CAPÍTULO 22
DARÍO
Han pasado seis días desde la noche de la piscina, y he vuelto a ser el de siempre.
Anna dice que eso no es una buena noticia. Giuseppe dice que es la peor noticia que ha recibido Roma en un año. Yo digo que ya tocaba, porque llevaba dos semanas siendo un hombre que pide permiso para entrar en un cuarto, y ese hombre no soy yo y no le conviene a nadie que lo sea.
El lunes le dije al ministro de Infraestructuras, por teléfono y delante de ella, que si volvía a llamarme a la hora de la cena le mandaba la cena a su casa, con la cubertería clavada en la puerta.
Victoria se atragantó con el vino y luego se pasó la tarde imitándome por el pasillo con la voz grave.
Ayer le hice firmar a un concejal de Ostia un papel que no se leyó, en la mesa de la cocina, mientras ella pelaba una naranja al lado y le preguntaba si estaba casado.
El concejal sudó tanto que Anna tuvo que pasar la fregona por debajo de su silla.
Y anteayer bajó a desayunar con unas mallas negras que no le había visto nunca, ajustadas como una segunda piel, y le dije delante de Anna que con eso puesto o subía a cambiarse o subía conmigo, y que eligiera rápido.
Subió a cambiarse. Tardó un minuto en volver a bajar, roja hasta las orejas, con las mismas mallas puestas y una sonrisa que me duró toda la mañana en la cabeza y que me hizo firmar una cosa en una reunión sin leerla.
Se ríe otra vez, poco y a ratos, pero se ríe.
Ha llamado dos veces a Inés y ha tenido una noche mala, una sola, que pasamos sentados en el suelo del baño con la luz pequeña encendida, contándole las respiraciones; a la mañana siguiente se levantó y me robó el café de la mano como si nada.
Un día malo después de tres buenos, lo que dijo la psicóloga.
La D le duele, le pica y le arde por las noches cuando se le pega la sábana.
Gery viene cada dos días a mirarla, con la cara de un hombre que no quiere saber cómo se hizo eso y que lo sabe perfectamente, le cambia el apósito y le pone una pomada que huele a eucalipto.
Dice que está cerrando bien y que en treinta años de oficio no ha visto una cicatriz tapar a otra tan bien.
Ha prohibido la piscina hasta que se cierre del todo.
Le pregunté si eso era un cumplido o una amenaza, y me dijo que era un diagnóstico.
—Brat. —La cara de Lev ocupa la pantalla entera del portátil, con el horizonte gris del Báltico moviéndose detrás de él y un abrigo de piel de oso blanco que le hace parecer el oso—. Tienes cara de haber dormido. No me gusta. Los hombres como tú que duermen se mueren.
—Los hombres como yo duermen poco y mal. Lo que ves es que he desayunado.
—Lo que veo es que Giuseppe me ha mandado una foto.
—Se acerca a la cámara hasta que solo le veo un ojo azul y la cicatriz que le baja por la ceja—.
Tu española. En la cocina, descalza, con una camiseta tuya y un bigote de leche.
Bliat, Darío. Ahora entiendo por qué el Diablo de Roma se ha vuelto un perrito faldero.
—¿Giuseppe te manda fotos de mi mujer?
—Giuseppe me manda pruebas. Dice que nadie le cree cuando cuenta que juegas al parchís.
—Yo no juego al parchís. Yo gano al parchís, que es distinto.
Lev se ríe con una risa grande, de pecho, que hace que el hombre que tiene detrás dé un paso atrás.
—Krasavitsa —dice, y se pasa la lengua por los labios—. Es muy guapa, brat. Muy guapa. Pequeñita. De las que caben en un bolsillo.
Dejo el café en la mesa.
—¿Me estás llamando guapa a mi prometida, Lev?
—Obvio.
—Bien. —Me echo hacia atrás en la silla—. Pues dile a tu madre que vaya eligiendo traje, que tiene entierro. Y que lleve una foto tuya, para que te reconozcan, porque de tu cara solo va a quedar la cicatriz.
—Mi madre está muerta.
—Pues que la desentierren. Que la ocasión lo merece.
Lev se queda mirándome un segundo con la cara muy seria, y luego suelta una carcajada que le dobla en dos y le hace toser, y detrás de él alguien le pregunta algo en ruso y él le contesta con una palabra que suena a disparo.
—Te echaba de menos, chort. Llevabas un mes hablando como un cura. —Se limpia los ojos—. Dile a tu krasavitsa que en Moscú le compro un tigre. Los leones son de pobres.
—Si te acercas a mi mujer con un tigre, le doy de comer tu hígado al león. Que es de pobres, pero come como un rico.
—Eso me gusta. —Deja de reírse, poco a poco, y le cambia la cara.
La de oso se va y queda la otra, la de debajo—.
Han sacado las sillas en Palermo. El viejo ha puesto la mesa.
Dentro de dos semanas. Doce sillas y una vacía.
Y me han llamado a mí, Darío. A mí. Para preguntarme si la Bratva sigue siendo tu amiga.
—¿Y qué les has dicho?
—Que la Bratva no tiene amigos. Tiene hermanos.
Y que a los hermanos no se les pregunta.
—Se encoge de hombros—. Después he colgado y he mandado a un hombre a Palermo a comer cannoli en la pastelería de enfrente de la casa del viejo.
