CAPÍTULO 22 #2
—Por eso. —No baja la voz—. Que miren lo que no van a tener nunca. Ninguna mujer de este teatro ha entrado así en su vida, nena. Y todos los hombres de este teatro se van a ir a casa esta noche pensando en tus piernas mientras se follan a la suya.
Levanto la barbilla. Me pongo roja hasta el escote y levanto la barbilla.
El palco es pequeño, forrado de terciopelo rojo, pegado al escenario, con dos butacas doradas y una cortina detrás que él cierra en cuanto entramos.
Desde aquí se ve todo: el patio de butacas lleno, los palcos de enfrente, la orquesta afinando en el foso.
Y desde todo eso nos ven a nosotros. Él se sienta, se desabrocha el botón del esmoquin, cruza las piernas, y me pone la mano en la rodilla.
Se apagan las luces.
No había visto un ballet en mi vida. Lo más parecido fue una función de fin de curso de mi prima en el polideportivo de Collblanc, con tutús de rebajas y una niña que se cayó del escenario.
Esto es otra cosa. La música empieza baja, triste, y se abre el telón sobre un lago de mentira iluminado de azul, y salen las bailarinas vestidas de cisne, blancas, de puntillas, moviendo los brazos como alas, y se me cierra la garganta sin saber por qué.
—Esa es Odette —me dice Darío al oído, con la mano quieta en mi rodilla—. Una princesa a la que un brujo ha convertido en cisne. Solo es mujer por las noches.
—¿Y qué le pasa?
—Que se enamora de un idiota. —Me sube la mano un centímetro—. Como todas.
No contesto. Miro el escenario, y él no lo mira. Me mira a mí, de perfil, en la oscuridad, y cuando la música sube me sube la mano otro centímetro por el muslo, por debajo del vuelo, despacio, por la pierna buena.
—Darío —le susurro—. Estamos en la Ópera.
—Ya lo sé. Pagué por el palco.
—Te van a ver.
—Están mirando los cisnes. —Los dedos llegan al borde de las bragas y se quedan ahí, quietos, rozándolas—. Y si alguno mira aquí en vez de a los cisnes, mañana no tiene ojos. Abre las piernas.
—No.
—Un poco. Lo justo.
Las abro un poco. Lo justo. Miro al frente, a una bailarina que gira sobre una sola punta como si no pesara nada, y noto sus dedos apartarme las bragas hacia un lado y pasarme la yema por en medio, de abajo arriba, una sola vez, despacio, y se me corta el aire.
—Mira cómo estás —me dice al oído, sin mover la cara, con la voz tan baja que se la come la música—. Toda la Ópera de Roma vestida de gala, a dos metros, y tú chorreando en mi mano debajo de un vestido de lunares.
Me muerdo el labio. Me agarro al brazo de la butaca. Abajo, en el escenario, el príncipe levanta a Odette por la cintura y la sostiene en el aire, y ella abre los brazos, y el teatro entero contiene la respiración, y yo la contengo por otra cosa.
—Te voy a decir lo que te voy a hacer cuando lleguemos a casa —sigue, con un dedo dando vueltas muy despacio alrededor del clítoris, sin tocarlo—. Y tú vas a mirar los cisnes mientras te lo digo, con esa cara de niña buena que has traído, como si te estuviera explicando el argumento.
Me lo dice. Me lo dice todo, al oído, palabra por palabra, en italiano y en español, mezclando los dos, con una voz tranquila de profesor y unas palabras que no se dicen en ningún sitio con las luces encendidas: cómo me va a quitar el vestido, despacio, tirante por tirante, y me va a dejar solo los pendientes; dónde me va a poner la boca primero, y después; cómo me va a abrir encima de la cama con las manos y cuánto rato va a estar mirándome antes de tocarme; con qué parte de mí va a empezar y con cuál va a terminar; qué ruido quiere oírme hacer y cuántas veces.
