
DARÍO
Bajo la escalera pisando tulipanes. Anna ha puesto uno a cada lado de cada peldaño, como le dije, y los aplasto sin mirar. Abajo me encuentro a Giuseppe en la cocina, sentado en la isla, comiéndose uno de los cruasanes.
—¿Qué tal ha ido? —pregunta con la boca llena—. ¿Le han gustado? Anna dice que si vuelves a pedirle algo así, se jubila. Y que se jubila en México. Y que se lleva el rosario.
—Me ha pedido espacio.
Giuseppe deja de masticar.
—¿Cómo que espacio?
—Que quiere estar sola. —Me sirvo un café.
Me tiemblan las manos y no sé por qué—. Anoche estaba bien.
Estaba mejor que bien. Esta mañana estaba bien.
Le he llenado la casa de flores, Giuseppe.
Doscientos cubos llenos de tulipanes. Y ha salido de la ducha con una cara que no le había visto nunca y me ha dicho que necesita espacio.
—Bueno. A lo mejor necesita espacio.
—¿De qué? Si no ha pasado nada.
—Darío. —Giuseppe se limpia los dedos en un trapo de cocina—. Esa chica ha pasado una semana en un castillo con un loco. A lo mejor no necesita que pase nada. A lo mejor le pasa sin más.
—Ayer se reía.
—Y hoy no.
—Eso no tiene sentido.
—María un día me dijo que me odiaba porque había comprado yogures de fresa —dice Giuseppe—. Y los yogures de fresa le encantaban. Le encantaban, Darío. Llevaba tiempo comprándoselos. Y una mañana me los tiró a la cabeza. Uno por uno. Seis. Con la tapa puesta.
—¿Y qué hiciste?
—Comprar de melocotón. —Se encoge de hombros—. Y a la semana siguiente me los tiró también. Hay días que no son yogures, hermano. Son días.
No le contesto. Me llevo el café al despacho, cierro la puerta y me siento delante de la pantalla de las cámaras.
No quiero mirar. Me digo que no voy a hacerlo, que me ha pedido espacio y que el espacio también es no mirarla por una pantalla, y aguanto cuatro minutos. Luego miro.
Está sentada en el suelo del cuarto. En el suelo, no en la cama, con la espalda contra la pared, al lado de la ventana, rodeada de tulipanes, las rodillas contra el pecho y la pierna izquierda estirada por la D.
Copito se le ha subido al regazo, y Rey está tumbado a su lado con la cabezota apoyada en su pie malo, igual que si supiera.
Está llorando. No como la otra noche, que se ahogaba: llora sin ruido, con la cara quieta, mirando la ventana, y las lágrimas le bajan solas sin que ella haga nada por pararlas. Aprieto la taza hasta que el café me quema la palma.
Me levanto de la silla y me vuelvo a sentar, porque me ha pedido espacio. Si subo ahora, le estoy diciendo que lo que ella pide da igual, y eso no se lo voy a hacer. Ya bastante gente ha decidido por ella este mes.
Me miro la muñeca. La pulsera está gris, que es mala, pero no un gris normal: un gris sucio, que parpadea, y al que cada poco se le mete una veta de negro. Negro, nerviosa.
Me quedo mirando ese parpadeo, porque hay algo en él que no me cuadra. Lo he visto gris muchas veces estas semanas; lo he visto verde de terror y negro de nervios. Pero nunca así, todo mezclado, sin quedarse quieto, como un motor que no termina de arrancar.
Vuelvo a la pantalla, y esta vez me fijo en las manos.
Las tiene apoyadas en el lomo del perro y le tiemblan, un temblor fino, constante, que se ve hasta por la cámara.
Tiene la frente brillante, sudada, en un cuarto con el aire puesto a veintidós grados.
Y ha dormido trece horas de golpe, ella, que en tres semanas no ha encadenado más de cuatro.