CAPÍTULO 21 #3
Grito. Lloro a gritos, con la boca abierta y la saliva y las lágrimas cayéndome en su pecho, y no paro de moverme, porque él no me deja parar, y porque no quiero.
Luego la curva.
La empieza arriba y la abre hacia fuera, hacia el hueso, despacio, y es como si me estuviera arrancando una tira de piel con los dedos, y el dolor ya no está en la pierna, está en todo, en los dientes, en los ojos, en las uñas.
Veo puntos blancos. Se me nubla un lado de la vista.
Oigo mi propia voz desde muy lejos, un ruido animal, sin palabras, y debajo de mí la polla de Darío sigue entrando y saliendo, y es lo único que me sujeta al mundo, lo único que no duele, y me agarro a eso, me agarro a él por dentro con todo lo que me queda.
La sangre ya no gotea. Corre. Me corre por la pierna y le baja a él por el muslo, por la ingle, por el vientre, por todos los tatuajes que se ponen rojos, y le empapa las manos hasta las muñecas, y la pulsera, y los cojines ya no son blancos, son una esponja roja y caliente que hace ruido cuando nos movemos.
—Dos más —dice—. Por dentro.
No puedo decir que sí. Le aprieto el cuello con los brazos y él lo entiende.
Las dos rayas de dentro las hace rápido, una debajo de la otra, y son las peores, porque caen sobre carne que ya está abierta, que ya grita, y el dolor se dobla sobre sí mismo y se convierte en otra cosa, en un zumbido blanco que me llena la cabeza.
Darío tira el bisturí a los cojines, me agarra el culo con las dos manos, una encima de la herida, y me clava hacia abajo mientras empuja hacia arriba, una vez, dos, tres, y le busco la boca a ciegas y me corro otra vez sin saber cómo, me contraigo alrededor de él con el cuerpo destrozado, un orgasmo que no es placer ni dolor, que es las dos cosas metidas en el mismo puño, y lo noto correrse dentro de mí con un gruñido largo, roto, contra mi boca.
No sé cuánto tiempo pasa. Sé que me tiembla todo, que tengo frío, que me castañetean los dientes contra su cuello. Sé que él me habla bajito.
Después me coge en brazos.
Se levanta conmigo pegada al pecho, y echa a andar hacia la piscina, dejando huellas rojas en la piedra del borde. La pierna me cuelga y gotea. Cada gota hace un ruido pequeño en la piedra que oigo perfectamente en el silencio del jardín.
Intento decirle que no, que me va a escocer. Me sale un gemido.
—Te va a escocer —me dice, como si me hubiera oído—. Agárrate a mí.
Salta.
El agua caliente se me cierra encima de la cabeza y se me mete en la herida como si me la abrieran otra vez, y grito debajo del agua, un grito que sale en burbujas, y él me aprieta contra su pecho con los dos brazos y nos hunde hasta el fondo, y abro los ojos.
Todo es rojo.
La sangre sale de mi pierna en nubes, despacio, como humo, y se enrosca alrededor de nosotros, y la luz de la piscina la atraviesa desde abajo y la enciende, y el agua morada se vuelve granate, y su cara está delante de la mía, a un palmo, con el pelo negro flotando y los ojos abiertos, el azul y el verde, mirándome desde dentro de mi propia sangre.
Me besa ahí abajo, sin aire, con las dos manos en mi cara.
Salimos a la superficie y me sujeta contra él, con un brazo debajo de mis rodillas y otro en mi espalda, en la parte donde se hace pie, con el agua por el pecho, cada vez más roja, abriéndose hacia la parte honda en hilos oscuros. No puedo sostener la cabeza. La apoyo en su hombro y lo miro.
Lo miro entero, como si fuera la primera vez.
El pelo negro empapado, pegado a la frente, goteando.
La ceja partida, con la cicatriz blanca cruzándola.
Las pestañas mojadas. La boca, con el labio de abajo entre los dientes, mordiéndoselo para no decir nada.
El cuello, la cadena de oro, los hombros enormes, el pecho subiendo y bajando deprisa, los tatuajes oscuros debajo del agua roja, el tigre del antebrazo con el que me sujeta, la piel morena brillando con la luz de abajo.
Un hombre entero, hecho de músculo y de cicatrices y de cosas horribles, sujetándome como se sujeta a una niña dormida.
Bajo la vista hacia mi pierna, debajo del agua. Con la luz de la piscina se ve la D entera, abierta, limpia, sin rastro de él. No hay B. Ni un trazo. Nada.
Lloro. Ya no de dolor, o no solo. Lloro despacio, sin fuerza, con las lágrimas mezclándose con el agua de la cara.
—Darío —le digo. Me sale un hilo.
—Dime, nena.
—Gracias.
Aprieta la mandíbula y me aprieta más contra él.
—Te amo —le digo.
—Ya lo sé. —Me besa la frente, con los labios temblando—. Te amo más. Te amo como se ama lo que te has ganado sangrando.
Quiero contestarle algo. Que yo más. Que lo que sea.
Abro la boca y no sale nada. El rojo del agua se me va metiendo en los ojos, despacio, desde los bordes, sin miedo esta vez, caliente, como una manta que alguien te sube hasta la barbilla.
Su cara se me deshace dentro del rojo. Lo último que oigo es su voz, muy cerca y muy lejos a la vez.
—Eh. Eh, nena. Quédate. Victoria. Quédate conmigo.
Lo último que noto es su mano en mi nuca, sujetándome la cabeza fuera del agua.
Después, nada. Solo rojo, y calor, y él.