Todos los días. Hasta que se le caigan los dientes.
Es muy goloso, mi hombre. Y tiene muy buena vista.
—Te debo una.
—Me debes muchas. Me las cobro en tu boda. Quiero sentarme al lado de la novia.
—Te sientas al lado de Copito.
—¿Quién es Copito?
—Un perro que te va a morder los huevos si te acercas a la novia.
Lev levanta la taza de café que tiene en la mano, que no lleva café.
—Za tvoyu krasavitsu, brat. Por tu guapa.
Corta.
Cierro el portátil y me quedo mirando la tapa negra, donde se me ve la cara a medias, con las doce sillas dándome vueltas en la cabeza y la vacía en medio. Dos semanas. Lo que viene, viene. Pero viene dentro de dos semanas, y esta noche todavía no ha llegado.
Llamo a Enzo.
—Esta noche, en la Ópera. ¿Qué hacen?
—El lago de los cisnes, Don. Chaikovski. Está todo vendido desde hace meses.
—El palco de la derecha, el grande, el que está pegado al escenario.
—Es del ministro de Cultura.
—Pues esta noche el ministro tiene gripe. Mándale flores. Y dile que se mejore pronto, que lo necesito vivo para el concurso del puerto.
VICTORIA
La nota está encima de la almohada, debajo de Copito, que es el único sitio de esta casa donde sabe que voy a mirar antes de acostarme.
«A las ocho abajo. Ponte guapa. Más de lo normal, que ya es mucho. Y no te pongas bragas, que vamos a la ópera y me aburro. D.»
Me la leo tres veces, sentada en la cama, con el perro babeándome el papel, y me río sola como una tonta. Después me doy cuenta de que son las seis y me levanto de un salto.
No me había arreglado desde antes de la montaña. Me he puesto lo primero que había en el armario, sus camisetas, los calcetines de Anna, las mallas de la discordia. Abro el armario y me quedo mirándolo como se mira a un amigo al que no has llamado en mucho tiempo.
Está al fondo, todavía con la etiqueta. Me lo probé y me vi tan española, tan de mi madre en las fotos de las verbenas, que lo compré sin mirar el precio. Después vino la noche del laberinto, y después todo lo demás.
Me queda un poco grande de pecho, porque he perdido peso, y la falda me llega justo por encima de la rodilla, de modo que la D se ve por debajo del vuelo cuando me muevo.
Pienso en ponerme otra cosa, algo largo, algo que tape.
Después pienso en la piscina. Me quito el apósito y la dejo al aire: roja todavía, levantada, mía.
Anna sube a las siete con un cepillo y sin que nadie la llame, y me hace un moño bajo, despeinado a propósito, con dos mechones sueltos delante de las orejas, clavándome las horquillas con la boca llena de ellas, como hacía mi madre.
Me maquillo yo, despacio, con las manos torpes: la raya negra larga, de gata, que se me tuerce la primera vez y me sale perfecta la segunda, el rímel, y los labios rojos, rojo de verdad.
Me pongo los pendientes de perlas y el perfume de grosellas detrás de las orejas.
Las bragas me las pongo. Por llevarle la contraria.
Cuando termino, Anna me mira por el espejo y se santigua.
—Mija, al señor se le va a parar el corazón.
—Ojalá. Un poquito. Lo justo para que me haga caso.
A las ocho menos dos minutos bajo la escalera, agarrada a la barandilla, con el vuelo de la falda rozándome las rodillas. Está en el recibidor, de espaldas, hablando por teléfono, con un esmoquin negro y la pajarita deshecha colgándole del cuello. Me oye bajar y se gira.
Se calla a mitad de frase. Alguien sigue hablando al otro lado, «¿Don?
¿Don?», y él cuelga sin despedirse y se mete el móvil en el bolsillo sin mirarlo.
Me mira entera, despacio: el moño, los labios, el escote, los lunares, la cintura, la pierna.
Se para en la D, al aire, debajo del vuelo, y le veo tragar.
—¿Qué? ¿No te gusta?
Se acerca y me coge la barbilla con dos dedos.
—Te voy a matar —me dice, muy bajito—. Esta noche tenía pensado portarme bien y me lo acabas de poner imposible.
—Pues pórtate mal.
—Eso es para luego. —Me roza la oreja con la boca—. ¿Llevas bragas?
—Sí.
—Ya veremos cuánto te duran.
El Teatro dell'Opera es dorado y rojo por dentro, todo terciopelo y lámparas de cristal, y cuando entramos en el vestíbulo del brazo, se hace un silencio que se oye.
No es un silencio de verdad. La gente sigue hablando, pero más bajo, y se gira, y se vuelve a girar como si no se hubiera girado.
Un señor mayor con medallas en la solapa baja la cabeza al vernos pasar.
Una mujer con un collar de esmeraldas le da un codazo a su marido.
Oigo «Di Marco» tres veces antes de llegar a la escalera, siempre en voz baja, siempre detrás de nosotros, y cada vez Darío sonríe un poco más, sin mirar a nadie.
Me encojo. No lo puedo evitar. Estos sitios son para otras, para las del collar de esmeraldas, no para una que hace tres semanas comía nieve en una montaña.
Él lo nota. Me aprieta el brazo contra su costado y se inclina hacia mí sin dejar de andar.
—Levanta la barbilla.
—Me están mirando todos.