Y mientras me lo dice, el dedo da vueltas, y entra un poco, y sale, y vuelve a dar vueltas, y yo miro los cisnes con los ojos muy abiertos y la boca muy cerrada y la cara ardiendo, y abajo la música sube y sube.
En el palco de enfrente, una señora mayor nos mira con unos prismáticos de nácar.
—Darío —le digo entre dientes—. La señora.
Él levanta la vista, la ve, y le sonríe con toda la cara, con el hoyuelo, sin sacar la mano. La señora baja los prismáticos tan deprisa que se le caen al regazo.
—Ya no mira —dice—. Sigue mirando tú los cisnes.
En el tercer acto sale el cisne negro.
Odile. Igual que Odette, la misma cara, la misma bailarina, pero de negro, con plumas negras y los labios rojos y una sonrisa de bruja, y el príncipe se equivoca y se enamora de ella delante de todos.
Es el momento en que la música cambia, se vuelve rápida y peligrosa, y la bailarina de negro empieza a girar sobre una sola pierna, una vuelta y otra y otra, sin parar, sin moverse del sitio, y el teatro empieza a aplaudir a mitad de los giros.
—Esa me gusta más —le digo, sin aire.
—Esa eres tú —me dice—. La de negro. La que engaña a todo el mundo con cara de buena.
Me mete los dedos. Dos. Hasta el fondo. En el momento exacto en que el teatro entero se pone a aplaudir, y nadie oye el ruido que hago, y él lo sabía, lo sabía perfectamente, lo ha calculado con la música, el muy cabrón.
Me corro así. Con los dedos de Darío dentro y su pulgar encima, en un palco de la Ópera de Roma, mientras la bailarina de negro gira y el teatro entero aplaude de pie.
Me muerdo el puño para no gritar. Se me cierran los muslos alrededor de su mano, se me arquea la espalda contra el terciopelo, me contraigo alrededor de sus dedos una vez y otra, y él no se mueve, me sujeta ahí, me deja temblar, y me mira la cara entera mientras me corro como si fuera lo único que hay en el escenario.
Cuando la bailarina termina de girar, yo termino también.
Saca los dedos despacio. Se los lleva a la boca delante de mí, en la oscuridad, y se los chupa mirándome, y me coloca las bragas en su sitio con dos dedos, como quien coloca una servilleta.
—Esto era el primer acto —me dice—. El resto, en casa. Que aquí no te oiría bien.
Paso el cuarto acto con las piernas temblando y la cara ardiendo, sin oír casi la música.
Odette se tira al lago y el príncipe se tira detrás y los dos se mueren juntos, y la gente llora, y yo lloro también, no sé si por los cisnes o por el hombre que tengo al lado, que me ha hecho correrme en público y ahora mira el escenario muy serio, con las piernas cruzadas, como si no hubiera hecho nada en su vida.
Cuando se encienden las luces, me mira la cara y se ríe por la nariz.
—Estás llorando por los cisnes.
—Estoy llorando porque eres un cabrón con esmoquin.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
En el vestíbulo, mientras esperamos el coche, le vibra el móvil. Lo mira. Le cambia la cara un segundo, una sombra que le cruza los ojos y se va, y le da la vuelta sin contestar.
—¿Quién era?
—Nadie importante.
—Darío.
—Esta noche nadie es importante. —Me pone la mano en la nuca—. Mañana te lo cuento.
Me lo apunto. Siempre me lo apunto.
En el coche conduce él, más deprisa que a la ida, mucho más deprisa, con una mano en el volante y la otra en mi muslo, y no habla. En un semáforo me coge la mano y me la pone encima de su pantalón, para que note lo que lleva aguantando desde el primer acto, y me mira, y se pone verde, y arranca.
Al entrar en el garaje le vibra otra vez. Lo mira. Lo apaga.
No lo había apagado nunca delante de mí.
Después me coge en brazos para subir la escalera, sin esperar a que me baje del coche, y se me olvida todo.